viernes, 24 de julio de 2015

Beato Juan Antonio Pérez Mayo - San Francisco Solano - Beato Cristóbal de Santa Catalina 24072015


Beato Juan Antonio Pérez Mayo

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En Pozuelo de Alarcon, Madrid, España, beatos Juan Antonio Pérez Mayo, Francisco Polvorinos Gómez, Manuel Gutiérrez Martín, Cecilio Vega Domínguez, Juan Pedro Del Cotillo Fernández, Justo González Lorente, Pascual Aláez Medina, sacerdotes profesos de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, y Cándido Castán San José, laico, casado, muertos en tiempos de la Guerra Civil por defender el nombre de Cristo.
El 17 de diciembre de 2011 fue beatificados en Madrid otro grupo de mártires muertos en la persecución religiosa de comienzos de la Guerra Civil española. Se trata en este caso de 21 religiosos profesos del Instituto de Misioneros Oblatos de María Inmaculada, y de un laico. El conjunto se encabeza con el nombre del Padre Provincial, beato Francisco Esteban Lacal.
Entre los beatificados había algunos presbíteros, otros clñérigos muy jóvenes quee no habían recibido aun el sacerdocio, y religiosos no clérigos, así como el mencionado laico. He aquí la lista completa, con su fecha de nacimiento y procedencia geográfica:
Muertos el día 24 de julio en Pozuelo de Alarcon, Madrid:
1. Juan Antonio Pérez mayo
sacerdote profeso, nac.: 19 nov 1907 en Santa Marina del Rey, León
2. Francisco Polvorinos Gómez
clérigo profeso, nac.: 29 ene 1910 en Calaveras de Arriba, León
3. Manuel Gutiérrez Martín
clérigo profeso, nac.: 1 ene 1913 en Fresno del Río, Palencia
4. Cecilio Vega Domínguez
clérigo profeso, nac.: 8 sep 1913 en Villamor de Obrigo, León
5. Juan Pedro Del Cotillo Fernández
clérigo profeso, nac.: 1 may 1914 en Siero de la Reina, León
6. Justo González Lorente
clérigo profeso, nac.: 14 oct 1915 en Villaverde de Arcayos, León
7. Pascual Aláez Medina
clérigo profeso, nac.: 11 may 1917 en Villaverde de Arcayos, León
8. Cándido Castán San José
laico de la Arquidiócesis de Madrid; casado, nac.: 5 ago 1894 en Benifaió, Valencia

Muertos el día 7 de noviembre en Paracuellos de Jarama y Soto de Aldovea, Torrejón de Ardoz, respectivamente:
9. José Vega Riaño
sacerdote profeso, nac.: 19 may 1904 en Siero de la Reina, León
10. Serviliano Riaño Herrero
clérigo profeso, nac.: 20 abr 1916 en Prioro, León

Muertos el día 28 de noviembre en Paracuellos de Jarama, Madrid:
11. Francisco Esteban Lacal
sacerdote profeso, nac.: 8 feb 1888 en Soria
12. Vicente Blanco Guadilla
sacerdote profeso, nac.: 3 abr 1882 en Frómista, Palencia
13. Gregorio Escobar García
sacerdote profeso, nac.: 12 sep 1912 en Estella, Navarra
14. Ángel Francisco Bocos Hernández
religioso profeso, nac.: 28 ene 1883 en Ruijas-Valderrible, Santander
15. Juan José Caballero Rodríguez
clérigo profeso, nac.: 5 mar 1912 en Fuenlabrada de los Montes, Badajóz
16. Justo Gil Pardo
clérigo profeso, nac.: 18 oct 1910 en Lúquin, Navarra
17. Marcelino Sánchez Fernández
religioso profeso, nac.: 30 dic 1910 en Santa Marina del Rey, Léon
18. Publio Rodríguez Moslares
clérigo profeso, nac.: 12 nov 1912 en Tiedra, Valladolid
19. José Guerra Andrés
clérigo profeso, nac.: 13 nov 1914 en León
20. Eleuterio Prado Villaroel
religioso profeso, nac.: 20 feb 1915 en Prioro, León
21. Daniel Gómez Lucas
clérigo profeso, nac.: 10 abr 1916 en Hacinas, Burgos
22. Justo Fernández González
clérigo profeso, nac.: 2 nov 1916 en Huelde, León
23. Clemente Rodríguez Tejerina
clérigo profeso, nac.: 23 jul 1918 en Santa Olaja de la Varga, León

