martes, 28 de julio de 2015

San Victor I - San Melchor García Sampedro - Santos Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás - Santos mártires de la Tebaida 28072015


San Victor I   

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San Víctor I, papa
En Roma, san Víctor I, papa, africano de nacimiento, que estableció para todas las Iglesias la celebración de la fiesta de Pascua en el domingo siguiente a la Pascua judía.

San Víctor fue el primer obispo de Roma (función a la que más adelante se llamará «Sumo pontífice» y «Papa») que realizó ostentosamente un gesto de autoridad para con todas las iglesias del orbe cristiano; de esos gestos a los que nosotros estamos acostumbrados, pero que eran una novedad para los obispos del siglo III. El elogio de hoy habla de ese gesto: «estableció para todas las Iglesias la celebración de la fiesta de Pascua en el domingo siguiente a la Pascua judía». A nosotros eso no nos resulta nada extraordinario: creemos que todo se le debe preguntar y todo lo debe resolver el Papa, desde una beatificación hasta saber si podemos considerar a santa Cecilia patrona de la música, ¡cuánto más la fecha en que debe celebrarse la Pascua!

Sin embargo había dos corrientes en este tema (como en casi todos los temas), y mientras unos seguían una tradición venida de los Apóstoles de celebrar la Pascua al domingo siguiente de la Pascua judía, otros seguían la costumbre, que también provenía de los Apóstoles (no todos los Apóstoles hacían lo mismo) de celebrar el mismo día que los judíos, cayera en el día de semana que cayera. La costumbre más extendida era la misma que la que se usaba en Roma, que era la dominical, pero las Iglesias de Asia estaban acostumbrados más bien a la otra, eran -como se los llamaba- «cuartodecimanos», porque celebraban la Pascua el 14 Nisán, el mismo día de la Pascua judía, es decir, el día 14 después de la luna nueva del equinoccio de primavera.

La novedad que introdujo el papa Víctor fue dar un golpe sobre la mesa e imponer una misma fecha para todos, la fecha que se acostumbraba en Roma, aduciendo que se trataba de una cuestión que atañía a la «Regla de la fe». Pero lo que el elogio del Martirologio no cuenta es que el asunto no salió del todo bien: los obispos de Asia no estaban acostumbrados a ese ejercicio de autoridad episcopal, ni estaban dispuestos a aceptar una imposición en algo que ellos no entendían que tuviese relación con la «Regla de fe». Víctor había apelado a la tradición de los Apóstoles que él había recibido y representaba en Roma; Polícrates, un obispo de Asia, en nombre y en comunión con los demás obispos de la región, le contesta en una carta muy fuerte (que se nos ha conservado gracias a Eusebio de Cesarea): «Nosotros, pues, celebramos intacto este día, sin añadir ni quitar nada. Porque también en Asia reposan grandes luminarias...», y más adelante agrega. «... yo, con mis sesenta y cinco años en el Señor, que he conversado con hermanos procedentes de todo el mundo, y que he recorrido toda la Sagrada Escritura, no me asusto con los que tratan de impresionarme...»; y para que Víctor no crea que esto era cosa sólo de algún obispo del Asia, remata Polícrates: «... podría mencionar a los obispos que están conmigo, que vosotros me pedísteis que invitara y que yo invité. Si escribiera sus nombres, sería demasiado grande su número...».

Después de semejante pulseada de los obispos del Asia, Víctor no ve otra salida que una redoblada muestra de autoridad: excomulga a todos... pero la Iglesia del siglo III no es la del siglo XVII (en realidad esos gestos grandilocuentes nunca salieron bien), y en una cuestión en la que el obispo de Roma se había evidentemente pasado de tosudez, hasta en Occidente hubo reacciones: san Ireneo de Lyon envía una carta pacificadora a las partes en conflicto, que es un modelo de persuación y mirada religiosa. Con suaves pero a la vez firmes argumentos le muestra a san Víctor que el asunto no era realmente de fe sino de tradición y costumbre, y que la ruptura de la paz y la concordia era un mal mucho mayor que el supuesto mal de seguir tradiciones diversas, y le introduce un principio que valdría la pena tener a mano en la memoria: «el desacuerdo en el ayuno confirma el acuerdo en la fe» (la fecha de Pacua regía también el final del ayuno).

