Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, viuda y fundadora
fecha: 13 de diciembre
fecha en el calendario anterior: 21 de agosto
n.: 1572 - †: 1641 - país: Francia
canonización: B: Benedicto XIV 1751 - C: Clemente XIII 1767
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 21 de agosto
n.: 1572 - †: 1641 - país: Francia
canonización: B: Benedicto XIV 1751 - C: Clemente XIII 1767
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En el monasterio de la Visitación, de Moulins, en Francia, muerte de
santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, cuya memoria se celebra el doce de
agosto.
Patronazgos: para pedir un buen parto.
Oración: Señor, Dios nuestro, que adornaste
con excelsas virtudes a santa Juana Francisca de Chantal en los distintos
estados de su vida, concédenos, por su intercesión, caminar fielmente según
nuestra vocación, para dar siempre testimonio de la luz. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y
es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

El padre de santa Juana de Chantal era
Benigno Frémiot, presidente del parlamento de Borgoña. El señor Frémiot había
quedado viudo cuando sus hijos eran todavía pequeños, pero no ahorró ningún
esfuerzo para educarlos en la práctica de la virtud y prepararlos para la vida.
Juana, que recibió en la confirmación el nombre de Francisca, fue sin duda la
que mejor supo aprovechar esa magnífica educación. Cuando la joven tenía veinte
años, su padre, que la amaba tiernamente, la concedió en matrimonio al barón de
Chantal, Cristóbal de Rabutin. El barón tenía veintisiete años, era oficial del
ejército francés y contaba con un largo historial de victoriosos duelos; su
madre descendía de la beata Humbelina. El matrimonio tuvo lugar en Dijon y
Juana Francisca partió con su marido a Bourbilly. Desde la muerte de su madre,
el barón no había llevado una vida muy ordenada, de suerte que la servidumbre
de su casa se había acostumbrado a cierta falta de disciplina; en consecuencia,
el primer cuidado de la flamante baronesa fue establecer el orden en su casa.
Los tres primeros hijos del matrimonio murieron poco después de nacer; pero los
jóvenes esposos tuvieron después un niño y tres niñas que vivieron. Por otra
parte, poseían cuanto puede constituir la felicidad a los ojos del mundo y
procuraban corresponder a tantas bendiciones del cielo. Cuando su marido se
hallaba ausente, la baronesa se vestía en forma muy modesta y, si alguien le
preguntase por qué, ella respondía: «Los ojos de aquél a quien quiero agradar
están a cien leguas de aquí». Las palabras que san Francisco de
Sales dijo más tarde sobre santa Juana Francisca podían
aplicársele ya desde entonces: «La señora de Chantal es la mujer fuerte que
Salomón no podía encontrar en Jerusalén».
Pero la felicidad de la familia sólo duró
nueve años. En 1601, el barón de Chantal salió de cacería con su amigo, el
señor D'Aulézy, quien accidentalmente le hirió en la parte superior del muslo.
El barón sobrevivió nueve días, durante los cuales sufrió un verdadero martirio
a manos de un cirujano muy torpe y recibió los últimos sacramentos con ejemplar
resignación. La baronesa había vivido exclusivamente para su esposo, de modo
que el lector puede suponer fácilmente su dolor al verse viuda a los veintiocho
años. Durante cuatro meses estuvo sumida en el más profundo dolor, hasta que
una carta de su padre le recordó sus obligaciones para con sus hijos. Para
demostrar que había perdonado de corazón al señor D'Aulézy, la baronesa le
prestó cuantos servicios pudo y fue madrina de uno de sus hijos. Por otra
parte, redobló sus limosnas a los pobres y consagró su tiempo a la educación e
instrucción de sus hijos. Juana pedía constantemente a Dios que le diese un
guía verdaderamente santo, capaz de ayudarla a cumplir perfectamente su
voluntad. Una vez, mientras repetía esta oración, vio súbitamente a un hombre
cuyas facciones y modo de vestir reconocería más tarde, al encontrar en Dijon a
san Francisco de Sales. En otra ocasión, se vio a sí misma en un bosquecillo,
tratando en vano de encontrar una iglesia. Por aquel medio, Dios le dio a
entender que el amor divino tenía que consumir la imperfección del amor propio
que había en su corazón y que se vería obligada a enfrentarse con numerosas
dificultades.
