San Meveno de Gaël | |
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San Meveno, abad
En Gaël (Ghé), en la Bretaña Menor, san Meveno, abad, que, originario de Cambria, se retiró a los bosques de la Armórica, donde fundó un monasterio.
El santo abad Meveno (o Meen, y otras formas) fue muy venerado en toda Francia como el mejor abogado para la curación de toda clase de enfermedades de la piel, durante los tiempos antiguos, la Edad Media y, a decir verdad, hasta épocas relativamente recientes. Una de las especies de erupción cutánea, llevaba el nombre vulgar de Mal de san Meen. Las curaciones de estos padecimientos se atribuían generalmente a las propiedades del agua extraída de los pozos y las fuentes dedicados al santo, pero muy especialmente del agua del manantial que se encontraba en las proximidades del monasterio de Gaël, en Bretaña, donde moraba San Meveno. Incontables peregrinaciones (se llegaron a contar hasta cinco mil peregrinos en un año) acuden continuamente desde todos los rincones de Francia a venerar las reliquias de San Meveno y a recoger agua de su fuente. En la Alta Bretaña crece una planta escabiosa que, hasta hoy, se conoce con el nombre de l'herbe de St. Meen. La supuesta historia de este santo no es más que una recopilación de leyendas y tradiciones de entre las cuales, sin embargo, se pueden extraer datos para formar un esbozo de su vida y sus hechos. San Meveno nació en Gwent, localidad del sur de Gales; estaba emparentado con san Sansón, en cuyo monasterio ingresó y a quien acompañó en su primer viaje a Cornwall y de ahí a Bretaña. Meveno se estableció en Gaël, en un monasterio que construyó sobre los terrenos que le fueron cedidos en aquel bosque de Brocéliand que tantas veces se menciona en los romances del rey Arturo. La abadía llegó a ser un centro misional, y sus monjes fundaron otra casa que llegó a ser el gran monasterio de Saint-Méen.
Entre sus amigos y discípulos figuraba su ahijado san Austol, a quien profesaba gran afecto y a quien atendió cuando se hallaba agonizante y le exhortó a morir tranquilo, ya que su separación iba a ser muy breve, puesto que él habría de morir también siete días después. Las reliquias del santo o parte de ellas, se veneran hasta hoy en Saint-Méen. Muchos lugares de Bretaña y aun de Normandía llevan su nombre; en otras partes de Francia se encuentran también algunos sitios dedicados al santo. En Cornwall hay dos parroquias vecinas que llevan los nombres de San Austella y San Mewan, y posiblemente se haya perpetuado su memoria en el nombre de la ciudad de Mevagissey.
Acta Sanctorum, junio, vol. V, fundado principalmente en la biografía francesa de Albert Le Grand; el texto latino de una biografía medieval, se halla impreso en Analecta Bollandiana, vol. III (1884), pp. 141-158. N.ETF el san Austol (o Austell) mencionado no se encuentra incluido en laa última edición del Martirologio, aunque la edición anterior lo inscribía el 28 de junio.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Eusebio de Samosata | |
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Obispo de Samosata, mártir, 380. Uno de los prelados y principales defensores del catolicismo contra la herejía arriana.
Nació en Samosata, obispo de la misma ciudad desde 361 a 380.
Asistió al Concilio de Antioquía, compuesto en su mayoría de obispos arrianos; pero Eusebio condenó sus doctrinas y fue defensor de la causa de Melicio, electo patriarca de Antioquía, paladín de la causa católica.
Desde entonces estrechó amistad con San Gregorio Nacianzeno y San Basilio. Desterróle el emperador Valente a la Tracia en 374. Asistió a un nuevo Concilio de Antioquía en 379.
Acompañaba un día a Maris, electo obispo de Dólica, cuando en esta ciudad murió víctima de la saña de una furibunda arriana, que le arrojó una teja desde el balcón de su casa, 380.
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San José Isabel Flores Varela

San José Isabel Flores Varela, presbítero y mártir
En el lugar de Zapotlanejo, en México, san José Isabel Flores Varela, presbítero, mártir durante la gran persecución contra la religión en aquel país.
Nació en El Teúl, Zacatecas, el 20 de noviembre de 1866. Fue adscrito a varias parroquias, y trasaladado finalmente a Matatlán, donde permaneció hasta su muerte. Amable, cariñoso, atento, ordenado y puntual, nunca regañaba ni trataba a nadie con desdén; era, además estudioso y culto. Una severa infección en la mandíbula le desfiguró el rostro, motivo por el cual se dejó crecer una luenga barba, que imprimía respetabilidad en sus facciones.
