lunes, 22 de junio de 2015

San Eusebio de Samosata - San Flavio Clemente - San Inocencio V - San Nicetas de Remesiana 22062015


San Eusebio de Samosata

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San Eusebio de Samosata, obispo y mártir
En Dólica de Siria, san Eusebio, obispo de Samosata, que en tiempo del emperador arriano Constancio, vestido de militar, visitaba de incógnito las iglesias de Dios para confirmarlas en la fe católica. Posteriormente fue desterrado a Tracia por el emperador Valente, pero, recuperada la paz de la Iglesia, regresó del exilio y volvió a recorrer las comunidades, hasta que murió mártir herido en la cabeza por una teja que desde una altura le arrojó una mujer arriana.
No se sabe nada sobre el origen y la primera parte de la vida de san Eusebio. La historia le menciona por primera vez hacia el año 361, cuando ya era obispo de Samosata y como tal asistió al sínodo convocado en Antioquía para elegir al sucesor del obispo Eudoxio. Precisamente por los esfuerzos del obispo Eusebio, la elección recayó sobre san Melecio, antiguo obispo de Sebaste y un hombre muy venerado por su piedad y sabiduría. Gran parte de los electores eran arrianos y tenían la esperanza de que, si votaban en favor de Melecio, éste favorecería sus doctrinas, por lo menos tácitamente. Pero los arrianos quedaron decepcionados. En el primer discurso que pronunció el nuevo obispo de Antioquía, en presencia del emperador Constancio, que también era arriano, reafirmó la doctrina católica de la Encarnación, tal como había sido expuesta en el Credo de Nicea. A raíz de aquel sermón, los arrianos, enfurecidos, buscaron la manera de deshacerse del obispo y el emperador Constancio envió a uno de sus funcionarios a entrevistar a san Eusebio para pedirle que entregase las actas sinodales de la elección que habían sido confiadas a su cuidado. San Eusebio respondió que no las entregaría sin el previo consentimiento y autorización de todos y cada uno de los signatarios. Se le amenazó con mandar que le cortaran la mano derecha si persistía en su actitud, y entonces el santo extendió sus dos manos y dijo que estaba dispuesto a perderlas, antes que faltar a la confianza que se había depositado en él. El emperador quedó muy impresionado por el valor del obispo y ya no insistió.

Durante algún tiempo más, después de aquel incidente, san Eusebio tomó parte en los concilios y conferencias de los arrianos y semiarrianos, a fin de sostener la verdad y con la esperanza de obtener la unidad; pero, a partir del Concilio de Antioquía, en 363, san Eusebio dejó de aparecer en las reuniones, porque comprendió que su actitud escandalizaba a los ortodoxos. Nueve años después, urgentemente solicitada su presencia por el anciano Gregorio de Nazianzo, fue a Capadocia para ejercer su influencia y su experiencia en favor de san Basilio, en la elección para ocupar la sede vacante de Cesárea. Tan notables fueron los servicios que prestó en aquella ocasión, que el joven Gregorio, en una carta escrita por aquel entonces, se refiere a Eusebio como «columna de la verdad, luz del mundo, instrumento de los favores de Dios hacia su pueblo, apoyo y gloria de toda la ortodoxia». Entre san Basilio y san Eusebio se estableció una sincera amistad que, más tarde, se mantuvo a través de las cartas.

Al estallar la persecución de Valente, san Eusebio, no contento con proteger a sus propios fieles de la herejía, hizo, de incógnito, varias expediciones a Siria y Palestina para fortalecer la fe de los católicos, para ordenar sacerdotes y para ayudar a los obispos ortodoxos a nombrar verdaderos y meritorios pastores que ocuparan las sedes que quedaban vacantes. Su celo extraordinario despertó la animosidad de los arrianos y, en 374, el emperador Valente promulgó la orden que lo condenaba al destierro en Tracia. Cuando el oficial encargado de hacer cumplir el decreto se presentó ante Eusebio, el obispo le rogó que procediera con discreción, porque si el pueblo veía que le arrestaban, se lanzaría sobre los captores para matarlos. Por consiguiente, aquella noche, después de rezar el oficio como de costumbre, salió tranquilamente de su casa cuando todos dormían y, en compañía de uno de sus servidores, partió hacia el Eufrates y se embarcó. A la mañana siguiente, cuando las gentes se dieron cuenta de que había partido, se emprendió su búsqueda; algunos de sus fieles le dieron alcance y le suplicaron, con lágrimas en los ojos, que no los abandonara. Él también lloró ante las muestras de afecto de aquellas gentes, pero les explicó que era necesario obedecer las órdenes del Emperador y los exhortó a confiar en Dios para que todo llegara a arreglarse satisfactoriamente. La grey del obispo Eusebio demostró su fidelidad y, mientras duró el exilio, se negó a tener cualquier trato con los dos prelados arrianos que ocupaban la sede.