La futura santa fue a pasar el año del
luto en Dijon, en casa de su padre. Más tarde, se transladó con sus hijos a
Monthelon, cerca de Autun, donde habitaba su suegro, que tenía ya setenta y
cinco años. Desde entonces, cambió su hermosa y querida casa de Bourbilly por
un viejo castillo. A pesar de que su suegro era un anciano vanidoso, orgulloso
y extravagante, dominado por una ama de llaves insolente y de mala reputación,
la noble dama no pronunció jamás una sola palabra de queja y se esforzó por
mostrarse alegre y amable. En 1604, san Francisco de Sales fue a predicar la
cuaresma a Dijon y Juana se transladó ahí con su suegro para oír al famoso
predicador. Al punto reconoció en él al hombre que había vislumbrado en su
visión y comprendió que era el director espiritual que tanto había pedido a
Dios. San Francisco cenaba frecuentemente en casa del padre de Juana Francisca
y ahí se ganó, poco a poco, la confianza de ésta. Ella deseaba abrirle su
corazón, pero la retenía un voto que había hecho por consejo de un director
espiritual indiscreto, de no abrir su conciencia a ningún otro sacerdote. Pero
no por ello dejó de sacar gran provecho de la presencia del santo obispo, quien
a su vez se sintió profundamente impresionado por la piedad de Juana Francisca.
En cierta ocasión en que se había vestido más elegantemente que de ordinario,
san Francisco de Sales le dijo: «¿Pensáis casaros de nuevo?» «De ninguna
manera, Excelencia», replicó ella. «Entonces os aconsejo que no tentéis al
diablo», le dijo el santo. Juana Francisca siguió el consejo.
Después de vencer sus escrúpulos sobre su
voto indiscreto, la santa consiguió que Francisco de Sales aceptara dirigirla.
Por consejo suyo, moderó un tanto sus devociones y ejercicios de piedad para
poder cumplir con sus obligaciones mundanas én tanto que vivía con su padre o
con su suegro. Lo hizo con tanto éxito, que alguien dijo de ella: «Esta dama es
capaz de orar todo el día sin molestar a nadie». De acuerdo con una estricta
regla de vida, consagrada la mayor parte de su tiempo a sus hijos, visitaba a
los enfermos pobres de los alrededores y pasaba en vela noches enteras junto a
los agonizantes. La bondad y mansedumbre de su carácter mostraban hasta qué
punto había secundado las exigencias de la gracia, porque en su naturaleza
firme y fuerte había cierta dureza y rigidez que sólo consiguió vencer del todo
al cabo de largos años de oración, sufrimiento y paciente sumisión a la
dirección espiritual. Tal fue la obra de san Francisco de Sales, a quien Juana
Francisca iba a ver, de cuando en cuando, a Annecy, en Saboya, y con quien
sostenía una nutrida correspondencia. El santo la moderó mucho en materia de
mortificaciones corporales, recordándole que san Carlos Borromeo, «cuya
libertad de espíritu tenía por base la verdadera caridad», no vacilaba en
brindar con sus vecinos, y que san Ignacio de Loyola había comido
tranquilamente carne los viernes por consejo de un médico, «en tanto que un
hombre de espíritu estrecho hubiese discutido esa orden cuando menos durante
tres días». San Francisco de Sales no permitía que su dirigida olvidase que
estaba todavía en el mundo, que tenía un padre anciano y, sobre todo, que era
madre; con frecuencia le hablaba de la educación de sus hijos y moderaba su
tendencia a ser demasiado estricta con ellos. En esta forma, los hijos de Juana
Francisca se beneficiaron de la dirección de san Francisco de Sales tanto como
su madre.
