Beato José María Cassant | |
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Pedro José nació el 6 de marzo de 1878 en Casseneuil-sur-Lot, Francia. Era el segundo vástago de una familia de agricultores bien avenidos. La naturaleza no fue pródiga con él y quizá por eso pasaba desapercibido en todos los órdenes. Tanto en el aspecto físico como en el intelectual y social no se podían atisbar en su persona esos dones que resultan atractivos a los demás, y que pueden convertirse también en instrumento apostólico: simpatía, don de gentes, inteligencia, etc. Pero lo que la vida le hurtó estaba compensado espiritualmente por su gran sensibilidad. Y la atracción que experimentaba hacia todo elemento religioso hizo de él un excelso modelo en su forma de perseguir la perfección. Tenía mucho camino recorrido para ello: sencillez, humildad, abnegación, amabilidad… Una de sus dificultades era la falta de memoria. Además, se apreciaban en él inseguridades personales, dudas y tendencia al desánimo. Lidió con ellas, lo hizo con fuerza. Cursó estudios con los Hermanos de la Salle en su localidad natal y poco a poco se afianzó su llamada al sacerdocio, esa que introdujo en sus juegos infantiles ensayando cómo decir misa en los altares que construía. Hubo dos personas fundamentalmente que le ayudaron y le sostuvieron en su peregrinar. Una de ellas fue el párroco P. Filhol quien, al igual que los salesianos, se había percatado de que era propenso a la oración, de su tendencia al silencio, su fervor por la Eucaristía y el amor a María y a la liturgia, entre otros signos de piedad que le caracterizaron. Consciente de las dificultades que su escasa retentiva le creaba, a pesar del esfuerzo que el beato puso por avanzar en los estudios, el sacerdote le prestó asistencia a través de un vicario. Pero era insuficiente para que las puertas del seminario se le abrieran al muchacho. Por eso le habló de la Trapa; estaba seguro de que era idónea para alguien de su peculiaridad. Con 16 años, acompañado por él, Pedro José ingresó en la abadía cisterciense de Santa María del Desierto, de Toulouse. El maestro de novicios P. André Mallet percibió ese mismo día que se hallaba ante una persona especial, limpia, sincera e inocente, que verdaderamente buscaba a Dios. Trazando la señal de la cruz sobre su frente, le dijo: «¡Confía! Yo te ayudaré a amar a Jesús».
En 1895 tomó el hábito y el nombre de José María. Y en 1900 emitió los votos perpetuos. Humilde, gozoso en su nueva vida, se esforzaba por cumplir la regla con espíritu de mansedumbre, y encomiable obediencia. La formación seguía constituyendo para él una dolorosa espina. Junto a ella completaban espeso ramillete otros íntimos dardos cargados con malévola insidia para desestabilizar su vida espiritual. Tímido y sintiéndose incapaz, veía la supremacía intelectual de sus hermanos, constataba sus virtudes y se sentía corroído por la envidia y los celos. Esos complejos, que habían hecho de él una persona muy susceptible, le producían grandes sufrimientos por cuestiones a veces nimias surgidas en lo cotidiano a las que daba enorme relevancia. Otros lastres insalvables como su mal oído y su atiplada voz, que le impedían entonar debidamente los cánticos, acentuaban su baja autoestima. Le costaba gran esfuerzo sostener un silencio interior: «Cuando no tengo libro si mantengo los ojos abiertos me distraigo, si los cierro me duermo». Se sentía perturbado mentalmente en aspectos relativos a la castidad y luchaba diciéndose: «Sustituir los malos pensamientos por el amor de Jesús», repitiendo una y otra vez en medio de su lucha esta jaculatoria «Todo por Jesús, todo por María». El P. Mallet le ayudó a combatir sus escrúpulos, le acompañó y le animó, enseñándole a liberarse por amor a Cristo de tantas ataduras que brotaban de lo más íntimo de su ser. Con su confianza, superando el prejuicio del profesor de teología, y por encima de sus problemas de salud, logró concluir los estudios y fue ordenado sacerdote en 1902. Pero ya no viviría mucho tiempo. Siempre fue frágil, y sus dolores de pecho, de los que nada dijo llevado de su humildad, ese mismo año revelaron su origen: la tuberculosis. Quedaba claro por qué no había podido inclinarse por completo ante el Santísimo, hecho por el que fue corregido repetidamente. No se justificó ante el superior; sabía que excusarse es impropio de la vida santa. Si alguien debió haber estado al tanto de su salud, no lo hizo por las razones que fuesen, con lo cual no pudo ser atendido convenientemente. Oficiada la primera misa, fue enviado con su familia; pensaron en su recuperación. Pero los cercanos dos meses que estuvo junto a ella no sirvieron de nada. Regresó con sus hermanos religiosos y se preparó para su entrada en el cielo. «Cuando ya no pueda celebrar la Santa Misa –confió al P. Mallet–, el Corazón de Jesús podrá retirarme de este mundo, pues ya no tendré apego por la tierra». Unió a la Pasión redentora de Cristo los intensos sufrimientos causados por su enfermedad en la última etapa de su vida. Murió el 17 de junio de 1903 mientras el P. Mallet oficiaba la misa pidiendo por él. Juan Pablo II lo beatificó el 3 de octubre de 2004.