A la muerte de Valente, en 378, terminó la persecución, y san Eusebio regresó a su sede y a su rebaño. Su celo y su piedad no habían sufrido menoscabo por los sufrimientos del destierro. Gracias a sus esfuerzos, se restableció en toda su diócesis la unidad católica, y las sedes vecinas fueron ocupadas con prelados ortodoxos. San Eusebio se hallaba de visita en la ciudad de Dolikha, para instalar ahí un obispo católico, cuando una mujer arriana, oculta en la azotea de una casa, le arrojó una pesada piedra sobre la cabeza. El golpe que recibió fue fatal, puesto que, a consecuencias del mismo murió algunos días más tarde, tras de obtener la promesa de sus amigos de que no perseguirían ni castigarían a su atacante.

En el relato que escribieron los bolandistas sobre san Eusebio de Samosata, no incluyeron una biografía propiamente dicha; esa narración se encuentra impresa, en el Acta Sanctorum, junio, vol. V (el 22 de junio), donde también reproducen un cierto capítulo del historiador Tedoreto. Hay una biografía escrita en sirio que reprodujo Bedjan en Acta Martyrum et Sanctorum, vol. VI, pp. 343-349.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Flavio Clemente

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San Flavio Clemente, mártir
En Roma, conmemoración de san Flavio Clemente, mártir, a quien el emperador Domiciano, con el cual había compartido el consulado, condenó bajo la acusación de ateísmo, aunque realmente fue por su fe en Cristo.
Flavio Clemente, miembro de la ilustre familia romana de los Flavios, era hijo de Flavio Sabino, hermano del emperador Vespasiano. Casado con su pariente Flavia Domitila, tuvo con ella siete hijos. Y el año 95 fue promovido a la dignidad de cónsul de Roma.

Su martirio se produjo en la persecución de Domiciano, ante el cual, además, su familia había perdido el favor. La acusación contra él fue de ateísmo, como se solía llamar al cristianismo por su negativa a adorar a los dioses. Su martirio fue el año 96.

N.ETF: Para más detalles y bibliografía sobre la cuestión del cristianismo en esta rama de la familia imperial romana véase el artículo dedicado a santa Domitila en este mismo santoral.
No debe confundirse a este santo con el importante Padre apostólico (pero no canonizado para la Iglesia latina) Tito Flavio Clemente o Clemente de Alejandría, autor de obras que son fuentes fundamentales del conocimiento del paleocristianismo (Pedagogo, Protréptico, Strómata).
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003

San Inocencio V

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 Inocencio V, papa
En Roma, en Letrán, beato Inocencio V, papa, el cual, perteneciente primero a la Orden de Predicadores, enseñó teología en París y ocupó, a su pesar, la sede episcopal de Lyon. Junto con san Buenaventura preparó el II Concilio Ecuménico de Lyon, para tratar de la unión entre latinos y griegos. Elevado a la cátedra de san Pedro, desempeñó su magisterio por breve tiempo, apenas sin poder manifestarse a la Iglesia Romana.

