viernes, 2 de diciembre de 2016

Beato Juan Ruysbroeck, religioso presbítero - Beata María Ángela Astorch, abadesa (2 de diciembre)

Beato Juan Ruysbroeck, religioso presbítero

fecha: 2 de diciembre
n.: 1293 - †: 1381 - país: Bélgica
otras formas del nombre: Juan Rusbroquio, Jan Ruusbroec, Rusbrochius
canonización: 
Conf. Culto: Pío X 1 dic 1908
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En el monasterio de Groenendaal, cerca de Bruselas, beato Juan Ruysbroeck, presbítero y canónigo regular, que enseñó las grandezas de los distintos grados de la vida espiritual.

Jan Van Ruysbroeck nació en Ruysbroeck, cerca de Bruselas, en 1293. En aquélla época la actual ciudad era un pueblecito. Seguramente que los padres del futuro beato eran gente humilde, aunque, a decir verdad, no sabemos nada sobre su padre y, sobre su madre, sólo tenemos noticias de que era muy buena y amaba tiernamente a su hijo. A los once años, Juan se fue a vivir con su tío Juan Hickaert, que era canónigo menor de la colegiata de Santa Gúdula, en Bruselas. El niño fue a la escuela en esa ciudad. Algunos años después, su madre se fue también a vivir a un beguinato de Bruselas. Poco después de la muerte de ésta, Juan recibió la ordenación sacerdotal, a los veinticuatro años de edad.
Al cabo de algún tiempo, como efecto de un sermón que había oído en Santa Gúdula, el canónigo Hinckaert cambió notablemente de vida. En efecto, repartió entre los pobres todos los bienes superfluos y, en compañía de otro canónigo llamado Franco van Coudenberg, que era más joven que él, empezó a dedicar más y más tiempo a la contemplación en medio de su vida de canónigo. El Beato Juan se les unió pronto. Entre 1330 y 1335, escribió algunos panfletos polémicos que no se conservan, pero poco después escribió el «Libro del Reino de los Amadores de Dios», una obra que, como todas las otras del beato, fue escrita en flamenco, con la intención de que el pueblo pudiese leerla. Se trata de una refutación del falso misticismo y de una exposición del verdadero camino de Dios. A ella siguieron «Los Esponsales Espirituales» y varias otras obras de mística práctica. Algunos comentadores afirman que Juan era iletrado e ignorante, con lo cual añaden interés al mérito de sus escritos. Pero en realidad, está probado que era un filósofo y teólogo muy capaz y que estaba muy al tanto de las obras de los escolásticos de su época y de los grandes maestros del pasado. Por lo demás, la hipótesis de que Juan era un iletrado, fue lanzada desde su tiempo. Gerson, que le acusaba de haber caído en el panteísmo en «Los Esponsales Espirituales», respondió a los autores de la hipótesis: «Se ha dicho que el autor de este libro es iletrado e ignorante para poder considerar su obra como inspirada por el Espíritu Santo. Pero en realidad, da más pruebas de sabiduría humana que de inspiración divina... Su estilo es un tanto estudiado. Además, para hablar de un tema como ése, no basta la piedad, sino que hace falta también haber estudiado».
Entre 1340 y 1343, Ruysbroeck escribió la primera parte del «Libro del Tabernáculo Espiritual», que es una alegoría de la vida mística. En la primavera del año siguiente, los tres sacerdotes partieron de Bruselas. En efecto, se sentían llamados a dedicarse completamente a Dios en la vida contemplativa y manifestaron su deseo de retirarse a la soledad del campo, ya que en la ciudad se sentían esclavizados y oprimidos por los otros clérigos, mucho de los cuales eran mundanos y poco piadosos y entre quienes Juan había provocado la hostilidad por el vigor de su lucha contra la herejía. Por aquel entonces, el canónigo van Coudenberg se hallaba en dificultades con el duque de Brabante, Juan III, y éste, para contrariar al canónigo, autorizó a los monjes de la ermita de San Lamberto, en Groenendael, de ceder un terreno en los bosques de Soignes a los que aspiraban a la vida solitaria. Allí se establecieron los tres amigos y construyeron una capilla más grande. Durante los seis primeros años fueron muy criticados por el capítulo de Santa Gúdula y los monjes de los alrededores, y además el duque solía organizar partidas de cacería en aquellos parajes. Como no estaban asociados a ninguna orden religiosa, no tenían manera de protegerse. Así pues, en 1349, cuando ya contaban con cinco discípulos, formaron una comunidad de canónigos regulares de San Agustín e hicieron los votos ante el obispo de Cambrai. El anciano Hinckaert murió al año siguiente. Franco van Coudenberg fue elegido superior del monasterio y Juan Ruysbroeck prior. Franco fue, como quien dice, el fundador de Groenendael en el sentido material y administrativo, en tanto que la presencia de Juan en el monasterio atraía a los numerosos aspirantes que ingresaron en la comunidad. Ruysbroeck era un religioso ejemplar: dócil, paciente, obediente y amante del trabajo manual (en el que era más bien torpe). En una palabra, era mejor súbdito que superior.