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Beato José María Cassant | |
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Beato José María Cassant, religioso presbítero
En Toulouse, Francia, beato José María Cassant, monje trapense y presbítero.
Joseph-Marie Cassant nació el 6 de marzo de 1878 en Casseneuil, en el Lot-et-Garonne (diócesis de Agen, Francia) en una familia de agricultores que ya contaba con un hijo varón de nueve años. Estudió en el internado de los hermanos de San Juan Bautista de la Salle de Casseneuil, donde tuvo dificultades debido a su falta de memoria. Tanto en su casa como en el internado recibió una sólida formación cristiana y, poco a poco, creció en él el deseo profundo de ser sacerdote. Su párroco, D. Filhol, le apreciaba mucho y le ayudó en sus estudios por medio de un vicario, pero su poca memoria siguió siendo un obstáculo para su ingreso en el seminario menor. Mientras tanto, el adolescente fue introduciéndose en el silencio, el recogimiento y la oración. El párroco Filhol le sugirió que se dirigiera a la Trapa: el joven de 16 años aceptó sin dudarlo. Tras un tiempo de prueba en la casa parroquial, Joseph entró en la abadía cisterciense de Santa María del Desierto (diócesis de Toulouse, Francia) el 5 de diciembre de 1894.
En ese momento el maestro de novicios era el padre André Malet. Él sabia captar las necesidades de las almas y responder a ellas con humanidad. Desde el primer encuentro manifestó su benevolencia: «!Confía! yo te ayudaré a amar a Jesús». Los hermanos del monasterio no tardaron en mostrar aprecio por el recién llegado: Joseph no era ni discutidor ni gruñón, sino que siempre estaba contento y sonriente.
Contemplando frecuentemente a Jesús en su pasión y en la cruz, el joven monje se impregnó del amor a Cristo. El «camino del Corazón de Jesús», que le enseñó el padre André, es una llamada incesante a vivir el instante presente con paciencia, esperanza y amor. El Hermano Joseph-Marie es consciente de sus lagunas y su debilidad. Pero se fía cada vez más de Jesús que es su fuerza. No le gustan las medias tintas. Quiere darse totalmente a Cristo. Su divisa lo atestigua: «Todo por Jesús, todo por María». Fue admitido a pronunciar sus votos definitivos el 24 de mayo del 1900, en la fiesta de la Ascensión.
A partir de entonces comenzó su preparación al sacerdocio. El Hermano Joseph-Marie lo deseaba sobre todo en función de la Eucaristía. Ésta es para él la realidad presente y viviente de Jesús: el Salvador entregado totalmente a los hombres, cuyo corazón traspasado en la cruz, acoge con ternura a los que acuden a Él con confianza. Los cursos de teología que le dio un hermano poco comprensivo causaron afrentas muy dolorosas en la viva sensibilidad del joven monje. En todas las contradicciones él se apoya en Cristo presente en la Eucaristía, «la única felicidad en la tierra», y confía su sufrimiento al padre André que lo ilumina y reconforta. Finalmente, habiendo aprobado los exámenes, tiene la inmensa alegría de recibir la ordenación sacerdotal el 12 de octubre de 1902.