El primer papa perteneciente a la Orden de Santo Domingo, Inocencio V, recibió el nombre de Pedro en la pila bautismal y, hasta el momento de su elevación al papado, se le llamó generalmente Pedro de Tarentaise, por el lugar de su nacimiento, Tarentaise-en-Forez, en Loire (aunque no debe confundirse con san Pedro de Tarentaise, abad y obispo, que se celebra el 14 de septiembre). Era todavía muy joven cuando recibió el hábito dominicano, de manos del beato Jordán de Sajonia; con el correr del tiempo, llegó a ser uno de los teólogos más notables de su época. Tras de recibir el grado de maestro, ocupó una cátedra en la Universidad de París, a pesar de que, como sucedió con su amigo y compañero santo Tomás de Aquino, no había cumplido aún los treinta años. En 1256, colaboró con san Alberto Magno, Santo Tomás y otros dos miembros de la orden, para redactar un «curriculum» de estudios, que fue por siglos la base de la enseñanza de los dominicos. Además de impartir la instrucción oral a sus estudiantes, Pedro escribió varios libros: algunos, especialmente los «Comentarios» a las Epístolas de San Pablo y a las «Máximas de Pedro Lombardo», fueron tan estimados por sus contemporáneos como los escritos del propio Doctor Angélico.

A pesar de que Pedro de Tarentaise era ante todo un investigador estudioso, no carecía de notables cualidades prácticas que le hacían muy capaz para gobernar a los hombres y por eso, a la edad de treinta y siete años, fue nombrado prior provincial para Francia. Las periódicas visitas a las cincuenta casas de su provincia representaban largos viajes que, infaliblemente, Pedro hacía a pie; en cada uno de los prioratos bajo su mando, logró que se mantuviera la disciplina de la regla. Al mismo tiempo, desde París (donde Pedro se había visto envuelto en ciertas dificultades) llegaban continuos llamados para que regresara y, cuando santo Tomás viajó o Roma para atender un llamado del Papa, el capítulo general mandó a Pedro a reemplazarlo a la Universidad de París.

En 1272, el papa Gregorio X, quien anteriormente había asistido a las conferencias del beato en París y le tenía en gran estimación, le nombró arzobispo de Lyon; el año siguiente, Pedro fue promovido al obispado de Ostia y a la consiguiente dignidad de cardenal; pero retuvo sus deberes administrativos en Lyon, ya que el Papa había elegido esa ciudad para convocar el Concilio Ecuménico con que se proponía solucionar el cisma griego. El cardenal Pedro desempeñó un papel muy importante desde la apertura de la primera sesión. Aparte de su participación en las deliberaciones, en dos oportunidades pronunció otros tantos brillantes discursos ante los delegados y, gracias en gran parte a la forma clara y precisa con que enunció los dogmas del catolicismo, los enviados griegos acabaron por adherirse a la Iglesia Romana. El Concilio se clausuró en medio del regocijo general, por el brillante éxito obtenido (un triunfo que tuvo muy corta duración), al que sólo empañó la muerte de san Buenaventura. Fue Pedro de Tarentaise quien pronunció el panegírico; adoptó como lema de su discurso las palabras: «Me conduelo por ti, mi hermano Jonatán» (2Sam 1,26) y habló con tanto fervor y emoción del gran franciscano desaparecido, que muchos del auditorio se echaron a llorar.

Las tareas de Pedro en Lyon terminaron al nombrarse un nuevo arzobispo, y entonces se trasladó a Italia con el Papa y los otros cardenales. Por lo tanto, se hallaba junto a Gregorio X cuando éste murió en Arezzo, en enero de 1276, poco después de haber llegado a Francia. En la elección que se realizó inmediatamente no hubo otro candidato digno de ser considerado, aparte del cardenal Pedro de Tarentaise, quien fue elegido por unanimidad para ocupar la Sede Pontificia. Escogió el nombre de Inocencio V. Su breve pontificado se distinguió por los esfuerzos para restablecer la paz entre los estados italianos, que estaban divididos por disensiones internas y externas y por favorecer la unidad con los bizantinos. El Pontífice había hecho los preparativos para enviar a sus delegados a Constantinopla a fin de obtener, por parte del emperador Miguel Paleólogo, la confirmación del pacto elaborado en el Concilio de Lyon, pero los enviados nunca llegaron a su destino.

