lunes, 22 de junio de 2015

Santos Juan Fisher y Tomás Moro - San Paulino de Nola - San Albano de Verulamio - Santos Julio y Aarón de Caerleon 22062015

 

San Tomás Moro

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Santos Juan Fisher y Tomás Moro, mártires
San Juan Fisher, obispo, y santo Tomás Moro, mártires, que, por haberse opuesto al rey Enrique VIII en la controversia sobre su matrimonio y sobre la primacía del Romano Pontífice, fueron encarcelados en la Torre de Londres, en Inglaterra. Juan Fisher, obispo de Rochester, varón conocido por su erudición y por la dignidad de su vida, por mandato del rey fue decapitado este día frente a la cárcel, y Tomás Moro, padre de familia de vida integérrima y presidente del consejo real, por mantenerse fiel a la Iglesia católica murió el día 6 de julio, uniéndose así al martirio del obispo.
San Juan Fisher, obispo, (1469 - 1535) y  Santo Tomás Moro, seglar, (1477 - 1535), mártires.  
Juan Fisher nació el año 1469; fue hijo de un modesto mercero de Beberly, en el condado de York (Inglaterra); estudió teología en Canbridge, fue ordenado presbítero, por privilegio, cuando solo contaba veintidós años, y a los treinta y cinco ya era Vicecanciller de la Universidad.  
Consumado humanista, fundó los Colleges de Cristo y de san Juan, amplió bibliotecas y fundó cátedras con la ayuda de Lady Margaret, madre de Enrique VII. Erasmo llegó a afirmar que no había en el país «hombre más culto, ni obispo más santo».   Fue nombrado obispo de Rochester en el año 1504, cargo que ejerció con una vida llena de austeridad y de entrega pastoral, visitando con frecuencia a los fieles de su grey. Se mostró como decidido apologista antiprotestante.    
Mantuvo una postura firme y clara ante los proyectos de Enrique VIII sobre su anulación matrimonial, defendiendo la validez y la indisolubilidad del contraído con la reina Catalina de Aragón.    Miembro de la Cámara de los Lores, arremete contra ciertas medidas anticlericales y hace añadir una cláusula fatalmente restrictiva al nombramiento de Enrique VIII como Cabeza de la Iglesia en Inglaterra.  
Su actitud le llevó a estar dos veces en la cárcel, a sufrir atentados e intentos de asesinato y a soportar bajas calumnias.  Por su negativa a prestar el juramento de Supremacía, se le encarceló en la Torre de Londres, le despojaron de su título episcopal y declararon a Rochester «sede vacante».   Tomás Moro nació el año 1477, y completó sus estudios en Oxford; se casó y tuvo un hijo y tres hijas. Ocupó el cargo de Canciller del reino. Intimo compañero y amigo personal del rey Enrique VIII, abogado distinguido, notable humanista de gran cultura, amigo de Erasmo, cariñoso padre de familia, caballero simpático por su buen humor y, además católico fervoroso.  
Cuando vio que era incompatible con su religión el juramento de sumisión a Enrique como cabeza de la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión, intentando vivir una vida tranquila con su familia, sin más complicaciones. Pero fue apresado y metido en la Torre de Londres. A todos los esfuerzos de sus amigos para convencerle de que debía prestar su juramento contestó sencillamente que no podía reconciliarlo con su conciencia.   Cuando su propia mujer le insiste a hacerlo por lo que ella juzgaba que era bien para su casa, le contestó: «¿Cuántos años crees que podría vivir en mi casa?» «Por lo menos veinte, porque no eres viejo», le dijo ella. «Muy mala ganga, puesto que quieres que cambie por veinte años toda la eternidad». Escribió varias obras sobre el arte de gobernar y en defensa de la religión.  
Ambos, por haberse opuesto al rey Enrique VIII en la cuestión de su pretendida anulación de matrimonio, fueron decapitados el año 1535: Juan Fisher el día 22 de Junio, Tomás Moro el día 6 de Julio, después de quince meses de cárcel donde escribió «Diálogo en tiempo de tribulación». El obispo Juan Fisher, mientras estaba en la cárcel, fue designado cardenal por el Papa Pablo III