Pronto constatan que está afectado de tuberculosis. El mal está muy avanzado. El joven sacerdote no revela sus sufrimientos hasta el momento en que no puede ocultarlos más: ¿por qué quejarse cuando se medita frecuentemente el Vía Crucis del Salvador? A pesar de su estancia de siete semanas con su familia, a petición del Padre Abad, sus fuerzas declinan cada vez más. A su regreso al monasterio, lo mandan a la enfermería donde tuvo una nueva ocasión de ofrecer, por Cristo y la Iglesia, sus sufrimientos físicos cada vez más intolerables, agravados por las negligencias de su enfermero. Más que nunca, el Padre André le escucha, le aconseja y le sostiene. Joseph-Marie dijo: «Cuando no pueda celebrar más la Misa, Jesús podrá retirarme de este mundo». El 17 de Junio de 1903, por la mañana, tras comulgar, el Padre Joseph-Marie alcanzó para siempre a Cristo Jesús. Fue beatificado por SS Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004.
fuente: Vaticano
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Profeta Elías | |
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Queridos hermanos y hermanas,
en la historia religiosa del antiguo Israel, tuvieron gran relevancia los profetas con sus enseñanzas y su predicación. Entre ellos surge la figura de Elías, suscitado por Dios para llevar al pueblo a la conversión. Su nombre significa “el Señor es mi Dios” y de acuerdo con este nombre se desarrolla toda su vida, consagrada totalmente a provocar en el pueblo el reconocimiento del Señor como único Dios. De Elías el Eclesiástico dice”Después surgió como un fuego el profeta Elías, su palabra quemaba como una antorcha” (Eclo 48,1). Con esta llama Israel vuelve a encontrar su camino hacia Dios. En su ministerio, Elías reza: invoca al Señor para que devuelva a la vida al hijo de una viuda que le había hospedado (cfr 1Re 17,17-24), grita a Dios su cansancio y su angustia mientras huye por el desierto, buscado a muerte por la reina Jezabel (cfr 1Re 19,1-4), pero se sobre todo en el monte Carmelo donde se muestra todo su poder de intercesor, cuando ante todo Israel, reza al Señor para que se manifieste y convierta el corazón del pueblo. Es el episodio narrado en el capítulo 18 delPrimer Libro de los Reyes, en el que hoy nos detendremos.
Nos encontramos en el reino del Norte, en el siglo IX antes de Cristo, en tiempos del rey Ajab, en un momento en el que Israel se había creado una situación de abierto sincretismo. Junto al Señor, el pueblo adoraba a Baal, el ídolo tranquilizador del que se creía que venía el don de la lluvia, y al que por ello se atribuía el poder de dar fertilidad a los campos y vida a los hombres y a las bestias. Aún pretendiendo seguir al Señor, Dios invisible y misterioso, el pueblo buscaba seguridad también en un dios comprensible y previsible, del que creía poder obtener fecundidad y prosperidad a cambio de sacrificios. Israel estaba cediendo a la seducción de la idolatría, la continua tentación del creyente, figurándose poder “servir a dos señores” (cfr Mt 6,24; Lc 16,13), y de facilitar los caminos inescrutables de la fe en el Omnipotente poniendo su confianza también en un dios impotente hecho por hombres.
Precisamente para desenmascarar la necedad engañosa de esta actitud, Elías hace reunir al pueblo de Israel en el monte Carmelo y le pone ante la necesidad de hacer una elección: “Si el Señor es Dios, seguidle; si es Baal, seguidle a él”(1Re 18, 21). Y el profeta, portador del amor de Dios, no deja sola a su gente ante esta elección, sino que la ayuda indicando el signo que revelará la verdad: tanto él como los profetas de Baal prepararán un sacrificio y rezarán, y el verdadero Dios se manifestará respondiendo con el fuego que consumirá la ofrenda. Comienza así la confrontación entre el profeta Elías y los seguidores de Baal, que en realidad es entre el Señor de Israel, Dios de salvación y de vida, y el ídolo mudo y sin consistencia, que no puede hacer nada, ni para bien ni para mal (cfr Jr 10,5). Y comienza también la confrontación entre dos formas completamente distintas de dirigirse a Dios y de rezar.
