Santos Felipe de Heraclea y Hermetes, mártires
fecha: 22 de octubre
†: 303 - país: Turquía
otras formas del nombre: Hermes
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 303 - país: Turquía
otras formas del nombre: Hermes
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Adrianópolis, en Tracia, santos
mártires Felipe, obispo de Heraclea, y Hermetes, diácono. El primero de ellos,
Felipe, al pedirle el prefecto Justino, durante la persecución bajo el
emperador Diocleciano, que cerrase la iglesia, entregase los vasos sagrados y
mostrase los libros litúrgicos, le respondió que no podía dar estas cosas ni él
recibirlas, por lo que, después de ser encarcelados y azotados, fueron quemados
vivos.

Felipe, obispo de Heraclea, capital de
Tracia, fue martirizado durante la persecución de Diocleciano. Como desempeñó
con gran fidelidad sus obligaciones de diácono y de sacerdote, fue elegido
obispo de Heraclea. Gobernó su diócesis con gran virtud y prudencia durante la
persecución. A fin de extender y perpetuar la obra de Dios, formó a muchos
discípulos en las ciencias sagradas y en la piedad sólida. Dos de ellos, el
sacerdote Severo y el diácono Hermes, tuvieron la dicha de acompañar a san
Felipe en el martirio. Hermes, antiguo magistrado de la ciudad, empezó a
practicar el trabajo manual desde el momento en que recibió el diaconado y
convenció a su hijo para que hiciese lo propio. Cuando Diocleciano publicó sus
primeros edictos persecutorios, muchas personas aconsejaron a san Felipe que
huyese de la ciudad; pero el santo se negó a hacerlo y continuó con sus
exhortaciones a su grey para mantener la constancia y la paciencia. El
gobernador envió a un tal Aristómaco a clausurar las puertas de la iglesia. Felipe
le dijo: «¿Crees acaso que Dios vive entre cuatro paredes más bien que en el
corazón de los hombres?» En seguida, el obispo reunió a los cristianos fuera de
la iglesia. Al día siguiente, los esbirros del emperador sellaron los vasos y
los libros sagrados. Los fieles entristecidos, se reunieron frente a la iglesia
cerrada; Felipe se puso de espaldas contra la puerta y, para alentarlos,
comenzó a hablar con palabras de fuego y se negó a retirarse.
El gobernador Bassus, se enteró de que
Felipe y sus cristianos celebraban el día del Señor delante de la iglesia y los
mandó traer a su presencia. «¿Quién de vosotros es el maestro?», preguntó.
Felipe respondió: «Yo». Bassus le dijo: «Bien sabes que el emperador ha
prohibido que os reunáis. Entrégame los vasos de oro y plata y los libros que
acostumbráis leer». El obispo replicó: «Estamos dispuestos a entregarte los
vasos, porque Dios no se complace en los metales preciosos sino en la caridad.
En cuanto a los libros sagrados, ni tú puedes exigírmelos, ni yo puedo entregarlos».
El gobernador mandó llamar a los verdugos y ordenó a uno de ellos que
atormentase a Felipe. Este soportó el tormento con invencible valor. Hermes
dijo al gobernador que, aunque destruyese todos los libros de la verdadera
doctrina, no conseguiría destruir la palabra de Dios. Bassus le mandó azotar.
En seguida, Publio, ayudante del gobernador, acompañó a Hermes al sitio en que
estaban depositados los vasos sagrados. Publio intentó apoderarse de algunos y,
cuando Hermes trató de impedirlo, le dio tan tremenda bofetada, que le dejó el
rostro bañado en sangre. El gobernador reprobó la conducta de Publio y ordenó
que curasen la herida de Hermes. En seguida, envió a los prisioneros a la plaza
central y mandó a los guardias que destruyesen el techo de la iglesia. Los
soldados aprovecharon la ocasión para quemar los libros sagrados, y las llamas
se elevaron tan alto, que los presentes quedaron maravillados. Cuando Felipe,
quien se hallaba en la plaza central, se enteró de lo sucedido, habló
largamente sobre la venganza de Dios que amenaza a los malvados y recordó al
pueblo que los templos de los ídolos se habían incendiado muchas veces.
