Beata María Teresa de
Jesús, virgen y fundadora
fecha: 14 de noviembre
n.: 1825 - †: 1889 - país: Italia
otras formas del nombre: Maria Scrilli
canonización: B: Benedicto XVI 8 oct 2006
hagiografía: Vaticano
n.: 1825 - †: 1889 - país: Italia
otras formas del nombre: Maria Scrilli
canonización: B: Benedicto XVI 8 oct 2006
hagiografía: Vaticano
Elogio: En Florencia,
Italia, beata María Teresa de Jesús (Maria Scrilli), virgen, fundadora de la
congregación de Hermanas de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
Fragmentos
de la homilía del card. Mons. José Saraiva Martins, prefecto de la Sagrada
Congregación para las Causas de los Santos, en la misa de beatificación de la
nueva beata, el 8 de octubre de 2006 en Fiésole. La homilía puede leerse completa
aquí. En este dossier carmelita pueden
encontrarse datos de interés sobre la beata.
Hoy, en
el sugestivo marco de este anfiteatro romano, celebramos la misa de
beatificación de la madre María Teresa Scrilli. Por consiguiente, se reconoce
oficialmente, por mandato del Santo Padre Benedicto XVI, la ejemplaridad de las
virtudes heroicas de una mujer de esta tierra de Toscana, que en una época de
grandes fermentos culturales supo dar un «sí» total al Señor. Fue Dios quien la
atrajo al desierto y habló a su corazón, para convertirla en su esposa para
siempre. Por tanto, la nueva beata, María Teresa Scrilli, fundadora del
instituto de las Religiosas de Nuestra Señora del Carmen, vivió una experiencia
de santidad.

Los
textos litúrgicos que acabamos de escuchar, en la primera lectura, tomada del
profeta Oseas, y en el pasaje del evangelio de san Mateo, subrayan esta
relación esponsal entre Dios y su pueblo, entre Dios y la Iglesia, entre Dios y
toda alma consagrada. [...] La santidad de la nueva beata maduró en una
espiritualidad esponsal. Precisamente el oráculo de Oseas, que acabamos de
escuchar en la primera lectura, pone de relieve esta dimensión. En efecto, el
profeta quiere subrayar, en la vida del creyente, la experiencia del
redescubrimiento, de la recuperación de una dimensión más viva, más
existencial, en la relación entre Dios e Israel, como relación de pertenencia
recíproca. La imagen matrimonial subraya también el aspecto personal e
interpersonal del diálogo entre Dios y su pueblo. El Señor renueva esta
relación con su pueblo «para siempre». [...] Para comprender mejor la dimensión
bíblica de la espiritualidad y de la santidad cristiana que vivió la nueva
beata, bastará volver a escuchar algunas frases de su Autobiografía: «Ya no me
consideraba dueña de mí, sino sólo guiada por aquel impulso que sentía en mi
corazón, procedente de mi dulcísimo Amor, que todo lo poseía. ¡Oh Esposo mío!,
decía yo, nadie me impedirá complacerte, nada me lo impedirá. Tú eres mucho más
fuerte: dígnate indicarme el camino» (Autobiografía, 45).
Otra
importante dimensión de la santidad cristiana es la dimensión cristocéntrica,
que consiste fundamentalmente en la identificación con Cristo, en la
configuración con él y, por tanto, en la conformidad con su voluntad. La nueva
beata comprendió y vivió a fondo también esta dimensión de la santidad. En
efecto, la configuración con el Señor y su total conformidad con su voluntad
constituye uno de los pilares de su intensa espiritualidad. En las primeras
Reglas y Constituciones de su instituto recordaba a sus compañeras: «No estamos
en esta tierra más que para cumplir la voluntad de Dios y llevar almas a él»
(Reglas y Constituciones 1845-1855, n. 7). En varias partes de su
Autobiografía, en las que nos revela los caminos misteriosos por donde la
llevaba el Espíritu, los espacios de inmensidad que engendraron celos y
alegrías, sufrimientos y abrazos amorosos, se aprecia más claramente este
deseo: «Me comparaba a mí misma, entregada a Dios, con el oro en manos de un
orfebre y con la cera en manos de quien la modela, dispuesta a tomar cualquier forma
que le agradara a él» (Autobiografía, 45).
Además
de estas frases, que se refieren a su juventud, antes de entrar en el convento
de carmelitas de Santa María Magdalena de Pazzi de Florencia, se pueden citar
otras afirmaciones hechas en un período de tribulación, después de la fundación
del Instituto, en las que decía: «Señor, por mí misma no puedo nada; y, aunque
pudiera, no quisiera nada, porque mi único deseo es que se haga tu voluntad en
mí, sobre mí, en torno a mí. Fiat voluntas tua. Si el Instituto debe proseguir
con mi contribución, ayúdame y fiat; si debo abandonarlo e ir a ti, con el
miedo de que deje de existir al morir yo, fiat; si quieres que siga viviendo y
que, atribulada e impotente, vea que se deshace lo que he construido y
obtenido, fiat. Sí, Dios mío, siempre repetiré: hágase tu voluntad. Fiat»
(Autobiografía, 90).
Uno de
los ejes de la espiritualidad de la beata madre Scrilli es la adhesión a Dios
en el camino de la cruz. Todos sus escritos expresan de un modo sencillo, pero
muy eficaz, esta convicción. Dice: «sufrir por amor». Y también: «En la
oración, considerando las grandes ofensas que se hacían a Dios, fue tanto mi
dolor, que le pedí con gran insistencia que me concediera sufrir, pues quería
convertirme en víctima para repararle a él» (Autobiografía, 61). Este amor al
sufrimiento y el deseo de reparar las ofensas que se hacían al Señor estaban
sostenidos por una continua meditación en la pasión de Cristo. [...] Estas
afirmaciones ponen de manifiesto que la madre Scrilli comprendía plenamente el
misterio de muerte y resurrección con el que el bautismo marca a todo creyente,
pero debe convertirse en programa de vida, itinerario de santidad, camino de
transformación interior, especialmente para quien quiere tender a la
perfección.
En la
economía divina, la fuerza revitalizadora del carisma de todo fundador o
fundadora está unida, de algún modo, a la vida propia del Instituto conservada
y desarrollada con su auténtica originalidad en su carisma específico. Para
responder a los anhelos de su tiempo, la madre Scrilli quiso dar a las jóvenes,
en especial a las más indigentes, una preparación humana completa desde el
punto de vista cultural, escolar y religioso, que respondiera a las necesidades
de su vida específica de mujeres, preparándolas para un trabajo digno. Desde
esta perspectiva, se puede comprender el carisma contemplativo-educativo que la
madre Scrilli vivió y transmitió a sus hijas. Les pidió que, además de los tres
votos acostumbrados -castidad, obediencia y pobreza-, hicieran un cuarto voto:
el de «ofrecerse para bien del prójimo por medio de la instrucción moral
cristiana y civil de las mujeres» (Reglas y Constituciones, 1854-1855, n. 1).
[...]
fuente: Vaticano
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relevante: ant 2012
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