A continuación, extractos de la homilía del Cardenal Angelo Amato, SDB, durante la celebración de la beatificación de los mártires. Después de resumir la historia de los mártires, dijo el Cardenal:

El llanto de mil madres no puede acallar el dolor de la Iglesia por la pérdida de estos hijos suyos, muertos por el odio contra Dios. La historia enseña, desgraciadamente, que cuando el hombre arranca de su conciencia los mandamientos de Dios, rompe también de su corazón las fibras del bien, llevándolo a cumplir actos monstruosos. Perdiendo a Dios, el hombre pierde también su humanidad.
Podemos preguntarnos: ¿nuestros mártires estaban preparados para el sacrificio supremo? La respuesta, fundada en los testimonios y en sus mismas palabras, es positiva. Ellos eran conscientes y se preparaban, a vivir en la plegaria y en el sacrificio, su entrega a los verdugos. Ellos, ciertamente, conocían la actitud antirreligiosa de muchos de los habitantes del lugar, airados porque los Oblatos llevaban el crucifijo bien a la vista sobre el pecho y porque acogían en su instituto las reuniones de los ferroviarios católicos.
A sólo cuatro días del estallido de la guerra civil, el odio anticatólico, que había incendiado y destruido muchas iglesias de Madrid, llegó a Pozuelo de Alarcón, ensañándose en el colegio (escolasticado) de los Oblatos con una crueldad inaudita. Ocupado el instituto, todos los religiosos fueron detenidos, sin interrogatorio, sin proceso, sin pruebas, sin posibilidad de defenderse.
Un sacerdote, seis jóvenes estudiantes y el señor Cándido Castán San José, esposo y padre de dos hijos, fueron asesinados en seguida, al día siguiente de la detención. Los otros soportaron cuatro meses de sufrimientos, siguiendo las dolorosas estaciones de un trágico viacrucis: terror, refugio clandestino, riesgo constante de ser descubiertos, arresto, cárcel, burlas, humillaciones de toda clase, torturas, mutilaciones, muerte.
Es bueno no olvidar esta tragedia. Y es también bueno no olvidar la reacción de nuestros mártires. A los gestos malvados de sus asesinos, ellos respondieron con buenas palabras, rezando y perdonando a sus perseguidores y aceptando con fortaleza la muerte, por amor a Jesucristo. Su comportamiento llenó de luz las tinieblas del mal.
Conmueven las palabras del joven Oblato, de dieciocho años, Clemente Rodríguez Tejerina, que, meses antes del martirio, había dicho a su hermana Josefa: «Si hay que morir, estoy dispuesto, seguro de que Dios nos dará la fuerza que necesitamos para ser fieles».
Nos parece oír las palabras del apóstol Pablo que escribía así a los cristianos de Roma: « ¿Quién podrá separamos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? [...]. Pero en todo esto vencemos de sobra, gracias a aquel que nos ha amado » (Rm 8,35.37).
El mismo Señor Jesús fue odiado, perseguido, condenado y muerto. De ahí que advertía a los discípulos, diciendo: « Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros » (Jn. 15,18). La persecución es una de las bienaventuranzas del cristiano: « Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo » (Mt 5,11-12).
Los mártires nos enseñan que nuestro testimonio del Evangelio pasa, no sólo por una vida virtuosa, sino también, a veces, por el martirio. El Santo Padre Benedicto XVI, en la Carta Apostólica de beatificación, afirma que los veintidós Mártires Oblatos y el laico, padre de familia, « fieles a su vocación, anunciaron constantemente el Evangelio y, derramando la propia sangre, dieron testimonio de su amor puro al Señor Jesús y a su Iglesia ».
Este es el mensaje que nos ofrecen los Beatos Mártires. La sociedad no tiene necesidad de odio, de violencia y de división, sino sólo de amor, de perdón y de fraternidad. A un mundo debilitado por heridas de toda clase, el cristiano está llamado, también hoy, a darle un testimonio fuerte de la presencia providencial de Dios y de la eficacia de su gracia que, de modo misterioso pero real, cambia los pensamientos malvados en pensamientos de bien.
Imitemos la fortaleza de los mártires, la solidez de su fe, la inmensidad de su amor, la grandeza de su esperanza: « Oh Dios - hemos rezado en la oración colecta- haz que, por los méritos y la intercesión de los Beatos Mártires, podamos dar testimonio de la fe y de la verdad ante el mundo ».
Que los nuevos Mártires sean, ante todo, maestros de vida para sus Hermanos Oblatos de María Inmaculada; que, en la escuela de estos mártires, puedan fortalecer el amor a Cristo y a la Iglesia, y ser generosos y entusiastas misioneros de la nueva evangelización en todo el mundo.

