martes, 16 de junio de 2015

Santos Quirico Licaonia niño, y Julita su madre - Santos Ferreol de Besancon y Ferrucio 16062015

San Quirico Licaonia

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Santos Quirico, niño, mártires.

Santos Quirico niño, y Julita su madre mártires
Una hermosa historia de amor entre una madre y su hijo es la que hoy recordamos pero que, por desgracia, tuvo un cruento final. Como decía, nuestros santos de hoy eran madre e hijo, naturales de Licaonia (Turquía), pero que por su condición de cristianos terminaron huyendo a Tarso de Cilicia (también en Turquía). En esa ciudad, sin embargo, fue apresada la madre, y con el Quirico, que no era más que un pequeñuelo. Condenada Julita al suplicio, parece ser que hicieron al niño estar presente mientras su madre era azotada. Y tan fuerte era el llanto del niño por los gritos de la madre que uno de los verdugos, enfurecido, le dio un empujón que acabó con el pobre infante, a consecuencia del impacto en el suelo de su tierna cabeza. A pesar del terrible dolor que sintió la Julita, como sólo una madre lo puede sentir, no se retractó de su cristianismo, y terminaron por cortarle la cabeza. Sus cuerpos fueron arrojados juntos a una fosa donde tiraban a los malhechores. De allí los rescataron algunos cristianos que les dieron sepultura, juntos ya madre e hijo para toda la eternidad.

Cuando Domiciano, gobernador de Iconio, Asia Menor, ejecutaba bárbaramente los edictos de Diocleciano y Maximiliano, le presentaron una mujer que llevaba un niño de pecho en sus brazos, y, preguntando Alejandro, lugarteniente de Domiciano, quién era y cómo se llamaba, ella no dio otra respuesta que ésta: "Soy cristiana." Desnuda y tendida en el suelo, azotada con varas de hierro, clamaba: "Soy cristiana"; y el niño, por un prodigio del Cielo, decía: "Soy también cristiano." Enfurecido el juez, tomó  de los pies al niño y lo estrelló contra la escalera de su estrado, en presencia de su madre. Constante ella en la fe, en medio del tormento, mandó el juez que le cortase la cabeza. Era el año 303.

San Quirico de Roma

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Santos Quirico y Julita, mártires
En la provincia romana de Asia Menor, conmemoración de los santos Quirico y Julita, mártires.
Cuando los edictos de Diocleciano contra los cristianos se aplicaban con la máxima severidad en Licaonia, una viuda llamada Julita, que vivía en Iconio, juzgó prudente retirarse de un distrito donde ocupaba una posición prominente y buscar un refugio seguro bajo un régimen más clemente. En consecuencia, tomó consigo a su hijo Ciríaco o Quiricio, de tres años de edad, y a dos de sus servidoras y escapó hacia Seleucia. Ahí quedó consternada al descubrir que la persecución era todavía más cruel, bajo la dirección de Alejandro, el gobernador y, por lo tanto, continuó su huida hasta Tarso. Su arribo a la ciudad fue inoportuno, puesto que coincidió con el de Alejandro; algunos de los miembros de la comitiva del gobernador reconocieron al pequeño grupo de peregrinos. Casi inmediatamente, Julita fue detenida y encerrada en la prisión. Al comparecer ante los jueces del tribunal que iba a juzgarla, llevaba a su hijo de la mano y denotaba una absoluta serenidad. Julita era una dama de noble linaje con muy vastas y ricas posesiones en Iconio, pero en respuesta a las preguntas sobre su nombre, posición social y lugar de nacimiento, sólo afirmó que era cristiana. En consecuencia, el proceso no tuvo lugar y se la condenó a recibir el castigo de los azotes atada a las estacas. Antes de que se cumpliera con la sentencia, le fue arrebatado su hijo Ciríaco, a pesar de sus lágrimas y sus protestas.
En la leyenda sobre estos santos se dice que Ciríaco era un niño muy hermoso y que el gobernador lo tomó en sus brazos y lo sentó sobre sus rodillas, en un vano intento para que dejase de llorar. La criatura no quería más que volver al lado de su madre y extendía sus brazos hacia ella mientras la azotaban y, cuando Julita gritó, en medio de la tortura: «¡Soy cristiana!», el niño repuso como un eco: «¡Yo soy crisitano también!». En un momento dado, a impulsos de la ansiedad por librarse de las manos que le retenían y correr hacia su madre, el chiquillo comenzó a debatirse y, como Alejandro se esforzaba por contenerle, le propinó algunas patadas y le rasguñó la cara. La actitud del niño, completamente natural en aquellas circunstancias, encendió la cólera del gobernador. Se levantó hecho una furia, alzó a la criatura por una pierna y lo arrojó con fuerza sobre los escalones, al pie de su tribuna; el cráneo se le fracturó y quedó muerto al instante. Julita lo había presenciado todo desde las estacas donde estaba atada, pero en vez de manifestar su dolor, levantó la voz para dar gracias a Dios por haber concedido a su hijo la corona del martirio. Su actitud no hizo más que aumentar el furor de Alejandro. Este mandó que desgarrasen los costados de la infortunada mujer con los garfios, que fuese decapitada y que su cuerpo, junto con el de su hijo, fuera arrojado a los basureros en las afueras de la ciudad, con los restos de los malhechores. Sin embargo, después de la ejecución, el cadáver de Julita y el de Ciríaco fueron rescatados por las dos criadas que habían traído desde Iconio, quienes los sepultaron sigilosamente en un campo vecino.
Cuando Constantino restableció la paz para la Iglesia, una de aquellas servidoras reveló el lugar donde se hallaban enterrados los restos de los mártires, y los fieles acudieron en tropel a venerarlos. Se dice que las supuestas reliquias de san Ciríaco se trasladaron de Antioquía durante el siglo cuarto, por iniciativa de san Amador, obispo de Auxerre. Esto extendió el culto por este niño santo en Francia, con el nombre de san Cyr, pero en realidad no hay ninguna prueba concreta para relacionar a los santos históricos Julita y Ciríaco -si aceptamos su existencia- con la ciudad de Antioquía. A pesar de que posiblemente fueron martirizados un 15 de julio, fecha en que se conmemora su fiesta en el Oriente, el Martirologio Romano los festeja el 16 de junio.
Es una pena tener que descartar una historia tan conmovedora y a la que tanto crédito se dio durante la Edad Media en Oriente y Occidente; pero la leyenda, tal como se ha conservado en todas sus formas, es positivamente una ficción. Las «Actas de Ciríaco y Julita» fueron proscritas en el decreto de Pseudo-Gelasio en relación con los libros que no debían ser leídos y, a pesar de que esta ordenanza no procedía del Papa San Gelasio, llega hasta nosotros revestida con la autoridad de su antigüedad y de haber sido generalmente aceptada. El padre Delehaye favorece la opinión de que Ciríaco fue el verdadero mártir y el personaje central de la leyenda fabricada posteriormente. Tal vez procedía de Antioquía, como se afirma en el Hieronymianum, pero lo cierto es que su nombre aparece solo y no unido al de Julita en muchas inscripciones y dedicatorias de iglesias y lugares diversos, en toda Europa y el Cercano Oriente. Las muy diversas formas en que se ha conservado la leyenda hasta nuestros días, son un testimonio de su popularidad.
En las tres divisiones de la Bibliotheca Hagiographica que publicaron los modernos bolandistas, se encontrarán coleccionados los diversos textos. En la Graeca se mencionan cinco de esos documentos (n.n. 314-318), en la Latina figuran ocho (n.n. 1801-1808) y en la Orientalis dos (n.n. 193-194). Más de uno de esos textos se imprimió en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV. Sobre toda la cuestión conviene consultar a Delehaye en Origines du culte des Martyrs, pp. 167-168.


fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Santos Ferreol de Besancon

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Santos Ferreol y Ferrucio, mártires
En Besançon, en la Galia Lugdunense, santos Ferreol y Ferrucio, mártires.
San Ireneo, obispo de Lyon, ordenó como sacerdote a Ferreol y como diácono a Ferrucio y, en seguida, los envió a predicar el Evangelio en Besançon y en las comarcas vecinas. Tal vez hayan sido griegos, aunque lo más probable es que fueran dos jóvenes galos que estudiaron en Occidente, donde quedaron bajo la influencia del cristianismo (su historia legendaria afirma que fueron convertidos por san Policarpo de Esmirna). Después de trabajar con éxito en su misión durante unos treinta años, fueron detenidos a causa de su fe, sometidos a diversas torturas y, por fin, condenados a morir decapitados. La ejecución se llevó a cabo alrededor del año 212, probablemente durante el reinado de Caracalla.

Se dice que sus reliquias fueron descubiertas en el año 370, en Besançon, y se sepultaron en un lugar de honor por disposición del obispo Aniano. Los restos de los mártires eran objeto de gran veneración en los días de san Gregorio de Tours, quien afirma que su cuñado se alivió de una grave dolencia, por un favor de los santos. La hermana de san Gregorio había ido a orar a la tumba de los mártires y, al apoyarse en el sarcófago para ponerse de pie, terminadas sus plegarias, cogió distraídamente las hojas de un ramo que se encontraba ahí. Pensó que se trataba de un aviso providencial y, en cuanto llegó a casa, puso a hervir las hojas y dio a beber la infusión a su marido que, gracias a eso, recuperó la salud.

No debe confundirse a este san Ferreol con otro santo del mismo nombre, martirizado en Viena (18 de septiembre), y a quien menciona más de una vez el propio san Gregorio de Tours. Hay un importante testimonio sobre el culto que se rendía a los santos Ferreol y Ferrucio, en el «Missale Gothicum» (de hacia el 700) , donde aparece una misa propia en honor suyo. En vista de que esa misa se encuentra justamente antes de la que corresponde a san Juan Bautista, parece muy probable que desde aquella época se hubiese señalado el 16 de junio como el día de su fiesta.

Hay dos o tres breves textos de la pasión de estos santos (ver, por ejemplo, el Acta Sanctorum, junio, vol. IV) ; pero ninguno de los documentos tiene valor histórico. Ferreol y Ferrucio están citados en el Hieronymianum como mártires de Besançon, pero en la fecha del 5 de septiembre. Véase también a Duchesne, Fastes Episcopaux, vol. I, pp. 48-62.
Nota de ETF: está clarioi que, excepto la antigüedad de su culto, el resto de datos es dudoso y, como dice el propio Butler, las pasiones de estos santos carecen de valor histórico; por eso no debe extrañar que el Martirologio Romano actual los coloca en el siglo IV, que es la fecha que tenemos cierta (ya que en 370 se encontraron sus reliquias), más que en el 212, que surge de su supuesta relación con san Ireneo de Lyon. De todos modos la mayoría de los martirologios en internet los coloca en el 212 como fecha tradicionalmente aceptada.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI





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