Beata María Schininà | |
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Beata María Schininà, virgen
En Ragusa, ciudad de la región italiana de Sicilia, beata María Schininá, virgen, que escogió una vida sencilla y humilde, dedicada a curar enfermos, abandonados y pobres, e instituyó las Hermanas del Sagrado Corazón, para prestar ayuda a todo género de miseria.
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Beato Ignacio Maloyan

Beato Ignacio Maloyan, obispo y mártir
En la aldea de Kara-Kenpru, cerca de Diyarbakir, en Turquía, beato Ignacio Maloyan, obispo de Mardin, en Armenia, y mártir durante el genocidio de los cristianos perpetrado en aquella región por los perseguidores de la fe. Habiendo rehusado abrazar ninguna otra religión, tras consagrar el pan para la refección espiritual de sus compañeros de cautiverio, fue fusilado junto con un ingente número de cristianos, derramando su sangre para la obtención del fruto de la paz eterna.
En 1914 la Iglesia armenia en Turquía vive días drmáticos y gloriosos: la entrada en guerra de Turquía a lado de Alemania y Austria contra Rusia, Francia e Inglaterra, ha determinado el enrolamiento militar de todos los hombres válidos. Sólo los armenios se muestran renuentes y se ocultan, y los nacionalistas islámicos los acusan de connivencia con Rusia.
El obispo Ignacio Maloyan no gusta de la política, e incluso es contrario a cualquier componenda entre la fe cristiana y la política de los insurrectos, y siempre se había comportado como súbdito fiel del Imperio Otomano; tanto que incluso el Sultán le había conferido dos altos reconocimientos honoríficos. De hecho, sin embargo, el gobierno mismo está sobrepasado por la policía local, que comandaba un grupo integrista islámico llamado «Jóvenes turcos», que ya habían decidido el exterminio de los armenios. El joven obispo, lúcido, racional, es el primero en darse cuenta, con larga anticipación, de la situación que se está preparando, y del peligro que corren sus cristianos. Pierde su propio sueño, pero no deja transparentar su preocupación; no quiere alarmar a sus presbíteros y fieles, pero los prepara recomendando «fortaleced vuestra fe, fundada sobre la roca de Pedro».
El 30 de abril de 1915 la policía irrumpe en el episcopado: revisa, destruye, secuestra documentos. Contra el obispo se fragua la acusación de recibir armas, y se busca material que pueda comprometerlo. El obispo Ignacio rompe así con el montaje: realiza un llamamiento urgente a su pueblo a mantener la fe fuerte en medio de la persecución, y difunde su testamento espiritual, que es una profesión de fe en la Iglesia de Roma y un acto de lealtad al gobierno legalmente constituido. Lo arrestan el 3 de junio, fiesta del Corpus, y lo confinan en una celda con 662 laicos y unos quince sacerdotes. Su iglesia es destrozada, los altares destruidos, las tumbas de obispos abiertas, pero no se encuentra nada que pueda justificar la condena a muerte ya decretada. Por tres veces, a él y a otros, se les demanda que abandonen la fe y abracen el Islam, con la promesa de la libertad inmediata, pero la respuesta de Ignacio es firme y llena de coraje: «No importa que me cortéis en pedazos, no renegaré de la religión».
En la noche del 9 de junio ocurre en la celda un conmovedor encuentro con su anciana madre, recibe luego la absolución de otro sacerdote encarcelado con él, y dos días después es preparado junto con otros 1600 cristianos para ser enviado a los trabajos forzados. Pero ninguno llegará a destino, porque en pequeños grupos serán asesinados todos. Al obispo Ignacio, después de la enésima oferta de conversión al Islam con oferta de liberación inmediata, le dan un golpe en la nuca que se pueda enmascarar como «embolia coronaria»: es el 11 de junio, fiesta del Sagrado Corazón, y él tiene apenas 46 años. El calvario de los armenios continuará, e incluso su madre y un hermano serán masacrados por su fe.
SS. Juan Pablo II ha reconocido como auténtico martirio la muerte del obispo Ignacio, y lo ha solemnemente beatificado el 7 de octubre de 2001.
fuente: Santi e Beati
Beata Hildegarda Burjan | |||||||||||||
Beata Hildegarda Burjan, fundadora
En Viena, Austria, beata Hildegarda Burjan, laica que, convertida del judaísmo a la fe de Cristo, desarrolló una amplia labor social, y fundó la Congregación de Hermanas de la Caridad Social.
Hildegarda Burjan nació en 1883 en Görlitz (Alemania) en una familia judía secularizada. Joven inquieta, sus estudios despertaron en ella la pregunta acerca de Dios, pero su búsqueda, aunque apasionada, se limitaba al plano intelectual. En 1907, poco después de casarse con un joven también de origen judío, Hildegarda sufrió una grave enfermedad. Su curación, cuando ya los médicos la habían desahuciado, precipitó la conversión. Al poco tiempo, a punto estuvo de morir por complicaciones en el embarazo, pero se negó a abortar. Su salud quedó debilitada, al revés que su espíritu, forjado en la prueba. Y decidió entregarse a Dios en el servicio a los demás.
Eran tiempos marcados por la encíclica social Rerum Novarum, de León XIII, e Hidelgarda se volcó en el trabajo con las trabajadoras a domicilio, sometidas a jornadas de 15 horas diarias con salarios de miseria. En 1912, fundó la Asociación de trabajadoras cristianas a domicilio. Agrupadas a modo de cooperativa, las mujeres conseguían mejores condiciones laborales, formación y protección en caso de embarazo o enfermedad. Pero, sobre todo, crecían en autoestima: «Con dinero y pequeñeces no se ayuda a una persona -explicó-. Se le debe volver a poner en pie y darle la convicción de ser alguien y poder hacer un servicio a los demás».
Tras la guerra, se dejó seducir por el Partido Socialcristiano, antecesor del actual Partido Popular de Austria. En el Parlamento promovió medidas de protección para madres y lactantes; impulsó la educación femenina y combatió la discriminación de la mujer. Gracias a sus planteamientos no ideologizados, supo forjar consensos. «El trabajo social significa superar las divisiones que surgen en la sociedad con amor cristiano y, con corazón compasivo, intentar tender puentes», decía.
En 1920, apenas dos años después, Hildegarda puso fin a su carrera política. La excusa fue su mala salud, pero el problema real era el antisemitismo, cada vez más extendido incluso dentro de su propio partido. Si calló sobre esto, fue para no dañar a amigos, especialmente a su mentor político, el sacerdote Ignaz Seipel, Canciller de la República entre 1922 y 1924, y 1926-1929. Pudo ahora centrarse en su gran proyecto: la fundación de una orden religiosa femenina volcada en el mundo de la exclusión social: Caritas socialis. «¿Es posible ser a la vez Marta y María? Seguro que sí, y éste es el gran ideal que queremos lograr», afirmó. «No perder de vista la presencia de Dios a causa de ninguna actividad con los hombres: ese debe ser nuestro objetivo».
Las Hermanas de la Caridad Social se dedicaron a ayudar a prostitutas, mujeres sin techo... En 1924, pusieron en funcionamiento un albergue para madres solteras, obra pionera, muy criticada por quienes pensaron que así se promovía la inmoralidad.
Burjan murió en 1933, con apenas 50 años. Su proceso de beatificación se inició en 1963. En 2011, se aprobó un milagro atribuido a su intercesión: una mujer, estéril tras varias operaciones, tuvo tres hijos, después de encomendarse a ella. El dmingo 29 de enero de 2012 fue beatificada en la catedral de San Esteban, de Viena. «Se puede ser santo y político», ha destacado el cardenal Schönborn; pero el arzobispo de Viena extrae de la beata otra lección no menos importante: «No necesitamos teorías, sino testigos».
"Espiritualidad crística", sin que mencione allí mismo la fuente. Una vida más detallada puede leerse en el folleto en línea que, en distintos idiomas, incluido el español, pone en línea la congregación Caritas Socialis.
San Odulfo de Utrecht
San Odulfo, presbítero
En Utrecht, en la región de Gueldres, en Lotaringia, san Odulfo, presbítero, que evangelizó al pueblo de Frisia.
Entre los misioneros que ayudaron a san Federico en la evangelización de Frieslandia, el que obtuvo mayores triunfos fue, sin duda, san Odulfo. Hasta la fecha se encuentran todavía iglesias dedicadas a él, en Bélgica y Países Bajos. Odulfo nació en Oorschot, en la región norte de Brabante; una vez ordenado sacerdote, se hizo cargo de la parroquia en su ciudad natal; pero al poco tiempo fue trasladado a Utrecht, donde atrajo la atención de san Federico, el obispo de la diócesis. Su elocuencia como predicador y su amplia cultura indujeron a Federico a enviarlo a la Frieslandia, cuyos habitantes sólo se hallaban parcialmente convertidos. Muchos años pasó san Odulfo en aquellas tierras y trabajó con muy buenos frutos. De acuerdo con las viejas crónicas, convertía a sus auditorios por medio de reiteradas instrucciones, prédicas, pláticas y admoniciones que condujeran a las gentes por el camino de la verdad, «hasta que aquellos mismos hombres que podían haberse comparado con lobos feroces, se transformaron, por virtud de la doctrina del bien, en mansos corderos». A pesar de que anduvo por todas las regiones de la Zanlandia, su centro de operaciones quedó establecido en Stavoren; ahí tenía una iglesia y fundó un monasterio. A pesar de las reiteradas invitaciones para que regresase a su país, perseveró en su tarea de misionero hasta una edad muy avanzada. Sólo entonces regresó a Utrecht, donde murió alrecedor del año 855. Su cuerpo desapareció de la sepultura, quizá robado durante una incursión de los nórdicos y llevado a Inglaterra donde fue sepultado de nuevo, en la abadía de Evesham, en el año de 1034.
A principios del siglo trece, apareció una historia muy desagradable en un manuscrito inglés (Rawlinson A. 287, en la Bodleiana), comprendido en las Crónicas de Evesham. Se relata ahí que san Odulfo se hallaba en el acto de celebrar la misa el día de Pascua, cuando un ángel le ordenó que se apresurase a tomar un barco que habría de conducirlo al lugar donde su amigo san Federico se disponía a oficiar la misa, no obstante haber cometido un terrible pecado. El barco navegó hasta Utrecht con increíble rapidez, puesto que Odulfo tuvo tiempo de advertir a su amigo, de oír su confesión y de celebrar el santo sacrificio en su lugar. Inmediatamente después, san Federico desapareció para entregarse a la más rigurosa penitencia durante diez años y, en ese lapso, Odulfo ocupó el cargo de obispo de Utrecht. Al cabo de los diez años, Federico, transformado en un modelo de todas las virtudes, reanudó sus deberes episcopales y, a fin de cuentas, murió entre la veneración general por los milagros realizados. Por supuesto que, en la historia seria, no existe el menor fundamento para certificar ese acontecimiento tan escabroso, pero la inclusión de semejante narración es una curiosa ilustración sobre la tendencia medieval a dar crédito a cualquier fábula en la que los personajes venerables apareciesen como pecadores.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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