Más información sobre la ceremonia, en el sitio de los Oblatos, de donde hemos tomado los extractos de la homilía.


San Francisco Solano

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SAN FRANCISCO SOLANO, presbítero. 

Nació en Montilla, España, en 1549. Todavía adolescente, ingresó en la Orden de los frailes Menores.
Ordenado presbítero, se destacó por su predicación, con la que ganó muchas almas para Cristo, especialmente en tiempos de la peste que asolaba Andalucía, en España.
Movido por el celo apostólico pidió ser enviado a la misión de África, pero fue enviado a la misión de América, en las regiones del Tucumán. Instruido en la lengua de los indígenas y brillando por su caridad, convirtió a muchos a la fe cristiana.
Después de catorce años fue destinado a Lima, donde falleció en 1610. Fue beatificado por Clemente X y canonizado por Benedicto XIII. 





Cristo, cabeza, rey de los pastores,
el pueblo entero, madrugando a fiesta,
canta a la gloria de tu sacerdote
himnos sagrados.

Con abundancia de sagrado crisma,
la unción profunda de tu Santo Espíritu
lo armó guerrero y lo nombró en la Iglesia
jefe del pueblo.

El fue pastor y forma del rebaño,
luz para el ciego, báculo del pobre,
padre común, presencia providente,
todo de todos.

Tú que coronas sus merecimientos,
danos la gracia de imitar su vida,
y al fin, sumisos a su magisterio,
danos su gloria. Amén.



Señor, que, por medio del presbítero san Francisco Solano, llevaste a muchos pueblos de América al seno de la Iglesia, por sus méritos e intercesión, míranos con bondad y atrae hacia ti a los pueblos que aún no te conocen. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.



Beato Cristóbal de Santa Catalina

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Beato Cristóbal de Santa Catalina

«Fundador español. Apóstol de los pobres y de los enfermos. Dios obró por medio de él prodigios y milagros diversos»

 En este beato extremeño confluyeron dos carismas: el franciscano y el hospitalario; ambos configuraron su vida y acción apostólica. Intervinieron también en ellas la fe y perspicacia de un religioso atento a su entorno que vio reflejadas en el joven Cristóbal las cualidades de una gran vocación sacerdotal.

Desde que nació en Mérida, Badajoz, España, el 25 de julio de 1638, la pobreza de su familia y el espíritu de generosidad, que junto a ella aprendió y ejercitó cotidianamente, le dispusieron para ser paño de lágrimas de numerosos infortunados. La cercanía de los padres franciscanos, a los que quiso unirse antes de cumplir los 8 años, incrementó su piedad y extrajo de él sus muchas virtudes. Con ellos se impregnó de ese carisma, que fue para él como una segunda piel, unido al de los religiosos de San Juan de Dios, en cuyo hospital desempeñó la tarea de enfermero. El director del mismo fue quien atisbó que podía hallarse ante un futuro presbítero y llamó su atención hacia la vida sacerdotal. El beato estaba acostumbrado al esfuerzo y al sacrificio. Era pronto, dispuesto, muy responsable. Al ser el sacristán de convento de las franciscanas concepcionistas, solía madrugar para ayudar en misa.

Cursó estudios eclesiásticos en Badajoz y fue ordenado en esta capital en 1663. Cuando trabajaba en el hospital de su ciudad natal había dicho:«cuán suave es el Señor servido en sus pobres». De modo que al regresar a Mérida, junto al ejercicio de su ministerio, retomó la labor ya que su atracción por el mundo de los enfermos sin recursos seguía intacta. Auxilió y consoló a quienes habían perdido la salud y con ella otros bienes materiales y espirituales. En esta misión se hallaba inmerso cuando fue reclamado para sumirse en un escenario virulento: el de la guerra que se libraba entre España y Portugal; fue capitán de uno de los tercios españoles. Noche y día intentaba sanar las heridas del cuerpo y las del alma, atendiendo a los infelices soldados heridos y enfermos que yacían en el suelo. En distintos momentos estuvo a punto de fenecer. Así, se libró milagrosamente de la muerte en el fragor de la lucha, hallándose debajo de un árbol, en medio de una emboscada, y en otras circunstancias. Finalmente, la grave enfermedad que contrajo lo devolvió a su hogar. Entonces comenzó otro hito de su vida: el desierto.

