viernes, 26 de junio de 2015

San Máximo de Palestina - San Majencio de Poitiers - San Virgilio Trento - San Salvio Valenciennes - San Hermogio de Túy 26062015


San Máximo de Palestina

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San Máximo
Queridos hermanos y hermanas: Hoy quisiera presentar la figura de uno de los grandes padres de la Iglesia de Oriente del período tardío. Se trata de un monje, san Máximo, al que la tradición cristiana le ha atribuido el título de "confesor" por la intrépida valentía con la que supo testimoniar --"confesar"--, incluso con el sufrimiento, la integridad de su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, salvador del mundo.
Máximo nació en Palestina, la tierra del Señor, en torno al año 580. Desde que era pequeño se orientó hacia la vida monástica y al estudio de las Escrituras, en parte a través de las obras de Orígenes, el gran maestro que ya en el siglo III había estructurado la tradición exegética alejandrina. De Jerusalén se trasladó a Constantinopla y de allí, a causa de las invasiones bárbaras, se refugió en África, donde se distinguió por su gran valentía en la defensa de la ortodoxia.
Máximo no aceptaba el que se redujera la humanidad de Cristo. Había nacido la teoría, según la cual, Cristo sólo tendrá una voluntad, la divina. Para defender la unicidad de su persona, muchos negaban el que tuviera una auténtica voluntad humana. Y, a simple vista, podría parecer algo bueno el que Cristo tuviera una sola voluntad.
Pero san Máximo comprendió inmediatamente que esto habría acabado con el misterio de la salvación, pues una humanidad sin voluntad, un hombre sin voluntad, no es un verdadero hombre, es un hombre amputado. Por tanto, el hombre Jesucristo no habría sido un verdadero hombre, no habría vivido el drama de ser humano, que consiste precisamente en la dificultad para conformar nuestra voluntad con la verdad del ser.
De este modo, san Máximo afirma con gran decisión: la Sagrada Escritura no nos muestra a un hombre amputado, sin voluntad, sino a un verdadero hombre, completo: Dios, en Jesucristo, realmente asumió la totalidad del ser humano --obviamente excepto en el pecado--, por tanto, también una voluntad humana.
Dicho así, parecería claro: Cristo, ¿es o no es hombre? Si es hombre, tiene también voluntad. Pero entonces surge el problema: de este modo, ¿no se cae en una especie de dualismo? ¿No se acaba presentando dos personalidades completas: razón, voluntad, sentimiento? ¿Cómo superar el dualismo, conservar la plenitud del ser humano y defender la unidad de la persona de Cristo, que no era esquizofrénico?
San Máximo demuestra que el hombre encuentra su unidad, su integración, la totalidad en sí mismo, pero superándose a sí mismo, saliendo de sí mismo. De este modo, en Cristo, al salir de sí mismo, el hombre se encuentra a sí mismo en Dios, en el Hijo de Dios.  No hay que amputar al hombre para explicar la encarnación; basta comprender el dinamismo del ser humano que sólo se realiza saliendo de sí mismo; sólo en Dios nos encontramos a nosotros mismos, nuestra totalidad y plenitud.
De este modo, se puede ver que el hombre que se encierra en sí mismo no está completo; por el contrario, el hombre que se abre, que sale de sí mismo, logra la plenitud y se encuentra a sí mismo en el Hijo de Dios, encuentra su verdadera humanidad.     Para san Máximo esta visión no es una especulación filosófica; la ve realizada en la vida concreta de Jesús, sobre todo en el drama de Getsemaní.
En este drama de la agonía de Jesús, en la angustia de la muerte, de la oposición entre la voluntad humana de no morir y la voluntad divina, que se ofrece a la muerte, se realiza todo el drama humano, el drama de nuestra redención. San Máximo nos dice, y sabemos que es verdad: Adán (y Adán somos nosotros) pensaba que el "no" era la cumbre de la libertad.
Sólo quien puede decir "no" sería realmente libre; para realizar realmente su libertad el hombre debería decir "no" a Dios; sólo así cree que es él mismo, que ha llegado al culmen de la libertad. La naturaleza humana de Cristo también llevaba en sí esta tendencia, pero la superó pues Jesús comprendió que el "no" no es lo máximo de la libertad humana.
Lo máximo de la libertad es el "sí", la conformidad con la voluntad de Dios.    Sólo en el "sí" el hombre llega a ser realmente él mismo; sólo en la gran apertura del "sí", en la unificación de su voluntad con la divina, el hombre llega a estar inmensamente abierto, llega a ser "divino".
Ser como Dios era el deseo de Adán, es decir, ser completamente libre. Pero no es divino, no es completamente libre el hombre que se encierra en sí mismo; lo es si sale de sí, en el "sí" llega a ser libre; este es el drama de Getsemaní: que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Transfiriendo la voluntad humana en la voluntad divina nace el verdadero hombre, así somos redimidos.
En pocas palabras, este era el punto principal que quería comunicar san Máximo y vemos que está en juego todo el ser humano; está en juego toda nuestra vida.     San Máximo ya tenía problemas en África cuando defendía esta visión del hombre y de Dios; después fue llamado a Roma.
