Santas Flora y María
"Ve aquí a quien buscas;
cristiana soy, amo la cruz y á los que siguen la religión católica. Mira si
puedes vencer esta confesión; cuantos tormentos puedas imaginar, no harán más
que acrisolar mi constancia”.
![]() |
|
Santa Flora.
Gracias a P. Angel Estecha |
Las palabras anteriores resuenan en
la Córdoba del siglo IX hasta hoy. Son las que la joven Flora dice a su hermano
musulmán.
Educada en la fe del Islam pero
convertida a la fe de Cristo, Flora había huido de su casa junto a su hermana
Baldegoto, para vivir con cristianos y poder recibir los Sacramentos y la
Palabra del Señor, ejercer la oración y la caridad libremente. No dejó pasar
esta afrenta el hermano y en venganza, hizo encarcelar sacerdotes, asolar
monasterios, con lo que Flora, dolida, y por proteger a sus hermanos de fe,
volvió junto a su hermano de sangre, al que dijo la frase con que abrimos el
artículo.
El hermano, celoso de la fe y enloquecido, la llevó ante el
juez, acusándola de renegada. Ante este, Flora manifestó que a Jesucristo solo
conocía, al que había dado su corazón como a Esposo. Fue golpeada en la cabeza
con tal fuerza, que le rompieron la piel y el cráneo quedó al descubierto.
Devuelta a su hermano, este la volvió a instruir en la fe del Corán. Pero no
quedó Flora escarmentada, y su corazón ardía de amor a Jesús, así que una noche
volvió a escapar de su casa, hasta llegar a Jaén, cerca de Martos, donde vivió
varios años como una cristiana más, sin dar a conocer su verdadera identidad.
Arreciada la persecución, fue llevada ante el juez en Córdoba, ciudad donde la
providencia la unió a María.
![]() |
|
Santa María.
Imagen que se venera en Niebla |
Esta era hermana de San Walabonso (7 de junio), diácono y mártir; y era religiosa del
monasterio de Santa María de Cuteclara. Recibió un aviso desde cielo de parte
de su hermano, sobre que no le llorase más, puesto que pronto ella le
acompañaría en el cielo. Y sin tardar, salió del monasterio, rumbo a Córdoba.
Se encontraron ambas jóvenes en la iglesia de San Acisclo, preguntándose una a
otra a que habían ido a aquel lugar, y habiendo descubierto mutuamente la
vocación al martirio; se encaminaron juntas adonde el juez. Ambas dijeron
quienes eran. Una, la castigada años ha; la otra, la hermana de uno de los
santos mártires. El juez las mandó a la cárcel, amenazándolas con la muerte y
la profanación de su castidad. Allí en la cárcel estaba San Eulogio (9 de enero), quien las instruyó y animó en su
decisión de ser mártires de Cristo. Y lo hizo de palabra y por escrito, con un
pequeño tratado escrito en la misma prisión, llamado “Aviso de los mártires”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario