Beato Plácido de Ocra | |||||||||||||
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Beato Plácido, abad
Cerca de Ocra, en los Abruzos, beato Plácido, abad, que primero eremita en una cueva, reunió después a numerosos discípulos suyos en el monasterio del Espíritu Santo.
Placido nació en Rodio, cerca de Amiterne, en los Abruzos. Sus padres eran agricultores y él les ayudó desde que fue capaz de trabajar. Muy piadoso, quería conocer los Salmos e instruirse en la religión, pero jamás supo leer. Así, cuando se encontraba con algunos estudiantes, los detenía y les preguntaba sobre lo que habían aprendido; después, durante sus labores, recordaba lo que le habían dicho y llegaba, por este método, a grabarlo en su memoria.
Sentía que su vocación no era la de cultivar la tierra, por lo que se escapó para emprender una peregrinación a Santiago de Compostela, en donde permaneció un año. A su regreso, cayó enfermo de tanta gravedad, que estuvo en cama largo tiempo sin poderse levantar, ni aun siquiera mover la cabeza sin ayuda. Como desconfiaba de las medicinas, no aceptó ninguna y no quiso tomar los baños, que en esa época eran siempre parte del tratamiento de todas las enfermedades. Sin embargo, sanó al cabo de cinco años y reinició sus peregrinajes. Fue a Roma para visitar las tumbas de los santos apóstoles; al monte Gargano, para orar a san Miguel y a los santuarios de numerosos mártires.
Bien pronto pensó que era mejor dejar el mundo y establecerse en algún sitio retirado. Sobre el monte Corno vivía un ermitaño al que se unió para imitarlo; le pidió un hábito monástico y se instaló en una celda, cerca de la cumbre. Este ensayo no tuvo éxito, y Plácido descendió al monasterio de San Nicolás, situado al pie del mismo monte. Allí pasó un año. Entró después al servicio de la iglesia del Santo Salvador. Una mujer se fijó en él y comenzó a importunarle a tal grado, que Plácido creyó no poder escapar al pecado sino por medio de la huida y se escondió en una caverna vecina. Al cabo de cinco meses, tuvo que huir de nuevo, hasta que encontró un escondite sobre una roca muy escarpada, cerca de la ciudad de Ocre. Allí permaneció doce años, pero no consiguió pasar completamente inadvertido. Las gentes de los alrededores que conocían su santidad y le atribuían milagros, querían verlo y trataban de llegar hasta su refugio, pero pocos podían lograrlo porque estaba en un lugar de difícil acceso. Un día, un sacerdote llamado Simeón se cayó a un precipicio y se mató. A fin de que no se repitieran tan infortunados accidentes entre las gentes que iban a visitarle, Plácido dejó su amada soledad y se instaló en una montaña arbolada.
Sus austeridades severísimas, ayunos frecuentes, abstinencia perpetua y maceraciones de todas clases, no impidieron que sus discípulos tratasen de imitarlo. Plácido los aceptaba y, con miras a darles un conveniente acomodo, recurrió al conde Bérard para que le permitiese ocupar una colina pedregosa y desierta que dominaba la ciudad de Ocre. La toma de posesión tuvo lugar en noviembre de 1222. Muy pronto, los monjes acondicionaron el terreno para establecer sus dominios, plantaron árboles y construyeron un monasterio al que pusieron bajo la invocación del Espíritu Santo.
A petición general, Plácido quedó a la cabeza de la comunidad, cargo que desempeñó muy bien. Cuando se sintió morir, quiso asegurar la continuidad de su fundación. Razonablemente, consideró que un monasterio aislado no podría sostenerse y sometió la abadía del Espíritu Santo del Valle de Ocre al monasterio cisterciense de Casa-Nova, en la diócesis de Penne que, debido a san Vicente y san Anastasio, estaba afiliado a los de Claraval. Murió en el curso de ese mismo año, el 12 de junio de 1248, asistido por el abad de Casa-Nova, a quien Plácido le había predicho la prosperidad de ambas casas. Los milagros que se realizaron después de su muerte, popularizaron su culto.
Su vida fue escrita por un monje de Casa-Nova, Pablo de Celano, Acta Sanctorum, junio, vol. II, p. 608-616.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beata Mercedes María de Jesús | |
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Beata Mercedes María de Jesús Molina, virgen y fundadora
En Riobamba, en la República del Ecuador, beata Mercedes María de Jesús Molina, virgen, que fundó una comunidad religiosa para atender y formar a niñas huérfanas y pobres, y para acoger a mujeres caídas, a fin de ayudarlas a renovar su vida de gracia.
Fragmento de la homilía pronunciada por SS Juan Pablo II en Guayaquil, el 1 de febrero de 1985, en la ceremonia de beatificación:
Una humilde hija de esta tierra, la Beata Mercedes de Jesús Molina, recibe hoy aquí, no lejos de su aldea natal de Baba, entonces cantón de Guayaquil, hoy provincia de Los Ríos, el reconocimiento de sus virtudes. En ella veneramos una cristiana ejemplar, una educadora y misionera, la primera fundadora de una congregación religiosa ecuatoriana que como un inmenso rosal, según el sueño y la inspiración de la Madre, se extiende ya por diversas naciones, perfumando con su apostolado la Iglesia en América Latina.
Y es una alegría para todo el pueblo cristiano del Ecuador que desde hoy pueda venerar, junto a la «azucena de Quito», Santa Mariana de Jesús, a la «rosa de Baba y Guayaquil», la Beata Mercedes de Jesús. Ellas son perfume de santidad y poderosa intercesión celestial, ejemplo y estímulo de una auténtica vida cristiana para todos los hijos de esta tierra.
Jesucristo, en el Evangelio de hoy, se dirige al Padre celestial con palabras singulares: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Matth. 11, 27). Y al mismo tiempo, el Hijo «bendice al Padre», «porque estas cosas ha revelado a los pequeños» (Ibíd. 11, 25).
La Madre Mercedes de Jesús ha recibido a manos llenas esta revelación. En ella estuvo aquel amor de la Sabiduría del que nos habla la primera lectura de la liturgia de hoy. Bien podría repetir con el autor del libro del Eclesiástico: «Me di a buscar abiertamente la sabiduría en mi oración, / a la puerta, delante del templo la pedí / y hasta mi último día la andaré buscando...» (Sir. 51, 13-14). «Desde mí juventud he seguido sus huellas... / Gracias a ella he hecho progresos, / a quien me dio sabiduría daré gloria» (Ibíd.. 51, 15-17). Mercedes Molina buscó la sabiduría desde su juventud. Los primeros dolores que trocaron su adolescencia en un encuentro profundo con Dios, fueron un primer rayo de la sabiduría divina. Puso en la balanza los placeres que ofrecía el mundo y la entrega que exigía el Evangelio. Y eligió con decisión a Cristo crucificado como Esposo de su alma. Sabiduría de Dios. Vivió primero consagrada a Dios en medio del mundo, bajo la guía de sacerdotes insignes y siguiendo las huellas de la entonces Beata Mariana de Jesús. De esta manera buscaba identificarse por la oración y la penitencia con Cristo crucificado, a quien había elegido por encima de cualquier otro amor humano.
Era la lenta preparación con la que se disponía a dar gloria a Aquel que le había dado la sabiduría.
Muy pronto podrá realizar el programa trazado en esas palabras del libro del Eclesiástico que hemos proclamado: la sabiduría hecha vida: «Pues decidí ponerla en práctica tuve celo por el bien y no quedaré confundido. Mi alma ha luchado por ella, ala práctica del bien ha estado atenta. Hacía ella enderecé mi alma y en la pureza la he encontrado» (Sir. 51, 18-20). Esta ardiente enamorada del Amor divino, de la Buena Noticia de la salvación y del mismo Verbo encarnado, desea compartir con los demás estos tesoros que el Padre «ha revelado a los pequeños»: «Acercaos a mí, ignorantes, / instalaos en la casa de instrucción. / ¿Por qué habéis de decir que estáis privados de ella, / cuando vuestras almas tienen tanta sed?» (Ibíd.. 51, 23-24). Siguiendo el camino del amor, muy pronto Mercedes Molina, que asumió el título «de Jesús» para indicar su exclusiva entrega a Cristo, empezó a realizar las obras de gloria para su Esposo. Primero como madre y maestra de huérfanas en Guayaquil; más tarde, siguiendo las huellas de su confesor, como intrépida y amorosa misionera entre los indios jíbaros de Gualaquiza; de nuevo como educadora y protectora de la niñez abandonada en Cuenca. Todo era una preparación providencial en la que se iba templando su carisma de fundadora que finalmente recibe la aprobación del Obispo de Riobamba el lunes de Pascua de 1873, cuando nace oficialmente la congregación de las Religiosas de Mariana de Jesús, las marianitas.
El Espíritu de la Sabiduría había acrisolado en el amor y en el dolor el carisma de una fecundidad espiritual transmitido a sus hijas con el ejemplo de la vida, con la atención directa de las primeras religiosas, cuidando personalmente el «rosal» de Cristo crucificado y de la Virgen María, Sede de la Sabiduría.
He aquí como se cumplen las palabras de Jesús en los corazones de los pequeños, de los que El nos habla en el Evangelio de hoy; son aquellos que abriéndose de par en par para acoger la Sabiduría divina, viven, como proclama el Apóstol en la Carta a los Corintios, «la fe, la esperanza y la caridad»... «Pero la mayor de todas ellas es la caridad» (1Cor. 13, 13). «Aunque conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque poseyera plenitud de fe como para trasladar montañas... si no tengo caridad nada me aprovecha» (Ibíd.. 13, 2). Con las palabras más bellas que jamás hayan sido pronunciadas, el Apóstol Pablo proclama las alabanzas del amor. Pues la santidad consiste en el amor. Esta fue en realidad la santidad de esta mujer de la costa ecuatoriana: vivir el amor de Jesús en el amor del prójimo. La mirada contemplativa de la Madre Mercedes había quedado fascinada por la pobreza del Niño de Belén, por el dolor del rostro paciente del Crucificado. Quiso ser sencilla y limpiamente amor para el dolor, según el lema recogido en los primeros apuntes biográficos: «Amor por tantos cuantos dolores en el mundo los hay»; encarnar en obras la caridad para todos aquellos que en la pobreza, el dolor, el abandono reflejaban el misterio del Niño pobre de Belén o del Cristo doliente del Calvario. Fue madre y educadora de huérfanas, misionera pobre y pacificadora entre los indios, fundadora de una familia religiosa. A sus hijas legó su mismo espíritu, que condensa la santidad en un amor apostólico hacia los más pobres, despreciados, abandonados. Fue su misión «anunciar la salvación a los pobres sin amparo y sin apoyo», enjugar las lágrimas de los corazones arrepentidos, clamar por la liberación de los que sufren prisión o condena, consolar a todos los afligidos. Amor sin fronteras, capaz de llevar ayuda y consuelo, como la Madre resumió en sus constituciones, «a cuantos corazones afligidos en el mundo los hay».
fuente: Vaticano
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Beata María Cándida | |
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Beata María Cándida de la Eucaristía Barba, virgen
En Ragusa, ciudad de Sicilia, en Italia, beata María Cándida de la Eucaristía Barba, virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas, que dio testimonio de una perfecta observancia de la vida consagrada y de la regla, y procuró con empeño la edificación de nuevos monasterios.
María Barba nació el 16 de enero de 1884 en Catanzaro (Italia), a donde la familia, oriunda de Palermo, se había trasladado momentáneamente por motivos de trabajo del padre, Pedro Barba, consejero del Tribunal Superior. Cuando la niña tenía dos años la familia regresó a la capital siciliana y allí vivió María Barba su juventud, en el seno de una familia profundamente creyente, pero que se opuso obstinadamente a su vocación religiosa, experimentada desde los quince años de edad. María, en efecto, tuvo que luchar casi veinte años hasta ver realizada su aspiración, demostrando, durante esos años de espera y de sufrimiento interior, una sorprendente fortaleza de ánimo y una fidelidad poco común a la inspiración inicial. En esta batalla, que se prolongó hasta su entrada en el Carmelo teresiano de Ragusa el 25 de septiembre de 1919, María Barba fue sostenida por una especialísima devoción al misterio eucarístico: en la Eucaristía veía ella el misterio de la presencia sacramental de Dios en el mundo, la muestra concreta de su amor infinito a los hombres, el motivo de nuestra plena confianza en sus promesas.
En ella, el amor a la Eucaristía se manifiesta desde la más tierna infancia: «Cuando era pequeñita -cuenta- y todavía no se me había dado Jesús, esperaba a mi madre, cuando volvía de la Santa Comunión, casi en el umbral de casa, y, de puntillas para llegar hasta ella, le decía: '¡A mí también el Señor!'. Mi madre se inclinaba con afecto y alentaba sobre mis labios; yo la dejaba en seguida y, cruzando y apretando las manos sobre el pecho, llena de alegría y de fe, repetía saltando: '¡Yo también tengo al Señor! ¡yo también tengo al Señor!'». Son señales de una vocación y de una llamada de Dios, cuya iniciativa comienza a preparar un regalo extraordinario para la Iglesia.
Desde que, a los 10 años, fue admitida a la Primera Comunión, su mayor alegría era poder comulgar. Desde entonces, privarse de la Santa Comunión, era para ella «una cruz y un tormento bien grande». En efecto, tras la muerte de su madre en 1914, no podía acercarse a la Comunión sino raramente, por no reñir con sus hermanos que no le permitían salir sola de casa.
Entrada en el Carmelo, donde tomó el nombre de María Cándida de la Eucaristía, quiso «acompañar a Jesús, en su condición de Eucaristía, lo más que pudiese». Prolongaba sus horas de adoración, y, sobre todo, la hora de las 23 a las 24 de cada jueves, la pasaba ante el Tabernáculo. La Eucaristía polarizaba verdaderamente toda su vida espiritual, no tanto por las manifestaciones devocionales, cuanto por la incidencia vital en la relación entre su alma y Dios. De la Eucaristía sacó fuerzas María Cándida para consagrarse a Dios como víctima el 1 de noviembre de 1927.
María Cándida desarrolló plenamente lo que ella misma define como su «vocación a la Eucaristía» ayudada por la espiritualidad carmelitana, a la que se había acercado a través de la lectura de la Historia de un alma de santa Teresita. Son bien conocidas las páginas en que santa Teresa de Jesús describe su especialísima devoción a la Eucaristía y cómo, en la Eucaristía, experimentó la santa Fundadora el misterio fecundo de la Humanidad de Cristo.
Elegida priora del monasterio en 1924, lo fue, salvo una breve interrupción, hasta 1947, infundiendo en su comunidad un profundo amor a las Constituciones de santa Teresa de Jesús y contribuyendo de forma directa a la expansión del Carmelo teresiano en Sicilia, fundación de Siracusa, y al retorno de la rama masculina de la Orden.
A partir de la solemnidad del Corpus Domini de 1933, año santo de la Redención, María Cándida comienza a escribir lo que podríamos definir como su pequeña obra maestra de espiritualidad eucarística, La Eucaristía, «verdadera joya de espiritualidad eucarística vivida». Se trata de una larga, intensa meditación sobre la Eucaristía, siempre tensa entre el recuerdo de la experiencia personal y la profundización teológica de esa misma experiencia. En la Eucaristía ve sintetizadas todas las dimensiones de la experiencia cristiana.
En la Eucaristía, la Madre Cándida, entonces priora de su comunidad, descubre también el sentido profundo de los tres votos religiosos, que en una vida intensamente eucarística hallan, no sólo su plena expresión, sino también un ejercicio concreto de vida, una especie de profunda ascesis y de progresiva conformación al único modelo de toda consagración, Jesucristo muerto y resucitado por nosotros: «¿Qué himno no debería entonarse a la obediencia de nuestro Dios Sacramentado? Y ¿qué es la obediencia de Jesús en Nazareth, comparada con su obediencia en el Sacramento desde hace veinte siglos?». «Después de instruirme sobre la obediencia, cuánto me hablas, cuánto me instruyes en la pobreza, oh blanca Hostia! Quién más despojada, más pobre que Tú...No tienes nada, no pides nada!... Divino Jesús, haz que las almas religiosas estén sedientas de desprendimiento y de pobreza sincera!».«Si me hablas de obediencia y de pobreza..., qué fascinación de pureza no suscitas Tú con solo mirarte! Señor, si tu descanso lo encuentras en las almas puras, ¿qué alma, tratando contigo, no se hará tal?». De ahí el propósito: «Quiero permanecer junto a Ti por pureza y amor».