Oremos  

Señor, tú que has querido que el martirio sea el supremo testimonio de la fe, concédenos, por la intercesión de los santos Juan Fisher y Tomás Moro, ratificar con nuestra vida la fe que profesamos con nuestros labios. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


San Paulino de Nola

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San Paulino de Nola, obispo
San Paulino, obispo, que, recibido el bautismo en Burdeos, renunció a la dignidad consular y, de noble y rico, se hizo pobre y humilde por Cristo. Habiéndose trasladado a Nola, cerca del sepulcro de san Félix, presbítero, para seguir el ejemplo de su conducta, practicó una forma de vida ascética con su mujer y sus compañeros. Ordenado obispo, se distinguió por su erudición y santidad, por acoger a los peregrinos y por ayudar a los desvalidos.

San Paulino, cuyo nombre completo era Poncio Meropio Anicio Paulino, fue uno de los hombres más notables de su época, a quien elogian, en términos de afectuoso aprecio o de admiración, san Martín, san Sulpicio Severo, san Ambrosio, san Agustín, san Jerónimo, san Euquerio, san Gregorio de Tours, Apollinario, Cassiodoro y otros antiguos escritores. Su padre, prefecto en las Galias, poseía tierras en Italia, Aquitania y España. Paulino vino al mundo cerca de Burdeos. Desde pequeño tuvo como maestro de poesía y retórica al famoso poeta Ausonio. Guiado por tan magnífico tutor, el muchacho colmó las grandes esperanzas que habían sido puestas en él y, cuando era todavía muy joven, se hizo notar y aplaudir en la tribuna. «Todos -dice san Jerónimo- admiraban la pureza y elegancia de su dicción, la delicadeza y generosidad de sus sentimientos, la fuerza y dulzura de su estilo y la vivacidad de su imaginación».

Se le confiaron numerosos cargos públicos y, si bien no sabemos cuáles fueron, hay razones para suponer que desempeñó un alto puesto en Campania y también fue prefecto en el Nuevo Epiro. Sus deberes, cualquiera que fuesen, le mantenían en constante actividad, en viajes continuos y largos y, en el curso de su vida pública, hizo muchos amigos en Italia, las Galias y España. Se casó con una dama española llamada Terasia y, al cabo de algunos años, se retiró a sus propiedades de Aquitania para descansar y cultivar su espíritu con la lectura. Fue entonces cuando entabló relaciones con san Delfino, obispo de Burdeos, quien posteriormente convirtió y bautizó a Paulino y a su hermano. Después de su conversión, alrededor del año 390, se fue a vivir con su esposa en las tierras que poseía en España, donde nació su primer hijo, luego de varios años de espera; pero aquella criatura murió a los ocho días de nacido. Desde aquel momento, Paulino y su esposa resolvieron llevar una vida más apegada a la doctrina cristiana, con la práctica de la austeridad y la caridad y, sin más trámites, comenzaron a disponer de una parte considerable de sus muchos bienes para beneficio de los pobres. Aquella prodigalidad tuvo un resultado que, al parecer, fue una sorpresa para el matrimonio, sobre todo para Paulino. El día de Navidad, alrededor del año 393, como respuesta a una espontánea, repentina e insistente petición del pueblo, el obispo de Barcelona confirió a Paulino, en su catedral, las órdenes sacerdotales, a pesar de que ni siquiera había llegado a ser un diácono. El caso de conferir las órdenes sagradas por aclamación popular, tiene otros ejemplos: aparte del bien conocido caso de la elevación de san Ambrosio a la sede episcopal, tenemos un incidente similar que ocurrió al esposo de santa Melania la Joven (Melania y Piniano, no sólo eran contemporáneos, sino amigos personales de san Paulino y, lo mismo que él, se habían desprendido de grandes sumas de dinero para distribuirlas en limosnas).

Pero si los ciudadanos habían abrigado la esperanza de retener con ellos a Paulino, quedaron desengañados. Ya desde antes habían resuelto establecerse en Nola, una población pequeña cerca de Nápoles, donde también tenía propiedades. Tan pronto como dio a conocer sus intenciones y trató de vender sus posesiones en Aquitania, como lo había hecho con las propiedades de Terasia en España, surgieron las objeciones de los amigos y las oposiciones de los parientes. Pero no se dejó arredrar por ello y llevó a cabo sus propósitos: se trasladó a Italia, donde san Ambrosio y otros amigos le recibieron cordialmente. En cambio, en Roma tuvo una fría recepción por parte del papa san Siricio y sus clérigos, los cuales, probablemente, se hallaban resentidos por el carácter anticanónico de su ordenación. Por lo tanto, la permanencia de Paulino en Roma fue muy breve y partió hacia Nola con su esposa. Ahí estableció su residencia en una gran casa de dos pisos, fuera de los muros de la ciudad, no lejos del lugar donde se veneraba la tumba de san Félix. A pesar de sus cuantiosos donativos, aún conservaba bastantes propiedades en Italia y una fortuna considerable.

Pero de todo esto se desprendió también, poco a poco, en obras de caridad y en el patrocinio de proyectos que favoreciesen a la religión y a la Iglesia. Construyó una iglesia en la población de Fondi, dotó a Nola del acueducto que tanto necesitaba y socorrió a un ejército de pobres, deudores, vagabundos, mendigos y enfermos, muchos de los cuales, vivían prácticamente en el piso bajo de su casa. Paulino, con algunos amigos, ocupaba la planta alta donde todos llevaban una existencia dedicada a la oración y la penitencia, muy semejante a la monástica. Se supone que Terasia era el ama de llaves que atendía a todos los moradores de aquel establecimiento. Contigua a él, había una casa más pequeña, con jardín, que servía para hospedar a los visitantes. Entre los que gozaron de aquella hospitalidad, se pueden mencionar a santa Melania la Vieja y al obispo misionero san Niceto de Remesiana, quien estuvo ahí en dos ocasiones. Es muy notable el relato que se conserva en la biografía de Melania, la Joven, donde describe su llegada a Nola con su esposo y otros fieles cristianos. Cuando san Paulino fijó ahí su residencia, había ya tres pequeñas basílicas y una capilla, en torno a la tumba de san Félix, el que fuera presbítero del lugar; Paulino agregó una iglesia más, cuyos muros hizo adornar con mosaicos, el propio santo escribió, en verso, una descripción del edificio y sus ornamentos. Tres de aquellas iglesias compartían la puerta de entrada y, seguramente estaban comunicadas por el interior, de manera semejante a como se comunicaban las siete antiguas basílicas que forman la iglesia de San Esteban, en Bolonia. Cada año, en ocasión de la fiesta de San Félix, Paulino le rendía lo que él llamaba un tributo de su servicio voluntario, en la forma de un poema. Catorce o quince de esas obras se conservan todavía.