En el año 649 participó en el Concilio Lateranense, convocado por el Papa Martín I, en defensa de la voluntad de Cristo, contra el edicto del emperador, que por el bien de la paz --pro bono pacis-- prohibía discutir sobre esta cuestión. El papa Martín tuvo que pagar un caro precio por su valentía: si bien estaba enfermo, fue arrestado y llevado a Constantinopla. Procesado y condenado a muerte, se le conmutó la pena en el exilio definitivo de Crimea, donde falleció el 16 de septiembre del año 655, tras dos largos años de humillaciones y tormentos.
Poco tiempo después, en el año 662, le tocó el turno a Máximo, quien también se opuso al emperador al repetir: "¡Es imposible afirmar en Cristo una sola voluntad!" (Cf. PG 91, cc. 268-269). De este modo, junto a dos discípulos --ambos se llamaban Anastasio--, Máximo fue sometido a un extenuante proceso, a pesar de que ya había superado los ochenta años.
El tribunal del emperador le condenó, con la acusación de herejía, a la cruel mutilación de la lengua y de la mano derecha, los dos órganos de expresión, la palabra y los escritos, con los que Máximo había combatido la doctrina errada de la voluntad única de Cristo. Por último, el santo monje, mutilado, fue exiliado en la Cólquida, en el Mar Negro, donde murió, agotado por los sufrimientos, a los 82 años, el 13 de agosto del mismo año 662.
Hablando de la vida de Máximo, hemos mencionado su obra literaria en defensa de la ortodoxia. En particular, nos referimos a la Disputa con Pirro, antiguo patriarca de Constantinopla: en ella, logró persuadir de sus errores al adversario. Con mucha honestidad, de hecho, Pirro concluía así la Disputa: "Pido perdón de parte mía y de parte de quienes me han precedido: por ignorancia hemos llegado a estos pensamientos y argumentaciones absurdos; y pido que ese encuentre la manera de cancelar estas absurdidades, salvando la memoria de aquellos que han errado" (PG 91, c. 352).
Nos han llegado, además, algunas decenas de obras importantes, entre las que destaca la Mistagogia, uno de los escritos más significativos de san Máximo, que recoge su pensamiento teológico con una síntesis bien estructurada.    El pensamiento de Máximo nunca es sólo teológico, especulativo, replegado en sí mismo, pues siempre tiene como punto de llegada la realidad concreta del mundo y de la salvación.
En el contexto en que tuvo que sufrir, no podía evadirse en afirmaciones filosóficas meramente teóricas; tenía que buscar el sentido de la vida, preguntándose: ¿quién soy? ¿Qué es el mundo? Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le ha confiado la misión de unificar el cosmos. Y como Cristo ha unificado en sí mismo al ser humano, en el hombre el Creador ha unificado al cosmos. Nos ha mostrado cómo unificar en la comunión de Cristo el cosmos y de este modo llegar realmente a un mundo redimido.
A esta poderosa visión salvífica se refiere uno de los teólogos más grandes del siglo XX, Hans Urs von Balthasar, quien --"relanzando" la figura de Máximo-- define su pensamiento con la incisiva expresión de Kosmische Liturgie, "liturgia cósmica".     En el centro de esta solemne "liturgia" siempre está Jesucristo, único salvador del mundo. La eficacia de su acción salvadora, que ha unificado definitivamente el cosmos, está garantizada por el hecho de que Él, a pesar de ser Dios en todo, también es íntegramente hombre, incluyendo la "energía" y la voluntad del hombre.
La vida y el pensamiento de Máximo quedan poderosamente iluminados por una inmensa valentía para testimoniar la realidad íntegra de Cristo, sin reduccionismos ni compromisos. De este modo presenta lo que es realmente el hombre, cómo debemos vivir para responder a nuestra vocación. Tenemos que vivir unidos a Cristo para quedar de este modo unidos a nosotros mismos y al cosmos, dando al mismo cosmos y a la humanidad su justa forma.
El "sí" universal de Cristo nos muestra claramente cómo dar el valor adecuado a todos los demás valores. Pensemos en valores hoy justamente defendidos como la tolerancia, la libertad, el diálogo. Peo una tolerancia que dejara de saber distinguir el bien del mal sería caótica y autodestructiva. Del mismo modo, una libertad que no respetase la de los demás y no hallase la medida común de nuestras libertades sería anárquica y destruiría la autoridad.
El diálogo que no sabe sobre qué dialogar se convierte en una palabrería vacía.     Todos estos valores son grandes y fundamentales, pero pueden ser verdaderos únicamente si tienen un punto de referencia que les une y les confiere la verdadera autenticidad. Este punto de referencia es la síntesis entre Dios y el cosmos, es la figura de Cristo en la que aprendemos la verdad sobre nosotros mismos, así como el lugar de todos los demás valores, para descubrir su significado auténtico.
Jesucristo es el punto de referencia que ilumina todos los demás valores. Este el el punto de llegada del testimonio de este gran confesor. De este modo, al final, Cristo nos indica que el cosmos debe ser liturgia, gloria de Dios y que la adoración es el inicio de la verdadera transformación, de la verdadera renovación del mundo.     Por este motivo, quisiera concluir con un pasaje fundamental de las obras de san Máximo: "Adoramos a un solo Hijo, junto con el Padre y el Espíritu Santo, como era antes de los tiempos, ahora y por todos los tiempos, y por los tiempos después de los tiempos. ¡Amén!" (PG 91, c. 269).
 © Copyright - Libreria Editrice Vaticana





Oremos  

Tú, Señor, que nos has dado un modelo de perfección evangélica en la vida ejemplar de San Máximo concédenos, en medio de los acontecimientos de este mundo, que sepamos adherirnos, con todo nuestro corazón, a los bienes de tu reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



San Majencio de Poitiers

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San Majencio de Poitiers, abad
En la región de Poitiers, en Aquitania, san Majencio, abad, insigne por su virtud.
La ciudad francesa de Saint-Maixent, en el departamento de Deux Sévres, conserva la celda en la que vivió san Majencio y el contiguo monasterio que él gobernó. El santo nació en Agde, sobre el Golfo de Lyon, alrededor del año 445 y, en el bautismo recibió el nombre de Adjutor. Bajo la vigilante solicitud del abad san Severo, encargado por sus padres de cuidarle desde niño, creció como un modelo de virtudes cristianas. La mayoría de sus hermanos en religión lo admiraban y respetaban, pero unos cuantos tenían envidia de él. Sin embargo, para Majencio, las alabanzas eran más desagradables que los insultos o las críticas y, a fin de escapar de la fama en que se trataba de arrojarle, se alejó calladamente de Agde y permaneció oculto dos años. Pero, al regresar de su retiro, se encontró con que ya ocupaba una posición mucho más prominente que antes, porque el mismo día de su regreso comenzó a llover copiosamente después de una prolongada sequía y todos le achacaron el milagro y le aclamaron como salvador y obrador de maravillas. Para Majencio fue evidente que, si deseaba llevar una vida de soledad y olvido, debía romper con todos los vínculos que le ataban a su pasado. Por segunda ocasión desapareció y, aquella vez abandonó su nativa Narbona para siempre. Tras un breve período errante, llegó a Poitou, donde entró a una comunidad en el valle de Vauclair, gobernada por el abad Agapito y, a fin de borrar su pasado, se cambió el nombre de Adjutor por el de Majencio.

Pero si bien logró ocultar su identidad, no pudo pasar inadvertida su santidad. Su austeridad era tanta, que jamás probaba otro alimento que no fuera el pan y el agua, y eran tan continuas sus oraciones, que se le encorvaron las espaldas. Además, se le atribuía el poder de obrar milagros. No fue raro que, por votación unánime de sus hermanos, se le eligiese superior, cerca del año 500. Pocos años más tarde, durante la devastadora contienda entre Clovis, rey de los francos, y el visigodo Alarico, los habitantes de Poitou padecieron penurias sin cuento, sobre todo a causa de la violencia y brutalidad de los soldados y los merodeadores. Cierto día, una banda de hombres armados avanzó amenazante sobre el monasterio de Vauclair, y el terror se apoderó de los monjes, que imploraron a su abad Majencio que los salvara. Él los tranquilizó y, con toda calma, salió a recibir a la horda hostil. Uno de los atacantes levantó la espada contra el santo, quien esperó el golpe con absoluta serenidad; pero al presunto homicida se le quedó el brazo en alto, paralizado, hasta que san Majencio le devolvió el movimiento al aplicarle aceite consagrado. Para seguir el ejemplo de su antecesor, el abad Agapito, san Majencio renunció a su puesto cuando sintió que se aproximaba su muerte y se encerró en una celda, construida a corta distancia del monasterio; ahí murió a la edad de setenta años, alrededor del 515.

Acta Sanctorum O.S.B.; el más extenso lo reprodujeron los bolandistas en el vol. VII, para junio. Ninguno de los dos textos parece muy digno de confianza como documento histórico. Hace algún tiempo, la historia de san Majencio fue objeto de animadas discusiones en la Revue des Questions Historiques, de los años 1883, y 1888.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
 



San Virgilio Trento

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San Vigilio de Trento, obispo
 Trento, en el territorio de Venecia, san Vigilio, obispo, que, habiendo recibido de san Ambrosio de Milán las insignias de su cometido y una instrucción pastoral, se esforzó por consolidar en su región la tarea de evangelización y por extirpar a fondo lo que quedaba de idolatría. Se asegura que consumó su martirio por el nombre de Cristo, golpeado a muerte por hombres crueles.
El patrono principal del Trentino y del Tirol italiano es san Vigilio, quien completó la conversión de los habitantes en esos distritos, al cristianismo. Parece haber nacido en Trento, de una familia romana que, tras largos años de residencia, había adquirido la ciudadanía trentina. Fue educado en Atenas; pero de ahí en adelante no se vuelve a saber de él hasta el año de 385, cuando regresó a su ciudad natal de Trento y fue elegido obispo, no obstante que era relativamente joven para ocupar ese cargo. En una carta que le escribió su metropolitano, san Ambrosio, arzobispo de Milán, y que aún existe, le insta vigorosamente para que combata la usura y los matrimonios de cristianos con paganos y, le recomienda que ejerza la hospitalidad con los extranjeros, especialmente con los peregrinos.

