Una hermosa lágrima
Rosa Montero
Un mendigo callejero,
una limosna enrabietada y la sorpresa: un regalo en forma de cristal que
refleja la dignidad y la belleza de la vida.
El otro día me sucedió algo extraordinario.
Estaba en Barcelona para asistir a un congreso literario y salí del hotel a
primera hora de la tarde camino de una mesa redonda. Me alojaba cerca de las
Ramblas, en plena zona turística, y la calle era un hervidero de peatones.
Y, como siempre sucede en el centro de las
grandes ciudades, también había un montón de mendigos. Uno de ellos era más
llamativo; pertenecía al registro de indigentes discapacitados y contrahechos,
a ese terrible, patético rubro de personas desbaratadas que son esclavas de
mafias sin escrúpulos, que los obligan a exhibir sus deformidades para causar
conmoción y piedad en el viandante. Ya se sabe que la explotación del monstruo,
del débil, del distinto es un antiquísimo negocio. Todo un clásico de la maldad
humana.
Este mendigo en concreto se encontraba
arrimado a la pared y sentado en el suelo sobre una manta. Las piernas, tapadas
con el cobertor, no se le veían. Por la carencia de volumen, debían de ser
delgadísimas, o quizá ni siquiera tuviera extremidades inferiores, no me fijé
lo suficiente para saberlo; nunca miramos mucho a personas así. Lo que
resultaba indudable era que no podía caminar por sí solo. Sus explotadores
debían de haberlo colocado ahí en algún momento, como quien coloca una máquina
tragaperras en un bar.
Estaba desnudo de cintura para arriba.
Mostraba un torso raquítico y deforme, un pecho picudo de paloma, unos bracitos
casi inútiles, puro hueso y pellejo. Coronándolo todo, una cabeza demasiado
grande con una desordenada cabellera castaña. Esa tarde no hacía frío, pero
desde luego tampoco hacía calor como para estar así, desnudo y quieto. Pasé por
delante sin detenerme, diciéndome, como siempre que veo algo así, que no se
debe dar dinero a estos indigentes para no fomentar la explotación, y también
preguntándome cómo es posible que permitamos que suceda semejante abuso ante
nuestros ojos; cómo no interviene la autoridad, cómo no lo rescatan de la
mafia. Pero a los dos minutos se me fue el asunto de la cabeza.
Cuando regresé al hotel seis horas más
tarde ya era de noche. Y el mendigo seguía allí, desnudo y solo. Pensé: si no
saca suficiente dinero lo mismo lo tienen aquí hasta la madrugada. Resoplé,
enrabietada contra mí misma, contra el mundo, contra los explotadores, sabiendo
que iba a intentar paliar mi desasosiego con una maldita limosna. Me acerqué rápidamente,
eché dos tristes euros en el bote que tenía delante de él y salí escopetada.
Pero entonces el hombre me chistó, deteniendo mi huida. Me volví y advertí que
el mendigo estaba cogiendo un objeto pequeño que había sobre la manta. Estiró
su bracito maltrecho y me lo tendió; desconcertada, puse la mano y él depositó
en mi palma un bellísimo cristal pulido del tamaño de una alubia, con un color
azul profundo y una limpia y oscura transparencia. Alcé la cara, atónita, y por
primera vez vi de verdad al hombre. Sus ojos eran de un tono verde uva
imposible, maravilloso. Una mirada sobrecogedora que no parecía pertenecer a
este mundo. Me dijo algo en una lengua desconocida. Yo le susurré gracias con
la garganta apretada, las gracias más sinceras que he dicho en mi vida, y me
fui con el cristal dentro del puño.
Horas más tarde, aún
trastornada por el suceso, escribí a un amigo contándole la historia, y él me
contestó: “Es un hierofante; no sientas pena de él”. Me pareció precioso: sí,
un hierofante, que en la Grecia antigua era el sumo sacerdote de los cultos
mistéricos. De hecho, la palabra hierofante significa “el que hace aparecer lo
sagrado”, y eso era exactamente lo que había logrado nuestro mendigo: que por
un instante se parara el rotar del planeta, que estallaran el misterio y la
belleza de la vida, todo aquello que es mucho más grande que nosotros. Me sentí
bendecida, porque eso es lo sagrado para mí, que no soy creyente. Ese hombre
contrahecho, que ha debido y debe de tener la existencia más dura que pensarse
pueda, fue capaz de elevarse por encima de todas sus limitaciones y, revestido
de una suprema dignidad, me dio un regalo que nadie hubiera podido pagar ni con
todo el dinero del mundo. Y aquí estoy, agradecida, con su hermosa lágrima de
cristal en la mano.
El País Semanal, 4 de
diciembre 2016
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