San Froilán de León, eremita y obispo
fecha: 5 de octubre
fecha en el calendario anterior: 3 de octubre
n.: 833 - †: 905 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: BAC - Año cristiano
fecha en el calendario anterior: 3 de octubre
n.: 833 - †: 905 - país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: BAC - Año cristiano
Elogio: En León, ciudad de Hispania, conmemoración de san Froilán, obispo,
que primero fue eremita y después, ordenado obispo, evangelizó las regiones
liberadas del yugo de los musulmanes, propagó la vida monástica y se distinguió
por su beneficencia hacia los pobres.
Patronazgos: patrono de León y Lugo.

San Froilán fue uno de los hombres que
forjaron la España medieval en las difíciles horas del siglo IX. Dos grandes
tareas se imponían a los hombres de aquella época para librarse del angustioso
aniquilamiento que les amenazaba: la reconquista del suelo patrio de manos de
los árabes y la inmensa obra de colonización que a la Reconquista seguía. Por
fortuna, se conserva una corta biografía del «ortodoxo varón Froilán, obispo
legionense», copiada en elegante minúscula visigótica por el diácono Juan,
contemporáneo suyo. Esa copia es del año 920, quince años después de la muerte
del santo obispo (905). Ignoramos quién fue su autor. A pesar de su estilo
lacónico y de sus adherencias legendarias, podemos reconstruir los rasgos
fundamentales de su vida y carácter.
Nace el año 833 en los arrabales de Lugo.
Allí recibe durante sus primeros años la enseñanza que los concilios exigían a
los candidatos para el sacerdocio. Al llegar a los dieciocho años su vida
interior entró en crisis. Dudó entre la vida retirada del desierto o la
actividad apostólica. El futuro fundador de cenobios y gran predicador de
muchedumbres opta por la soledad de los montes. Pero mientras él gozaba de los
encantos de la soledad, estallaba en la España musulmana una violenta
persecución contra los cristianos. El año 850 comenzó a florecer de nuevo con
el rito solemne de la sangre el martirologio cordobés.
Tal vez la voz poderosa de esta sangre
inocente retumbó entre los montes donde Froilán se escondía y le empujó a
organizar una cruzada. Tal vez en el diálogo familiar con Dios sintió la
invitación a la vida activa. Nos cuenta su biógrafo, con la ingenuidad de
nuestros cantares de gesta y, sin duda, imitando los inicios de la predicación
de Isaías, que al joven eremita le acuciaba la duda de si debía permanecer por
más tiempo en aquellas soledades. Para liberarse de ella se sometió a la prueba
del fuego. Si Dios suspendía las leyes, era señal evidente de su voluntad
divina. Froilán introdujo unas brasas encendidas en su boca. El fuego no le
causó la más mínima quemadura. Dios había hablado. De los montes se lanzó a los
poblados a propagar entre los hombres otro fuego que le ardía dentro. Su vida
nos dice escuetamente que recorría las ciudades predicando sin cesar la palabra
divina con gran aplauso de todos.
En sus triunfos pastorales sentía
irresistiblemente el atractivo de la soledad para reponer sus energías.
Acompañado del sacerdote Atilano torna a su retiro. Ambos se escondieron en los
montes de Curueño (León). Pero los pueblos en masa le seguían a su celda
solitaria. Con las muchedumbres iban magnates y obispos que anhelaban oír su
palabra. Entre sus oyentes se despertaron numerosos seguidores cautivados por
sus ejemplos. Ante los ruegos insistentes se ve forzado a bajar a la ciudad de
Veseo. Allí erige su primer monasterio, que llenará pronto con 300 monjes. Es
el comienzo de una nueva etapa: fundador de cenobios. Su fama salta los montes
de León y llega a oídos de Alfonso III en Oviedo. El rey le envía mensajeros
ordenándole venir a su corte. Honda impresión causó en Alfonso la presencia de
aquel monje. Se fija en él para la gigantesca obra de repoblación que había
comenzado su padre, Ordoño I. Las zonas fronterizas a ambos lados del río
estaban despobladas y devastadas por los reyes asturianos. Lo exigía así la
táctica militar. Pero había que ir empujando la frontera más abajo. Para eso,
en la zona norte del Duero era necesario levantar los poblados destruidos y
poner en explotación las tierras abandonadas. Ninguna fuerza más cohesiva para
dar vida a estas preocupaciones regias que la acción colonizadora de los
monasterios. Esto lo comprendió cabalmente Alfonso III y concedió al santo
amplias facultades para visitar todos sus dominios y levantar cenobios a cuyo
amparo se acogiesen los nuevos poblados. Estas agrupaciones humanas, así
formadas, constituían una unidad política cuyo jefe era el abad, y sus agentes
y maestros los monjes, que enseñaban las artes de la paz e infundían el
espíritu de cruzada en la guerra de reconquista. Froilán puso en juego de nuevo
su capacidad de iniciativa y se dio a recorrer las tierras del reino alfonsino.
