Beato Simeón, abad
fecha: 16 de noviembre
fecha en el calendario anterior: 12 de abril
†: 1141 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Pío XI 16 may 1928
hagiografía: Santi e Beati
fecha en el calendario anterior: 12 de abril
†: 1141 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: Pío XI 16 may 1928
hagiografía: Santi e Beati
Elogio: En el monasterio de Cava dei Tirreni, en la Campania, beato Simeón,
abad.
refieren a este santo: San Alferio de
La Cava, Beato Falcón
Las noticias sobre este digno abad de la
abadía de la Ssma. Trinidad de Cava dei Tirreni, vienen de diferentes fuentes
autorizadas, algunas contemporáneas, incluyendo el «Kalendarium» de 1280, que
marca el día de su muerte y es la primera evidencia del culto que se la ha
tributado. Simeón fue el cuarto abad de Cava, de esa abadía famosa e importante
fundada por san Alferio hacia
1020. Fue además el primero de los abades cavenses que serán elegidos por los
monjes, en 1124, mientras que los anteriores fueron nombrados por sus
predecesores. Otros documentos testimonian su presencia desde 1105 como simple
monje en los asuntos administrativos; resulta ser el primer prior, desde 1109 hasta
1113, del reconstruido monasterio de Santa Sofía, en Salerno, que había sido
donado a la abadía en el año 1100; además se lo encuentra como prior del
importante monasterio de San Arcángel Cilento entre 1119 y 1120.
Simeón gobernó en una época que se había
vuelto difícil en lo político y religioso a causa de las luchas entre los
normandos y el papado, y llevó a cabo su tarea de manera encomiable, tanto como
para suscitar la estima de los dos poderes, recibiendo como otros abades de
Cava, feudos, bienes y privilegios que hicieron grande y poderoso a esta
abadia. Antes de tomar decisiones importantes, consultaba con los «seniori» que
tenían relación con los feudos d ela abadía. Para defender al pueblo que
rodeaba a la abadía de las incursiones sarracenas, finalizó de la construcción
del castillo de San Ángel (actualmente Castellabate), que había sido iniciado
unos meses antes por su predecesor, san Constable,
después de lo cual concedió a los habitantes de Castellabate la propiedad de
tierras y casas, con la consiguiente reducción de beneficios para la Abadía;
compró además el puerto «Lu Traversu» al conde de Acerno, para facilitar el
comercio en la zona.
El rey Ruggiero II de Sicilia, los principios
de Salerno, los obispos y señores feudales, lo tenían en alta estima,
concediendo a la abadía exenciones y privilegios, lo mismo que hicieron los
papas Anacleto II e Inocencio II. Gobernó durante 16 años, y murió el 16 de
noviembre 1140. Fue sepultado en la gruta «Arsicia», junto a los anteriores
abades y al fundador. Sus reliquias fueron exhumadas y trasladadas en varias
ocasiones a distintas partes de la iglesia abacial, hasta que luego de la
confirmación de culto por Pío XII el 16 de mayo 1928, fueron colocadas bajo el
altar de san Benito.
Traducido para ETF, con escasos cambios,
de un artículo de Antonio Borrelli.
fuente: Santi e Beati
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4193
San Edmundo Rich, obispo
fecha: 16 de noviembre
n.: c. 1180 - †: 1240 - país: Francia
otras formas del nombre: Edmundo de Abingdon
canonización: C: Inocencio IV 16 dic 1246
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 1180 - †: 1240 - país: Francia
otras formas del nombre: Edmundo de Abingdon
canonización: C: Inocencio IV 16 dic 1246
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En la villa de Soisy, en Francia, muerte de san Edmundo Rich, obispo
de Cantorbery, que, desterrado por defender los derechos de la Iglesia, llevó
una vida santa entre los monjes cistercienses de Pontigny.