Los profetas de Baal, de hecho, gritan, se agitan, bailan, saltan, entran en un estado de exaltación llegando a hacerse incisiones en el cuerpo, “con espadas y lanzas, hasta estar cubiertos de sangre”(1Re 18,28). Hacen recurso a sí mismos para interpelar a su dios, confiando en sus propias capacidades para provocar su respuesta. Se revela así la realidad engañosa del ídolo: éste está pensado por el hombre como algo de lo que se puede disponer, que se puede gestionar con las propias fuerzas, al que se puede acceder a partir de sí mismos y de la propia fuerza vital. La adoración del ídolo, en lugar de abrir el corazón humano a la Alteridad, a una relación liberadora que permita salir del espacio estrecho del propio egoísmo para acceder a dimensiones de amor y de don mutuo, encierra a la persona en el círculo exclusivo y desesperante de la búsqueda de sí misma. Y el engaño es tal que, adorando al ídolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, en el tentativo ilusorio de someterlo a su propia voluntad. Por ello los profetas de Baal llegan hasta hacerse daño, a infligirse heridas en el cuerpo, en un gesto dramáticamente irónico: para obtener una respuesta, un signo de vida de su dios, se cubren de sangre, recubriéndose simbólicamente de muerte.
Muy distinta es la actitud de oración de Elías. Él pide al pueblo que se acerque, implicándolo así en su acción y en su súplica. El objetivo del desafío dirigido por él a los profetas de Baal era el de volver a llevar a Dios al pueblo que se había extraviado siguiendo a los ídolos; por eso quiere que Israel se una a él, convirtiéndose en partícipe y protagonista de su oración y de cuanto está sucediendo. Después el profeta erige un altar, utilizando, como recita el texto, “doce piedras, conforme al número de los hijos de Jacob, a quien el Señor había dirigido su palabra, diciéndole: Te llamarás Israel” (v. 31). Esas piedras representan a todo Israel y son la memoria tangible de la historia de elección, de predilección y de salvación de que el pueblo ha sido objeto. El gesto litúrgico de Elías tiene una repercusión decisiva; el altar es el lugar sagrado que indica la presencia del Señor, pero esas piedras que lo componen representan al pueblo, que ahora, por mediación del profeta, está puesto simbólicamente ante Dios, se convierte en "altar", lugar de ofrenda y de sacrificio.
Pero es necesario que el símbolo se convierta en realidad, que Israel reconozca al verdadero Dios y vuelva a encontrar su propia identidad de pueblo del Señor. Por ello Elías pide a Dios que se manifieste, y esas doce piedras que debían recordar a Israel su verdad sirven también para recordar al Señor su fidelidad, a la que el profeta apela en la oración. Las palabras de su invocación son densas en significado y en fe: “¡Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel! Que hoy se sepa que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya hice todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón” (vv. 36-37; cfr Gen 32, 36-37). Elías se dirige al Señor llamándole Dios de los Padres, haciendo así memoria implícita de las promesas divinas y de la historia de elección y de alianza que unió indisolublemente al Señor y a su pueblo. La implicación de Dios en la historia de los hombres es tal, que su Nombre está ya inseparablemente unido al de los Patriarcas, y el profeta pronuncia ese Nombre santo para que Dios recuerde y se muestre fiel, pero también para que Israel se sienta llamado por su nombre y vuelva a encontrar su fidelidad. El título divino pronunciado por Elías parece de hecho un poco sorprendente. En lugar de usar la fórmula habitual, “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, utiliza un apelativo menos común: “Dios de Abraham, de Isaac y de Israel”. La sustitución del nombre “Jacob” con “Israel” evoca la lucha de Jacob en el vado del Yaboq, con el cambio de nombre al que el narrador hace una referencia explícita (cfr Gen 32,31) y del que hablé en una de las catequesis pasadas. Esta sustitución adquiere un significado más dentro de la invocación de Elías. El profeta está rezando por el pueblo del reino del Norte, que se llamaba precisamente Israel, distinto de Judá, que indicaba el reino del Sur. Y ahora, este pueblo, que parece haber olvidado su propio origen y su propia relación privilegiada con el Señor, se siente llamar por su nombre mientras se pronuncia el Nombre de Dios, Dios del Patriarca y Dios del pueblo: “Señor, Dios […] de Israel, que se sepa hoy que tu eres Dios en Israel”.
