Disparar
gratuitamente
Hay dos tipos de
deseos o de dependencias: el deseo de cuyo cumplimiento depende mi felicidad
y el deseo de cuyo cumplimiento no depende mi felicidad.
El primero es una
esclavitud, una cárcel, pues hago depender de su cumplimiento, o no, mi
felicidad o mi sufrimiento. El segundo deja abierta otra alternativa: si se
cumple me alegro y, si no, busco otras compensaciones. Este deseo te deja más
o menos satisfecho, pero no te lo juegas todo a una carta.
Pero existe una
tercera opción, hay otra manera de vivir los deseos: como estímulos para la
sorpresa, como un juego en el que lo que más importa no es ganar o perder, sino
jugar.
Hay un proverbio
oriental que dice: "Cuando el arquero dispara gratuitamente, tiene con él
toda su habilidad." Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce,
ya está algo nervioso. Cuando dispara para ganar una medalla de oro, se
vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues ya no
ve un blanco, sino dos. Su habilidad no ha cambiado pero el premio lo divide,
pues el deseo de ganar le quita la alegría y el disfrute de disparar. Quedan
apegadas allí, en su habilidad, las energías que necesitaría libres para
disparar. El deseo del triunfo y el resultado para conseguir el premio se han
convertido en enemigos que le roban la visión, la armonía y el goce.
El deseo marca
siempre una dependencia. Todos dependemos, en cierto sentido, de alguien (el
panadero, el lechero, el agricultor, etc., que son necesarios para nuestra
organización). Pero depender de otra persona para tu propia felicidad es,
además de nefasto para ti, un peligro, pues estás afirmando algo contrario a la
vida y a la realidad.
Por tanto, el tener
una dependencia de otra persona para estar alegre o triste es ir contra la
corriente de la realidad, pues la felicidad y la alegría no pueden venirme de
fuera, ya que están dentro de mí. Sólo yo puedo actualizar las potencias de
amor y felicidad que están dentro de mí y sólo lo que yo consiga expresar,
desde esa realidad mía, me puede hacer feliz, pues lo que me venga desde afuera
podrá estimularme más o menos, pero es incapaz de darme ni una pizca de
felicidad.
Dentro de mí suena
una melodía cuando llega mi amigo, y es mi melodía la que me hace feliz; y
cuando mi amigo se va me quedo lleno con su música, y no se agotan las
melodías, pues con cada persona suena otra melodía distinta que también me
hace feliz y enriquece mi armonía. Puedo tener una melodía o más, que me agraden
en particular, pero no me agarro a ellas, sino que me agradan cuando están
conmigo y cuando no están, pues no tengo la enfermedad de la nostalgia, sino
que estoy tan feliz que no añoro nada. La verdad es que yo no puedo echarte de
menos porque estoy lleno de ti. Si te echase de menos sería reconocer que al
marcharte te quedaste fuera. ¡Pobre de mí, si cada vez que una persona amada
se va, mi orquesta deja de sonar!
Cuando te quiero,
te quiero independiente de mí, y no enamorado de mí, sino enamorado de la
vida. No se puede caminar cuando se lleva a alguien agarrado. Se dice que
tenemos necesidades emocionales: ser querido, apreciado, pertenecer a otro, que
se nos desee. No es verdad. Esto, cuando se siente esa necesidad, es una
enfermedad que viene de la inseguridad afectiva.
Tanto la enfermedad,
necesidad de sentirme querido, como la medicina que se ansía, el amor recibido,
están basados en premisas falsas. Necesidades emocionales para conseguir la felicidad
en el exterior, no hay ninguna; puesto que tú eres el amor y la felicidad en
ti mismo. Sólo mostrando ese amor y gozándote en él vas a ser realmente feliz,
sin agarraderas ni deseos, puesto que tienes en ti todos los elementos para
ser feliz.
La respuesta de
amor del exterior agrada y estimula, pero no te da más felicidad de la que tú
dispones, pues tú eres toda la felicidad que seas capaz de desarrollar. Dios es
la Verdad, la Felicidad y la Realidad, y Él es la Fuente, dispuesta siempre
para llenarnos en la medida que, libremente, nos abramos a Él.
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