refieren a este santo: San Ricardo de
Chichester

Edmundo era el hijo menor de Reinaldo (o
Eduardo) Rich y de su esposa, Mabel. El matrimonio habitaba en Abingdon de
Berkshire, poseía pocos bienes de este mundo, pero estaba colmado de virtudes y
gracias. Con el consentimiento de su esposa y dejando a la familia provista de
todo lo necesario, Reinaldo hizo en su madurez la profesión religiosa en el
monasterio de Eynsham, donde murió poco después. Mabel llevaba una vida muy
austera y educó a sus hijos estricta y piadosamente. A eso de los doce años,
Edmundo partió a estudiar a Oxford. Unos tres años más tarde, se trasladó a
París a proseguir sus estudios, junto con su hermano Roberto. Naturalmente, los
dos chicos tenían cierto miedo de abandonar su patria para ir a valerse por sí
mismos en un país extranjero. Su madre los exhorto a confiar en Dios y dio a
cada uno una camisa de cerdas, que ambos prometieron usar. Edmundo volvió a
Inglaterra para acompañar a su madre en la ultima enfermedad. Mabel le dio la
bendición antes de morir. Edmundo le pidió que bendijese también a su hermano y
a sus hermanas, pero ella replico: «Ya los bendije en ti, porque a través de ti
van a recibir abundantes bendiciones del cielo». En seguida, Mabel confió a
todos sus hermanos a Edmundo. Como sus dos hermanas querían ser religiosas,
Edmundo las condujo al convento de las benedictinas de Catesby, en
Northamptonshire, donde ambas se distinguieron por su santidad y murieron ejerciendo
el cargo de abadesas. Edmundo volvió a París a proseguir sus estudios.
En Oxford había hecho un voto de castidad
que supo guardar fielmente, aun en las circunstancias difíciles, según cuenta
su biógrafo. Llevaba una vida ejemplar en la Universidad, y solía asistir
asiduamente a los divinos oficios. Con el tiempo, llego a ser maestro en
Oxford, donde se dedicó afanosamente al estudio y la enseñanza de las
matemáticas. Una noche soñó que su madre le señalaba ciertas figuras
geométricas y le preguntaba que significaban. Edmundo repuso que sus clases
versaban sobre estas figuras y ella le respondió, que le sería más útil
dedicarse al estudio de la Santísima Trinidad. A partir de entonces, Edmundo se
entregó al estudio de la teología, se doctoró y recibió las ordenes sagradas,
no sabemos si en Oxford o en París. Durante ocho años, fue profesor de teología
en Oxford y, según se dice, fue el primero que enseñó la lógica de Aristóteles
en esa Universidad. Tuvo mucho éxito como profesor, como predicador y muchos de
sus discípulos llegaron a distinguirse. El santo se interesaba grandemente por
ellos, sobre todo por los pobres y enfermos. Consigo mismo era tan austero como
lo había sido su madre. Como lo hizo notar un abad de Reading, no descansaba ni
siquiera durante las vacaciones. Hacia 1222, fue nombrado canónigo y tesorero
de la catedral de Salisbury. Al cargo iba unida una prebenda en Calne de
Wiltshire, donde estaba obligado a residir tres meses al año. Edmundo consagró
la cuarta parte de sus rentas a crear un fondo catedralicio. El resto lo daba
casi íntegro a los pobres, de suerte que lo poco que le quedaba no le alcanzaba
para vivir todo el año y tuvo que pedir hospitalidad en la abadía de Stanley,
cerca de Calne. El abad le reprendió más de una vez por su liberalidad y falta
de previsión. En 1227, Gregorio IX le mando que predicase la Cruzada contra los
sarracenos, y le concedió el derecho de recibir un estipendio de cada una de
las iglesias en que predicase. Edmundo cumplió la orden con gran celo, pero no
acepto estipendio alguno. Sus palabras eran de fuego e inflamaban a sus oyentes.
Se cuenta, además, que confirmó con milagros su predicación en Worcester,
Leominster y otros sitios. Guillermo Longsword, conde de Salisbury, que durante
largo tiempo había descuidado sus deberes religiosos, se convirtió gracias a su
predicación y a su conversación. San Edmundo fue uno de los maestros más
experimentados de la época en materia de vida interior y solía exhortar, con
frecuencia, a los fieles a la oración afectiva. En cierta ocasión escribió:
«Miles de personas se engañan multiplicando las oraciones. Yo preferiría decir
devotamente cinco palabras con toda el alma, en vez de 5000 sin acompañarlas
con el afecto y el entendimiento. Cantad al Señor sabiendo lo que decís; el
sentimiento del alma debe acompañar las palabras que los labios repiten». San
Edmundo supo unir con tal acierto la experiencia interior con los conocimientos
de teología mística y especulativa, que llegó a un alto grado de contemplación.