El pueblo por el que reza Elías es puesto ante su propia verdad, y el profeta pide que también la verdad del Señor se manifieste y que Él intervenga para convertir a Israel, apartándolo del engaño de la idolatría y llevándolo así a la salvación. Su petición es que el pueblo finalmente sepa, conozca en plenitud quien es verdaderamente su Dios, y haga la elección decisiva de seguirle sólo a Él, el verdadero Dios. Porque sólo así Dios es reconocido por lo que es, Absoluto y Trascendente, sin la posibilidad de ponerle junto a otros dioses, que Le negarían como absoluto, relativizándole. Esta es la fe que hace de Israel el pueblo de Dios; es la fe proclamada en el bien conocido texto del Shema‘ Israel: “ Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt6,4-5). Al absoluto de Dios, el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas, su corazón. Y es precisamente para el corazón de su pueblo que el profeta con su oración está implorando conversión: “que este pueblo reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón” (1Re 18,37). Elías, con su intercesión, pide a Dios lo que Dios mismo desea hacer, manifestarse en toda su misericordia, fiel a su propia realidad de Señor de la vida que perdona, convierte, transforma.
Y esto es lo que sucede: “cayó el fuego del Señor: Abrasó el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y secó el agua de la zanja. Al ver esto, todo el pueblo cayó con el rostro en tierra y dijo: '¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!'” (vv. 38-39). El fuego este elemento a la vez necesario y terrible, ligado a las manifestaciones divinas de la zarza ardiente y del Sinaí, ahora sirve para mostrar el amor de Dios que responde a la oración y se revela a su pueblo. Baal, el dios mudo e impotente, no había respondido a las invocaciones de sus profetas; el Señor en cambio responde, y de forma irrevocable, no sólo quemando el holocausto, sino incluso secando toda el agua que había sido derramada en torno al altar. Israel ya no puede tener dudas; la misericordia divina ha salido al encuentro de su debilidad, de sus dudas, de su falta de fe. Ahora, Baal, el ídolo vano, está vencido, y el pueblo, que parecía perdido, ha encontrado el camino de la verdad y se ha reencontrado a sí mismo.
Queridos hermanos y hermanas, ¿qué nos dice a nosotros esta historia del pasado? ¿Cuál es el presente de esta historia? Ante todo está en cuestión la prioridad del primer mandamiento; adorar sólo a Dios. Donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud de idolatrías, como han mostrado, en nuestro tiempo, los regímenes totalitarios, y como muestran también diversas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ídolos, de idolatrías; le esclavizan. Segundo, el objetivo primario de la oración es la conversión: el fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos hace capaces de ver a Dios, y así, de vivir según Dios y de vivir para el otro. Y el tercer punto. Los Padres nos dicen que también esta historia de un profeta es profética, si – dicen – es sombra del futuro, del futuro Cristo; es un paso en el camino hacia Cristo. Y nos dicen que aquí vemos el verdadero fuego de Dios: el amor que guía al Señor hasta la cruz, hasta el don total de sí. La verdadera adoración de Dios, entonces, es darse a sí mismo a Dios y a los hombres, la verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma. Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad. Gracias.
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San Rainerio de Pisa | |
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San Rainerio, peregrino
En Pisa, en la Toscana, san Rainerio o Raniero, pobre y peregrino por Cristo.
Las reliquias del santo patrono principal de Pisa se hallan depositadas en la capilla de san Rainerio, en el extremo sur del cruce de la catedral. Entre los famosos frescos que adornan los muros del antiguo camposanto, hay ocho escenas de la vida y milagros del santo. Poco después de su muerte, escribió su biografía el canónigo Benincasa, un amigo personal que se consideraba su discípulo. Rainerio, descendiente de una acaudalada familia de Pisa, desperdició los primeros años de su juventud en frivolidades y disipaciones. Sin embargo, a través de la influencia de una tía o una prima suya, entró en relaciones con Alberto Leccapecore, un religioso del monasterio de San Vito, quien le hizo comprender el error en que vivía. Tan apasionado fue el arrepentimiento por su existencia de pecados, que se negaba a probar bocado y lloraba sin cesar, lo que divertía a sus antiguos amigos de juerga y angustiaba a sus padres, quienes llegaron a creer que se había vuelto loco. Al cabo de un período de tres días de continuo llanto, no brotaron más lágrimas de sus ojos: estaba ciego. Su madre estuvo al borde de la desesperación; pero Dios, que ya había iluminado el alma de Rainerio, le devolvió también la luz a sus ojos.