La invitación a sumirse en la experiencia eremítica se tornó especialmente apremiante en su interior. Por eso, y aún en medio de dudas y de cierta reserva, como sopesaba esta vía, rechazó la oferta de un acaudalado ciudadano que quiso poner en sus manos la administración de sus bienes. Sin embargo no tomó partido por ella hasta que murió un íntimo amigo. Entonces, no demoró más su respuesta. Conocía la existencia de monjes en la serranía cordobesa y eligió ese destino. Llegó en 1667, tras recorrer a pie más de doscientos kilómetros. Le animaba este afán: «Mi ánimo, oh Dios, es servirte en la soledad. Mi viaje no ha de ser por camino conocido. Guíame para que, sin ser visto, pueda llegar al desierto donde Tu amor me llama». El hermano encargado de franquearle la entrada del eremitorio debió conmoverse cuando le oyó decir: «Soy un pecador que viene buscando quien le enseñe a hallar a Dios por el camino de la penitencia, porque no tiene otro el que ha pecado. Te pido que me recibas como hijo y me enseñes como Padre que yo prometo ser obediente a tus mandatos».

Inicialmente nadie supo que era sacerdote. Hizo de la oración, el ayuno y el trabajo su pauta de conducta, sin escatimar sacrificios ni mortificaciones, con toda fidelidad y obediencia a las indicaciones que le fueron proporcionando. Profesó como terciario franciscano en 1670 y tomó el nombre religioso por el que es conocido. Pasado el tiempo, los ermitaños que admiraban su virtud, le tomaron como guía y dieron lugar al nacimiento de la congregación de Ermitaños de San Francisco y San Diego, de espíritu franciscano. Allí comenzaron a conocerse algunos de sus prodigios.

Pero su meta apostólica era Córdoba. Cuando bajaba a la ciudad observaba la radical diferencia existente entre ricos y pobres, la desidia de aquellos y de las autoridades ante tantas carencias esparcidas por sus calles: un mundo de miseria, abandono e injusticia tal que removió su sensibilidad llegándole a las entrañas. «Serviré a Dios sustentando pobres», se dijo. Y este castigadísimo colectivo fue para siempre el objeto de su caridad. En 1673 abrió un humilde hospitalito presidido por un Jesús Nazareno con esta leyenda: «Mi Providencia y tu fe han de tener esto en pie»; le ayudó a superar las dificultades y contrariedades que fueron llegando. Comenzó con seis camas, pero sus desvelos y afanes por estos desheredados, que le traían y llevaban por todos los rincones de la capital, fue despertando conciencias y se abrieron otras opciones. Hombres y mujeres iban uniéndose a él, y muchos quisieron entregarse por completo a esta labor, siendo origen de los Hermanos y Hermanas Hospitalarios de Jesús Nazareno, para «servir a los pobres». Si sus seguidores se sentían tambalear, decía: «Tened confianza porque la mano de Dios sabe abrirse para el socorro cuando las necesidades aprietan».

Su ardiente caridad se hizo patente en detalles delicados como las flores que perfumaban los lechos de sus enfermos. Niños, ancianos, jóvenes, prostitutas, incluso facinerosos bandoleros sabían de su bondad. Paciencia, humildad, generosidad diseminadas en todos los rincones. Los milagros se multiplicaban en medio de gestos que recuerdan a los del Poverello. Cuando salía a pedir limosna la gente contemplaba en él al auténtico discípulo de Cristo. El cólera azotó severamente la ciudad en 1690. Le faltaban manos para atender a los enfermos en las calles y dentro del hospital, y se contagió. Falleció el 24 de julio de ese año. Fue beatificado en Córdoba el 7 de abril de 2013 por el cardenal Angelo Amato, en representación del papa Francisco.

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