Finalmente Víctor parece que cedió, levantó la excomunión, aunque lamentablemente falta documentación para saber cómo se resolvió del todo, pero lo cierto es que esa excomunión no se aplicó nunca. La cuestión se guardó en el cajón hasta un siglo más tarde, cuando luego de cien años de persuasión, más que de imposición, todas las Iglesias de la cristiandad aceptaron el uso romano, sancionado en el Concilio de Nicea, en el 325.

Sabemos que Víctor luchó denodadamente también contra las herejías de su tiempo, que comenzaban ya a ser más virulentas, cuanto más lejos iban quedando los tiempos apostólicos. Es cierto que fue práctica de los primeros siglos declarar santo al obispo de Roma casi por normal, lo que siguió hasta casi el fin del siglo V, con la sola excepción del no muy aceptable papa Liberio (352-366); pero cabe preguntarse si Víctor fue santo sólo «en automático», o si se ganó a pulso el título de santo, no sólo combatiendo la herejía, sino también admitiendo humildemente que, aunque creía tener las mejores razones del mundo, la Iglesia no se hace con puñetazos sobre la mesa. San Víctor ejerció el pontificado unos diez o doce años, entre el 186 ó 189 al 197 ó 201, lamentablemente no hay uniformidad en los documentos para poder dar las fechas con más precisión. Durante algunos siglos se lo consideró mártir, pero no hay noticias fehacientes que lo confirmen, ni en sus años se vivió ninguna persecución conocida, por lo que en el nuevo Martirologio se le ha quitado ese título.

Toda la cuestión de Víctor y los cuartodecimanos puede seguirse en cualquier historia de la Iglesia; nada mejor que leerla directamente en la Historia Eclesiástica de Eusebio, libro V,23-24, donde tenemos partes sustanciales de la carta de Polícrates y de la de Ireneo. Algunos autores (Butler, por ejemplo, u otros santorales en línea) piadosamente quieren hacer suponer al lector que los obispos de Asia se metieron a opinar en las costumbres romanas, lo que es exactamente lo contrario de lo que ocurrió, y no se entendería la carta de Ireneo si tal hubiese sido la situación.





Oremos

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que San Victor I, Papa presidiera a todo tu pueblo y lo iluminara con su ejemplo y sus palabras, por su intercesión proteje a los pastores de la Iglesia y a sus rebaños y hazlos progresar por el camino de la salvación eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



San Melchor García Sampedro

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San Melchor García Sampedro, obispo y mártir

En Nam Dinh, de Tonquín, san Melchor García Sampedro, obispo, de la Orden de Predicadores y mártir, encerrado primero por ser cristiano en una estrechísima cárcel, y después, por orden del emperador Tu Duc, materialmente despedazado.

La ascensión al trono de Tu-Duc, en 1847, fue saludada con júbilo por los misioneros, por creer que el nuevo rey favorecería al catolicismo. Pero una rebelión del hermano mayor del monarca, con miras a derrocarlo, cambió los planes de Tu-Duc. Atendió los clamores de la opinión pública, que acusaba a los católicos de complicidad en el movimiento, y publicó el decreto de persecución. Sin embargo, durante algunos años, Tu-Duc se mostró relativamente tolerante, quizá por temor a la reacción de Napoleón III. Desgraciadamente, algunas torpezas de los franceses fueron interpretadas por Tu-Duc como prueba de su impotencia y, sin ningún temor, desencadenó en 1857 la persecución más violenta de que se haya tenido noticia en el país.