Durante algún tiempo, la señora de Chantal
se sintió inclinada a la vida conventual por varios motivos, entre los que se
contaba la presencia de las carmelitas en Dijon. San Francisco de Sales,
después de algún tiempo de consultar el asunto con Dios, le habló en 1607 de su
proyecto de fundar la nueva Congregación de la Visitación. Santa Juana acogió
gozosamente el proyecto; pero la edad de su padre, sus propias obligaciones de
familia y la situación de los asuntos de su casa constituían, por el momento,
obstáculos que la hacían sufrir. Juana Francisca respondió a su director que la
educación de sus hijos exigía su presencia en el mundo, pero el santo le
respondió que sus hijos ya no eran niños y que desde el claustro podría velar
por ellos tal vez con más fruto, sobre todo si tomaba en cuenta que los dos
mayores estaban ya en edad de «entrar en el mundo». En esa forma, lógica y
serena, resolvió san Francisco de Sales todas las dificultades de la señora de
Chantal. Antes de abandonar el mundo, Juana Francisca casó a su hija mayor con
el barón de Thorens, hermano de san Francisco de Sales, y se llevó consigo al
convento a sus dos hijas menores; la primera murió al poco tiempo, y la segunda
se caso más tarde con el señor de Toulonjon. Celso Benigno, el hijo mayor,
quedó al cuidado de su abuelo y de varios tutores. Después de despedirse de sus
amistades, Juana fue a decir adiós a Celso Benigno. El joven, que había tratado
en vano de apartarla de su resolución, se tendió por tierra ante el dintel de
la puerta de la habitación para cerrarle la salida, pero la santa no se dejó
vencer por la tentación de escoger la solución más fácil y pasó sobre el cuerpo
de su hijo. Frente a la casa la esperaba su anciano padre. Juana Francisca se
postró de rodillas y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le impuso las
manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi bendición. Te
ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba tanto como yo a
ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en Su casa. Ruega por mí». La santa
inauguró el nuevo convento el domingo de la Santísima Trinidad de 1610, en una
casa que san Francisco de Sales le había proporcionado, a orillas del lago de
Annecy. Las primeras compañeras de Juana Francisca fueron María Favre, Carlota
de Bréchard y una sirvienta llamada Ana Coste. Pronto ingresaron en el convento
otras diez religiosas. Hasta ese momento, la congregación no tenía todavía
nombre y la única idea clara que san Francisco de Sales poseía sobre su
finalidad, era que debía servir de puerto de refugio a quienes no podían
ingresar en otras congregaciones y que las religiosas no debían vivir en clausura
para poder consagrarse con mayor facilidad a las obras de apostolado y caridad.

Naturalmente, la idea provocó fuerte
oposición por parte de los espíritus estrechos e incapaces de aceptar algo
nuevo. San Francisco de Sales acabó por modificar sus planes y aceptar la
clausura para sus religiosas. A las reglas de San Agustín añadió unas
constituciones admirables por su sabiduría y moderación, «no demasiado duras
para los débiles y no demasiado suaves para los fuertes». Lo único que se negó
a cambiar fue el nombre de "Congregación de la Visitación de Nuestra
Señora", y santa Juana Francisca le exhortó a no hacer concesiones en ese
punto. El santo quería que la humildad y la mansedumbre fuesen la base de la
observancia. «Pero en la práctica -decía a sus religiosas- la humildad es la
fuente de todas las otras virtudes; no pongáis límites a la humildad y haced de
ella el principio de todas vuestras acciones». Para bien de santa Juana y de
las hermanas más experimentadas, el santo obispo escribió el «Tratado del amor
de Dios». Santa Juana progresó tanto en la virtud bajo la dirección de san
Francisco de Sales, que éste le permitió que hiciese el voto de que, en todas
las ocasiones, realizaría lo que juzgase más perfecto a los ojos de Dios.
Inútil decir que la santa gobernó prudentemente su comunidad, inspirándose en
el espíritu de su director.
