San Urbano de Teano | |
San Urbano de Teano, obispo
En Teano, de la Campania, san Urbano, obispo.
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San Juan el Silencioso | |
San Juan el Silencioso o Hesicasta, monje y obispo
En Palestina, san Juan el Silencioso o Hesicasta, el cual, habiendo renunciado al episcopado de Colonia, en Armenia, vivió como monje en la laura de San Sabas, en humilde servicio a los hermanos y en áspera soledad y silencio.
San Juan fue apodado «hesicasta», es decir, «silencioso», por su gran amor al silencio y el recogimiento. Nació al año 454, en Nicópolis de Armenia, de una familia en la que se contaban varios generales y gobernadores de aquella parte del imperio. Después de la muerte de sus padres, Juan, que no tenía más que dieciocho años, construyó un monasterio para él y otros diez compañeros. Bajo la dirección del joven superior, la pequeña comunidad vivía entregada a la devoción y al trabajo. Pronto adquirió san Juan gran fama de santidad y prudencia en el gobierno. Debido a ello, el arzobispo de Sebaste le consagró obispo de Colonia, en Armenia, a los veintiocho años de edad, muy contra la voluntad del joven. San Juan desempeñó durante nueve años las funciones episcopales; instruyó celosamente a su grey, se privó aun de lo más necesario para socorrer a los pobres, y conservó, en cuanto pudo, el severo régimen de vida del monasterio. Pero, incapaz de poner remedio a ciertos abusos y sintiéndose llamado al retiro, el santo decidió finalmente abandonar su sede. En vez de volver a Armenia, se dirigió secretamente a Jerusalén, sin saber a ciencia cierta lo que iba a hacer ahí. Según cuenta su biógrafo, una noche en que san Juan se hallaba en oración, vio una cruz muy brillante en el aire y oyó una voz que le decía: «Si quieres salvarte, sigue esta luz». Guiado por la cruz, san Juan llegó a la laura (así llaman en Oriente al claustro) o monasterio de san Sabas. Convencido de que tal era la voluntad de Dios, el santo ingresó al punto en el monasterio, que contaba con más de ciento cincuenta monjes. Tenía entonces treinta y ocho años. San Sabas le puso al principio bajo las órdenes del maestro de obras para que acarrease agua y piedra y ayudase a los obreros en la construcción de un hospital. San Juan iba y venía como una bestia de carga, totalmente concentrado en Dios, siempre alegre y silencioso. Después de esta prueba, el experto superior le nombró encargado de los huéspedes, a los que el santo servía como si se tratase del mismo Cristo. Al ver que su novicio avanzaba rápidamente en el camino de la perfección, san Sabas le permitió retirarse a una ermita para que pudiese entregarse del todo a la contemplación. Los cinco primeros días de la semana, el santo, ayunaba en su celda; pero los sábados y domingos, asistía a los oficios en la iglesia. Al cabo de tres años de vida eremítica, san Juan fue nombrado supervisor de la laura. A pesar de los numerosos asuntos en que se ocupaba por su cargo, su gran amor a Dios le permitía vivir con el pensamiento fijo en Él, continuamente y sin esfuerzo.
Cuatro años más tarde, san Sabas juzgó a san Juan digno del sacerdocio y decidió presentarle al patriarca Elías. Al llegar a la iglesia del Monte Calvario, donde la ordenación iba a tener lugar, Juan dijo al patriarca: «Santo Padre, tengo que deciros algo en privado; si después de oírme me juzgáis apto para el sacerdocio, recibiré las sagradas órdenes». El patriarca le concedió una entrevista a solas. San Juan, después de obligarle al más estricto secreto, le dijo: «Padre, yo soy obispo; pero, por mis muchos pecados, tuve que venir a refugiarme en este desierto a esperar la venida del Señor». Elías quedó sumamente sorprendido y se comunicó con san Sabas para decirle: «No puedo ordenar a este hombre, por lo que me ha comunicado en secreto». San Sabas volvió al monasterio muy preocupado, pues temía que Juan hubiese cometido un crimen horrible; pero, en respuesta a sus oraciones, Dios le reveló la verdad y le obligó a no comunicarla a nadie.
