Santa Ana Schäffer, virgen
fecha: 5 de octubre
n.: 1882 - †: 1925 - país: Alemania
canonización: B: Juan Pablo II 3 jul 1998 - C: Benedicto XVI 21 oct 2012
hagiografía: Vaticano
n.: 1882 - †: 1925 - país: Alemania
canonización: B: Juan Pablo II 3 jul 1998 - C: Benedicto XVI 21 oct 2012
hagiografía: Vaticano
Elogio: En el lugar de Mindelstetten, en el
territorio de Ratisbona, en Alemania, santa Ana Schäffer, virgen, la cual, a
los diecinueve años, en su oficio de sirviente se abrasó con agua hirviendo y,
después, tras agravarse su estado de salud, vivió con ánimo sereno en espíritu
de pobreza y oración, ofreciendo su dolor por la salvación de las almas.
De la homilía de SS Juan Pablo II en la
ceremonia en la que Anna Schäffer, junto a otros siervos de Dios, fue
proclamada beata, el 7 de marzo de 1999:

Dirigimos nuestra mirada a la beata Ana
Schäffer, leemos su vida precisamente como un comentario viviente de lo que san
Pablo escribió a los romanos: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha
dado» (Rm 5, 5).
Cuanto más se transformaba su vida en un
calvario, tanto más fuerte era en ella la convicción de que la enfermedad y la
debilidad podían ser las líneas en las que Dios escribía su evangelio. Llamaba
a su habitación de enferma «taller del dolor», para conformarse cada vez más
con la cruz de Cristo. Hablaba de tres llaves, que Dios le había concedido: «La
más grande es de hierro y muy pesada, son mis sufrimientos. La segunda es la
aguja, y la tercera, la pluma. Con todas estas llaves quiero trabajar día tras
día, para poder abrir la puerta del cielo».
Entre atroces dolores, Ana Schäffer tomaba
conciencia de la responsabilidad que cada cristiano tiene de la santidad de su
prójimo. Por eso utilizó su pluma. Su lecho de enferma se convierte en la cuna
de un apostolado epistolar muy amplio. Las pocas fuerzas que le quedan las
emplea en el bordado, para de esta forma dar a los demás un poco de alegría.
Pero, tanto en sus cartas como en sus labores manuales, su razón de vida es el
Corazón de Jesús, símbolo del amor divino. Así, representa las llamas del
Corazón de Jesús no como lenguas de fuego, sino como espigas de trigo. La
Eucaristía, que Ana Schäffer recibía diariamente de su párroco, es sin duda, su
punto de referencia. Por ello, esa representación del Corazón de Jesús será
característica de la nueva beata.
Puede leerse la homilía completa en
español en el sitio del
Vaticano
fuente: Vaticano
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que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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Santos Mauro y Plácido, monjes
fecha: 5 de octubre
†: s. VI
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: s. VI
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Conmemoración de los santos Mauro y
Plácido, monjes, que desde su adolescencia fueron discípulos del abad san
Benito.

Dada la gran fama de santidad que alcanzó
san Benito en la época en que vivió en Subiaco, muchas nobles familias romanas
solían confiarle a sus hijos para que los educasen en el monasterio. Equicio le
confió a su hijo Mauro y el patricio Tértulo a su hijo Plácido, quien era aún
muy niño. San Gregorio cuenta en sus «Diálogos» que, en cierta ocasión, Plácido
se cayó en el río cuando trataba de llenar un cántaro; san Benito, que se hallaba
en el monasterio, llamó inmediatamente a Mauro y le dijo: «Corre y vuela,
hermano mío, porque el niño acaba de caerse en el río». Mauro echó a correr y
anduvo sobre las aguas la distancia de un tiro de flecha, hasta el sitio en que
se hallaba Plácido; entonces le tomó por los cabellos y le arrastró hasta la
orilla, siembre andando sobre las aguas. Al pisar tierra, Mauro volvió los ojos
hacia el río y sólo entonces cayó en la cuenta del milagro. San Benito lo
atribuyó a la obediencia de su discípulo, pero éste pensó que se debía a la
santidad y virtud de san Benito. Plácido confirmó los pensamientos de Mauro,
diciendo: «Cuando me sacaste del agua, vi el manto de nuestro padre sobre mi
cabeza y pensé que era él quien tiraba de mí». La salvación milagrosa de Plácido
es como un símbolo de la preservación de su alma de toda mancha de pecado.