La madre de Chantal tuvo que salir
frecuentemente de Annecy, tanto para fundar nuevos conventos como para cumplir
con sus obligaciones de familia. Un año después de la toma de hábito, se vio
obligada a pasar tres meses en Dijon, con motivo de la muerte de su padre, para
poner en orden sus asuntos. Sus parientes aprovecharon la ocasión para intentar
hacerla volver al mundo. Una mujer imaginativa exclamó al verla: «¿Cómo podéis
sepultaron en dos metros de tela basta? Deberíais hacer pedazos ese velo». San
Francisco de Sales le escribió entonces las palabras decisivas: «Si os
hubiéseis casado de nuevo con algún señor de Gascuña o de Bretaña, habríais
tenido que abandonar a vuestra familia y nadie habría opuesto en ese caso la menor
objeción ...» Después de la fundación de los conventos de Lyon, Moulins,
Grénoble y Bourges, san Francisco de Sales, que estaba entonces en París, mandó
llamar a la madre de Chantal para que fundase un convento en dicha ciudad. A
pesar de las intrigas y la oposición, santa Juana Francisca consiguió fundarlo
en 1619. Dios la sostuvo, le dio valor y la santa se ganó la admiración de sus
más acerbos opositores con su paciencia y mansedumbre. Ella misma gobernó
durante tres años el convento de París, bajo la dirección de san Vicente de
Paul y ahí conoció a Angélica Arnauld, la abadesa de
Port-Royal, quien no consiguió permiso de renunciar a su cargo e ingresar en la
Congregación de la Visitación. En 1622, murió san Francisco de Sales y su
muerte constituyó un rudo golpe para la madre de Chantal; pero su conformidad
con la voluntad divina le ayudó a soportarlo con invencible paciencia. El santo
fue sepultado en el convento de la Visitación de Annecy. En 1627, murió Celso
Benigno en la isla de Ré, durante las batallas contra los ingleses y los
hugonotes; el hijo de la santa, que no tenía sino treinta y un años, dejaba a
su esposa viuda y con una hijita de un año, la que con el tiempo sería la célebre
Madame de Sévigné. Santa Juana Francisca recibió la noticia con heroica
fortaleza y ofreció su corazón a Dios, diciendo: «Destruye, corta y quema
cuanto se oponga a tu santa voluntad».
El año siguiente, se desató una terrible
peste, que asoló Francia, Saboya y el Piamonte, y diezmó varios conventos de la
Visitación. Cuando la peste llegó a Annecy, la santa se negó a abandonar la
ciudad, puso a la disposición del pueblo todos los recursos de su convento y
espoleó a las autoridades a tomar medidas más eficaces para asistir a los
enfermos. En 1632, murieron la viuda de Celso Benigno, Antonio de Toulonjon (el
yerno de la santa, a quien ésta quería mucho) y el P. Miguel Favre, quien había
sido el confesor de san Francisco y era muy amigo de las visitandinas. A estas
pruebas se añadieron la angustia, la oscuridad y la sequedad espiritual, que en
ciertos momentos eran casi insoportables, como lo prueban algunas cartas de
Santa Juana Francisca. Dios permite con frecuencia que las almas que le son más
queridas atraviesen por largos períodos de bruma, oscuridad y angustia; pero a
través de ellos las lleva con mano segura a las fuentes de la felicidad y al
centro de la luz. En los años de 1635 y 1636, la santa visitó todos los
conventos de la Visitación, que eran ya sesenta y cinco, pues muchos de ellos
no habían tenido aún el consuelo de conocerla. En 1641, fue a Francia para ver
a Madame de Montmorency en una misión de caridad. Ese fue su último viaje. La
reina Ana de Austria la convidó a París, donde la colmó de honores y
distinciones, con gran confusión por parte de la homenajeada. Al regreso, cayó
enferma en el convento de Moulins, donde murió el 13 de diciembre de 1641, a
los sesenta y nueve años de edad. Su cuerpo fue transladado a Annecy y
sepultado cerca del de san Francisco de Sales. La canonización de santa Juana
Francisca tuvo lugar en 1767. San Vicente de Paul dijo de ella: «Era una mujer
de gran fe y, sin embargo, tuvo tentaciones contra la fe toda su vida. Aunque
aparentemente había alcanzado la paz y tranquilidad de espíritu de las almas
virtuosas, sufría terribles pruebas interiores, de las que me habló varias
veces. Se veía tan asediada de tentaciones abominables, que tenía que apartar
los ojos de sí misma para no contemplar ese espectáculo insoportable. La vista
de su propia alma la horrorizaba como si se tratase de una imagen del infierno.
Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad ni cejó en
la plena fidelidad que Dios le exigía. Por ello, la considero como una de las
almas más santas que me haya sido dado encontrar sobre la tierra».