Después de tres votaciones que fueron
anuladas, san Edmundo fue elegido arzobispo de Canterbury, una sede que había
estado largo tiempo vacante. Los electores enviaron algunos hombres a Calne
para dar la noticia a san Edmundo y acompañarle a Canterbury. El santo, que al
parecer no sabía nada, protestó contra la elección. Entonces, los enviados acudieron
a Roberto, obispo de Salisbury, quien mando al santo que aceptase. Edmundo se
sometió, no sin resistencia, y fue consagrado el 2 de abril de 1234. Pocos días
después tomó parte en un parlamento reunido en Westminster, cuyos miembros
informaron a Enrique III del estado lamentable del reino y le pidieron que
despidiese a los ministros indignos de ese cargo. Así lo hizo el monarca, quien
envió a san Edmundo y a otros obispos al occidente del país a negociar una
tregua con Llewelyn de Gales y otros nobles desafectos a la corona. Por
entonces, san Edmundo nombro canciller de su diócesis a san Ricardo de
Wyche, quien fue más tarde obispo de Chichester. Según parece,
Ricardo de Wyche y Roberto Rich, hermano de san Edmundo, permanecieron con él
hasta su muerte. En 1237, san Edmundo presidió la ceremonia de la solemne
ratificación que hizo Enrique III de la «Carta Magna», en la abadía de
Westminster. Desgraciadamente, el matrimonio del monarca con Eleonor de
Provenza había abierto la puerta a los ministros y favoritos extranjeros.
Enrique III había obtenido que el cardenal Otto fuese nombrado legado
pontificio para que apoyase su política contra los barones ingleses. San
Edmundo reprendió por ello al rey y le predijo que el nombramiento del legado
produciría todavía más desordenes en el reino. El cardenal Otto produjo muy
buena impresión a su llegada, pues se negó a aceptar los presentes que le
habían enviado todos los bandos. En calidad de legado, presidio un sínodo
reunido en San Pablo, que promulgó cierto numero de cánones sobre la disciplina
del clero y sobre los beneficios eclesiásticos; pero algunos cánones favorecían
a los extranjeros contra los ingleses en materia de beneficios, y fueron muy
mal recibidos. Enrique III se las arreglo para valerse del legado contra san
Edmundo y los obispos y barones ingleses.
El amor y la solicitud por la paz fueron
característicos de san Edmundo. Sin embargo, prefirió romper con todos sus
amigos y enemistarse con ellos, antes que aprobar o tolerar la menor desviación
de la justicia y el derecho. La hostilidad de sus enemigos jamás le hizo perder
la paz, ni disminuyó la tierna caridad con que los amaba. San Edmundo parecía
indiferente a todas las injusticias que se cometían contra él. Acostumbraba
decir que las tribulaciones eran el alimento con el que Dios fortalecía a las
almas, y las consideraba como una miel agridulce de la que su alma debía
alimentarse en el desierto de esta vida, como san Juan Bautista. Nicolás
Trivet, el cronista de la orden de Santo Domingo, cuenta que san Edmundo solía
llevar siempre en su comitiva a algún sabio dominico. Uno de estos que murió a
edad muy avanzada, refirió al cronista la siguiente anécdota: En una ocasión,
el santo había invitado a comer a varias personas, a las que hizo esperar largo
tiempo. Como la comida ya estaba servida, Ricardo, el canciller de la diócesis,
fue a llamar a san Edmundo y le encontró en la capilla, absorto en oración,
elevado varios palmos sobre el suelo.
Las injusticias y abusos cometidos por
Enrique III en materia de relaciones entre la Iglesia y el Estado no fueron las
únicas dificultades de san Edmundo. Los monjes de la Christ Church de
Canterbury, a quienes estaba confiada la catedral, se levantaron contra el
arzobispo en defensa de ciertos presuntos derechos. Aunque san Edmundo se
mostró dispuesto a negociar y el legado pontificio aconsejo a los monjes que se
sometiesen, éstos se obstinaron hasta que el escándalo se divulgó por todo el
país. San Edmundo decidió presentar personalmente el asunto en Roma en 1237.