Poco tiempo después de aquel suceso, emprendió un viaje de negocios a Palestina y, al visitar los Santos Lugares y seguir los pasos de Nuestro Señor, se santificó su espíritu. Se hallaba en Tierra Santa cuando tuvo una extraña visión: se contempló a sí mismo, con la bolsa de cuero adornada con bordados y piedras finas en que guardaba el dinero; pero la bolsa no contenía monedas, sino trozos humeantes de pez y azufre que, de pronto, se encendieron; Rainerio no podía extinguir las llamas hasta que vertió sobre ellas un poco de agua de un vaso que, súbitamente, apareció en su mano. El significado de aquella visión lo explicó una voz misteriosa que decía: «La bolsa es tu cuerpo; el pez, el azufre y el fuego, son los deseos desordenados que sólo esa agua puede extinguir y limpiar». Rainerio había purgado hasta entonces, con su arrepentimiento y sus lágrimas, las culpas de su vida pasada, pero desde aquel momento, multiplicó sus penitencias y austeridades y, como un medio de mortificarse, emprendió el viaje de regreso a pie, descalzo y sin otro sustento que el de las limosnas. El cielo le premió al otorgarle el poder de obrar milagros. Se dice que en el camino al Monte Tabor domesticó a las fieras al hacer la señal de la cruz, y que multiplicó el pan que una buena mujer distribuía entre los pobres.
Al regresar a Pisa, permaneció algún tiempo con los canónigos de Santa María. A pesar de que nunca llegó a recibir las órdenes sacerdotales, decidió llevar la vida del claustro e ingresó primero en la abadía de San Andrés y luego en el monasterio de San Vito, donde murió en el año de 1160. Debido a que algunas veces predicó, se supuso que debió ser sacerdote, pero el hecho es muy dudoso y nunca ha llegado a comprobarse. Su gran reputación se debe principalmente a las muchas curaciones maravillosas que realizó durante su vida y después de su muerte. Debido a que acostumbraba salpicar con agua bendita a los enfermos que sanaba, se le dio el sobrenombre de «De Aqua». El cardenal Baronio inscribió a este santo en el Martirologio Romano.
La extensa biografía de Rainerio, complementada con la lista de los milagros que se le atribuyeron antes y después de su muerte, parece haber sido compuesta por un contemporáneo. Se la encontrará impresa en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV. La devoción popular por san Rainerio en Pisa se comprueba por el número muy considerable de libros sobre él que se editaron e imprimieron en esa ciudad. Véase a G. M. Sanminiatelli en Vita di S. Ranieri, publicada por primera vez en 1704 y seguida por otras ediciones; G. Sainati, Vita di S. Ranieri Scacceri (1890).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Pedro Da | |
San Pedro Da, mártir
En el lugar de Qua Linh, en Tonkín, san Pedro Da, mártir, el cual, de oficio carpintero y sacristán, tras ser sometido a muchos y crueles tormentos en tiempo del emperador Tu Duc, permaneció firme en la profesión de su fe, por lo que finalmente fue arrojado a las llama
Pedro Da era del mismo pueblo, Ngoc-Cuc, que los cinco mártires vietnamitas de ayer, y fue detenido con ellos el mes de diciembre de 1861. Pero no acompañó a sus correligionarios al mismo punto de destierro sino que se le envió a Quang-Linh y aquí fue encerrado en la cárcel. El no era un rico terrateniente como los otros cinco mártires, sino un modesto carpintero que, además, colaboraba con la Iglesia siendo el sacristán de la iglesita del pueblo. Luego de unos meses en la cárcel fue decapitado el 17 de junio de 1862. Lo canonizó el papa Juan Pablo II el 19 de junio de 1988.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
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San Hervé de Bretaña | |||
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San Herveo, eremita
En Bretaña Menor, san Herveo, eremita, que, según la tradición, ciego desde su nacimiento, cantaba con gozo las maravillas del paraíso.
