Beato Carlos Steeb | |
![]() Beato Carlos Steeb, presbítero y fundador
En Verona, de la región del Véneto, beato Carlos Steeb, presbítero, nacido en Tubinga, que abrazó la fe católica en Verona y, ordenado sacerdote, fundó el Instituto de Hermanas de la Misericordia, para ayuda de los afligidos, pobres y enfermos.
Nació en 1773 en Tubinga. Su padre, un empresario muy respetado (y también administrador de los bienes del Duque de Württemberg), lo envía a los dieciséis años a París y a los dieciocho a Verona, para aprender lenguas y práctica comercial. Se trata de un joven reservado y maduro, todo estudio y trabajo. Ferviente protestante, como toda su familia. Sin embargo, lo fascina el mundo vivaz de Verona con su vitalidad cultural y religiosa. Lo atrae el diálogo con algunas grandes figuras, de entre sacerdotes y laicos, y esto lo lleva en septiembre de 1792 a convertirse al catolicismo. Cuatro años después será ordenado sacerdote, con gran amargura de su familia, que lo deshereda (pero a la muerte de su hermana Guillermina los bienes paternos pasarán a él).
Es tiempo de guerra entre Napoleón y Austria: las batalla de Bassano, de Arcole, de Rivoli, y luego las revueltas antifrancesas de 1797 (las «Pascuas Veronesas»). Verona, ya bajo Venecia, por 18 años verá alternarse el dominio francés y el de los Habsburgo. Carlos Steeb vive este tiempo entre enfermerías, hospitales militares y lazaretos, como sacerdote, enfermero e intérprete en tres lenguas. Se mantiene enseñando, no tiene otros trabajos retribuidos. Su «trabajo estable» es el lecho de los sufrientes, en la guerra y la paz, entre quienes vive como un hombre de punta de la «Fraternidad evangélica de sacerdotes y laicos hospitalarios», fundada en 1796 por Pietro Leonardi, con hombres y mujeres. Se contagia el tifus y hace testamento, pero su director espiritual, el P. G.B. Bertolini, le advierte: «No es tu hora, el Señor espera algo grande de ti».
Eso grande nació en 1840, en dos pequeñas habitaciones: es el Instituto de Hermanas de la Misericordia, dedicadas a todo sufrimiento y necesidad; nace con el impulso y el apoyo económico suyo, y con el trabajo de la veronesa Luisa Poloni, después Madre Vincenza, de la que es confesor (confiesa a toda Verona, este alemán de voz débil). Desde aquellas dos habitaciones, el Instituto inició un viaje que continúa en el tercer milenio, con casas en Europa, América Latina y África. Y él muere después de ver completada la iglesia del Instituto en Verona, donde está depositado su cuerpo. SS Pablo VI lo beatificó en 1975.
fuente: Santi e Beati
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«De origen luterano, al convertirse fue repudiado por su familia. Cofundador del Instituto de Hermanas de la Misericordia. Conocido como la mamá y el samaritano de Verona por sus desvelos y ternura con los enfermos»
Nació en Tübingen, Alemania, el 18 de diciembre de 1773 en un hogar de prósperos comerciantes de lana. Su familia era luterana y tenía gran influencia y reconocimiento social porque su padre se ocupaba de la administración de las posesiones del duque de Württemberg. Además, su abuelo paterno había ocupado puestos relevantes en la ciudad. Recibió una esmerada educación humanística en su ciudad. Su infancia estuvo marcada por la sucesiva pérdida de sus hermanos, seis de los cuales no sobrevivieron a la infancia, quedándole solo una hermana. A su padre estas pérdidas le afectaron sobremanera. Su madre, una mujer fuerte, influyó en la formación de Carlos. Las desgracias familiares le enseñaron el valor de la paciencia y de la generosidad; hicieron de él una persona indulgente y comprensiva.
Con 16 años fue enviado a estudiar a París, pero la enrarecida situación política que culminó en la Revolución aconsejó su salida del país en 1791 y regresó a su hogar. Al año siguiente se trasladó a Verona con la misma idea que guió su viaje anterior: consolidar el aprendizaje de idiomas e irse introduciendo en el mundo de los negocios textiles, aprovechando las excelentes relaciones de su padre. Su madre, férrea luterana, temía el influjo que podían tener en él los católicos. Y no se equivocó. La providencia había guiado los pasos de Carlos, porque fue allí donde su contacto habitual en foros donde existía una viva presencia eclesial le atrajo al catolicismo.