Repentinamente, la tragedia vino a echar por tierra las esperanzas que se habían concentrado en la figura del nuevo Papa. A pesar de que éste era un hombre de espléndida salud física y de una constitución tan robusta que no se había resentido con las fatigas del duro trabajo ni con las austeridades de la vida religiosa, una fiebre maligna que le atacó le llevó al sepulcro en pocos días. Murió el 22 de junio de 1277, a la edad de cincuenta y un años, al cabo de ocupar solamente durante cinco meses la Sede de San Pedro. El culto al Beato Inocencio V fue confirmado en 1898 y se agregó su nombre al Martirologio.

Hay un relato muy completo, con indicaciones de fuentes de información, en la History of the Popes, vol. XVI, pp. 1-22, de Mons. Mann. Véase también a Mortier, en Histoire des Maitres Généraux O.P., vol. I y II.

San Nicetas de Remesiana

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San Nicetas de Remesiana, obispo
Conmemoración de san Nicetas, obispo de Remesiana, en Dacia, a quien alaba san Paulino de Nola en uno de sus poemas por haber pacificado a los bárbaros al enseñarles el Evangelio, por convencerles de vivir unidos en paz y por haber obtenido que gente inculta y desalmada aprendiese a cantar a Cristo con un corazón romano.
Niceto de Remesiana fue amigo íntimo de san Paulino de Nola (celebrado hoy mismo) y, gracias a éste, sabemos de los magníficos triunfos que obtuvo en sus intentos por domesticar a los salvajes entre quienes vivía. Entre las tribus tracias, los Bessi, sobre todo, eran -como dice el testimonio de Estrabón- seres desaforados, crueles y bárbaros, «a los cuales condujo Niceto, como a mansos corderos, al redil de Cristo», según afirma san Paulino en el largo poema que dedica a su amigo (Carmen 17, PL 61 col. 483ss):

Nam simul terris animisque duri
Et sua Bessi nive duriores,
Nunc oves facti, duce te gregantur
Pacis in aulam.
(Duros los Bessi en sus almas como la tierra, y más duros que su nieve [eran habitantes de las altas montañas], vueltos ahora ovejas, conducidas por ti, jefe de paz, al atrio [ie: de la iglesia] vv. 204ss.)

A Remesiana se la ha identificado con un lugar de Serbia llamado Bela Palenka. Poco es lo que sabemos sobre la historia de san Niceto, aparte de que, por lo menos en dos ocasiones, viajó desde una comarca que san Paulino consideraba como un país salvaje de nieves y hielo, para visitar a su amigo en Nola, en la Campania. También san Jerónimo habla en tono admirativo sobre la obra de Niceto al convertir al pueblo de Dacia; pero, en realidad, no sabemos absolutamente nada sobre los detalles de sus expediciones misioneras, la forma en que fue ascendido al episcopado o la fecha de su muerte. Por otra parte, el santo despertó mucho interés entre los eruditos a causa de sus escritos, algunos de los cuales, anteriormente atribuidos a Niceto de Aquilea, han sido devueltos ahora a su verdadero autor, luego de muchas y muy profundas investigaciones. Dom Germain Morin fue uno de los que más empeño puso para atraer la atención sobre la importancia de la obra literaria del santo y aun llegó tan lejos como a comprobar que es a san Niceto y no a san Ambrosio, a quien debemos la composición de ese magnífico y famoso himno de acción de gracias que llamamos el «Te Deum». Este punto de vista no ha conseguido una aceptación universal, pero entre los estudiosos y los investigadores hay muchos que le apoyan.

A. G. Burns «Nicetas of Remesiana, His Life and Works» (1905), que incluye los escritos sobre los restos del santo. Además, el Dr. Burns publicó un cuadernillo titulado «El Himno 'Te Deum' y sus autores» (1926). Dos de las más importantes disertaciones de Niceto fueron editadas en un lenguaje claro, por el profesor G. H. Turner; los textos fueron acomodados y anotados por él en el Journal of Theological Studies, vol. XXII (1921), pp. 305-320; y vol. XXIV (1923), pp. 225-252. En Patrología, vol III, BAC 422, págs. 224ss. se hallará ampliaa bibliografía y referencias sobre la obra de Nicetas.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI




 
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