lunes, 26 de diciembre de 2016

Las ventanas de nuestras Navidades (quinta reflexión del ciclo “La Ciudad Peregrina” de Marina Korotchenkol)

Las ventanas de nuestras Navidades


Por las noches en las ventanas

se reflejaban los árboles de la vida,

unos abetos verdes, adornados

con las bolas cristalinas en sus nidos.

Y los pájaros de las luces cantaban tierno

sobre una tierra de la leche y miel.

Yo tenía tres años, pero bien recuerdo

“Mais sur le toit s´ouvre le ciel.

Et, tout en blanc, le choeur des anges

Chante aux bergers : « Noël ! Noél ! »



Si, muy bien recuerdo a este poema “Noël” de Théophile Gautier, es que a veces me parece que puedo olvidar al francés, pero para siempre conservar en mi memoría algunos textos. “L´homme y la mer” de Charles Baudelaire se quedará sonar con la pronunciación de mi amiga, como estaba grabado en una cinta tres meses antes de su muerte y esta canción, tan extraña para una ciudad encerrada entre los hielos del mar Báltico, había sido recitada por nuestra regenta de la parroquia, una verdadera princesa que llegó de París para anunciar el Evangelio y había sido rescatada de un duro exilio en las estepas de Kazajstán. Pero todo esto no cambió a su carácter, decían que este tipo de la gente no solía cambiarse ni en los campos penitenciarios. Ella sentaba en su buhardilla, sin calefacción y llena del agua de la nieve, porque el techo era “regular”. Una chimenea del hierro apenas calentaba a las manos que nosotros acercábamos a sus ardientes lados, y ella leía a la memoria:



Le ciel est noir, la terre est blanche.

Cloches, carillonnez gaîment !

Jésus est né. La Vierge penche

Sur lui son visage charmant.

Las Vírgenes en los iconos de la “esquina roja” del cuadro eran serías, bizantinas, rodeadas por el oro de la eternidad, eran todo, menos “charmantes”. En la otra esquina se erigía el eterno abeto navideño, un simbolo del árbol del mundo, de este perdido en el paraíso árbol de la vida que resucitó ahora adornado con la lluvia del papel dorado y las velas rojas. En sus ramas estaban colgadas las figuritas de los ángeles de cartón hechas por nosotros o unas bolas plateadas que reflejaban al mundo nuevo que ya no se perdía en el laberinto de sus apariencias cambiantes, sino adquiría el sentido verdadero y “las cosas ocuparon cada una su lugar preciso en el mapa del universo, sintiendo que acababan de llegar a sí mismas” (P. Antonio Oliver).

Por fin veíamos que las puertas eran para abrirse y en ellas se ponían unos ramos de pinos que anunciaban a la bienvenida. En las ventanas se reflejaban los abetos con las bolas y estrellas de distintos colores y a veces con las luces eléctricas, aunque en este tiempo más se usaban las velas, sus palitos rojas y delgadas les hacían parecer a las hierbas mágicas plantadas en los pequeños candelabros dorados. En la iglesia cantaban: “Tu Natividad, Salvador, los ángeles cantan en los cielos y a nosotros estas permitiendo en la tierra también cantar a tu Gloria”. A veces el antiguo eslavo es imposible de traducir, porque esta palabra “permitiste” o “permitiendo” se suena como “spodobil” que ya incluye la raíz “podobiye” que es la “semejanza”. Y Estaba claro que nosotros podíamos glorificar al Dios porque nuestra semejanza con él ya había sido restaurada, nuestra imagen era limpia como las ventanas a través de las cuales aparecían los árboles de la vida. Más tarde en mí surgió la pregunta porque la comunión de los ángeles se cambiaba igual que la humanidad, es que se suponía que ellos siempre cantaban a su “¡Aleluya!” y hasta podían contemplar a la esencia divina. Esta simetría entre los ángeles y los hombres escondía a algún enigma. Santo Tomás de Aquino me contestaría que la Gracia de la encarnación era tan abundante que llenaba y cambiaba a todo el universo creado. Nosotros no sabemos que se trasformó en el nivel de los ángeles, pero la encarnación nos unió con ellos entorno del centro común: del pesebre con el niño divino.