Gerardo Naghel, cartujo de Hérinnes, cuenta que Ruysbroeck fue a visitar su monasterio: «¡Cuánto más podría yo decir sobre ese rostro poderoso y viril, endulzado por la alegría; sobre su conversación humilde y afectuosa; sobre la espiritualidad que irradiaba de su persona; sobre su actitud tan religiosa, que manifestaba hasta en su manera de vestir! ...Aunque queríamos que nos hablase de sí mismo, nunca lo conseguimos, pues siempre nos hablaba sobre epístolas sagradas... Estaba tan libre de orgullo como si nunca hubiese escrito obras tan buenas como las suyas». El beato Juan solía pasar horas enteras en el bosque que circundaba al monasterio para escuchar la voz de Dios en aquel sitio donde las distracciones humanas no se interponían entre él y su Creador. Acostumbraba tomar notas sobre unas tabletas de cera y, después, las ordenaba y desarrollaba en su celda. En cierta ocasión, no se presentó a la hora de comer y uno de los canónigos salió a buscarle; lo encontró arrebatado en éxtasis, sentado y rodeado por una luz celestial. El beato completó allí el «Tabernáculo Espiritual» y escribió las otras obras que hicieron de él uno de más grandes contemplativos de la Edad Media1. Se ha dicho que Ruysbroeck no dijo nada que no hubiesen dicho ya otros místicos, y que su originalidad consiste en su manera de presentar las cosas. Pero, decir algo en forma nueva equivale siempre a decir algo nuevo. Por otra parte, como Ruysbroeck vivíó entre la Edad Media y el Renacimiento, combinó los elementos filosóficos de la escolástica con los elementos neoplatónicos. Se ha dicho con razón que si Ruysbroeck no hubiese aportado un punto de vista personal y si su doctrina no hubiese tenido nada de original, su extraordinaria influencia sería inexplicable. Cierto que su santidad personal es suficiente para explicar que las turbas más heterogéneas hayan ido en peregrinación a Groenendael para verle. Pero Ruysbroeck ejerció también gran influencia sobre otros, que eran «doctores ac clerici non mediocres» (doctores y clérigos no mediocres), el principal de los cuales fue Gerardo Groote, fundador de los Hermanos de la Vida Común. Por su intermedio, la doctrina del beato dejó sentir su influencia sobre la escuela de Windesheim y Tomás de Kempis. También puede decirse que la forma de vida monástica de Groendael explica por qué Windesheim no se hizo cartujo o cisterciense, sino agustino.
En los últimos años de su vida, el beato Juan no podía ya salir de la celda que compartía con Franco van Coudenberg, quien era todavía más anciano que él. Una noche, el beato soñó con su madre quien le decía que Dios iba a llamarle durante el Adviento. Al día siguiente, pidió que le trasladasen a enfermería, donde, consumido por la fiebre, se preparó con toda lucidez y devoción para la muerte. Dios le llamó a Sí el 2 de diciembre de 1391, a los ochenta y ocho años de edad. A partir de entonces, el segundo domingo después de Pentecostés, el capítulo de Santa Gúdula realizó procesiones a Groenendael en honor de Juan Ruysbroeck. Cuando el monasterio fue suprimido en 1783, las reliquias del beato se trasladaron a Bruselas, pero desaparecieron durante la Revolución. Los esfuerzos que se habían hecho para obtener su beatificación, tantas veces interrumpidos, fueron finalmente coronados por el éxito en 1908, ya que san Pío X confirmó el culto del beato y concedió la celebración de su fiesta a los canónigos regulares de Letrán y la diócesis de Malinas. El abad Cutberto Butler (1858-1934) opina que probablemente no haya ningún contemplativo más grande que Ruysbroeck «y ciertamente no ha habido ningún escritor místico de mayor envergadura».