Hasta entonces, había sido un fiel luterano como toda su familia, pero se encontró con muchas preguntas sobre la fe católica y la protestante. Leyó, reflexionó y tras encomendarse a María y aceptar la dolorosa ruptura que impuso su familia, que rechazó su decisión y le cerró las puertas del hogar por completo, en septiembre de ese mismo año 1792 se convirtió. Quedaba sin recursos económicos, desamparado en un país lejano al suyo. Pero era más fuerte su convicción espiritual y no le faltó la ayuda de amigos religiosos que habían apreciado ya sus muchas virtudes.
Ingresó en el Oratorio de san Felipe Neri y fue ordenado sacerdote el 8 de septiembre de 1796. Verona era invadida y saqueada por las tropas napoleónicas. Y Carlos, a sus 24 años, influenciado por el testimonio del P. Pietro Leonardi, artífice de la «Fraternidad evangélica de sacerdotes y laicos hospitalarios», se implicó de lleno en acciones caritativas de asistencia y consuelo a enfermos, heridos de guerra, mutilados, moribundos, sin tener en cuenta sus ideologías y bandos en los que luchaban. Además, se volcó con los «sin techo», abandonados y faltos de trabajo para elemental sustento.
Su dominio de lenguas le permitió ser un providencial traductor de emociones y necesidades. Hombres, mujeres, ancianos y niños, los huérfanos, todos sintieron el calor de su ternura y la generosidad que brotaba de él a manos llenas, hasta el borde del agotamiento. Su estrecho contacto con los enfermos hizo que contrajese el tifus, y pensando que llegaba su fin redactó su testamento. Estaba dispuesto a morir. Pero el P. Bertolini, su director espiritual, vaticinó: «No es tu hora, el Señor espera algo grande de ti».
Fue profesor de teología en el seminario de Verona y también en colegios de Alemania y de Francia, pero su vocación a paliar las carencias humanas, que tanto sufrimiento reportan, alimentaban sus súplicas a la Santísima Trinidad. Y en torno a 1835 compartió el sueño que tenía de poner en marcha una fundación destinada a la asistencia de los que padecen con una veronesa que dirigía espiritualmente, la beata Vincenza Luigia Poloni.«Hija mía, el Señor la quiere fundadora de un Instituto de Hermanas de la Misericordia, ninguna dificultad la atemorice o la detenga, para Dios nada es imposible», le dijo. Como le sucedió a Carlos, ella había perdido a nueve de los doce hermanos que nacieron en su hogar, una familia de farmacéuticos, negocio en el que trabajaba. Cuando conoció al beato en 1821 ya pensaba ser religiosa. Así que, alentada por él, y mostrando su plena disponibilidad, se unió a unas cuantas mujeres dispuestas a entregar su vida junto a los que sufren, en los que veían el rostro de Jesucristo, y en 1840 dieron origen a ese Instituto.
A la muerte de su hermana, el P. Steeb heredó los bienes de la familia, y pudo ayudar económicamente a la fundación, aunque tuvo que afrontar muchos contratiempos y críticas malsanas. Entonces ya se hallaba muy agotado físicamente; estaba enfermo. Siguieron llenando su vida los constantes desvelos por los necesitados, al punto que fue denominado «mamá» de los enfermos por su trato hacia ellos, plagado de ternura. Y de hecho, por esta acción fue galardonado por el emperador de Austria con la Cruz de Oro. También se le ha denominado el «samaritano de Verona»
Fue un gran director espiritual y apóstol ejemplar. No perdió ocasión para animar a los jóvenes en la búsqueda del ideal religioso. La última etapa de su vida atendió a sus hijas, las formó y las acompañó en la senda incomparable de la caridad, prestando servicio junto a ellas con el lema:«Servir al hombre en humildad, simplicidad, caridad por el solo amor a Dios».Llegó a conocer la expansión del Instituto dentro y fuera del país. Vincenza le antecedió en su ingreso en el cielo, falleciendo el 11 de noviembre de 1855 de forma inesperada con 53 años. Él murió el 15 de diciembre de 1856 a la edad de 83 años dejando a sus hijas este postrer testamento con su bendición: «la unión, la paz, la obediencia, y los enfermos…». Fue beatificado por Pablo VI el 6 de julio de 1975.