Su beligerante actitud le llevó a fundar dos grandes monasterios cerca de la
frontera, a pocos kilómetros de Zamora.
El primero fue el de San Salvador de
Tábara. En él se congregaron 600 monjes de ambos sexos. Era uno de esos
monasterios llamados dúplices, donde las monjas, aunque rigurosamente
separadas, tenían la ventaja de la asistencia sacerdotal y de la defensa en
caso de invasión. Fue éste, en el siglo x, uno de los más famosos monasterios
por el arte refinado de su escritorio. No sobreviven ruinas del edificio, pero,
afortunadamente, un códice de su escritorio nos la conserva parcialmente. En el
último folio aparece la torre del monasterio, «alta y lapídea», de sillería
policroma, con ventanales de arcos de herradura. Sobre el tejado, dos airosas
torrecillas con sendas campanas. A los lados de los últimos ventanales, dos
balcones voladizos se asoman al horizonte. Tres hombres suben a la torre por
unas escaleras de mano y otro hace sonar las campanas tirando de una cuerda.
Adosado a la torre está el escritorio. Un pergaminero aparece sentado en un
taburete cortando el pergamino con grandes tijeras. En un aposento inmediato
están el monje Senior, copista, y Emeterio, escriba y pintor, discípulo
predilecto de Magio. Fue Mágio la gloria cultural más notable del monasterio
tabarense. Contemporáneo en su niñez de Froilán, elevó a alturas maravillosas
el arte de la miniatura. Son todos los datos que poseemos de esta espléndida
fundación.
Del segundo monasterio tenemos aún menos
noticias. Según el citado biógrafo, lo levantó en un emplazamiento alto y ameno
junto a las aguas del Esla, al parecer cerca de Moreruela (Zamora). Sólo una
frase añade a este laconismo: «...se reunieron allí 200 monjes consagrados a la
ascesis de la vida regular». Aquellos cronistas medievales, avaros del tiempo,
no nos cuentan nada de los métodos de dirección espiritual del santo cenobiarca
ni del ambiente de perfección que, sin duda, reinaba en estos monasterios. Pero
se siente palpitar en estas breves páginas biográficas la dinámica incontenible
de Froilán, su temperamento emprendedor, su espíritu sobrenatural lleno de
ardorosa elocuencia, su recia personalidad de caudillo espiritual. Esa era la
fama que corría de pueblo en pueblo y de comarca en comarca y que cada día
ganaba más admiradores. Por eso no es extraño que, al quedar vacante la sede de
León, se alzase unánime la voz del clero y del pueblo, reclamando por obispo al
abad Froilán. El rey, que no había logrado convencerle para que aceptase el
oficio pastoral, se alegró sobremanera. Vencida su resistencia, fue consagrado
obispo de León el día de Pentecostés, 19 de mayo del 900. Ese mismo día recibía
también la consagración episcopal para la sede de Zamora su inseparable y santo
amigo Atilano. Estas dos lumbreras, dice emocionado el autor anónimo, puestas
sobre el candelero, iluminaron con la claridad de su luz eterna todos los
confines de España. La Iglesia de León, que estaba dedicada, según una donación
de la época, «a los señores, santos, gloriosos y, después de Dios, fortísimos
patronos Santa María Virgen, Reina celeste, y San Cipriano, obispo y mártir»,
recibía ahora clamorosamente por obispo al que había de ser su Patrono hasta el
día de hoy. Sólo la gobernó cinco años, pero el heroísmo de sus virtudes y el
triunfo de su santidad la aureolaron para siempre.