Aparte de los escritos y la
correspondencia de la santa y de las cartas de san Francisco de Sales, las
fuentes biográficas más importantes son las Mémoires de la Madre de Chaugy.
Dicha obra constituye el primer volumen de la colección Sainte Chantal, sa vie
et ses oeuvres (1874-1879, 8 vols.). Las cartas de san Francisco se hallan en
la imponente edición de sus obras (20 vols.), publicada por las religiosas de
la Visitación de Annecy; naturalmente, las cartas de san Francisco son muy
importantes por la luz que arrojan sobre los orígenes de la Congregación de la
Visitación. Además, la fundadora tuvo la suerte de encontrar en los tiempos
modernos, un biógrafo ideal: la Histoire de Sainte Chantal et des origines de
la Visitation de Mons. Bougaud resulta ser una de las obras maestras de la
hagiografía.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 4167 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4505
Beato Antonio Grassi, religioso presbítero
fecha: 13 de diciembre
n.: 1592 - †: 1671 - país: Italia
canonización: B: León XIII 30 sep 1900
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1592 - †: 1671 - país: Italia
canonización: B: León XIII 30 sep 1900
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Fermo, del Piceno, en Italia,
beato Antonio Grassi, presbítero de la Congregación del Oratorio, varón humilde
y pacífico, que con su ejemplo impulsó a los hermanos a observar la Regla.

Vicente Grassi, padre de nuestro beato, que
nació en Fermo, de las Marcas, en Italia, era un caballero de vida piadosa, muy
devoto de Nuestra Señora de Loreto. Cuando murió, en 1602, su hijo Antonio
tenía diez años. El niño había heredado la piedad de su padre y supo
transformarla en santidad. Durante sus estudios primarios, solía ir a la
iglesia de los oratorianos. Allí conoció al P. Flaminio Ricci, discípulo
personal de san Felipe Neri, quien descubrió la vocación de Antonio y le alentó
a seguirla. Así pues, a pesar de que su madre se oponía un tanto, Antonio
ingresó en la comunidad del Oratorio a los diecisiete años. Como se había
distinguido en los estudios, sus compañeros le consideraban como un
«diccionario ambulante». Pronto, los conocimientos escriturísticos y teológicos
del joven igualaron los que ya poseía en materia de literatura clásica y
filosófica. El Oratorio de Fermo, el tercero que fundó en vida san Felipe Neri,
formó en su ambiente lleno de gracia al beato Antonio. Durante varios años, se
vio atormentado de escrúpulos, pero quedó perfectamente en paz desde el momento
en que celebró su primera misa y, a partir de entonces, la serenidad fue una de
sus principales característcias. El P. Mazziotti, S.J., dijo de él: «Jamás le
vi salirse de sus casillas», y el cardenal Facchinetti de Espoleto dio un
testimonio semejante.
En 1621, a los veintinueve años de edad,
cuando llevaba ya varios de ser sacerdote, tuvo lugar un acontecimiento que
dejó una huella indeleble en la vida del P. Grassi. La cicatriz corporal que le
quedó fue muy leve, pero la impresión espiritual muy honda. En efecto, se
hallaba el beato orando en la iglesia de la Santa Casa de Loreto, cuando un
rayo cayó sobre él. El suceso es tan extraordinario que vale la pena citar el
relato del santo:
«Sentí un sacudimiento y me encontré como fuera de mí mismo. Me parecía que mi alma estaba separada de mi cuerpo y que estaba yo desvanecido ... Después, oí un gran estruendo, como el de un rayo. Abrí los ojos y vi que había rodado escaleras abajo. En el piso había fragmentos de piedra, y el sitio estaba invadido por un humo tan espeso que parecía niebla. Al principio creí que se había derrumbado el techo; pero, cuando levanté los ojos, vi que estaba intacto. Después, me di cuenta de que me faltaba un trozo de piel en un dedo, y me acordé de que había oído decir que un sacerdote de Camerino había muerto fulminado por un rayo y que la única herida que había sufrido era el levantamiento de la piel de la mano. Por eso, al ver mi dedo, pensé que iba a morir. La idea me pareció tanto más verosímil cuanto que tenía una sensación de calor intenso en el costado. Traté de mover las piernas, pero habían perdido la sensibilidad. Me dio miedo pensar que aquel calor ardiente me iba a llegar al corazón y me iba a matar. Estaba indefenso, tirado sobre la escalera, sin poder moverme. Pensé, ya que no moriría en el Oratorio, que tenía por lo menos la dicha de morir en un santuario de la Madre de Dios. Entonces, alguien se me acercó, y yo le dije que no podía moverme. Él fue a pedir auxilio. Trajeron una silla, me sentaron, y nuevamente perdí el conocimiento. Pero me daba cuenta de que mi cabeza, mis brazos y mis pies colgaban como guiñapos y de que tenía entorpecida la vista y el habla, pero conservaba el oído. Alguien empezó a sugerirme los santos nombres de Jesús y María».