El año 503, algunos monjes rebeldes obligaron a san Sabas a abandonar la laura. Entonces, san Juan se retiró, durante seis años, a un desierto vecino y volvió a la laura al mismo tiempo que san Sabas. Vivió todavía cuarenta años en su celda. La experiencia le había mostrado que las almas acostumbradas a hablar con Dios no encuentran más que amargura y vacío en el trato con los hombres. Además, su humildad y su deseo de vivir olvidado de todos le impulsaban, más que nunca, a la soledad. Pero la fama de su santidad atraía constantemente a los visitantes y, el santo comprendió que no debía negarse a quienes necesitaban de sus consejos. Entre éstos se contaba a Cirilo de Escitópolis, quien escribió su biografía cuando el santo tenía ya ciento cuatro años; según Cirilo, san Juan conservaba todavía la lucidez que le había caracterizado toda su vida. El mismo biógrafo relata que, de joven, había ido a consultar al santo ermitaño acerca de su vocación. San Juan le aconsejó que entrase en el monasterio de San Eutimio. En lugar de obedecer, Cirilo ingresó en un monasterio de la ribera del Jordán, donde contrajo una fiebre que le puso a las puertas del sepulcro. Pero san Juan se le apareció en sueños, le reprendió bondadosamente y le dijo que en el monasterio de San Eutimio recobraría la salud y el favor de Dios. A la mañana siguiente, Cirilo partió al monasterio de San Eutimio, completamente restablecido. El mismo autor cuenta que, en su presencia, san Juan arrojó eI mal espíritu que se había apoderado de un niño, con sólo trazar con aceite, una cruz sobre su frente. Con su ejemplo y sus consejos, san Juan convirtió muchas almas a Dios. Su vida en la ermita fue una imitación perfecta -en cuanto eso sea posible para la naturaleza humana- de la de los gloriosos espíritus que, en el cielo, aman y alaban constantemente a Dios. Con ellos fue a reunirse el santo el año 558, después de pasar setenta y seis años en una soledad sólo interrumpida por los nueve años de episcopado.
Acta Sanctorum, mayo, vol. VI. Véase también Erhard, Römische Quartalschrift, vol. III (1893), pp. 32 ss.; y el texto de Cirilo en E. Schwartz, Kyrillos von Skythhopolis (1939).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Carlos Garnier

San Carlos Garnier, presbítero y mártir
En la región de Ontario, en Canadá, pasión de san Carlos Gamier, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús y mártir, que, mientras bautizaba a catecúmenos, fue gravemente herido por unos paganos que irrumpieron violentamente, y murió a golpes de hacha. Su memoria se celebra el día diecinueve de octubre, juntamente con otros compañeros.
Fue ordenado sacerdote en 1635 y al año siguiente, el 8 de abril de 1636, a los 31 años de edad, se embarcó para Quebec, en Canadá, y desde allí llegó en canoa al territorio de los indios hurones. Supera la desconfianza de estos prodigándose en la cura de las víctimas de una peste. De allí fue enviado a evangelizar la región sur de la Bahía de Georgia y aquí, en 1646, fundó dos misiones. Sin embargo, el 7 de diciembre de ese año la misión de San Juan, donde se encontraba el padre Carlos, es atacada por indios iroqueses, y el misionero es asesinado. Su memoria, como la de los demás mártires de Canadá, se celebra el 19 de octubre, en el grupo de los santos Juan de Brébeuf e Isaac Jogues, donde puede leerse una amplia hagiografía tomada del Butler-Guinea.
Santa María Josefa Rossello | |
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Santa María Josefa Rossello, virgen y fundadora
En Savona, en Italia, santa María Josefa (Benedicta) Rossello, virgen, que fundó la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia y, confiando solamente en Dios, se entregó con todo ahínco a procurar la salvación de las almas.