La nieve relucía como unas migas diamantinas, entre los vidrios de las ventanas se ponía un algodón adornado con las perlas artificiales y las piedras cristalinas. Una ciudad pequeña se convertía en el Jerusalén Celeste, construido de cristal, diamantes y rubíes. Toda la gente que entraba en la casa navideña era nueva, con los rostros rejuvenecidos por el frío. La cocina olía a las galletas de jengibre. Yo dibujaba a las puntitas en las estrellas y a las caras de las pequeñas muñecas, pero el azúcar glaseado a menudo se caía fuera de la galleta. Yo era una mala creadora y mis “adánes” de jengibre salían cojos y tuertos. Mejor se me daban los círculos y los rombos, unas formas geométrico-angelicales, hasta en las galletas yo ya era una futura tomista.

El árbol de Navidad en nuestra casa siempre era grande y ocupaba a un cuadro entero, donde no se encendía la chimenea para que más durara el olor y la belleza de este verde pino que por desgracia no era tan eterno como prometía. Pero algo eterno que prometía y cumplía ya estaba en la vida. En la iglesia se mezclaba el olor de los dos abetos puestos por los dos lados del altar con el humo del láudano. Estos abetos no eran adornados, sino se quedaban con su belleza salvaje como un símbolo de la naturaleza redimida ya incluida en el oro eterno del altar. “La Iglesia prolongaba a la encarnación” (de la homilía del Mons. Oscar Romero). Recuerdo que una vez salí en el patio para dar comida a los perros y me quedé pasmada con el cielo que estaba tan cerca que podías ver a todas las estrellas en una espiral esférica y todo esto se movía lentamente alrededor de la casa, de la ciudad, de la Tierra. Eran los ángeles que cantaban y servían. Después de una media hora de contemplación me llamó el abuelo: “¡Mira!” – “Si, se parece a un hojaldre, esto siempre pasa en la Navidad”.

En las memoria se quedaron las Navidades moscovitas con sus grandes almacenes, con el caviar obligatorio, el “Champan Soviético” y esta ensalada que aquí se llama “rusa” y allí tenía un nombre francés. Los adornos del árbol eran más intrincados: cosmonautas, sputniks, una estrella roja que reemplazaba a la estrella de Belén, pero no hacía olvidarla. Yo vivía en el bosque de mis propios símbolos, hace siglos las mismas estrellas anunciaban a los nacimientos de los emperadores romanos, pero con el nacimiento en el pesebre todo se cambió para siempre, porque en el mundo solo hay un rey y un emperador. Se cambiará también y esta vez.



Sin embargo, el Imperio tenía a su grandeza y a su belleza en las grandes fiestas navideñas en el Palacio de los Congresos del Kremlin. Había sido prohibido entrar a los mayores, a cada niño acompañaba una joven sonriente y uniformada. En el vestíbulo volaba hacia el paraíso de mármol el más grande árbol del país, cuya estrella ya no era visible en las alturas. Esta grandeza y tuya soledad te daban miedo, yo siempre me sentía más tranquila ya llevada hacia mi silla en la sala. Las cajas de los regalos tenían forma de la torre de Kremlin o de una condecoración militar y contenían a todos los tesoros dulces del Imperio. Los niños soviéticos éramos muy poco sociables y a las animadoras costaba alegrar a nosotros: “¡Vamos a buscar al conejo mágico!” (- “¿Dónde podría esconderme yo?”- ); “Todos gritamos: ¡Que se enciende el arbolito!” (- “Fíjate, hay idiotas que gritan de verdad” -); “Tú, preciosa, debes contarnos un poema navideño” – “No” – “¡Seguramente conoces “Dicen que el Año Nuevo nos trae al cumplimento de los deseos”!” – “Yo voy a traer a mi abuelo. Ahí está”. Mi abuelo contemplaba al vestíbulo desde la calle en un abrigo militar, a través de la pared del vidrio. Me dejaban en paz. Él me entendía: “Con lo que cuesta conseguir a las entradas, los regalos son cada vez más pequeños. Algo pasa con el Imperio”. Él miraba al cielo nocturno en la Plaza Roja: “Las estrellas son las almas de los muertos”. Cada uno tenía sus Navidades para recordar. Ahora él también es una de estas estrellas, pero yo siempre voy a querer volverme en el tiempo cuando él criticaba a los regalos. “El dolor nos separa, nos une el agradecimiento al Dios” (C. S. Lewis). Quizá por eso más recordamos a las Navidades que a los funerales.