Durante la suspensión del culto público, muchos obispos y sacerdotes mexicanos se concentraron en las ciudades importantes o en el extranjero; otros muy pocos, decidieron arriesgarlo todo permaneciendo en sus circunscripciones territoriales. Ese fue el caso de san José Isabel, cuya fe, esperanza y caridad, constantes en su vida personal, lucen sobremanera en su martirio; en estado de persecución religiosa siguió atendiendo a los fieles, tanto en la cabecera de la Vicaría, como en numerosos ranchos.
El Padre Flores administraba los sacramentos con toda cautela en domicilios particulares, pues ser denunciado a la autoridad pública equivalía a aprehensión, tortura y muerte. Precisamente un protegido suyo, Nemesio Bermejo, denunció su paradero al presidente municipal de Zapotlanejo, Jalisco, Rosario Orozco, cacique de la región y anticlerical profundo. La madrugada del 13 de junio de 1927, Orozco y un grupo de subordinados, sorprendieron al sacerdote, mientras se dirigía del rancho La loma de las Flores a Colimilla, donde se disponía a celebrar la Eucaristía.
Fue despojado de su cabalgadura y sin consideración a sus 60 años de edad, y obligado a caminar sin tregua una distancia considerable. En el curato de Zapotlanejo, transformado en cuartel, se representó una farsa de juicio: Orozco le ofreció liberarlo si aceptaba públicamente por escrito, la ley reglamentaria del Artículo 130 de la Constitución; el padre Flores rechazó la oferta.
La mañana del 21 de junio, luego de ocho días de agresiones, cuatro subordinados de Orozco condujeron a la víctima al cementerio de esa municipalidad, deslizaron una reata a la rama de un árbol y le lazaron el cuello; para atormentarlo lo suspendían hasta casi provocarle la asfixia; la operación se repitió tres o cuatro veces para finalmente amagarlo con sus armas. El mártir, muy sereno, les dijo: «Así no me van a matar hijos, yo les voy a decir cómo; pero antes quiero decirles que si alguno recibió de mi algún sacramento, no se manche las manos». Uno de los presentes, el que debía ejecutarlo, exclamó: «Yo no metó las manos, el Padre es mi padrino; él me dio el Bautismo». El que hacía de jefe, muy indignado, lo increpó: «Te matamos también a ti». El soldado prefirió morir junto con su padrino y allí mismo lo asesinaron.
Muy nerviosos, los verdugos quisieron consumar su obra, pero sus armas, sin justificación alguna, se trabaron. Finalmente, alguien deseoso de congraciarse con Orozco, degolló al padre Flores con un machete, hecho lo cual, lo sepultaron de inmediato. Después de algunos años, los feligreses de Matatlán exhumaron los restos mortales del sacerdote, colocándolos en el templo de Matatlán, donde se conservan hasta el día de hoy. Su recuerdo sigue vivo y son muchos quienes se encomiendan a su intercesión.
fuente: Mártires Mexicanos
San Leufredo de Evreux, | |
San Leufredo, abad
En el territorio de Evreux, en Neustria, san Leufredo, abad, fundador del monasterio de la Santa Cruz, que presidió durante cuarenta y ocho años.
En el período anterior a la conquista de Normandía por los nórdicos, la diócesis de Evreux produjo a un grupo de santos, de los cuales san Leutfrido no es de los menos prominentes. Para delinear a grandes rasgos su carrera, debemos recurrir a una biografía compuesta por un monje de su comunidad, quien echó mano de manuscritos y tradiciones, mucho tiempo después de la muerte del personaje. Leutfrido, descendiente de familia cristiana, nació en las cercanías de Evreux; hizo sus estudios con el sacristán de la iglesia de San Taurino en el mismo Evreux, los continuó en Condat y los terminó en Chartres, donde se distinguió en forma extraordinaria, hasta el punto de suscitar la envidia de sus compañeros. Al regresar a casa, se dedicó especialmente a impartir instrucción a los niños del lugar; pero bien pronto resolvió abandonar el mundo para entregarse a una existencia en el servicio de Dios. Con ese propósito, huyó sigilosamente de su hogar por la noche, cambió sus ropas finas por los andrajos de un mendigo, y fue a refugiarse en el monasterio de Cailly, donde vivió durante algún tiempo bajo la dirección de un ermitaño. Después se trasladó a Rouen para ponerse a las órdenes de san Sidonio, de cuyas manos recibió el hábito religioso. San Ansberto, obispo de Rouen, profesó gran estimación a san Leutfrido.
