jueves, 11 de junio de 2015

San Paris de Treviso - Beata Iolanda Gniezno - Beato Esteban Bandelli - San Juan de Sahagún González - Santa Paula Frassinetti 11062015


San Paris de Treviso

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San Paris, monje y presbítero
En Treviso, en el territorio de Venecia, san Paris, presbítero de la Orden de los Camaldulenses, que fue director espiritual de religiosas durante setenta y siete años, y falleció a la edad de ciento ocho.
Tanto Bolonia como Treviso reclaman el honor de haber sido la cuna de san Paris. Las investigaciones de los bolandistas han venido a demostrar, con certeza casi absoluta, que fue natural de Treviso, donde pasó toda su larga existencia. Desde su infancia, Paris demostró una vocación tan evidente hacia la vida religiosa que, a la edad de doce años, se le permitió recibir el hábito de los camaldulenses. A pesar de su juventud, desde un principio entró de lleno en la existencia del claustro y muy pronto se convirtió en un modelo de fervor y obediencia a la regla. En 1190 fue ordenado sacerdote, a la edad de treinta años, e inmediatamente después se le nombró director espiritual de las monjas de Santa Cristina; se dice que ejerció ese puesto, con abundantes y magníficos frutos para la comunidad, durante setenta y siete años. Parece que la existencia del santo no tuvo acontecimientos fuera de lo común y probablemente se le habría olvidado, a no ser por sus profecías y los milagros que ocurrieron durante su vida y después de su muerte. Se cree que vivió hasta la edad de ciento ocho años. Su cadáver fue sepultado en la iglesia del convento al que había servido durante tanto tiempo, y las gentes comenzaron a rendirle culto desde su muerte; su sucesor, Alberto, obispo de Treviso, extendió su devoción.

Los bolandistas, que escribían en el año de 1698, se quejaban de que no podían obtener informaciones satisfactorias respecto al santo, entre las autoridades camaldulenses, ni tampoco sobre el supuesto proceso que se elaboró para su canonización. Los investigadores tuvieron que referirse al mediocre relato de A. Florentinus, impreso en la Historiae Camaldulenses (1575). No proporciona muchos detalles más G. B. Mittarelli en su Memorie della Vita di San Parisio (1748).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Beata Iolanda Gniezno

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Beata Iolanda, abadesa
Cerca de Gniezno, lugar de Polonia, beata Yolanda, abadesa, la cual, a la muerte de su esposo, el duque Boleslao el Piadoso, abandonó todos los bienes temporales y, junto con su hija, profesó la vida monástica en la Orden de las Clarisas.
Yolanda, princesa de Polonia, nació en 1235, hija de Bela IV rey de Hungría y de María Lascaris, de la casa imperial griega. Fue hermana de Cunegunda, venerada también como santa. También su padre era Terciario franciscano. Su familia hundía sus raíces en la santidad de santa Eduviges, san Esteban rey y san Ladislao. Lateralmente estaba emparentada con santa Margarita, reina de Suecia.

Siendo aún niña, Yolanda fue encomendada a su hermana Cunegunda, que se había casado con el rey de Polonia, en todo digno de su esposa, tanto que era llamado Boleslao el Casto. Yolanda al crecer también encontró esposo en el país adoptivo de su hermana. Era otro Boleslao, duque de Kalisz, llamado Boleslao el Piadoso. Así la hija del rey de Hungría, que había crecido en Bohemia y desposada con un noble polaco, fue considerada y amada allí como en su propia patria.

El reinado de Yolanda y Boleslao no tuvo larga duración. Pronto murió el esposo de Yolanda. Ella había tenido tres hijas: colocó dos con digno matrimonio, y junto con la tercera hija, que aspiraba a la vida religiosa, se retiró entre las clarisas de Sandeck. En aquel modesto convento vivía ya su hermana, la viuda reina Cunegunda, fundadora del mismo. El silencio del claustro escondió así por muchos años las virtudes de las tres mujeres, excepcionales por nacimiento y por vocación. En 1292 murió Cunegunda. Yolanda, para huir a las incursiones de los bárbaros, dejó aquel monasterio y pasó a otro más al occidente, el convento de las clarisas de Gniezno. Era un convento fundado por su esposo Boleslao, sin pensar él que más tarde su propia esposa se ocultaría entre aquellas hijas de Santa Clara bajo el hábito franciscano. A pesar de ser la superiora, actuaba como si fuera inferior a todas: practicó intensamente las virtudes cristianas y religiosas, especialmente la humildad, la oración y la meditación de la pasión de Cristo. Se dice inclusive que tuvo revelaciones y apariciones de Jesús crucificado.

Supo conducir a sus cohermanas por la vida de las más heroicas virtudes, precediéndolas en la práctica de la penitencia y de la contemplación con una generosidad constante que era alimentada por la meditación diaria de la Pasión de Cristo. El Esposo celestial la recompensó apareciéndosele varias veces y embriagándola con las delicias de su amor. La soledad no le impidió ocuparse de los pobres, a quienes daba alegremente alimento y generosas ofrendas.