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Santa María Crucificada de Rosa

Santa María Crucificada de Rosa, virgen y fundadora
En Brescia, de la Lombardía, santa María Crucificada de Rosa, virgen, que gastó sus riquezas, y se entregó ella misma, por la salud de las almas y de los cuerpos del prójimo, para lo cual también fundó el Instituto de Esclavas de la Caridad.
Más de tres siglos después de que Savonarola predijo la ruina de Brescia (profecía que se cumplió en 1512, cuando los franceses se apoderaron de la ciudad y la saquearon), nació una de las tres personas que, con su santidad, dieron gloria a Brescia en el siglo XIX; las otras dos fueron el beato Luis Pavoni y la beata Teresa Verzeri. María (a quien en su casa llamaban Paula o Paulina) nació en 1813. Era la sexta de los nueve hijos de Clemente de Rosa y de la condesa Camila Albani. Su infancia no tuvo nada de extraordinario. A los once años, María tuvo la pena de perder a su queridísima madre. A los diecisiete años, la joven abandonó la escuela para ocuparse de su padre y éste empezó a buscarle marido. Cuando le presentó al pretendiente, María se sobresaltó. En seguida, acudió a consultar al arcipreste de la catedral, Mons. Faustino Pinzoni, sacerdote muy sagaz, que había dado ya muestras de gran prudencia en su dirección. Mons. Pinzoni fue a ver personalmente a Clemente de Rosa y le explicó que su hija había determinado no contraer matrimonio. En aquella época, sobre todo en las clases superiores, los padres no solían preocuparse mucho de las inclinaciones de sus hijos, particularmente en cuestiones de matrimonio. Ello hace tanto más encomiable la actitud del padre de María, quien se plegó casi inmediatamente a la decisión de su hija y la apoyó más tarde en la realización de sus planes, por más que debían parecerle extravagantes. María siguió viviendo en su casa diez años. Cada día, se consagraba más a las obras de beneficencia, en lo cual su padre la precedía con el ejemplo. Entre las propiedades de Clemente se contaban unos telares en Acquafredda, en los que trabajaban algunas jóvenes. Una de las primeras empresas de Paula consistió en ocuparse de ellas. Su solicitud se extendió pronto a las jóvenes de Capriano, donde su familia tenía una casa de campo. Con la ayuda del párroco, María estableció allí una cofradía de mujeres y organizó para ellas retiros y misiones especiales. Los resultados fueron tan extraordinarios, que el párroco apenas reconocía a sus feligreses.
La epidemia de cólera hizo estragos en Italia en aquella época. Cuando la epidemia se declaró en Brescia, en 1836, María pidió a su padre permiso para asistir a los enfermos en los hospitales. Clemente aceptó no sin vacilar y temblar por la salud de su hija. Los servicios de María fueron bien acogidos en el hospital. La joven acudió con una viuda llamada Gabriela Echenos-Bornati, la cual tenía ya cierta experiencia en el cuidado de los enfermos. Ambas dieron tal ejemplo de olvido de sí mismas, laboriosidad y caridad, que toda la ciudad quedó profundamente impresionada (Manzoni describe en «Los Novios» el hospital de infecciosos de Milán. Ello puede dar una idea de las condiciones del de Brescia).
A raíz de eso, se pidió a María que se encargase de dirigir una especie de taller para jóvenes pobres y abandonadas. Se trataba de un puesto difícil para una joven que tenía apenas veinticuatro años. María lo desempeñó con gran éxito durante dos años, al cabo de los cuales, renunció a causa de ciertas diferencias con los protectores de la obra, quienes no querían que las jóvenes pasasen la noche en la casa que ocupaba el taller. María fundó entonces un dormitorio para doce jóvenes. Al mismo tiempo, empezó a ocuparse de una obra emprendida por su hermano Felipe y Mons. Pinzoni: se trataba de una escuela para niñas sordomudas, del tipo de las que Luis Pavoni estaba fundando entonces para niños. La escuela estaba aún en sus comienzos cuando Paula la cedió a las hermanas canosianas, quienes deseaban desarrollar la obra en gran escala en Brescia.