Resumido del artículo de Año Cristiano,
BAC, Madrid, 1966, firmado por Quintín Aldea Raquero, S.I., Bibliografía: Acta
sanctorum Oct., III, p 228-235, Florez, E, España sagrada, XXXIV Vita, p 422
425, 159-203; Gonzalez Fernandez, J, San Froilan de León (León 1946); Xiz
Ramil, San Froilan (Santiago de Compostela, 1999).
fuente: BAC - Año cristiano
accedida 468 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
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San Atilano de Zamora, monje y obispo
fecha: 5 de octubre
fecha en el calendario anterior: 3 de octubre
†: 916 - país: España
canonización: C: Urbano II (1088-1099) fecha inc.
hagiografía: BAC - Año cristiano
fecha en el calendario anterior: 3 de octubre
†: 916 - país: España
canonización: C: Urbano II (1088-1099) fecha inc.
hagiografía: BAC - Año cristiano
Elogio: En Zamora, también en Hispania, san
Atilano, obispo, que, siendo monje, fue compañero de san Froilán en la
predicación de Cristo por las tierras devastadas por los musulmanes.

Había nacido en Tarazona de Aragón, hacia
el año 850, y, al parecer, de noble familia. Joven de quince años hace ya vida
religiosa en un monasterio benedictino cercano a Tarazona. Es posible que
viviese después algunos años en Sahagún, si es cierto que Ambrosio de Morales
vio allí un códice de San Ildefonso de Toledo que fue copiado por «Atilano,
monje de Domnos Santos (por San Facundo y San Primitivo) y después obispo de
Zamora». Desde Tarazona, en la Villa de los Fayos, o desde Sahagún, el joven
mozárabe busca un guía experimentado para su vida de perfección. Él, inexperto,
amante de las virtudes y de la ciencia, ha sido ordenado sacerdote y, dedicado
a la predicación hasta entonces, desea retirarse a un lugar solitario para
hacer oración y penitencia.
Son tiempos difíciles aquellos para la
vida anacorética. En la segunda mitad del siglo IX es muy peligroso aquel
género de vida, y especialmente para un joven. Odilón de Samos, por mandato de
Ordoño I, inspeccionó la vida eremítica en Galicia y demostró la existencia de
«muchos monjes sanguimistos, latrones, réfugas, mágicos». No eran pocos los
anacoretas que, aparentando religión, cometían toda clase de crímenes y
supercherías, eran viciosos, y frecuentemente hasta vulgares espias al servicio
del mejor postor, fuera cristiano o fuera moro. San Atilano acierta en su
elección, y, con la bendición de los superiores, busca a un monje que, en
expresión de su coetáneo y biógrafo Juan Diácono, «recorría las ciudades,
predicando la palabra de Dios; se retiraba a lugares inaccesibles...; huía de
los favores y alabanzas humanas... para hacer vida retirada». El monje
solitario se llamaba Froilán, había nacido en Lugo y no era sacerdote. San
Atilano no duda en ponerse bajo su cuidado y dirección, viviendo con él en la
montaña leonesa. Juntos seguirán ya muchos años, hasta ser elevados en el mismo
día a la dignidad episcopal.
Buscaron un lugar solitario para
entregarse a la penitencia y a la oración. En el monte que el hagiógrafo
contemporáneo llama «Cucurrino», y actualmente se denomina Curueño, cerca de
Valdorria, en la zona norteña de León, ambos santos hallaron el sitio ideal
para sus ansias de soledad, que vieron muy poco tiempo satisfechas. Porque se
extendió pronto el rumor de su vida por toda la comarca. Hombres y mujeres de
todas las clases sociales llegaban hasta ellos para escuchar la palabra divina.