1: En Ruysbroeck, como en otros místicos de la época, particularmente en Ricardo De Hampole, hay una tendencia marcada a pasar de la prosa a una forma de ritmo (ya sea ritmo propiamente dicho, o el empleo de la aliteración). Este fenómeno se observa aun en la «Imitación de Cristo»; por eso se la llama algunas veces «Música eclesiastica».
Casi todo lo que sabemos sobre la vida del beato Juan procede de una biografía latina escrita per un tal Enrique Pomerius. (Pomerius es una latinización de Van den Bogaerde). Parece que la obra fue compuesta entre 1429 y 1431, es decir, unos cincuenta años después de la muerte del beato. El autor aprovechó una biografía anterior, escrita por Juan van Schoonhoven, que se ha perdido. El texto de Pomerius, con una valiosa introducción, puede verse en Analecta Bollandiana, vol. IV (1885), pp. 257-334. Véase también A. Auger, Etude sur les mystiques des Pays-Bas au Moyen-Age (1892). Aunque Ruysbroeck sabía ciertamente latín, escribió todas sus obras en flamenco. Según se dice, ello provoca fácilmente malas interpretaciones de los que no son expertos en la materia, y las traducciones son con frecuencia poco de fiar. La traducción latina que hizo Surio de las obras de Ruysbroeck es, en muchos casos, una simple paráfrasis. Los benedictinos de San Pablo de Wisques tradujeron al francés, con gran criterio científico y sumo cuidado, todos los escritos auténticos, bajo el título general de Oeuvres de Ruysbroeck l'Admirable (6 vols., 1912-1938). En la Biblioteca Cervantes Virtual puede encontrarse un breve trabajo titulado El lenguaje del beato Jan van Ruusbroec y san Juan de la Cruz en torno a la experiencia mística y el proceso de unión transformante de Miguel Norbert Ubarri, que puede servir de inicial aproximación a la obra del beato, a partir de quien posiblemente conocemos más en el mundo hispano como es san Juan de la Cruz.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beata María Ángela Astorch, abadesa

fecha: 2 de diciembre
n.: 1592 - †: 1665 - país: España
canonización: 
B: Juan Pablo II 23 may 1982
hagiografía: Frate Francesco

Elogio: En Murcia, en España, beata María Ángela Astorch, abadesa de la Orden de las Clarisas, la cual, muy humilde y entregada a las penitencias, daba buenos consejos y ayuda, tanto a las monjas como a los laicos.
Oración: Oh Dios, rico para con todos los que te invocan, que adornaste a la beata María Ángela, virgen, con el don de penetrar de modo inefable en el tesoro de tus riquezas mediante la diaria liturgia de alabanza; concédenos, por su intercesión, dirigir a ti de tal manera nuestras acciones, que seamos alabanza de tu gloria en Jesús, tu Hijo. Amén.

María Ángela Astorch es una beata reciente, puesta en los altares por Juan Pablo II en 1983, después de más de 300 años de la muerte de esta mujer, eximia testigo de la tradición mística española. Ha sido hasta hoy una desconocida. Si en 1773 el jesuita Luis Ignacio Zevallos escribía una obra de 580 páginas (in folio) sobre «Vida y virtudes, favores del cielo, milagros y prodigios de la Venerable Madre Sor María Ángela Astorch, fundadora en la ciudad de Murcia de su ilustre convento de capuchinas de la Exaltación del Santísimo Sacramento», y para esta obra se servía de los escritos de la venerable, de hecho no ha existido hasta el momento (1985) un libro que recopilase propiamente las páginas que salieron de sus manos, debidamente ordenadas. Su relación autobiográfica y sus minuciosas cuentas de conciencia a los confesores nos dan la pista para seguirle en su vida y trazar los rasgos de su espiritualidad.