La historia de aquellos diez años de la vida de María es verdaderamente extraordinaria, sobre todo si se tiene en cuenta que aún no cumplía los treinta años y era de salud delicada. Pero había en ella algo de viril, y su energía física y su valor eran poco comunes; por ejemplo, en cierta ocasión, salvó la vida de una persona que iba en un carruaje cuyo caballo se desbocó, en circunstancias extremadamente peligrosas. Su inteligencia, rápida, aguda y tenaz, hacía juego con su carácter, de suerte que no practicaba la virtud en grado heroico, abandonando su evolución intelectual en materia de religión a la altura del catecismo de niños. Por el contrario, la santa llegó a poseer serios conocimientos teológicos, y en la selección de sus lecturas supo emplear la agudeza e intuición que la guiaban en los asuntos de la vida práctica. Su inteligencia se reveló particularmente cuando tuvo que resolver los complejos problemas que acompañan siempre a la fundación de una congregación religiosa. Por otra parte, María tenía una memoria muy tenaz para retener los recuerdos de personas y acontecimientos, tanto grandes como pequeños, cosa que le sirvió no poco.
La congregación empezó a tomar forma en 1840. Al principio, fue una especie de asociación piadosa, de la que María fue nombrada superiora por Mons. Pinzoni. La Sra. Cornati fue prácticamente cofundadora de dicha asociación, que tenía por finalidad atender a los enfermos en los hospitales; las socias no actuaban únicamente como enfermeras, sino que consagraban a los enfermos todo su tiempo y sus fuerzas. Las cuatro primeras socias, que tomaron el nombre de Doncellas de la Caridad, se establecieron en una casa ruinosa e incómoda, en las cercanías del hospital. Pronto fueron a unírseles quince jóvenes tirolesas, quienes habían oído a un misionero hablar de la asociación. Al poco tiempo, la comunidad constaba ya de treinta y dos personas. La forma en que trabajaban, despertó la admiración de la ciudad, de la que se hizo eco un médico que escribió un artículo sobre las obras de misericordia, espirituales y corporales, que llevaban a cabo. Pero no faltaban quienes criticasen seriamente la obra. Algunas personas consideraban a las Doncellas de la Caridad como instrusas y querían echarlas fuera. Sin embargo, a los tres meses de la fundación de la asociación, las autoridades de Cremona invitaron a las jóvenes a emprender una obra parecida en dicha ciudad, y éstas aceptaron. Escribiendo a la casa de Cremona decía Paula, a propósito de las dificultades de Brescia: «Espero que no sea ésta nuestra última cruz. Francamente, me habría dado pena que no fuésemos perseguidas».
Clemente de Rosa cedió poco después una casa mejor a la comunidad de Brescia. El obispo de la ciudad aprobó en 1843 la regla provisional. Gabriela Bornati murió pocos meses después, y esa pena vino a ensombrecer un tanto el gozo anterior. Aunque privada de su principal colaboradora, Paula podía aún guiarse por los consejos de Mons. Pinzoni. La congregación siguió creciendo y los hospitales fueron aumentando en número. En el verano de 1848, murió el arcipreste, precisamente en una época en que las convulsiones políticas sacudían a Europa y la guerra hacía estragos en el norte de Italia. Paula aprovechó la oportunidad para enviar a sus religiosas a encargarse del hospital militar de San Lucas. Ahí tuvieron también que enfrentarse con la oposición de los médicos, que preferían a las enfermeras seglares y a los ordenanzas militares. Las religiosas atendieron a las víctimas civiles y a los prisioneros. Además, anticipándose a Florencia Nightingale, ejercieron las obras de misericordia espirituales y corporales en pleno frente de batalla. Al año siguiente, tuvieron lugar los trágicos «Diez Días de Brescia». Paula y sus religiosas atendieron a todos los heridos sin distinción. Un destacamento indisciplinado hizo irrupción en el hospital. Paula, acompañada de media docena de religiosas que llevaban un crucifijo y dos cirios, cerró el paso a los soldados, los cuales vacilaron un momento, se detuvieron y se escurrieron fuera. El crucifijo, que todavía se conserva en Brescia, pasó de mano en mano entre los enfermos para que lo besaran.