Al cabo de algún tiempo, el santo regresó a su tierra natal y se estableció en un lugar situado a unos cuatro kilómetros de Evreux, en las riberas del Eure, precisamente donde san Owen, el antecesor de san Ansberto, había plantado una cruz como recuerdo de una visión celestial. Ahí mismo, por el año de 690, san Leutfrido construyó un monasterio y una iglesia dedicados a la Santa Cruz. El monasterio que originalmente se llamó La Croix-Saint'Ouen, tuvo posteriormente el nombre de La Croix-Saint-Leufroy. Muchos discípulos se reunieron en torno al fundador, quien los gobernó durante unos cuarenta años. Tenía en tanto aprecio a la pobreza, que en una ocasión, lo mismo que en la anécdota que relata san Gregorio el Grande, rehusó dar cristiana sepultura a un monje que, al morir, dejó una buena cantidad de dinero en sus arcones. San Leutfrido murió en 738.
Acta Sanctomm, junio, vol. V, no fue escrita sino después de haber transcurrido un siglo o más desde su muerte y, por consiguiente, merece poca confianza. W. Levison publicó un texto crítico en MGH., Scriptores Merov., vol. VII, pp. 1-18. Hay una narración moderna, publicada por J. B. Mesnel en 1918 y que se encuentra en Analecta Bollandiana, vol. XLI (1923), pp. 445-446.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Ramón de Barbastro | |
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San Ramón de Barbastro, obispo y confesor
En Huesca, ciudad del reino de Aragón, san Ramón, que, siendo canónigo regular, fue designado obispo de Roda y de Barbastro, sede de la que fue expulsado durante tres años por no querer combatir nunca con las armas a los enemigos de la fe cristiana.
Ramón (o Raimundo) nació en Durbán (hoy Durban-sur-Arize), Francia. Durante algún tiempo se dedicó a la carrera de las armas, pero todavía joven, solicitó ser admitido entre los canónigos de la iglesia de San Severino de Toulouse. Al cabo de algunos años fue elegido superior por unanimidad. De allí, el rey de Aragón, Pedro I, lo puso en la sede episcopal de Barbastro (1104). Ramón fue recibido con entusiasmo en su diócesis. Fue consagrado obispo en la catedral, por Bernardo, obispo de Toulouse y Legado de la Santa Sede, en presencia de los obispos de la provincia.
El suceso que dejó más huella durante el obispado de Ramón, fue el arreglo de los conflictos entre los obispos vecinos. A medida que los cristianos reconquistaban de manos de los árabes el país, faltaba reorganizar la jerarquía católica y no era fácil conciliar los intereses y los derechos de cada quien. El obispo de Barbastro tenía un doble título: obispo de Barbastro y de Roda. Ésta era una segunda diócesis que el obispo de Urgel, Odón, agregó a la primera. Él la ocupó, por la fuerza, en 1104. Una orden formal del Papa Pascual II le permitió tomarla y el incidente concluyó.
La situación en Roda era clara. No sucedía lo mismo en Barbastro y, cuando Ramón obtuvo del Papa la sede de Lérida, desde la recuperación de esta ciudad que había sido reconquistada (2 de mayo de 1110), el obispo de Huesca, Esteban, vio en ello una transgresión a sus derechos y resolvió reconquistar por la fuerza el territorio que se le escapaba. Hacia 1116-1118, con la ayuda de la armada del rey Alfonso l, ocupó Barbastro e hizo conducir a Ramón a Roda. A pesar de una sentencia de excomunión por parte del Papa Pascual II y los esfuerzos para ponerla en obra, de sus sucesores Gelasio II y Calixto II, Esteban no dejó Barbastro, la cual no cayó bajo la jurisdicción efectiva del obispo de Roda, sino muchos años después de la muerte de los dos adversarios.