Aún había gran número de paganos en las aldeas de la diócesis de Trento y hacia ellos fue san Vigilio en persona para predicarles el Evangelio. Por intermedio de san Ambrosio, obtuvo la ayuda de tres misioneros para su obra: los santos Sisinio, Martirio y Alejandro. Estos, conquistaron la corona del martirio el 29 de mayo de 395. San Vigilio escribió un relato sobre su muerte, en una breve carta dirigida a san Simplicio, el sucesor de san Ambrosio, y en otra misiva más extensa a san Juan Crisóstomo, a quien probablemente conoció en Atenas. En las epístolas, Vigilio confiesa que siente envidia por la gloria de esos apóstoles que dieron su vida por la fe y lamenta que su pobreza a los ojos de Dios no le haya hecho digno de compartir el martirio con ellos. Sin embargo, pronto habría de ser suya la corona que deseaba. Mientras predicaba una misión en el remoto valle de Rendena, se sintió impulsado a derribar una estatua de Saturno; los aldeanos, indignados, le lapidaron. Hasta hoy, Trento se ufana de poseer sus reliquias, así como las de santa Majencia, san Claudiano y san Mayoriano, de quienes se dice que fueron la madre y los hermanos de san Vigilio.

Ver el Acta Sanctorum, junio, vol. VII, donde se halla impresa la pasión. Ese mismo documento u otro semejante, fue enviado a Roma, en la época y, al parecer, ése fue el motivo por el cual, el Papa Benedicto XIV declaró que san Vigilio fue el primer mártir canonizado por la Santa Sede. Ver a Perini, en Cenni della Vita di S. Vigilio (1863) y Scriti di Storia e d'arte per il 15 centenaio di S. Vigilio (1905).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

San Salvio Valenciennes

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Cerca de Valenciennes, en Austrasia, santos Salvio, obispo, y su discípulo, que llegaron a esta región procedentes de Auvernia, y fueron asesinados bajo Winegardo, señor del lugar.

Alrededor del año 768, llegaron a Valenciennes un obispo regional llamado Salvio, y su discípulo. No se sabe ni se sabrá la autoridad que tenía el prelado, ni de dónde procedía, pero sí hay registros de que era un ardiente misionero y de que, por medio de los vehementes sermones que predicaba en la iglesia de San Martín, logró innumerables conversiones. De acuerdo con la historia que se relata sobre él, cierto día en que iba ataviado con su espléndida capa bordada y su faja ricamente adornada, se encontró en un camino solitario al hijo de un funcionario de la ciudad, quien, para arrebatarle sus magníficos atavíos, asesinó al obispo y al fiel discípulo que le acompañaba.

Los cuerpos de las víctimas fueron rescatados de la zanja donde los dejó el asesino y los trasladaron a la iglesia de San Vedast, en Valenciennes. El nombre del discípulo no se recordaba, si es que alguna vez se supo; pero en vista de que se encontró su cadáver encima del cuerpo del obispo, se le designó con el nombre de san Superio (Superus). En fecha posterior, los restos de los dos mártires fueron trasladados a la aldea de Breña, que se hallaba en el sitio que ahora ocupa la ciudad de Saint-Sauve.

El hecho de que los santos Salvio y Superio se conmemoren en este día en el Martirologio Romano, no ofrece garantías sobre la veracidad de su historia, de la que no hay comprobación.

Hay una passio, que aparece en varios manuscritos, y que fue impresa en el Acta Sanctorum, junio, vol. VIII; otra versión de la misma se encuentra en Analecta Bollandiana, vol. n. El autor de ésta afirma que fue contemporáneo de los santos, pero no hay pruebas que lo confirmen. Ver Van der Essen, en Etude critique et Littéraire sur les Vitae des saints mérovingie26062015ns (1907), pp. 244-249.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Hermogio de Túy

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San Hermogio, obispo de Túy, hacia 925. Tío del mártir San Pelayo. Natural, como él, de Túy. El rey don Ordoño II le cedió un terreno cerca de Túy, donde edificó el monasterio de San Cristóbal de Labrugia, 915.
Hecho prisionero de los moros en 921 y llevado cautivo a Córdoba, fue rescatado por su hermano, quedando en rehenes su sobrino.
Renunció Hermogio la dignidad de obispo de Túy; en 925 se retiró al monasterio de Rivas del Sil, según unos, y según otros, al de Labrugia. Falleció por los años de 942.

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