En el Tonkín central la primera víctima fue el vicario apostólico,Mons. José Díaz Sanjurjo. Le siguió por el camino del martirio su coadjutor, Mons. Melchor García Sampedro. Este había nacido cerca de Cienfuegos, en Asturias, el 29 de abril de 1821. Hizo sus estudios en Oviedo y tuvo en ellos mucho éxito, a pesar de que la pobreza de su familia le obligaba a vivir en condiciones económicas muy estrechas. Después de obtener su bachillerato en teología, fue profesor suplente en la enseñanza de la lógica, pero renunció a su cargo, a pesar de la oposición de sus padres, para entrar al noviciado de los dominicos de Ocaña, en agosto de 1845. Tras de ser ordenado sacerdote en Madrid, tres años después, partió a Manila y, una vez ahí, pidió ser enviado al Tonkín. Llegó a él en febrero de 1849. Pronto fue nombrado protovicario provincial y luego vicario provincial. Fue consagrado obispo el l de septiembre de 1855, cuando los edictos persecutorios se hacían cada vez más duros.

Lo arrestaron a principios de julio de 1858. Veinte días más tarde, el 28 de julio, lo sacaron de la prisión y lo llevaron, cargado de cadenas, al lugar del tormento. Después de arrojarlo por tierra desnudo y descoyuntado, lo ataron fuertemente a una estaca. Los esbirros le cortaron las manos y las piernas, mientras él invocaba sin cesar el nombre de Jesús. Finalmente, le cortaron la cabeza, le arrancaron las entrañas y las arrojaron en una fosa. Sus pobres despojos fueron echados a los elefantes para que los pisotearan. Pero esos animales se rehusaron tan obstinadamente, que los testigos, aterrorizados, avisaron al emperador, quien ordenó dar muerte a las bestias a cañonazos en el mismo lugar de la ejecución. Fue beatificado el 29 de abril de 1951, y canonizado por SS Juan Pablo II, en el grupo de 117 mártires de Vietman, el 19 de junio de 1988.

Extractado del artículo del 20 de agosto, sobre los mártires de Indochina en general.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


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San Melchor García Sampedro
Así llamarán los asturianos en la historia a un hijo ilustre Melchor García-Sampedro, mártir glorioso en el Vietnam. Nació en Cortes, Quirós, Asturias, el 28 de abril del año 1821 y fue martirizado el 28 de julio de 1855.
Inició sus estudios sacerdotales en Oviedo, y el año 1845 ingresó en el convento dominicano de Ocaña, con intención de ser como misionero en Oriente. Recibido el sacramento del Orden en 1847, salió en dirección a Manila, Filipinas, para acceder desde allí al Viet-Nam. Allí se encontraba el año 1849, estudiando su cultura y dedicado al servicio pastoral.
Melchor era persona de gran piedad y cultivaba en forma especial la devoción al Señor de la pasión y a la Madre dolorosa. Dos piezas que le serán iluminadora en su testimonio por la fe.
Dadas sus notables cualidades para el ministerio y el gobierno, pronto fue elevado al servicio de Vicario del grupo de misioneros, y en 1855 recibió el Orden del Episcopado, abierto a cualquier riesgo que hubiera de correr.
En perfecta armonía con su proyecto ministerial, se entregó sin reservas al cuidado, formación y santificación de los fieles, dando con ello ocasión a ser públicamente conocido y arrostrar la persecución.
No tardó en ser apresado y encarcelado. Y cuentan las crónicas de la época que fue sometido a increíbles tormentos, torturas y tentaciones. Pero se mantuvo inquebrantable en su fe, por ello fue despedazado el día 28 de julio de 1855.
Beatificado por Pío XII en 1951, fue canonizado por Juan Pablo II en 1988.