En medio de estas pruebas, Ramón dio ejemplo de todas las virtudes: usaba cilicio, y su caridad hacia sus pereseguidores no se desmintió jamás. Murió el 21 de junio de 1126, a su regreso de una expedición a Málaga, en la que había tomado parte al lado del rey de Aragón, Alfonso I. Fue sepultado en la catedral de Roda. Su tercer sucesor, Geofredo, al ver los milagros que se hacían en su tumba, hizo llevar el cuerpo a un lugar más honorable, el 17 de diciembre de 1143, ante la presencia de numerosos obispos, entre los cuales se encontraba el sucesor de Esteban de Huesca. El Papa Inocencio II, diez años después de la muerte de Ramón, lo canonizó.
Acta Sanctorum. el 21 de junio, vol. IV, pp. 125-135. Dictionaire d'histoire et géographie ecclésiastique, Barbastro, vol. VI, cois. 601-602. N.ETF: había en el artículo original lo que creo que era una cierta confusión geográfica, ya que decía literalmente: «nació en Orbán (Tarn), España»; Tarn es una comuna francesa, efectivamente cercana a Durbán-sur-Arize, que es donde todos los santorales sitúan el nacimiento de Ramón; esta localidad es a la vez poco más al sur que Toulouse (Tolosa), pero el texto parece confundir la Tolosa donde estudió Ramón con la Tolosa vasca, que no había sido fundada aun para la época del santo. Todo esto es difícil de arreglar, y no sé si he acertado, pero lo que es claro es que el santo es de origen francés, aunque debe tenerse presente que para la época no había aun una estricta división política y cultural entre Aragón y el sur de Francia.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Radulfo de Bourges
San Radulfo de Bourges, obispo
En Bourges, en Aquitania, san Radulfo, obispo, el cual, solícito por la vida sacerdotal, junto con presbíteros de la Iglesia que tenía encomendada recogió textos de los santos Padres y de los cánones para uso pastoral.
San Raúl, cuyo nombre aparece también como Ralph, Rodulphus y Radulfo, era el hijo del conde Raúl de Cahors. Desde su niñez fue confiado a la tutela de Bertrand, el abad de Solignac, de quien aprendió a amar las órdenes monásticas, a pesar de que se tiene entendido que él mismo nunca recibió el hábito. Pero ya fuese o no religioso, lo cierto es que en varias ocasiones desempeñó el puesto de abad, incluso quizá en los famosos monasterios de Saint-Médard y Soissons, a los que habían hecho donativos y otorgado privilegios los padres de Raúl.
En 840, fue elevado a la sede arzobispal de Bourges y, a partir de entonces, desempeñó un papel descollante en los asuntos eclesiásticos, dentro y fuera de su diócesis. Se le consideraba como uno de los clérigos más sabios de su tiempo, y en todos los sínodos se reclamaba su presencia. En una de aquellas asambleas, la de Meaux, en 845, se adoptaron las medidas para salvaguardar los ingresos para los hospicios, particularmente los de Escocia {en realidad, Irlanda), y se determinó que todo aquel que metiese mano en dichos ingresos recibiría el estigma de «asesino de los pobres».
San Raúl empleó toda su fortuna personal en la fundación y construcción de monasterios para hombres y mujeres. Entre sus abadías más famosos figuran la de Dévres, en Berri, la de Beaulieu-sur-Mémoire, la de Végennes, en la región del Limousin y la de Sarrazac, en Quercy.
No fue el menor de sus muchos servicios a la Iglesia la compilación de un libro de instrucciones pastorales destinadas a sus clérigos, y fundado en las capitulares de Teodulfo, obispo de Orléans. Su principal objetivo era el de reanimar el espíritu de los antiguos cánones y corregir los abusos. Por entonces se necesitaban con toda urgencia directivas claras y precisas con respecto al tribunal de la penitencia, a fin de remediar los errores provocados por la ignorancia y por la adopción de normas no autorizadas que se atribuían, equivocadamente, a varios santos y maestros famosos. San Raúl actuó con mucha prudencia al someter a la consideración de sus clérigos aquellas instrucciones, antes de dar su libro a la publicidad. Al cabo de algún tiempo, la obra fue olvidada y no volvió a saberse de ella hasta principios del siglo XVII, cuando fue descubierta de nuevo. El escrito demuestra que su autor era muy versado en los escritos de los Padres y en los decretos de los concilios. Murió el 21 de junio de 866. No existe, al parecer, una biografía propiamente dicha de san Raúl, escrita en los tiempos medievales.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



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