Las Navidades no son un laberinto, sino un túnel que te conduce a tus seres queridos. Dietrich Bonhoeffer en la cárcel recordaba a las Navidades con la familia, con su parroquia, en los otros países y decía: “Me ayudan a vivir”; “Porque al quedar el vacío sin llenar nos sirve de nexo de unión” (D. Bonohoeffer “Resistencia y sumisión”). Él contemplaba al cuadro “La Natividad del Cristo” de Altdofer con una pared arruinada y veía en ella a un símbolo de la ciudad bombardeada, de su presente trasladado en la eternidad. La eternidad está en nuestro presente, en la imagen de este niño, de “ce cher petite enfant Jésus” sobre el cual cantaba la princesa en su buhardilla.

Mi abuelo salía de la Iglesia de San Basilio, más parecida a una mezquita, que aún había sido un museo y miraba al cielo. Sólo el niño nacido y San Basilio sabían a quien él veía entre las estrellas. “Este santo no tenía miedo ni al frío, ni a la nieve” – “¿Por qué está cerrada la iglesia?” – “El orden es así”. Este orden estaba al punto de derrumbarse y crearse de nuevo, pasando por el caos “sin forma y vista”. Esto era lógico, porque nosotros no podemos cambiar radicalmente ni al mundo ni a nosotros mismos, la Gracia no puede ser adquirida como una entrada en el Kremlin, sino debe llegar a través de la naturaleza de un niño que nació en este día, empezando a la nueva creación. Sin él no podemos hacer nada y su pesebre estaba hecho con la misma madera que su futura cruz. Herodes mataba a los niños y la Virgen y José escaparon al Egipto con el Hijo del Hombre porque este había sido predestinado para otra muerte y durante su corta vida él debería apropiarse de nuestra naturaleza, haciéndola suya. Este nacimiento alegre es nuestra fiesta, pero la negación por el Dios a sí mismo. “Autonegación significa, no obstante, autoafirmación” (Bonhoeffer “¿Quién es y quién fue Jesucristo?”).

Todo es paradójico en esta fiesta, donde la fuerza de la luz eterna llega de la oscuridad de una cueva, de las profundas entrañas de la tierra. Cueva y estrella, tumba y la victoria contra la muerte. Yo contemplaba a los primeros belenes en mi vida en una exposición, cuando ya tenía más de treinta años, y me asombró este juego de la luz en la oscuridad, los colores pálidos que relucían al iluminarse, los caminos y los ríos que movían a los molinos diminutos. Esta era una imagen distinta de Dios, no había sido un icono que siempre representaba a la eternidad, al Cristo ya resucitado, incluso con el rostro de joven Emanuel, sino una contemplación imaginativa que quería “ver a nuestra Señora y a Joseph y a la ancila, y al niño Jesú después de ser nacido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándoles, contemplándoles” (Santo Ignacio de Loyola “Ejercicios Espirituales”; 114). Este era el otro punto de vista que se abría no desde la eternidad del icono con la seguridad de Jesucristo bizantino, del Imperio donde ya había sido realizado su Jerusalén Celeste, según Eusebio de Cesárea, sino una mirada al “Siervo de Yahveh” que aún debería pasar por todo el dolor del mundo, aunque este dolor separa, cuyo destino era morir en esta separación para rescatar a nosotros de nuestra eterna separación, de la muerte. Ante él se abría un camino y nadie aún sabía “si llano o si por valles o cuestas será el tal camino” (“Ejercicios”; 112).


Recordar a las Navidades es como ir por un camino llano o por las valles y cuestas, porque ellas encarnan a nuestra vida. Todos queremos que nuestra madre sea joven y que nuestro padre tenga un poco más de cuarenta, que la porcelana blanca de belén refleje a las velas de la corona, que el abeto sea vivo y de verdad, comprado en el mercado de toda la vida, y que pavo este de la antaña granja, encargado en la vieja tienda de ultramarinos. Antes las calles parecían más alegres y la misa era más larga, porque uno podría rápido recordar a la pequeña cueva de sus Navidades, aún no convertidas en un túnel. Realmente, no nos importa que símbolo estatal esté en la torre de Kremlin, sino una persona en el abrigo militar que ya no está. No importa cómo se llama una ensalada, pero el recuerdo que otra persona que ya no está desde hace cuatro años lo llamaba así. Como no importa este pavo, sino que cerca de ti en la mesa había alguien a quien ahora ves sólo a través del túnel de tus recuerdos en la misa navideña que ya te parece muy corta para recordar a todos.