Crecía constantemente en virtud y sabiduría, y su vida era una réplica fiel de
la de su maestro y director, san Benito. Éste observaba los progresos de la
gracia en el corazón de su discípulo, le amaba con particular predilección y,
probablemente, le llevó consigo a Monte Cassino. Según se dice, el padre de
Plácido fue quien regaló a san Benito dicha posesión. A esto se reduce todo lo
que sabernos acerca de Plácido y Mauro.
Sin embargo, durante algunos siglos se
veneró a Plácido como mártir. La confusión tiene por origen la falsificación de
un documento en el siglo XII, que aunque ya se ha corregido la cuestión en el
Martirologio actual, ha dejado huellas en la iconografía, y vale la pena
relatar porque muestra el modo como se han configurado algunas leyendas de
santos. En efecto, por entonces Pedro el Diácono, monje y archivista de Monte
Cassino, publicó un relato de la vida y martirio de San Plácido. Nadie había
oído hasta entonces hablar de aquel mártir. Pedro el Diácono afirmaba que se
había basado en los datos que le comunicó un monje de Constantinopla llamado
Simeón, quien a su vez había heredado un documento que databa de la época del
martirio de san Plácido, escrito por un compañero del mártir, llamado Gordiano.
Gordiano había conseguido huir de Sicilia a Constantinopla, donde regaló a los
antecesores de Simeón el relato que había escrito sobre el martirio. Esta
fábula, como tantas otras, se impuso poco a poco, y los benedictinos y todo el
Occidente acabaron por admitirla. Según la leyenda, san Plácido había ido a
Sicilia a fundar en Messina el monasterio de San Juan Bautista. Algunos años
más tarde, unos piratas sarracenos que venían de España, desembarcaron en la
isla. Como Plácido, sus hermanos, su hermana y sus monjes se negasen a adorar a
los dioses del rey Abdula, fueron decapitados. Inútil decir que en el siglo VI
no había moros en España y que los sarracenos de Siria y Africa no hicieron
incursiones en Sicilia antes de mediar el siglo VII. La leyenda se enriqueció
poco a poco con nuevas «pruebas», entre las que se contaba nada menos que un
acta de la donación que Tértulo había hecho a san Benito de ciertas tierras en
Italia y Sicilia. Sin embargo, la devoción a San Plácido no se popularizó
verdaderamente sino hasta 1588. En ese año, se reconstruyó la iglesia de San
Juan, en Messina y durante el curso de los trabajos se descubrieron varios
esqueletos. Naturalmente, el pueblo los tomó por las reliquias de san Plácido y
sus compañeros, y Sixto V aprobó el culto de los mártires. Los nombres de san
Plácido y sus compañeros quedaron desde entonces incluidos en el Martirologio
Romano. Los bolandistas se preguntan con razón si Sixto V obró con la debida
prudencia.
U. Berliére, en Revue Bénédictine, vol.
XXXIU (1921), pp. 19-45, estudió a fondo la cuestión de la falsificación de
Pedro el Diácono, tanto desde el punto de vista histórico, como desde el punto
de vista litúrgico. Pero ya antes E. Caspar había probado perfectamente el
carácter espurio de la narración de Gordiano en su obra Petrus Diaconus und die
Monte Cassineser Falschungen (1909), particularmente en las pp. 47-72. El texto
de Gordiano puede verse en Acta Sanctorum, oct. vol. III. Cf. igualmente
Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, y el resumen de J. Me Cann en
Saint Benedict (1938), pp. 282-291. Artículo del Butler-Guinea simplificado.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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