Una noche, el Papa le llamo después de completas. San Edmundo contó al
Pontífice que su recado le había llegado cuando estaba en oración. El Papa
replicó sonriendo: «Vos seríais un monje excelente». El santo contesto:
«¡Pluguiese a Dios que fuese yo un buen monje y me viese libre del peso de los
negocios! !Cuan feliz y apacible es la vida de los monjes!» En todo caso, los
monjes de Canterbury no eran apacibles, de suerte que el arzobispo se vio
obligado a excomulgar a diecisiete de ellos a su regreso. El rey se opuso a san
Edmundo y sus sufragáneos. Lo mismo hizo el cardenal Otto, quien absolvió a los
monjes que san Edmundo había excomulgado, desautorizó varias decisiones suyas
de gran importancia, y llegó hasta usurpar los derechos personales del primado
de Inglaterra. En un concilio reunido en Reading el legado exigió que los
obispos y el clero contribuyesen con la quinta parte de sus rentas a los gastos
de guerra del Papa contra el emperador Federico II. Para entonces, existía ya
un gran descontento por la cantidad de beneficios jugosos que poseían en
Inglaterra ciertos personajes, en su mayoría italianos, que habían sido
nombrados por el Papa y no habían puesto jamás el pie en el país. Ello traía
consigo grandes daños materiales y espirituales. El mayor enemigo de ese abuso
era el piadoso Roberto Grossatesta, a quien san Edmundo consagro obispo de
Lincoln. Los obispos pidieron consejo al primado. San Edmundo les dijo:
«Hermanos míos, bien sabéis que vivimos en una época tan difícil, que más nos
valdría estar muertos. Tenemos que hacer de la necesidad una virtud, porque el
Papa nos tira de un lado y el rey de otro, y no veo como podemos oponerles
resistencia».
Enrique III solía dejar vacantes las sedes
y sus beneficios para disfrutar de sus rentas y aun llegaba a impedir las
elecciones con el daño consiguiente para los fieles. San Edmundo había obtenido
de Gregorio IX un breve, según el cual, cuando un oficio o beneficio permanecía
vacante durante seis meses, el metropolitano podía aplicar las rentas a
cualquier catedral o iglesia abacial. Cuando Enrique III consiguió que el Papa
anulase dicho breve, san Edmundo empezó a aparecer como una figura semejante a
la de Tomas Becket. En efecto, el gobierno de su diócesis se le había hecho
casi imposible, pues el cardenal Otto anulaba todas las medidas que él tomaba.
Así pues, san Edmundo decidió salir del país. Se despidió del monarca, bendijo
a la nación, «se detuvo sobre una colina en las proximidades de Londres» y se
embarco en Thanet. «Mirando hacia las costas de Inglaterra, se echo a llorar
amargamente, pues presentía que nunca volvería a verla.» El santo se asilo en
la abadía cisterciense de Pontigny, «donde se refugiaban todos los obispos que habían
sido expulsados de Inglaterra por defender la justicia ... El bienaventurado
mártir Tomas había esperado ahí durante dos años el premio que merecía su
vida». Durante los pocos meses que paso en la abadía, san Edmundo vivió como
uno de tantos monjes; escribía en el «scriptorium» y predicaba en las
poblaciones de los alrededores. En 1240, su mala salud le obligo a trasladarse
al priorato de los canónigos regulares de Soissy. Allí murió al amanecer del
viernes 16 de noviembre, Después de haber levantado la excomunión a los monjes
de Canterbury y de haber enviado su camisa de cerdas a su hermano Roberto y su
capa y una imagen a sus dos hermanas. Fue sepultado en la iglesia mayor de
Pontigny, donde se conservan todavía sus reliquias con gran veneración. Su canonización
tuvo lugar seis años mas tarde. La fiesta del santo se celebra en casi todas
las diócesis de Inglaterra, en Meaux, en Sens y en los conventos cistercienses.
En conjunto, estamos muy bien informados
acerca de la vida de san Edmundo. Además de los abundantes datos que se
encuentran en las crónicas contemporáneas, como la de Mateo Paris, hay por lo
menos cuatro biografías serias. Desgraciadamente, no sabemos quienes fueron sus
autores. Es de suponer que fueron compuestas por Roberto Rich, Beltran (prior
de la abadía cisterciense de Pontigny), Mateo Paris, Eustacio (monje de
Canterbury) y Roberto Bacon (fraile dominico, tío o hermano del celebre
franciscano Roger Bacon); pero es imposible identificar al autor de cada una.
El texto más largo y tal vez el más satisfactorio puede verse en Martene y
Durand, Thesaurus novus anecdotorum, vol. III, pp. 1775-1826. El segundo fue
publicado por W. Wallace en su Life of St Edmund of Canterbury (1893), pp.
543-583, junto con otros dos, pp. 589-624. además de esta excelente obra,
existen las biografías de la baronesa de Palavicini (1898), Mons. Bernard Ward
(1903) , y M. R. Newbolt (1928). Parece que algunos tratados teológicos de san
Edmundo pasaron inadvertidos en un manuscrito, según lo demuestra Mons. Lacombe
en un articulo titulado Quaestiones Aberdonenses, en Melanges Mandonnet (1930),
vol. II, pp. 163-191.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4194

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