Siendo niño uno podía coger a su gato y ver en la ventana a las luces navideñas, a un lago con los patinadores y sólo pensar sobre sus regalos, las semanas de vacaciones y que mañana íbamos a visitar a los abuelos, como siempre. Ahora, fumando, nos miramos en la ventana y recordamos a las otras calles, a las ventanas de nuestra infancia y juventud, los reflejos en el vidrio de los otros árboles navideños. ¡Cuántas estrellas hay en el cielo! Y cuantas casas vacías con las ventanas cerradas para siempre. A veces parece que

viviremos de luz involuntaria

pero sólo un instante, porque ya el recuerdo

será como un puñado de conchas recogidas

(Jaime Gil de Biedma “En una despedida”).

Y podemos otra vez usar a la misma metáfora de la concha, preguntando: “¿Por qué, oh Dios mío, te tomaste tantas molestias para sacar a la fuerza de su concha a esta criatura, si ahora la condenas a que sea nuevamente absorbida al interior de esa concha?” (C. S. Lewis “Una pena en observación”).

Pero realmente ya sabemos que dentro del Belén hay un niño que convertirá a esta concha frágil y vacía en el símbolo de camino y de perdón. Sabemos que la luz no era “involuntaria”, sino un Don que trasformó absolutamente todo. En el mundo trasformado pueden haber ruinas, pero solo en el fondo del Nacimiento, como en el cuadro de Altdofer. Puede cortarse una vida en el tiempo y en el espacio, pero “la idea descansa sobre sí misma, se refiere a sí misma, y sigue siendo válida por encima del tiempo y del espacio. Cristo, como idea, es una verdad intemporal; la idea de Dios encarnada en Jesús es accesible a cualquier hombre de cualquier época” (Bonhoeffer “¿Quién es y quien fue Jesucristo?”). Pero “al Dios infinito se encierra en un hombre que pertenece a un pueblo y a una historia” (Mons. Romero). Este niño-Dios eleva a tal nivel su unión con nosotros que todos los acontecimientos de su vida: encarnación, muerte, resurrección, se expanden a toda la naturaleza recreada (Santo Tomás de Aquino).

En su Gloria los ángeles se unen con los hombres y los vivos son inseparables de los muertos. La separación existe solamente para nosotros, pero no para el niño en el pesebre hecho de la madera de la cruz. Encarnación-Nacimiento-Muerte-Resurrección es el camino que va a recorrer con su concha-cuchara cada ser humano. Y nadie no se encierra en el final otra vez en su concha, sino está en las manos del Señor, teniendo a la otra vida y conociendo a sí mismo verdadero. El niño en el pesebre nos hace inmortales:

“No es hora de cegar, Señor, la aurora,

que van mis alas a su primer vuelo

sobre una creación no presentida,

y el hombre que aún no soy viene a mi encuentro”

(Ramón de Garciasol “Plegaria”).

Es que pueden derrumbarse los imperios, pero nuestros abuelos en los abrigos militares, en las chaquetas de lana o en los trajes de corbata siempre nos están esperando, mirándonos en una ventana, porque para el Dios seguimos siendo los niños, los alumnos de su escuela.

“Quien juega con un niño juega con algo

cercano y misterioso;

yo quise jugar con mis hijos.

Estuve entre ellos con asombro y ternura”

(Jorge Luis Borges “Juan I, 14”).

Y si seguimos siendo los niños es porque sigue renaciéndose nuestra vida y estamos capaces ver de una ventana a todas las calles navideñas del mundo.




Literatura: D. Bonhoeffer “Resistencia y sumisión”; “¿Quién es y quien fue Jesucristo?”; Ignacio de Loyola “Ejercicios Espirituales”; C. S. Lewis “Una pena en observación”; F. Espa Feced “El papel de la humanidad de Cristo en la casualidad de la Gracia”; Monseñor Oscar Romero y el Padre Antonio Oliver “Las homilías navideñas”.

Ilustraciones: Altdofer “La Natividad del Cristo”; Madrid navideño (foto de los años 60); la Plaza Roja de Moscú (los años 70); el Palacio de los congresos de Kremlin durante la fiesta del Año Nuevo (los años 70); un belén español de los años 50; Moscú en los años 70; una tarjeta navideña española de los años 60.

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