Herveo es uno de los santos más populares en la Bretaña francesa, y figura ampliamente en las trovas y baladas del folklore local. En una época, su fiesta era de precepto en la diócesis de Léon [diócesis bretona]. Su culto, centrado al principio en Lanhouarneau, Le Menez-Bré y Porzay, se extendió mucho en el año 1002, gracias a una distribución de sus reliquias, y llegó a ser general en toda la región de Bretaña. Con la excepción del nombre de Yves, ningún otro apelativo se impone más que el de Hervé a los niños bretones en la pila bautismal. Los juramentos solemnes se hacían sobre las reliquias del santo hasta el año de 1610, cuando el Parlamento impuso la obligación de que los juramentos en declaraciones legales se hiciesen únicamente sobre los Evangelios. Desgraciadamente, por falta de informaciones concretas, es imposible reconstruir la verdadera historia de san Hervé. Su leyenda, tal como se relata en un antiguo manuscrito en latín, dice lo siguiente:
Durante los primeros años del reinado de Childeberto, llegó a la corte de París un bardo bretón llamado Hyvarnion, a quien los sajones habían expulsado de su país. Inmediatamente se conquistó el afecto y el favor de todos, por el encanto de sus trovas y de su música, pero los halagos del mundo no tenían atractivo para él. Después de pasar dos o tres años en la corte, se retiró a Bretaña, donde se casó con Rivanon, una muchacha del lugar. A su debido tiempo, tuvo un hijo que nació ciego y a quien se le puso el nombre de Hervé. La criatura, abandonada en su infancia por su padre, fue criada por su madre hasta cumplir los siete años, cuando lo confió al cuidado de un santo varón llamado Arthian. Este se hizo cargo de Hervé durante algún tiempo y lo dejó más tarde con un tío suyo que había fundado una escuelita monástica en la localidad de Plouvien, donde el chico ayudó a cuidar la granja y a los alumnos. Cierto día, mientras Hervé trabajaba en los campos, vino un lobo y devoró al asno que tiraba del arado; Hervé se puso inmediatamente en oración para pedir a Dios que remediara aquella desgracia y entonces el lobo, con toda mansedumbre, metió la cabeza bajo el yugo y comenzó a tirar del arado hasta terminar con el trabajo, en vez del asno que había devorado. Durante aquellos años, la madre de Hervé, la infortunada Rivanon, había vivido en el corazón de un espeso bosque, sin haber visto otro ser humano más que a su sobrina, quien la atendía y la acompañaba. Cuando Rivanon estaba en la agonía, Hervé emprendió la búsqueda de su madre y la encontró precisamente a tiempo para recibir su postrera bendición y cerrarle los ojos.
El tío de Hervé le confió el gobierno de la comunidad de Plouvien y el monasterio floreció extraordinariamente; pero al cabo de tres años, el superior se sintió inspirado a establecerlo en otra parte. Rodeado por sus monjes y novicios emprendió la marcha hacia Léon. Ahí recibió una cordial acogida por parte del obispo, quien hubiese ordenado sacerdote a Hervé, de no ser por la humildad del santo que le impedía aceptar cualquier ordenación mayor que la de exorcista [tercera de las antiguas «órdenes menores»]. La comitiva prosiguió su marcha desde Léon hacia el oeste, y todavía puede verse, junto al camino a Lesneven, la fuente que san Hervé hizo brotar para apagar la sed de sus compañeros. Todos llegaron por fin al lugar que hoy se conoce como Lanhouarneau, donde el santo fundó un monasterio que fue famoso durante todo el siglo. Aquella fue su casa durante el resto de su vida, a pesar de que, a veces, se alejaba de ahí para predicar al pueblo y ejercer su oficio de exorcista, en cuya calidad realizó la mayoría de sus maravillosos milagros. Cuando todos le veneraban por su santidad y sus poderes milagrosos, el abad ciego vivió retirado durante muchos años. A la hora de su muerte, los monjes que rodeaban el lecho oyeron una música celestial y las voces de un coro de ángeles que le daban la bienvenida al cielo.
A San Hervé se le representa, por lo general, junto al lobo y acompañado por Guiharan, un niño que le auxiliaba en las faenas del campo. Se invoca al santo para toda suerte de enfermedades de los ojos; al lobo de san Hervé lo utilizaban las madres bretonas para asustar a los niños traviesos.
La siguiente poesía, llamada «Cántico del Paraíso», se considera originaria de san Hervé, a lo que seguramente hace alusión el elogio del Martirologio Romano («cantaba con gozo las maravillas del paraíso»):
La llamada «Vida de san Hervé», que según el valioso juicio de A. de la Borderie, no pudo haber sido escrita antes del siglo XIII, fue publicada por primera vez en 1892, por el mismo de la Borderie, en sus Mémoires de la Soc. d'Emulatian des Cotes du Nord, vol. XXIX, pp. 251-304. Hay un relato en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV, fundado en el de Albert Le Grand.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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