Una Vida En Tres Etapas: Barcelona, Zaragoza, Murcia

Nació en Barcelona y fue bautizada, en la parroquia de Nuestra Señora del Pino, en 1592, cuarto vástago de un matrimonio acomodado de la Ciudad Condal, Cristóbal y Catalina. De aquel matrimonio vinieron al mundo cuatro hijos: la mayor, Isabel, capuchina en su día, a quien María Ángela profesó verdadera devoción y a quien, muerta, la veneraba como santa; dos varones, Juan José, que vivió sólo ocho años, y Cristóbal, que fue religioso servita. Sin cumplir un año queda huérfana de madre, y a los cinco muere también el padre. María Ángela en Sarriá es confiada a los cuidados del ama, bajo la vigilancia de sus tutores.
Toda la infancia de esta criatura, por parte de padres y ama, estuvo arropada de amor y ternura, en un clima profundamente religioso. A los 7 años ocurre algo extraordinario, que ella ha de referir puntualmente cuando escriba, para un confesor, el «Discurso de su vida». Es dada como muerta y acuden para el entierro su hermana Isabel, ya monja, acompañada de la madre Serafina, venerable iniciadora de las capuchinas en Barcelona. La oración de la santa madre obra el portento de que la pequeña María Ángela vuelva a la vida.
Fue una niña que llegó precozmente a mayor, hasta el punto de que pudo escribir: «Mi niñez no fue sino hasta los siete años y, de éstos en adelante, fui ya mujer de juicio y no poco advertida, y así, sufrida, compuesta, callada y verdadera». «Llegada a los once años cumplidos y entrada en los doce cosa de trece días, en el año de 1603, en 16 días del mes de septiembre, entré religiosa capuchina con mi gusto y de mi propia voluntad.»
La recibía la madre Serafina Prat. Esta catalana, hoy en vías de beatificación, fue quien implantó las capuchinas en España, en Barcelona, cuyo monasterio sería venero de varias fundaciones.
Los primeros tiempos de su vida c1austral fueron una delicia espiritual. Luego, por espacio de varios años, tuvo una contrariedad increíble por causa de su celosa maestra -«rígida en extremo, así para sí misma como para las demás»-, era una incompatibilidad tal que hacía tambalear la vocación de la joven, hasta el punto de plantearse muy en serio el paso a otro instituto contemplativo donde hallara el sosiego que su corazón deseaba, hipótesis que, felizmente para las capuchinas, no se realizó. Nota curiosa y comprensible: nuestra biografiada reconoce que tenía una airosa gracia natural en cuanto decía y hacía. «Todas estas cosas daban notable gusto a mi santa madre fundadora Ángela Serafina, y a esta mi madre maestra disgusto notable».
Orienta a esta joven ardiente y ávida un hombre de Dios, el capellán de la comunidad, Juan García, santo varón que había perseguido y practicado la vida eremítica, y unía en sí un alto testimonio de santidad con una fama sabiduría de las cosas del espíritu.
Sor María Ángela profesa en 1609, a los 17 años. Tres años después la vemos como consejera de la comunidad. Y pronto, en 1614, tiene que arrancarse de Barcelona, para iniciar la fundación de Zaragoza. María Ángela no ha cumplido 22 años y va como maestra de novicias al monasterio que se va a iniciar. Salir de su Cataluña y de su comunidad era el desgarrón de su alma. Resumiendo oficios y servicios: «oficio de maestra de novicias, que lo tuve nueve años seguidos, y después cuatro de vicaria y maestra de las recién profesas. y después entré en la cruz de la abadesa». La primera vez que le se confió el cargo de abadesa tenía treinta y tres años.
Los tres decenios de Zaragoza (1614-1645) fueron fecundísimos para ella y la comunidad y las fundaciones que se originaron de este convento en aquella época que realmente fue época de oro para las capuchinas cerradas y otras monjas con­templativas. En Zaragoza entró en contacto con un sacerdote eminente, don Alejo Boxadós, bajo cuyo consejo puso por escrito, en forma de cuentas de conciencia, todas las maravillas que Dios obraba en su alma al contacto con la Biblia Y la sagrada liturgia.
En 1645 las capuchinas fundan en Murcia el monasterio de la Exaltación del Santísimo Sacramento, y aquí la madre María Ángela, fundadora, transcurrirá los veinte últimos años de su vida hasta la muerte, en 1665. Allí deja este mundo a los 73 años y allí en el monasterio de capuchinas reposa su cuerpo.
Había sido una contemplativa, con un corazón materno abierto al mundo, a las dolencias de su patria, Cataluña, en tiempos de la guerra, a la santa Iglesia, nuestra Madre -¡hija de la Iglesia!, cómo lo gustaba-, a los fieles cristianos, a todos. ¡Lástima, y muy grande, que no haya escrito, al estilo de Teresa de Jesús, un tratado, a su estilo, explicándonos con orden las cosas de Dios!