Paula quería que sus religiosas uniesen la vida activa a la contemplativa. Pero no quería religiosas «activistas», de ésas que, según la expresión de Santa Luisa de Marillac, «corren por las calles con tazones de sopa». En aquella época, Italia era un campo ideal para fundaciones como la de Paula. Así pues, la santa partió a Roma en el verano de 1850. El 24 de octubre, Pio IX le concedió audiencia. Dos meses después, la congregación fue aprobada con una rapidez notable, según iban las cosas en Roma. La aprobación de las autoridades civiles fue menos rápida; por ello, las primeras veinticinco religiosas no pudieron hacer la profesión sino hasta el verano de 1852. Paula tomó el nombre de María del Crucificado. La erección canónica de la congregación abrió un período de rápido desarrollo. Pero la obra personal de la madre María en este mundo estaba próxima a su fin. Aunque apenas tenía cuarenta y dos años, sus fuerzas estaban totalmente agotadas, de suerte que se consideró como un milagro que recobrase la salud el Viernes Santo de 1855. El trabajo abundaba: el cólera amenazaba a Brescia, y había que abrir un convento en Espalato de Dalmacia y otro cerca de Verona. La santa sufrió un ataque en Mántua. Cuando llegó a Brescia, exclamó: «¡Bendito sea Dios, que me trae a morir en Brescia!» Dios la llamó a Sí tres semanas más tarde, el 15 de diciembre de 1855.
Mons. Pinzoni, quien la había conocido tan a fondo, dijo en cierta ocasión: «Su vida es un milagro que asombra a cuantos lo ven». Santa María resumió perfectamente el espíritu que la animaba, al decir a sus religiosas: «No puedo ir a acostarme con la conciencia tranquila los días en que he perdido la oportunidad, por pequeña que ésta sea, de impedir algún mal o de hacer el bien». Día y noche, estaba pronta a acudir en auxilio de los enfermos, a asistir a algún pecador moribundo, a poner fin a una reyerta, a consolar una pena. Así lo reconoció el pueblo de Brescia, que acudió en masa a los funerales. La canonización de santa María tuvo lugar en 1954.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
S. María Crocifissa (Paola) Di Rosa
María Crocifissa, en el mundo Elisabetta María, nació en Venecia (Italia) el 9 de enero de 1706. Vivió con sus padres, Piero Satellico y Lucía Mander, en la casa de un tío materno sacerdote, que le procuró una formación moral y cultural. Era de débil contextura física, pero de inteligencia precoz, y pronto mostró una disposición particular para la oración, la música y el canto.
Caracterizaron su niñez un ardiente amor a Jesús crucificado y una sincera devoción a la Virgen dedicada a la oración. Alma privilegiada, dócil a la gracia divina, aspiraba a la perfección de la vida cristiana. Se había propuesto, cuando fuera mayor, llegar a ser monja clarisa. Decía: «Me quiero hacer monja y, si lo logro, quiero llegar a ser santa».
Aceptada en el monasterio de las clarisas de Ostra Vetere (antes Montenovo, Ancona) como educanda, y encargada de la dirección del canto y de tocar el órgano, Elisabetta María daba un maravilloso ejemplo de fervor espiritual, participando en la vida de la comunidad. A los 19 años recibió el hábito de las clarisas y cambió su nombre por el de María Crocifissa.
Con la profesión religiosa, emitida el 19 de mayo de 1726, sor María Crocifissa concentró todos sus esfuerzos en la realización de su constante deseo: hacerse cada vez más conforme a Jesús crucificado, con la práctica de los consejos evangélicos y la devoción filial a la Virgen Inmaculada, según el espíritu de santa Clara de Asís.
Llenaba y daba valor a sus días con la oración comunitaria y personal prolongada. Profesaba una gran devoción hacia las tres divinas Personas y al misterio de la Eucaristía, de la cual se alimentaba a diario su esperanza y su caridad, que en ella se manifestaba en un ardor seráfico por Dios -como en san Francisco y en santa Clara- y en un amor fraterno y universal hacia todos los redimidos por la cruz del Señor.
En su vida, de sublime contemplación, se enlazaban austeridad y penitencia, que la hacían cada vez más participe del misterio de la cruz y victoriosa en las tentaciones e insidias del enemigo. Gozó de extraordinarios dones sobrenaturales y auténticos fenómenos místicos, que eran particulares signos de predilección divina.
Elegida abadesa del monasterio, consideraba la autoridad como servicio de amor a la comunidad y la ejercitaba con bondad y firmeza, convenciendo con el ejemplo. Dicha función le permitió también el ejercicio de la caridad hacia el prójimo, especialmente hacia los pobres.
Murió santamente el 8 de noviembre de 1745, a la edad de 39 años, y está sepultada en la iglesia de Santa Lucía en Ostra Vetere. La beatificó Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993.
Beata María Victoria Fornari

Beata María Victoria Fornari, viuda y fundadora
En Génova, de la Liguria, beata María Victoria Fornari, que, habiendo quedado viuda, fundó la Orden de Hermanitas de la Anunciación.