En 1298 enfermó gravemente y predijo la hora de su muerte. Mientras sus cohermanas lloraban alrededor de su lecho de enferma, las exhortó a la fidelidad en la observancia de la regla y a la perseverancia en el desprecio de las cosas terrenas. Luego habló con ellas de la magnífica recompensa que la esperaba en el cielo. Fortalecida con los últimos sacramentos, se durmió dulcemente en el Señor. Era el 11 de junio de 1298. Tenía 63 años de edad. Aprobó su culto León XII el 26 de septiembre de 1827.
fuente: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.


Beato Esteban Bandelli

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Beato Esteban Bandelli, religioso presbítero
En Saluzzo, en el Piamonte, beato Esteban Bandelli, presbítero de la Orden de Predicadores, egregio en la predicación y en el sacramento de la Confesión.
Uno de los predicadores más distinguidos de la orden dominicana durante la primera mitad del siglo XV, fue fray Esteban Bandelli. Nació en 1369, en el norte de Italia [posiblemente en Castelnuovo Scrivia], y recibió el hábito de Santo Domingo en Piacenza. Desde el principio, su piedad y su obediencia fueron un ejemplo y una inspiración para los monjes; sus ciencias le proporcionaron el grado de doctor en leyes canónicas y una cátedra en la Universidad de Pavía. Pero sus mayores triunfos los obtuvo desde el pulpito y en el confesionario.

Ya fuera que predicase en Liguria o en otra región cualquiera de Italia, verdaderas multitudes acudían a escucharle y eran innumerables los pecadores que, arrepentidos, emprendían con firmeza el camino del bien. A la edad de ochenta y un años murió en Saluzzo, en la diócesis de Turín, e inmediatamente fue honrado como santo y realizador de milagros. Treinta y siete años después de su muerte, cuando Saluzzo quedó cercada por fuerzas enemigas, se vieron aparecer figuras extrañas sobre el cielo, y la población afirmó que eran las sombras de la Santísima Virgen y del beato Esteban que habían acudido a protegerles. El enemigo se retiró sin haber puesto el sitio, y todos los agradecidos habitantes de Saluzzo instituyeron desde entonces una procesión anual en honor del beato. El Papa, Pío IX confirmó su antiguo culto en 1856.

Seebock, en Die Herrlichkeit der katholischen Kirche, pp. 127 y ss.; Procter, Lites of Dominican Saints, pp. 174-175; Taurisiano, Catalogas Hagiographicus O.P.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



San Juan de Sahagún González

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San Juan de Sahagún González de Castrillo, monje y presbítero
En Salamanca, en España, san Juan de Sahagún González de Castrillo, presbítero de la Orden de Ermitaños de San Agustín, que con su santidad de vida y sus coloquios constantes logró la concordia de las facciones existentes entre los ciudadanos.
Dentro de la catedral de Salamanca, a ambos lados del altar Mayor, pueden rezarse oraciones ante las urnas de plata que contienen los restos mortales de santo Tomás de Villanueva y san Juan de Sahagún. La vida y milagros del último es la que narramos hoy. Nace en el año 1430, o a lo más en el 1341, del matrimonio formado por don Juan González del Castrillo y doña Sancha Martínez, cuando su padre peleaba contra moros en tiempos de Juan II. El famoso obispo converso Alonso de Cartagena, que entonces lo era de Burgos, lo eligió entre otros posibles por sus buenas condiciones y lo protegió haciéndolo su paje, ayudante de cámara, sacerdote y canónigo con prebenda de lujo. Así se hacían las cosas entonces.
Por su propia honradez renuncia a todo lo que tiene en palacio -era una buena base augurante de aún mejores puestos- y se dedica a la cura directa de las almas como sencillo -era un descenso- párroco de santa Gadea, la iglesia donde el Cid tomó tiempo atrás juramento a Alfonso VI de no haber tenido parte en la muerte de su hermano Sancho. En la parroquia lo hizo bien según parece, pero no la rigió demasiado tiempo. Con veintiséis años lo vemos ahora sentado en los bancos de Salamanca aprendiendo cánones. Vive en el colegio de san Bartolomé fundado por don Diego de Anaya, obispo de Salamanca, para la flor y nata de los estudiantes de la época, todos con certificación de «limpieza de sangre» que quiere decir sin judíos ni moros en su árbol genealógico. Terminados los estudios resulta que el gran protegido del obispo, el párroco sencillo y el simple estudiante llama a las puertas de los agustinos y, como novicio, monda patatas, cuida del fogón, sirve la comida a los frailes y lava sus escudillas. Sí, parece que le iba el convento.
Pero los planes divinos llevan su curso y lo sacan del retiro recoleto. Están pasando cosas tristes en Salamanca; son sucesos graves sin cuento; el alboroto es muy grande y ha habido sangre por medio; todo está revuelto: dos nobles de la familia de los Manzanos han matado a dos hijos de doña María de Monroy, y la madre enfurecida -la llaman la Brava- ha perseguido a los criminales hasta Portugal y ha puestos sus cabezas en Salamanca sobre el sepulcro de sus hijos para escarmiento. Hay división, odio, peleas, dos bandos y mucho deseo de venganza. Juan decide hacer algo por el bien cristiano del pueblo. Sale, predica, habla con los de arriba y los de abajo, convence, reza, visita y logra su intento de caridad cristiana. ¡Claro que tuvo que oír de todo y soportar burlas e insultos de unos y de otros, y desprecios y amenazas; pero la purificación bien merecía ese precio! Todavía hoy se mantiene el recuerdo y se celebra a diario el éxito con la plaza que lleva el nombre de la Concordia.
En Alba de Tormes tuvo problemas serios con el duque por la clara y dura predicación que censuraba vicios de los nobles que tenían vasallos - y eso que por el gracejo con que solía adornar sus sermones le llamaban «el fraile gracioso»-. De Ledesma fue expulsado por cantar verdades a los señores que abusaban de colonos y criados. Incluso las damas elegantes se molestaban al verse retratadas en la predicación que ponía de relieve como ofensa a Dios lo que todos sabían y de lo que nadie hablaba. Así se fue ganando a pulso malas caras, comentarios maledicientes, repulsas, calumnias y odios hasta el punto de morir en el convento de san Agustín, cuando sólo tenía cuarenta y nueve años, en el 1479, y, según parece, envenenado por la ira de una mujer a la que privó de la compañía y agasajo de su amante convertido al buen camino en una plática predicada en la iglesia de san Blas. Lo canonizó el papa Alejandro VIII en 1690.