San Prócoro de Antioquía

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Santos Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, santos del NT
Conmemoración de los santos Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito este último de Antioquía, que formaron parte de los siete elegidos por la multitud entre los discípulos, por considerarlos llenos de Espíritu y sabiduría, y a los cuales los apóstoles impusieron las manos para que se dedicaran a atender a los pobres.
En Hechos 6,1-6 tenemos un eco, si bien muy débil, de la complejidad de la comunidad primitiva. Nos enteramos, por ejemplo, que había dos grupos, los «hebreos» y los «helenistas». Nos se sabe a ciencia cierta qué representaba cada uno de ellos. Tradicionalmente (a partir de san Juan Crisóstomo) se considera que «helenistas» son los judíos de habla griega; sin embargo, por ejemplo san Pablo -que era un judío de habla griega- se llama a sí mismo «hebreo, hijo de hebreos». Es poco probable que se trate de miembros de la comunidad venidos del paganismo, ya que en los primeros años de la Iglesia, ésta funcionaba como una rama dentro del judaísmo, y sus miembros eran judíos; en la actualidad tiende a pensarse que los helenistas eran judíos que no hablaban hebreo, o que no compartían el modo tradicional de los «hebreos» de entender el judaísmo. Como sea, lo cierto es que la comunidad no era tan monolítica como el mismo relato de Hechos parece transmitir, había, como en toda comunidad, distintas maneras de ver las cosas, y de actuar en consecuencia.

Para solventar estas «distintas sensibilidades», los Doce -presionados, según el propio relato aclara- deciden instituir una función específica dirigida a «los helenistas». Es verdad que en principio parece que se van a dedicar a funciones prácticas (servir a las mesas, atender a las viudas), distintas de las que cumplen los Doce («la oración y el ministerio de la Palabra»), sin embargo, lo poco que conocemos de la actuación de estos nuevos ministros nos indica que ellos también se dedicaron al servicio de la Palabra. La verdad es que sólo lo sabemos por Esteban y Felipe, porque de los otros cinco, que son los que celebramos hoy, apenas si se ha conservado el nombre.

Esteban resultó el primer mártir de la Iglesia, el primer testigo de Cristo muerto por la fe, y tiene su celebración especial el 26 de diciembreFelipe también destacó por su predicación (ver Hechos 8), y hay tradiciones asociadas a su persona, aunque a veces se confundan, popularmente, con las del apóstol del mismo nombre. De estos dos podemos deducir que el ministerio diaconal no resultó ser sólo para servicios «prácticos», y ni siquiera se limitó a los «helenistas», sino que abarcó un amplio campo de predicación. Lamentablemennte, de los otros cinco, de Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, los Hechos no nos cuentan nada, y las tradiciones posteriores asociadas a sus nombres son muy poco confiables. De Nicolás, por ejemplo, alguna tradición conservada por Clemente de Alejandría lo asocia a la herejía de los «Nicolaítas» mencionada en Apocalipsis (cap 2), pero no parece una relación acertada, y está claro que el Martirologio no se hace eco de ella, al inscribirlo en el catálogo de santos. Prócoro es signado en la leyenda posterior como obispo de Antioquía y mártir, aunque, lo mismo que para Nicolás, son tradiciones más bien espurias. En realidad prácticamente todos tienen alguna leyenda asociada a un supuesto martirio, pero esto no proviene de fuentes históricas sino más bien de cierto consenso antiguo de suponer que si fueron personajes prominentes de la primitiva comunidad debieron morir mártires. La inscripción en esta fecha proviene de los sinaxarios bizantinos.

Para la cuestión de los siete diáconos en relación con los Doce -hermoso problema, digno de profundizarse- puede verse el comentario al pasaje de Hechos 6,1-6 en Comentario Bíblico San Jerónimo, como para comenzar, o con otros enfoques, en la versión posterior de esa misma obra, Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, NT tomo I. En una perspectiva asequible y que ayuda a entender el conjunto de la narración de Hechos, el cuaderno bíblico «Hechos de los Apóstoles», nº 21, Verbo Divino. Más amplio en J.A FitzMyer, Hechos de los Apóstoles.

Santos mártires de la Tebaida

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Conmemoración de los numerosos mártires que sufrieron el tormento en Tebaida, en Egipto, durante la persecución bajo los emperadores Decio y Valeriano. A estos cristianos, que deseaban morir sin demora por Cristo traspasados a espada, sus crueles perseguidores, pretendiendo más bien degollar sus almas que sus cuerpos, retardaron su muerte lo máximo posible y les sometieron a una prolongada serie de tormentos.

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