Entonces, se presentó en la plaza un
sacerdote pagano con sus ministros, llevando consigo todo lo necesario para el
sacrificio. También llegó Bassus, seguido por la multitud. Algunos de los
presentes se compadecían de los cristianos, otros, especialmente los judíos,
clamaban contra ellos. Bassus exhortó a san Felipe a ofrecer sacrificios a los
dioses, a los emperadores y a la fortuna de la ciudad; después, le señaló una
estatua de Hércules y le dijo que se contentaría con que la tocase. El obispo
replicó que las imágenes eran muy útiles a los escultores, pero que no podían
hacer bien alguno a quienes las adoraban. Entonces Bassus, volviéndose hacía
Hermes, le preguntó sí él estaba dispuesto a ofrecer sacrificios. Hermes
respondió: «No. Yo también soy cristiano». Bassus le preguntó: «Si Felipe
ofrece sacrificios, ¿seguirás tú su ejemplo?» Hermes replicó que no y que
tampoco conseguirían que Felipe sacrificase a los dioses. Después de emplear
toda clase de amenazas y promesas para que ofreciesen el sacrificio, el
gobernador mandó que los mártires fuesen conducidos a la prisión. En el camino
unos malvados derribaron por tierra a Felipe, quien se levantó sonriente, con
gran admiración de la turba. Los mártires entraron en la prisión cantando
gozosamente un salmo de agradecimiento a Dios. Pocos días después el gobernador
permitió que se trasladasen a la casa de un tal Paneras, a donde muchos
cristianos y neófitos acudieron a oír las instrucciones de los mártires. Más
tarde, los prisioneros fueron conducidos a una prisión contigua al teatro que
tenía un pasadizo secreto hacia éste, por donde los cristianos pudieron ir a
visitarlos durante la noche, en gran número.
En el ínterin, el gobernador Bassus fue
sustituido por Justino. El cambio alarmó mucho a los cristianos, ya que Bassus
era un hombre razonable y su esposa había sido cristiana durante algún tiempo;
en cambio, Justino era un hombre muy cruel. Zoilo, el magistrado de la ciudad,
condujo a Felipe a presencia de Justino, quien le repitió la orden del
emperador y le exhortó a ofrecer sacrificios. Felipe respondió: «Soy cristiano
y no puedo obedecer tus órdenes. Si quieres, puedes castigarnos, pero no
conseguirás que obedezcamos». Justino le amenzó con la tortura, y el obispo
respondió: «Dame tormento, pero no lograrás vencerme; no hay poder alguno capaz
de obligarme a ofrecer sacrificios». Justino le dijo que los guardias iban a
llevarle a rastras hasta la prisión. Felipe replicó: «¡Dios lo quiera!»
Entonces Justino ordenó que le atasen los pies y le arrastrasen a la prisión.
Los guardias le arrastraron sobre las piedras con tal violencia, que Felipe
llegó a la prisión cubierto de sangre. Los cristianos le recibieron y le
llevaron en brazos a la mazmorra.
Los perseguidores habían buscado durante
largo tiempo al sacerdote Severo, quien se había escondido. Finalmente, movido
por el Espíritu Santo, Severo se entregó y fue enviado a la prisión. Los tres
mártires pasaron siete meses en un horrible calabozo. Después, fueron
trasladados a Adrianópolis, a una casa particular, para esperar la llegada del
gobernador. Al día siguiente, Justino mandó conducir a Felipe a las termas y
dio orden de que le azotasen hasta que la carne se cayese a pedazos. El valor
del mártir impresionó no sólo a la turba, sino al propio Justino, quien le
envió nuevamente a la prisión. En seguida mandó llamar a Hermes para azotarle.
Los miembros de la corte le querían bien, pues había sido un magistrado muy
popular en HeracIea. Pero Hermes permaneció firme en la fe y fue nuevamente
enviado a la prisión. Los mártires dieron gracias a Dios por esa primera
victoria. Tres días después, Justino los convocó de nuevo. Habiendo exhortado
en vano a Felipe, se volvió hacia Hermes y le dijo: «Tu compañero es insensible
a los horrores de la muerte. Espero que tú comprendas el valor de la vida y
ofrezcas sacrificios a los dioses». Hermes respondió con una invectiva contra
la idolatría. Justino gritó enfurecido: «Hablas como si quisieses convertirme
al cristianismo». En seguida consultó a sus consejeros y pronunció la
sentencia: «Ordenamos que Felipe y Hermes, que por su desobediencia a los
edictos imperiales se han hecho indignos del nombre y los derechos de los
ciudadanos romanos, sean quemados públicamente para que el pueblo aprenda a
obedecer».
Los mártires fueron con gran gozo al sitio
de la ejecución. Como Felipe tenía los pies destrozados, fue llevado en brazos.