Pero es sin duda la Virgen María el verdadero modelo de vida eucarística, Ella que llevó en su seno al Hijo de Dios y que continuamente lo engendra en el corazón de sus discípulos: «Quisiera ser como María -escribe María Cándida en una de las páginas más intensas y profundas de La Eucaristía-, ser María para Jesús, ocupar el puesto de su madre. En mis Comuniones, María la tengo siempre presente. De sus manos quiero recibir a Jesús, ella debe hacerme una sola cosa con Él. Yo no puedo separar a María de Jesús. Salve! Oh Cuerpo nacido de María!. Salve María, aurora de la Eucaristía!».
El Señor la llamó, después de algunos meses de agudos sufrimientos físicos, el 12 de junio de 1949, Solemnidad de la Santísima Trinidad. Fue beatificada por SS Juan Pablo II el 21 de marzo de 2004.
fuente: Vaticano
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Santa Alicia de La Chambre
Santa Alicia, virgen y reclusa
En el monasterio de La Chambre, cerca de Bruselas, en Brabante, santa Alicia o Aleide, virgen de la Orden Cisterciense, que a los veintidós años, habiendo enfermado de lepra, se vio obligada a vivir marginada, y hacia el final de su vida, perdida incluso la vista, ni un solo miembro de su cuerpo quedó sano, excepto su lengua para cantar las alabanzas de Dios.
He aquí la historia de una vida sin complicación alguna, escrita con un estilo muy sencillo que deja la impresión de absoluta sinceridad, por un contemporáneo, posiblemente un monje del Císter, confesor de la comunidad. Alicia era una niña frágil y encantadora, natural de Schaerbeek, villa cercana a Bruselas, que, por voluntad propia, desde la edad de siete años, quedó al cuidado de la comunidad de monjas del Císter, en un convento cercano llamado «Camera Sanctae Mariae», nombre éste que aún subsiste en el bosque de la Cambre, en las afueras de la ciudad. Entre las virtudes de la niña, destacaban la humildad, la mansedumbre y una decidida inclinación a la piedad. Se relatan algunos milagros sencillos realizados por ella, como el encendido espontáneo de una vela que se había apagado al caer.
Por otra parte, desde su ingreso al convento se entregó por entero a servir a sus hermanas en religión. Cuando era todavía muy joven contrajo la lepra y, para gran pena de toda la comunidad, tuvo que ser separada. Sin embargo, aquella fue una fuente de consuelo para Alicia, puesto que, según dijo ella misma con simplicidad, pudo refugiarse más completamente en los sufrimientos de Cristo. Su mayor felicidad era recibir diariamente la Sagrada Comunión. En estas ocasiones, no se le permitía recibirla en las dos especies como todas las demás religiosas, a causa del posible contagio si sus labios tocaban el cáliz. Aquello era motivo de gran contrariedad para Alicia, hasta que el mismo Señor le aseguró que no perdía nada con ello. «Donde está una parte -se le dijo- está el todo». El día de la fiesta de San Bernabé del año 1249, Alicia estuvo tan enferma, que recibió los Santos Óleos, pero en una visión se le reveló que permanecería en la tierra precisamente un año más. Continuó su existencia de siempre, aunque en medio de grandes sufrimientos: quedó completamente ciega y su cuerpo se cubrió de llagas. Ella ofrecía todos sus dolores por las ánimas del purgatorio y, a medida que se acercaba su fin, recibía cada vez con mayor frecuencia, el alivio de los éxtasis y las revelaciones. Precisamente un año más tarde, un viernes 10 de junio, estuvo tan enferma, que de nuevo le pusieron la extremaunción, pero recién al amanecer del día siguiente, la fiesta de San Bernabé, entregó su alma al Señor.
Acta Sanctorum, junio, vol. III. En 1907, el Papa Pío X autorizó oficialmente su culto. La orden del Císter celebra su fiesta lo mismo que la diócesis de Malinas, el 15 de junio.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI





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