Con frecuencia se ha dicho de los santos taumaturgos que el mayor de sus milagros fue su propia vida. El Dr. P. D. Sessa, al escribir sobre María Josefa Rossello, hace notar que no se distinguió por las visiones y voces celestiales y otras maravillas, pero que tres de las primeras religiosas de su congregación vivieron más de cien años, y que en vida de la santa, la pequeña semilla de la primera fundación produjo sesenta y ocho conventos. Josefa nació en 1811, en Albisola Marina, delicioso pueblecito costeño de Liguria. Fue la cuarta de los nueve hijos de Bartolomé Rossello y María Dedone. Bartolomé era alfarero. La niña recibió en el bautismo el nombre de Benita (Benedetta), que auguraba su futura santidad. Benita era vivaz e inteligente. El Dr. Sessa la llama «piccola condottiera» («la jefecita»). Pero la palabra «condottiere» ha significado también en la historia «soldado aventurero», y el espíritu aventurero formaba también parte del carácter de Benita. Un incidente de su niñez constituye un excelente ejemplo de lo que acabamos de decir: los habitantes de Albisola organizaron una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la Merced de Sayona; a causa de la distancia, todos los niños se quedaron en el pueblo. En tanto que los adultos estaban ausentes, Benita organizó otra peregrinación entre sus compañeros y compañeras de juego. Enarbolando una bandera hecha con un delantal, la niña guió la procesión al santuario de Nuestra Señora de la Merced que había en el pueblo. Oyendo a los niños cantar himnos, el sacristán creyó que se trataba de los peregrinos que volvían de Sayona y mandó echar las campanas a vuelo. En esa forma, la cruzada de los niños terminó triunfalmente. Según parece, Benita tenía entonces unos nueve años.
Siempre fue muy sensible a la belleza de las cosas creadas, particularmente a la hermosura del mar. En ciertos momentos del día, la belleza del mundo la hacía prorrumpir en exclamaciones de gozo. Naturalmente, tenía particular devoción a San. Francisco de Asís. A los dieciséis años, fue recibida en la tercera orden de San Francisco y tomó por director espiritual al capuchino Angel de Sayona. Durante algún tiempo, Benita pensó en hacerse anacoreta; pero su director la disuadió de ello. A los diecinueve años, la joven entró a servir en casa de la familia Monleone, en Sayona. A ese propósito solía repetir: «Las manos están hechas para el trabajo y el corazón para Dios». Durante siete años Benita asistió al señor Monleone, que estaba baldado. Todo el dinero que ganaba lo enviaba a su casa, pues su familia se hallaba en condiciones económicas difíciles. Benita habría podido permanecer toda la vida en casa de los Monleone; pero, después de la muerte del inválido, la joven se sintió llamada a abandonar el mundo.
Mons. Agustín de Mari era entonces obispo de Sayona. Angustiado por los peligros que acechaban a las jóvenes en la ciudad, deseaba fundar una obra para ocuparse de ellas. Benita había sido ya rechazada de un convento por falta de dote. Así pues, cuando se enteró del proyecto del obispo, se presentó a ofrecerle sus servicios. Mons. de Mari quedó muy bien impresionado por la actitud y modales de la joven y aceptó su ofrecimiento. El 10 de agosto de 1837, Benita, sus primas Angela y Dominga Pescio, y Paulina Barla, establecieron su residencia en una ruinosa casa de Sayona, llamada «La Commenda». Las nuevas religiosas se llamaron a sí mismas «Hijas de Nuestra Señora de la Merced» y Benita tomó el nombre de María Josefa. Todo lo que poseían se reducía a unos cuantos muebles, cuatro colchones de paja sobre el suelo, una bolsa de patatas y unas cuantas monedas; también tenían un crucifijo y una estatua de la Santísima Virgen. La finalidad de la congregación consistía en instruir a las niñas pobres, particularmente desde el punto de vista espiritual, y en fundar hospederías, escuelas, hospitales y toda clase de obras de misericordia, de acuerdo con el dictado de la inspiración divina.