María Victoria nació en Génova, en el año de 1562. Cuando cumplió los diecisiete años, se habló de que entraría al convento, pero ella defraudó las esperanzas de sus padres y se casó con Angelo Strata. El matrimonio resultó bien, y la pareja vivió feliz durante nueve años; Angelo se unía de muy buena voluntad y con gusto a las obras de caridad de su esposa y la defendía ardientemente de las críticas adversas de las gentes que se extrañaban de que no tomara parte en las diversiones y actividades sociales. Tenían seis hijos; cuatro niños y dos niñas. Al cabo de aquellos nueve años de feliz matrimonio, en 1587, murió Angelo y, durante largo tiempo, Victoria no pudo consolarse de aquella pérdida, tanto por ella misma como por sus pequeños hijos y, al pensar que estos quedaban abandonados puesto que ella se sentía incapaz de cuidarlos y educarlos como era debido, estuvo al borde de la desesperación. Pero su dolor y su incertidumbre desaparecieron como por encanto a raíz de un suceso que la propia Victoria relató más tarde por escrito y con todo detalle, por consejo de su confesor: la Virgen María se le apareció y le dijo: «Victoria, hija mía, sé valiente y ten confianza, porque es mi deseo tomar tanto a la madre como a los niños bajo mi protección: yo cuidaré de tu hogar. Vive tranquila, sin preocupaciones: lo único que te pido es que confíes enteramente en mí para que así puedas entregarte al amor de Dios por encima de todas las cosas». Victoria vio inmediatamente, con toda claridad, lo que debía hacer y, al momento, cesaron todas sus inquietudes. Hizo el voto de castidad, vivió en retiro y dedicó todo su tiempo a Dios, a sus hijos y a los pobres, por ese orden. No toleraba lo superfluo o lo que representaba algún lujo en su casa; se autoimpuso una regla de severas mortificaciones y, por ejemplo, cuando la Iglesia imponía un ayuno, ella lo practicaba a pan y agua rigurosamente.
Una vez que todos sus hijos tuvieron asegurado su porvenir, Victoria presentó al arzobispo un proyecto que había esbozado desde tiempo atrás para crear una nueva orden de monjas dedicadas, de manera muy especial, a Nuestra Señora. Al arzobispo le gustó el proyecto, pero durante algún tiempo retuvo su aprobación al mismo por falta de los fondos suficientes para sostener semejante fundación. Sin embargo, no tardó en ofrecerse uno de los amigos del prelado para financiar el asunto, al menos en parte, al proporcionar un edificio para la comunidad. Entonces, el arzobispo dio su consentimiento y su apoyo. En el año de 1604, Victoria y otras diez mujeres tomaron el hábito y, al año siguiente, hicieron su profesión. Su objeto era honrar y venerar a la Santísima Virgen en el misterio de su Anunciación y su vida oculta en Nazaret; al profesar, cada monja agregaba el nombre de María Annunziata al suyo propio y prometía obediencia a la regla de clausura particularmente estricta de la nueva orden.
Gracias al entusiasmo y al celo de la madre Victoria, en 1612 se fundó una segunda casa y, poco después, la orden se extendió hacia Francia, pero no sin que antes se hiciera el intento, a espaldas de la fundadora, de afiliar aquella comunidad a otra orden, con el pretexto de que la congregación no era lo bastante fuerte ni numerosa para subsistir por sí sola. La madre Victoria se enteró de lo que pasaba e imploró la ayuda de la Virgen María; en una visión, Nuestra Señora le dio nuevas seguridades de su ayuda infalible y, muy pronto, el peligro pasó. La madre Victoria continuó en el gobierno de su comunidad, alentó a sus hijas en la penitencia y les dio ejemplo de completa humildad y profundo amor hasta su muerte, ocurrida cuando cumplió los cincuenta y cinco años, el 15 de diciembre de 1617. Estas monjas se distinguen de las Annonciades (de la Anunciación) fundadas por santa Juana de Valois, por el epíteto de «azules», que se refiere al color de sus mantos.
Vita della B. Maria Victoria Fornari-Strata, fondatrice dell'Ordine della Santissima Annunziata detto «Le Turchine», o sea la orden que los italianos llaman, «las monjas azules». La mencionada biografía es anónima, pero oficial. Véase también un relato en francés hecho por el padre F. Dumortier, La bse. Marie-Victoire Fornari Strata (1902).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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