«Sentí un sacudimiento y me encontré como fuera de mí mismo. Me parecía que mi alma estaba separada de mi cuerpo y que estaba yo desvanecido ... Después, oí un gran estruendo, como el de un rayo. Abrí los ojos y vi que había rodado escaleras abajo. En el piso había fragmentos de piedra, y el sitio estaba invadido por un humo tan espeso que parecía niebla. Al principio creí que se había derrumbado el techo; pero, cuando levanté los ojos, vi que estaba intacto. Después, me di cuenta de que me faltaba un trozo de piel en un dedo, y me acordé de que había oído decir que un sacerdote de Camerino había muerto fulminado por un rayo y que la única herida que había sufrido era el levantamiento de la piel de la mano. Por eso, al ver mi dedo, pensé que iba a morir. La idea me pareció tanto más verosímil cuanto que tenía una sensación de calor intenso en el costado. Traté de mover las piernas, pero habían perdido la sensibilidad. Me dio miedo pensar que aquel calor ardiente me iba a llegar al corazón y me iba a matar. Estaba indefenso, tirado sobre la escalera, sin poder moverme. Pensé, ya que no moriría en el Oratorio, que tenía por lo menos la dicha de morir en un santuario de la Madre de Dios. Entonces, alguien se me acercó, y yo le dije que no podía moverme. Él fue a pedir auxilio. Trajeron una silla, me sentaron, y nuevamente perdí el conocimiento. Pero me daba cuenta de que mi cabeza, mis brazos y mis pies colgaban como guiñapos y de que tenía entorpecida la vista y el habla, pero conservaba el oído. Alguien empezó a sugerirme los santos nombres de Jesús y María».
Cuando volvió plenamente en sí, el P.
Grassi, que seguía pensando que iba a morir, pidió la extremaunción. El médico
aconsejó que se le administrase, pero que antes se le trasladase a su convento. «Entonces
comprendí que, en cuanto creemos que la muerte está cerca, nos volvemos
indiferentes a todas las cosas del mundo y caemos en la cuenta de su vaciedad
... Después, me dieron un poco de sopa. La noche fue tranquila.» A los
pocos días, el P. Grassi estaba completamente restablecido. La ropa interior
que llevaba cuando recibió la descarga del rayo, estaba desgarrada; el beato la
dejó en el santuario como ex-voto. El mismo cuenta que el choque le curó para
siempre de la mala digestión. Pero el efecto más importante fue que, a partir
de entonces, comprendió que su vida pertenecía a Dios de una manera especial,
de suerte que no se le pasaba día sin darle gracias por haberle preservado y,
todos los años hacía una peregrinación a Loreto con la misma intención.
Poco después del suceso, el P. Antonio
pidió y obtuvo las facultades para oír confesiones. Dicho ministerio había de
ser durante toda su vida una de sus ocupaciones principales. En él se mostraba
tan sencillo como en todo lo demás: escuchaba al penitente, le decía unas
cuantas palabras de exhortación, le imponía la penitencia y le daba la
absolución. Generalmente, no daba consejos ni sugería métodos sino en lo
estrictamente relacionado con la confesión. Los testimonios del proceso de
beatificación demostraron ampliamente que el beato poseía el don de leer los
corazones; ese don no se limitaba a cosas generales, sino que descendía a
pormenores para los que no bastaba el conocimiento natural. En 1635, el Beato
Antonio fue elegido superior del Oratorio de Fermo. Desempeñó ese cargo con
tanto acierto, que sus hermanos le reeligieron cada tres años, hasta el fin de
su vida. Solía decir que, cuando se trataba de dar informes sobre una persona,
no había que atender a un solo rasgo ni a una sola acción, sino al conjunto, y
que generalmente el conjunto era bueno. Naturalmente, con ideas tan amplias,
era un superior muy bondadoso. En cierta ocasión en que alguien le preguntó por
qué no gobernaba con mayor severidad, él replicó: «No sé cómo hacerlo. ¿Habrá
que hacer esto?», y al decirlo tomaba una actitud de pomposa severidad. El P.