Espiritualidad: La Mística Del Breviario

Esta mujer que de adolescente se encierra en un monasterio -cosa no absolutamente insólita en aquellos tiempos, en contra de la pedagogía normal de hoy- es una mujer de un potencial humano riquísimo. Mujer de grandes ansias de soledad, pero con singular cordialidad y extraordinarias dotes de comunicación.
He aquí para un psicólogo y para un espiritual lo que dice sobre su furia por estudiar latín: «Entré en la religión y fue tan grande la inclinación que tuve a leer y estudiar, que todo el día me era tiempo breve. Esta ocupación era para mí de tanto gusto, que parecía locura, porque llegué a tal extremo y ansia de tener libros de latín, que no dejaba diurnal ni breviario a las religiosas, y mi gloria, en todo su lleno, era verme rodeada de libros de latín, que de otros, aunque los leía, no se me daba nada. Por esta causa me sucedían muchos disgustos (...) y a lo mejor que me sucedían y estaba cubierta de lágrimas, cogía un libro de los dichos y me lo ponía a la boca y, con los dientes, apretaba las cubiertas y decía con una pasión terrible: ¡No fueras de cera siquiera para comerte! Y con esto satisfacía algo de mi pasión».
Claro que esa furia apasionada no era por el latín, sino por lo que detrás se escondía: la Sagrada Escritura, el breviario y hasta las «Vitae Patrum» (las Vidas de los Padres), que esta pobre capuchina podía leer y traducir a sus hermanas. La espiritualidad mística de esta contemplativa, que en diversas ocasiones llama «mi camino interior», está vinculada a la Escritura, a los versículos del Salterio, al Cantar de los Cantares y a otros pasajes de la Palabra de Dios, que de pronto se iluminan con un fulgor espiritual que le transportan a las esferas interiores de Cristo y de la Trinidad. Nada extraño que en su beatificación se le haya presentado como «la mística del breviario». Estamos en la época del barroco, en la que la espiritualidad de «ejercicios» y penitencias que ponen espanto. María Ángela fue deudora a este estilo, pero este contacto fragante con la Palabra de Dios le ha dado una originalidad nueva y salvadora.
Ha leído a Santa Teresa, recoge con frecuencia la terminología de oración de quietud, de recogimiento, y es plenamente consciente de la clasificación de las visiones y hablas interiores (San Juan de la Cruz), pero esta esposa de un «Esposo de sangre» (en alusión a Ex 4, 25) tiene su camino propio de esposa para las maravillas que Dios va obrando en ella. Es admirable encontrar esta lozanía bíblica en el tiempo en que nos encontramos. María Ángela es límpida como el agua para dar cuenta a sus directores.
Fuente: lo hemos tomado de Frate Francesco, que a su vez remite en este artículo a Rufino María Grandes, OFMCap., en Nuevo Año Cristiano, Edibesa, Madrid 2001, 2 de diciembre.
fuente: Frate Francesco
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4391

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