A JUAN PABLO II
(...) Sé del dolor que
le produjo su viaje a Nicaragua. Aún así me siento en el deber de confiarle la
impresión -que otros muchos comparten- de que sus asesores y la actitud de
usted mismo no contribuyeron para que ese viaje extremadamente crítico, y
necesario por otra parte, fuese más feliz y, sobre todo, más evangelizador. Se
abrió una herida en el corazón de muchos nicaragüenses y de muchos
latinoamericanos, así como usted se sintió herido en su corazón.
El año pasado estuve
en Nicaragua. Ha sido mi primera salida de Brasil después de diecisiete años de
permanencia en este país. Por la amistad que tengo, hace tiempo, con muchos
nicaragüenses, por contactos personales o por carta, sentí que debía hacerme
presente, como persona humana y como obispo de la Iglesia, en una hora de
agresión político-militar gravísima y de profundo sufrimiento interno.
No pretendo sustituir
al episcopado local, ni subestimarlo. Creí sin embargo que podía y hasta debía
ayudar a aquel pueblo y a aquella Iglesia. Así se lo comuniqué por escrito a
los obispos de Nicaragua, tan pronto como llegué. Intenté conversar
personalmente con algunos de ellos, pero no fui recibido. La jerarquía
nicaragüense está abiertamente de un lado; al otro lado hay millares de
cristianos, a los que también se debe la Iglesia.
Pienso sinceramente
que nuestra Iglesia -yo me siento Iglesia de Nicaragua también, como cristiano
y como obispo de la Iglesia- no está dando oficialmente en aquel sufrido país,
y con repercusiones negativas para toda América Central, el Caribe y para toda América
Latina, el testimonio que debería dar: condenando la agresión, propugnando la
autodeterminación de aquellos pueblos, consolando a las madres de los caídos y
celebrando, en la Esperanza, la muerte violenta de tantos hermanos, católicos
en su mayor parte.
¿Sólo con el
Socialismo o con el Sandinismo no puede dialogar la Iglesia, críticamente, sí,
como críticamente debe dialogar con la realidad humana? ¿Podrá la Iglesia dejar
de dialogar con la Historia? Dialogó con el Imperio Romano, con el feudalismo,
y dialoga, a gusto, con la burguesía y con el capitalismo, muchas veces
acríticamente, según ha tenido que reconocer una posterior evaluación
histórica. ¿No dialoga con la Administración Reagan? ¿El Imperio norteamericano
merece más consideración de la Iglesia que el proceso doloroso con que la
pequeña Nicaragua pretende ser ella, por fin, arriesgando y hasta
equivocándose, pero siendo ella?
El peligro del
comunismo no justificará nuestra omisión o nuestra connivencia con el
capitalismo. Esa omisión o connivencia podrán "justificar"
dramáticamente, un día, la revuelta, la indiferencia religiosa o hasta el
ateísmo de muchos, sobre todo entre los militantes y en las nuevas
generaciones. La credibilidad de la Iglesia -y del Evangelio y del propio Dios
y Padre de Nuestro Señor Jesucristo- depende, en gran parte, de nuestro
ministerio, crítico, sí, pero comprometido con la Causa de los pobres y con los
procesos de la liberación de los pueblos secularmente dominados por los
sucesivos imperios y oligarquías.
Usted, como polaco,
está en condiciones muy personales de entender dichos procesos. Su Polonia
natal, tan sufrida y fuerte, hermano Juan Pablo, tantas veces invadida y
ocupada, privada de su autonomía y amenazada en su fe por imperios vecinos
(Prusia, Alemania nazi, Rusia, Imperio Austro-húngaro) es hermana gemela de
América Central y del Caribe, tantas veces ocupados por el Imperio del Norte.
Estados Unidos invadió Nicaragua en 1898 y después volvió a ocuparla con sus
marines de 1909 a 1933, dejando a continuación una dictadura que duró hasta
1979. Haití estuvo bajo ocupación de 1915 a 1934. Puerto Rico continúa ocupado
hoy día, desde 1902. Cuba sufrió varias veces invasiones y ocupaciones, así
como los demás países de la región, especialmente Panamá, Honduras y la
República Dominicana. Más recientemente Granada sufrió la misma suerte. El
propio Estados Unidos exporta para estos países sus sectas, que dividen
internamente el pueblo y amenaza la fe católica y la fe de otras Iglesias
evangélicas allí establecidas.
Sé también de sus
preocupaciones apostólicas respecto de nuestra Teología de la Liberación, de
las Comunidades cristianas en los medios populares, de nuestros teólogos, de
nuestros encuentros, publicaciones y otras manifestaciones de vitalidad de la
Iglesia en América Latina, de otras Iglesias del Tercer Mundo y de algunos
sectores de la Iglesia en Europa y en América del Norte. Sería ignorar su
misión de Pastor universal el pretender que usted no se interesase e incluso se
preocupase con todo este movimiento eclesial, máxime cuando América Latina,
concretamente, representa casi la mitad de los miembros de la Iglesia Católica.
De todas formas, una
vez más le pido disculpas para expresarle una palabra sentida respecto al modo
como están siendo tratadas por la Curia Romana, nuestra Teología de la
Liberación y sus teólogos, ciertas instituciones eclesiásticas -como la propia
conferencia nacional de los obispos brasileños en determinadas ocasiones-
iniciativas de nuestras Iglesias y algunas sufridas comunidades de este
Continente, así como sus animadores.
Delante de Dios puedo
darle el testimonio de los agentes de pastoral y de las comunidades con que
establecí contacto en Nicaragua. Nunca han pretendido ser Iglesia
"paralela". No ignoran a la Jerarquía en sus legítimas funciones, y
tienen conciencia de que son Iglesia, manifestando una sincera voluntad de
permanecer en ella. ¿Por qué no pensar que algunas causas de este tipo de
conflictos en la pastoral pueden provenir de la jerarquía también? Nosotros,
con frecuencia, los miembros de la jerarquía, no reconocemos de hecho a los
laicos como adultos y corresponsables en la Iglesia, o queremos imponer
ideologías y estilos personales, exigiendo uniformidad o atrincherándonos en el
centralismo.(...)
Quiero, finalmente, reafirmarle,
querido hermano en Cristo, y Papa, la seguridad de mi comunión y la voluntad
sincera de proseguir con la Iglesia de Jesús, en el servicio al Reino... Quiero
ayudar, responsable y colegialmente, a llevar adelante la misión evangelizadora
de la Iglesia, particularmente aquí en Brasil y en América Latina. Porque creo
en la perenne actualidad del Evangelio y en la presencia siempre liberadora del
Señor Resucitado, quiero creer también en la juventud de su Iglesia...
Confío en su oración
de hermano y de Pontífice. Dejo en las manos de María, Madre de Jesús, el
desafío de esta hora. Le reitero a usted mi comunión de hermano en Jesucristo
y, con usted, reafirmo mi condición de servidor de la iglesia de Jesús.
Con su bendición
apostólica.
Pedro Casaldáliga
obispo de São Félix do
Araguaia.
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