Antonio no practicaba penitencias corporales extraordinarias, ni las aconsejaba
a nadie. Cuando un curioso le preguntó si llevaba bajo la sotana una camisa de
pelo, el beato respondió que no, porque había aprendido de san Felipe Neri que
conviene comenzar por la mortificación espiritual. A este propósito, decía: «La
humillación del espíritu y de la voluntad es más eficaz que una camisa de pelo
bajo la ropa».
Esto no significa que fuese negligente;
muy al contrario, insistía en que sus súbditos observasen a la letra las reglas
del Oratorio y supo mantener en su comunidad un nivel muy alto de observancia,
valiéndose para ello del ejemplo y la palabra. Cuando tenía que reprender, lo
hacía con voz suave y no permitía que nadie hablase en la casa en tono
demasiado alto. Cuando alguien lo olvidaba, el beato le decía: «Por favor,
padre, basta con unos cuantos centímetros de voz». Esa indicación era
suficiente para corregir al culpable. La influencia del P. Antonio se extendía
mucho más allá de los muros del Oratorio. El arzobispo de Fermo, Mons.
Gualteri, decía que no sabía lo que haría sin él, y los cardenales Facchinetti
de Espoleto y Emilio Altieri (más tarde Clemente X), le consultaban
frecuentemente acerca de cuestiones espirituales y administrativas. En 1649, el
hambre produjo revueltas entre los habitantes de Fermo. El P. Antonio trató de
mediar entre el cardenal-gobernador y el pueblo, y estuvo a punto de morir asesinado
por la multitud. Siempre se preocupó mucho por el bienestar de sus
compatriotas. Jamás hacía visitas de cortesía, pero en cambio estaba pronto a
acudir a la casa de los enfermos, de los moribundos y de los necesitados, a
cualquier hora del día o de la noche. Con los años, fue aumentando el don de
profecía del P. Antonio, quien lo empleaba con frecuencia para consolar o
prevenir a quienes iban a consultarle. Ya muy cerca de los ochenta años, el
beato empezó a sentir los molestos efectos de la edad; en efecto, tuvo que
dejar de predicar, porque había perdido los dientes y no conseguía hacerse
entender, y también tuvo que dejar de oír confesiones. Sin embargo, siguió
trabajando activamente, sobre todo cuando se trataba de convertir a un pecador.
Una caída en la escalera le obligó a permanecer recluido en su cuarto y, en
noviembre de 1671, tuvo que guardar cama. Durante la enfermedad, que duró dos
semanas, Mons. Gualteri le llevó diariamente la comunión. Uno de los últimos
actos del beato fue reconciliar a dos hermanos que estaban peleados a muerte.
También devolvió la vista al P. Remigio Leti, por lo menos lo suficiente para
que pudiese celebrar el santo sacrificio, cosa que no había podido hacer
durante los últimos nueve años. Se atribuyeron muchos milagros al P. Antonio
después de su muerte, pero las guerras civiles y otras causas retardaron la
beatificación, que no tuvo lugar sino hasta el 1900.
El P. Cristóbal Antici, amigo y discípulo
del P. Antonio, escribió su biografía. Poco después de la muerte del beato, se
llevó a cabo una encuesta oficial sobre sus virtudes y milagros, gracias a
Mons. Gualteri, quien había conocido bien al beato y le tenía en gran estima.
Los documentos impresos del proceso de beatificación están a la disposición de
los eruditos. Lady Amabel Kerr publicó en 1901 una detallada biografía,
titulada A Saint of the Oratory. Véase también E. I. Watkin, Neglected Saints
(1955).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 797 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4506
No hay comentarios:
Publicar un comentario