La congregación quedó canónicamente constituida en octubre de ese mismo año. La primera superiora fue la madre Ángela. La hermana Josefa quedó como maestra de novicias y limosnera. En 1840, fue a su vez elegida superiora y ocupó ese cargo hasta su muerte. La primera casa resultó pronto demasiado pequeña. La comunidad alquiló entonces una casa, alrededor de la cual creció el macizo grupo de edificios que rodean actualmente la casa matriz de Sayona. Una de las primeras pruebas que debió soportar la madre Josefa fue la muerte del bondadoso y espléndido Mons. de Mari, sobre todo teniendo en cuenta que el vicario capitular no veía con buenos ojos a la nueva congregación. Pero el obispo que sucedió a Mons. de Mari después de un largo período de sede vacante, tenía ideas semejantes a las de su predecesor. Él fue quien aprobó las constituciones en 1846, cuando la congregación tenía ya treinta y cinco religiosas. Para entonces, habían partido de la casa madre los primeros miembros de la comunidad para encargarse del hospital de Varazze y de enseñar en las escuelas del municipio. Las fundaciones se multiplicaron en el norte de Italia, no sin dificultades. En algunas ciudades las religiosas encontraron oposición; por otra parte, la madre Josefa atravesó por un período de mala salud y el obispo insistió en que se tomase un descanso. A todo esto se añadían las dificultades económicas. Estas se resolvieron en parte, gracias a dos legados, uno de los cuales, totalmente inesperado, provenía de la Sra. Monleone, amiga y antigua ama de la santa.
Mons. de Mari había soñado siempre con que las religiosas fundasen casas de refugio para las jóvenes arrepentidas. La madre Josefa no lo había olvidado. Aunque el primer ensayo hecho en Génova resultó un fracaso, la santa consiguió fundar tres casas de refugio, a las que ella llamaba Casas de la Divina Providencia. Una de estas instituciones, la de Albisola, ocupaba la casa del franciscano Fernando Isola, a quien los turcos habían matado por odio a la fe en 1648, en Escútari. Se ha dicho de la madre Josefa que, en cuanto tenía un poco de dinero, pensaba en una nueva fundación. Entre sus obras se cuenta la Casa del Clero, que tenía por finalidad fomentar las vocaciones sacerdotales y ayudar a los seminaristas. El dinamismo y la visión de la santa provocaron la oposición de muchos miembros del clero contra esta innovación. Pero ella consiguió ganarse la voluntad del obispo, Mons. Cerruti, que defendió la Casa del Clero. Su sucesor, Mons. Boraggini, apoyó positivamente la fundación. En 1875, se fundó en América la primera casa de las Hijas de Nuestra Señora de la Merced, ya que las religiosas se establecieron en Buenos Aires; San Juan Bosco las había recomendado y había bendecido la empresa. Pronto empezaron a multiplicarse en el Nuevo Mundo las escuelas, hospitales, casas de refugio y otras obras de beneficencia.
En un retrato tomado en sus últimos años la santa aparece con un rostro firmemente perfilado y lleno de energía, sereno y con un dejo de obstinación. Es una anciana típica de principios del siglo XIX. La madre Josefa fue una de esas personas que esconden la santidad bajo las apariencias más sencillas. Aquella mujer que había fundado tantos conventos y obras de beneficencia, nunca se parecía más a si misma que cuando fregaba los pisos, limpiaba mesas o lavaba la ropa. A los sesenta y cuatro años, Santa Josefa empezó a sentir los efectos de las incesantes actividades de su vida. El corazón empezó a fallarle y la santa no tardó en perder el uso de sus piernas, de suerte que se vio obligada a contentarse con supervisar cl trabajo de sus hermanas, sin poder tomar parte en él. Eso la hizo sufrir mucho y solía repetir: «Soy una carga inútil; no hago más que estorbar». A esta prueba se añadió la de «la noche oscura del alma», cuando la madre Josefa fue presa de terribles escrúpulos y se sentía condenada al infierno. Pero su fe estuvo a la altura de aquel aparente abandono de Dios y la santa decía con frecuencia a sus hijas: «Aferraos a Jesús. Sólo cuentan Dios, el alma y la eternidad. El resto no vale nada». El 7 de diciembre de 1880, María Josefa Rossello, llena de paz y humilde confianza, fue a recibir el premio de sus trabajos. Tenía entonces sesenta y nueve años. Su canonización tuvo lugar en 1949.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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