Los cortesanos que acompañaban al rey cuando estaba en León no se desdeñaban de
acercarse a los dos anacoretas del Curueño. Su fama fue el peor enemigo de sus
anhelos de retiro y soledad. Ante la piadosa insistencia del pueblo tuvieron
que levantar un monasterio en el lugar de Veseo, que posiblemente estaba
situado al norte de La Vecilla, y que hoy es solamente un recuerdo, aunque fue
tan famoso cenobio que llegó a contar en la época de nuestro Santo hasta
trescientos monjes, que seguirían quizá la regla monacal de San Fructuoso o de
San Isidoro. Número es éste de religiosos que prueba la fama de virtud de san
Froilán y san Atilano, fama que llegó a toda España, y, aunque tarde, a la
corte de Oviedo, al mismo rey Alfonso III el Magno, que no dudó un momento en
colmar de honores al abad Froilán, a quien facultó para construir monasterios
en su reino, y así construyen el de Tabara (como se cuenta en la hagiografía de
Froilán, hoy mismo).
El pueblo pide al rey que eleve aún a más
alta dignidad a los dos, siempre unidos en su vida apostólica. Venciendo su
humildad, son consagrados obispos en el mismo día de Pentecostés del año 900:
el abad será obispo de León y el prior será obispo de la ciudad recientementete
repoblada de Zamora. Dos luceros (dice el biógrafo) sobre el candelero, que
alumbrarían a España predicando la palabra divina. Con el honor creció la
santidad, y recibieron del cielo doble gracia para instruir y enseñar a los
fieles de todos los estados: monjes, clérigos y laicos. Los años del episcopado
de San Atilano son obscuros y ciertamente difíciles, en continua repoblación de
su sede episcopal y de su diócesis. En julio del 901 Ahmed ben Moaviah (Abul
Cassim) pretende destruir la ciudad de Zamora. Alfonso III acude en su socorro
y provoca aquella gran derrota de los árabes que ha pasado a la historia con el
nombre de «Día de Zamora».
La leyenda ha rodeado, como a casi todos
los santos medievales, la figura de san Atilano. Después de afirmar que en su
consagración episcopal se hizo visible el Espíritu Santo en forma de paloma, y
que, huyendo de los árabes, a su paso se hundió el viejo puente romano sobre el
Duero, pereciendo sus perseguidores, ha hecho extraordinariamente popular el
sencillo anillo que veneran todos los años los zamoranos en la parroquia
arciprestal. Es vieja tradición que san Atilano peregrinó a Jerusalén, en
penitencia por algunos pecados de su juventud. Cruzando el puente, arrojó su
anillo episcopal al Duero, con la esperanza de recuperarlo algún día como
prenda segura del perdón obtenido. A los dos años, inspirado por Dios, vuelve
de incógnito a Zamora y recibe hospedaje muy cerca, en la ermita de San Vicente
de Cornu. Preparando su comida, abre un pez recibido de limosna y dentro
encuentra su anillo. Las campanas de la ciudad repicaron solas, y ante los
zamoranos que acudieron a recibirle jubilosos, avisados por tal prodigio,
apareció revestido milagrosamente con los ornamentos episcopales. Rigió algunos
años más su obispado y descansó en la paz del Señor hacia el año 919, el día 5
de octubre.
Sus reliquias, defendidas largos siglos,
son muy veneradas en la parroquia arciprestal de San Pedro y San Ildefonso, de
Zamora, que lo declaró Patrono de su diócesis, de la que fue restaurador
ilustre, o acaso fundador, y el único santo de su glorioso episcopologio. En
Milán, y en una de las primeras declaraciones de santidad heroica hechas por un
Papa, fue canonizado, junto con el mártir san Herlembardo, por Urbano II. La
vida penitente de san Froilán y de san Atilano como eremitas, su labor cultural
y colonizadora, su celo pastoral, su espírtiu de fundadores, y todas las
virtudes de que estuvieron adornados hicieron decir al gran cardenal Baronio
que, «por ser dignos de los honores debidos a los santos, estaban justamente
inscritos en su catálogo».
Extractado del artículo de Manuel Alonso
Hernández, en Año Cristiano, BAC, 1966. Bibliografía: Acta sanctorum. Oct.,
III, p.235-245. Florez, E., España sagrada, XIV: Vita, p.244-346; 408-410;
Becares Botas, V., Los patronos de Zamora San Ildefonso y San Atilano (Zamora,
1990).
fuente: BAC - Año cristiano
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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