Hermes, que caminaba también con gran dificultad, dijo a Felipe: «Maestro,
apresurémonos a ir al encuentro del Señor. ¿Qué importan nuestros pies, puesto
que ya no nos serviremos de ellos?» Después, se volvió hacia la multitud y
dijo: «El Señor me ha revelado el martirio que me espera. Soñé que una paloma
blanca como la nieve venía a posarse sobre mi cabeza, descendía sobre mi pecho
y me daba a comer un manjar exquisito. Entonces comprendí que el Señor se había
complacido en llamarme al honor del martirio». Una vez llegados al sitio de la
ejecución, los verdugos, según la costumbre, enterraron a Felipe en la arena
hasta la altura de las rodillas y le ataron las manos a la espalda. Lo mismo
hicieron con Hermes, el cual, como no pudiese sostenerse sin la ayuda de un
bastón, pues tenía los pies muy débiles, exclamó riendo: «Se ve que el diablo
no es capaz de sostenerme ni siquiera en estas circunstancias». Antes de que
los verdugos prendiesen fuego a la pira, Hermes se dirigió a un cristiano
llamado Velogio y 1e dijo: «Os ruego por nuestro Salvador Jesucristo que digáis
a mi hijo que pague cuanto se haya gastado en mí para que tenga yo la
conciencia tranquila, pues aun las leyes de este mundo mandan que se paguen las
deudas. Decidle también que, aunque es joven, debe ganarse la vida con el
trabajo de sus manos, como yo. Y que sea bueno con todos». En seguida, los
guardias le ataron las manos y encendieron la hoguera. Los mártires alabaron a
Dios y le dieron gracias mientras pudieron hablar. Sus cuerpos no se
desintegraron. El cuerpo de Felipe, que era ya un hombre anciano, parecía haber
rejuvenecido y tenía las manos extendidas como si se hallase en oración. El
cadáver de Hermes conservaba su color natural, sólo las orejas estaban un poco
amoratadas. Justino ordenó que los cuerpos de los mártires fuesen arrojados al
río, de donde algunos cristianos de Adrianópolis consiguieron rescatarlos con
redes. El sacerdote Severo, que estaba aún en la prisión, se alegró al
enterarse del triunfo y la gloria de sus compañeros y pidió ardientemente a
Dios que le concediese compartirlos, como había compartido su defensa de la fe.
Dios escuchó sus oraciones, y Severo fue martirizado al día siguiente. El
edicto que mandaba quemar los escritos sagrados y destruir las iglesias, indica
que el martirio tuvo lugar después de la publicación de los edictos
persecutorios de Diocleciano.
El martirio de Felipe, Severo y Hermes es
uno de los episodios mejor probados de la persecución de Diocleciano. El
Breviarium sirio del siglo IV conmemora el martirio el 22 de octubre. El texto
de las actas latinas de Felipe de Heraclea puede verse en Ruinart y en Acta
Sanctorum, oct., vol. IX. H. Leclereq tradujo ese documento al francés, en Les
Martyrs, vol. u, pp. 238-257. Cf. P. Franchi de Cavalieri, en Studi e Testi,
núm. 27, Note Agiografiche, fase. 5 y 175, 9. N. de ETF: en la edición actual
del Martirologio Romano no se ha inscripto a Severo, aunque posiblemente se
deba sólo a una omisión involuntaria.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3854
San Lupencio, abad
fecha: 22 de octubre
†: c. 584 - país: Francia
canonización: culto local
hagiografía: Santi e Beati
†: c. 584 - país: Francia
canonización: culto local
hagiografía: Santi e Beati
Elogio: En la región de Châlons, en Neustria, san Lupencio, abad de la
basílica de Saint-Privat-de-Javols, que después de haber recibido injustamente
muchas injurias de parte de Inocencio, conde de la ciudad, fue decapitado.
Patronazgos: protector de los niños.

Cuanto sabemos de este santo proviene de
una noticia que san Gregorio de Tours le dedica en su Historia de los Francos,
VI,37. Según ese relato, Lupencio era abad de la basílica de Saint-Privat de
Javols, en Lozère (Languedoc). Acusado por Inocencio, Conde de Javols, de haber
criticado a la reina Brunegilda, tuvo que presentarse ante ella, que residía en
ese momento en Metz. Pudo justificar su conducta y resulto libre, pero, durante
la vuelta, fue apresado por el Conde Inocencio en una localidad llamada Ponthion,
cerca de Vitry-le-Francois (Marne) y, después de distintos tormentos, fue
decapitado. la cabeza y el cuerpo, se depositaron separadamente en Marne, pero
fueron reunidos tras algunos días por unos pastores, y enterrados honrosamente
(hacia el año 684). Los enfermos acudían a su tumba.
En fecha posterior desconocida, las
reliquias del santo fueron trasladadas a la catedral de Soissons donde, en el
1667, fueron destruidas por un incendio. Su culto se encuntra extendido por
toda la Champagne, donde tiene dedicadas diez y siete parroquias, así como en
las diócesis de Langres y de Verdun. Es especialmente invocado para la
protección de los niños.
Traducido del italiano en ETF, de un
artículo de Philippe Rouillard en Enciclopedia dei Santi, que recogemos de Santi
e Beati. La fecha de 684 que aparece en el Martirologio actual (ed. en español,
2007) no es correcta, ya que san Gregorio de Tours murió en 594. Acorde con los
criterios populares antigos, se lo veneró durante siglos como mártir, aunque
propiamente no lo es, ni está inscripto así en la actualidad.
fuente: Santi e Beati
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El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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