fuente: Santoral de la Archidiósesis de Madrid

Santa Paula Frassinetti

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Santa Paula Frassinetti, viuda y fundadora
En Roma, santa Paula Frassinetti, virgen, quien, en medio de grandes dificultades, fundó la Congregación de Hermanas de Santa Dorotea, para la formación cristiana de las jóvenes. Se distinguió por su fortaleza de ánimo, por su gran delicadeza en el obrar y por la energía con que dirigió su Instituto.
Después de la Revolución Francesa y de la marejada de impiedad que ésta desató sobre Europa, todos los que verdaderamente tenían a Dios en su corazón, comprendieron que era indispensable restablecer la educación cristiana, si querían salvar algo de lo bueno que quedaba. Así, durante la primera mitad del siglo diecinueve comenzaron a florecer numerosos institutos religiosos dedicados a esta tarea en todas partes; muchos de ellos fueron fundados por almas perseverantes y devotas que parecen haber sido guiadas por Dios en sus esfuerzos para responder a aquella imperiosa necesidad. Uno de aquellos seres valientes fue Paula Frassinetti, hermana de un sacerdote muy conocido como autor de numerosos libros de devoción y que fue también un entusiasta trabajador apostólico.

Paula nació en Genova, el 3 de marzo de 1809. En los primeros años de su vida, su salud era delicadísima y, con la esperanza de que un cambio de clima le resultara benéfico, sus padres la enviaron a vivir con su hermano, que por entonces era párroco de Quinto. Ahí pareció mejorar bastante, pudo dedicarse a instruir niños pobres y, en poco tiempo, encontró su verdadera vocación. Se sintió inspirada a reunir a otras gentes en torno suyo y a fundar un instituto que se dedicase enteramente al trabajo de instrucción. Se encontró, desde luego, con muchas dificultades, y la completa falta de recursos no fue el menor de los obstáculos en su camino. Pero su tacto, su espíritu de sacrificio y su ardiente devoción (a menudo pasaba la mayor parte de la noche en oración) triunfaron al fin. Las Hermanas de Santa Dorotea, como se llamó la congregación, se extendió y multiplicó, no sólo en muchas partes de Italia, sino que atravesó el mar y llegó a establecerse en Portugal y en Brasil. En 1863, la Santa Sede aprobó formalmente esta institución. Se afirma que santa Paula tenía un maravilloso poder para leer en los pensamientos y una gran sabiduría sobre los secretos del corazón humano. Tras una serie de ataques y agotada por el incesante trabajo, murió tranquilamente en el Señor, el 11 de junio de 1882. Fue beatificada en 1930 y canonizada por SS Juan Pablo II el 11 de marzo de 1984.

 Acta Apostólicae Sedis, vol. XXII (1930), pp. 316-319, y la bula de canonización en AAS LXXVII (1985) 923-928. Hay una biografía en italiano escrita por A. Capecelatro (1901) y otra en inglés, de J. Unfreville, publicada en los EE. UU. c 1944, bajo el titulo A Foundress in the Nineteenth Century. Este artículo del Butler es anterior a la canonización, sin embargo no hay datos más relevantes que agregar a lo bien sintetizado de este texto. En el sitio del Vaticano, con motivo de la canonización, se publicó la biografía que se lee antes de la ceremonia, aunque lamentablemente consiste más en una historia y panegírico de la institución que en una hagiografía de la santa. También puede leerse, aunque en italiano, la homilía de la misa de canonización.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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