A la muerte del obispo de Nola, alrededor del año 409, san Paulino fue señalado, naturalmente, como el único indicado para ocupar el puesto vacante y, en consecuencia, se hizo cargo de la sede episcopal hasta su muerte. Fuera del dato de que gobernó con gran sabiduría y liberalidad, no tenemos otras informaciones que ilustren su carrera como pastor de almas. Una vez al año, en ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, iba de visita a Roma; pero de otra manera, nunca abandonaba Nola. En cambio, gustaba de escribir cartas y, por correspondencia, sostenía sus relaciones con todos sus amigos y con los más destacados hombres de la Iglesia en su época, especialmente con san Jerónimo y san Agustín; a este último le consultaba a menudo sobre diversas cuestiones, incluso la aclaración de ciertos pasajes oscuros de la Biblia. Precisamente, para responder a una solicitud de Paulino, escribió San Agustín su libro «Del cuidado a los muertos», en el que declara que las pompas fúnebres y otros honores ostentosos, sólo sirven de consuelo a los deudos y no al difunto. San Paulino vivió hasta el año 431, y los últimos momentos de su existencia quedaron descritos en la carta de un testigo, llamado Uranio. Tres días antes de expirar fue visitado por dos obispos, Símaco y Acindino, con los cuales celebró los divinos misterios, sin alzarse del lecho. Después se le acercó el sacerdote Postumiano para advertirle que se debían cuarenta monedas de plata por la compra de ropas para los pobres. El santo moribundo repuso, con una sonrisa que, sin duda, alguien iba a pagar la deuda de los pobres y, casi inmediatamente, llegó un mensajero portador de un donativo de cincuenta monedas de plata. El último día, a la hora de vísperas, cuando se encendían las lámparas en la iglesia, el obispo rompió su prolongado silencio y, al tiempo que levantaba una mano, musitó estas palabras: «Ya tengo preparada una lámpara para mi Cristo». Pocas horas más tarde, los que le velaban sintieron un estremecimiento bajo sus pies, como el de un ligero terremoto y, en aquel momento, san Paulino entregó su alma a Dios. Fue sepultado en la iglesia que había construido en honor de san Félix. Poco después, sus reliquias fueron trasladadas a Roma, pero, posteriormente, en 1909, fueron devueltas a Nola, por orden del santo papa Pío X.

De los escritos de san Paulino, que parecen haber sido muy numerosos, se conservan treinta y dos poemas, cincuenta y un cartas y unos cuantos fragmentos. Se le considera como el mejor poeta cristiano de su época, después de Prudencio. Su epitalamio para Julián, obispo de Ia y Eclanum, es uno de los poemas cristianos más antiguos que se conocen. No existe una biografía propiamente dicha de san Paulino, escrita en tiempos antiguos, pero en cambio contamos con la carta de Uranio para describir su muerte y con una breve nota de san Gregorio de Tours. Además, en la correspondencia del mismo Paulino y en las referencias de sus contemporáneos, encontramos una cantidad considerable de material biográfico.

 Acta Sanctorum, junio, vol. V. Otra fuente de información que llegó a conocerse en tiempos relativamente recientes, es la Vida de Melania la Joven, en textos griegos y latinos, que se encontrarán en la edición del cardenal Rampolla, Santa Melania Giuniore (1905). Las biografías modernas mejores son las de A. Buse, F. Lagrange y A. Baudrillart.  La «Patrología» de Quasten-Di Bernardino, BAC 422, tomo III, pág 351ss. ofrece una noticia biográfica en algunos puntos divergente, y una bibliografía un poco más actualizada que la del Butler de y sobre el santo.





Señor, Dios nuestro, tú has querido enaltecer a tu obispo san Paulino de Nola por su celo pastoral y su amor a la pobreza; concede a cuantos celebramos hoy sus méritos imitar los ejemplos de su vida de caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén 

San Albano de Verulamio

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San Albano, mártir
En Verulamio (hoy Saint-Albans), en Inglaterra, san Albano, mártir, que, según narra la tradición, todavía no bautizado se entregó ocupando el lugar de un clérigo que acogió en su casa, y de quien había recibido instrucción en la fe cristiana, cambiando sus vestidos por los de él, motivo por el cual, después de ser azotado y torturado, fue finalmente decapitado.
A san Alban se le venera como al protomártir de las Islas Británicas y, hasta hoy, se observa su fiesta en toda Inglaterra y Gales el 22 de junio. Su historia, o mejor dicho su leyenda, tal como la expone san Beda en su Ecclesiastical History, puede resumirse como sigue:

Alban era natural de Verulamium, la actual St. Albans, en Hertfordshire. Era un ciudadano prominente y, a pesar de ser pagano, al estallar la persecución de Diocleciano y Maximiano, dio asilo a un sacerdote cristiano que llegó a su puerta. Las conversaciones e instrucciones de su huésped sobre la doctrina cristiana impresionaron tanto a Alban, que se convirtió al cristianismo y recibió el bautismo. Entretanto, el gobernador local había sido informado de que el predicador cristiano al que buscaba afanosamente por toda la región se hallaba escondido en la casa de Alban. Inmediatamente se envió a una partida de soldados a investigar, pero el sacerdote ya no estaba allí. Para facilitar su huida, Alban había cambiado sus ropas con él y fue a Alban, vestido con el amplio manto o «caracalla» del sacerdote, a quien los soldados condujeron, atado de manos, ante el juez. Este se hallaba, precisamente, de pie frente a un altar, en el acto de ofrecer sacrificios a los dioses.

Cuando se bajó el capuchón del manto que cubría la cabeza del prisionero y se estableció su identidad, el gobernador quedó muy indignado. Ordenó que Alban fuese arrastrado al pie del altar y, una vez ahí, le dijo: «Puesto que tú optaste por ocultar y proteger a un individuo sacrilego y blasfemo, al que debiste entregar a los guardias que envié, el castigo que le estaba reservado será para ti, a menos que quieras cumplir con los actos de adoración de nuestras creencias». Alban repuso con firmeza que ya nunca volvería a adorar a los dioses. El juez le pidió que le diera pormenores de su familia y entonces, Alban se irritó. «¿Para qué quieres saber de mi familia? -preguntó- Si lo que te interesa saber es mi religión, te diré que soy cristiano». Entonces se le pidió que diera su nombre y otros datos. «Mis padres me llamaron Alban, replicó. Únicamente adoro y sirvo al Dios vivo y verdadero que creó todas las cosas». El magistrado, impaciente, le ordenó que no perdiera más tiempo en declaraciones pretenciosas y que ofreciese inmediatamente sacrificios a los ídolos; pero Alban no se dejó acobardar y repuso: «Tú ofreces sacrificios a los demonios que no pueden proporcionarte ayuda ni otorgar tus peticiones: cualquiera que ofrezca sacrificios a esos ídolos, no recibirá otra recompensa que el eterno castigo del infierno».

El gobernador, atizada su indignación por las palabras del prisionero, mandó que fuese azotado; luego, al ver que soportaba los furiosos latigazos no sólo con resignación, sino con alegría, le condenó a morir decapitado. Toda la población acudió a presenciar la ejecución y, en la ciudad no quedó nadie más que el juez. La comitiva tenía que cruzar el río en un lugar donde la corriente era muy rápida y, era tanta la gente que formaba hileras para pasar por el puente estrecho, que Alban hubiese prolongado su vida un día más, si esperaba para cruzar. Pero el santo no quería retardar su muerte y, en consecuencia, bajó por la ribera hasta la orilla, levantó los ojos al cielo y, como por encanto, la corriente se detuvo, las aguas se dividieron y, en el lecho del río quedó un paso amplio y seco por el que podía cruzar no sólo el mártir, sino toda la muchedumbre que le seguía. Aquella maravilla produjo la instantánea conversión del verdugo, quien arrojó su espada a los pies de san Alban y le suplicó que le permitiese morir con él o, mejor aún, en su lugar. La procesión avanzó entonces sobre una cuesta que era un gran prado verde salpicado por innumerables flores de todas clases. En la cumbre de la colina, como respuesta a una breve oración del mártir, surgió una fuente de aguas claras para calmar su sed. Otro hombre reemplazó al verdugo convertido y, de un solo golpe de espada, decapitó a Alban; pero en el momento en que la cabeza del mártir cayó al suelo, los ojos del ejecutor se le saltaron de las órbitas y cayeron junto a la cabeza cortada. El soldado que acababa de convertirse, fue decapitado también ahí mismo y, de esta manera, recibió el bautismo de sangre.

La descripción del lugar del martirio en la colina de Holmhurst es, quizás, parte de la tradición original. Todo concuerda perfectamente con la topografía del lugar, excepto que el río Var no es profundo ni tiene corriente rápida. Había un manantial (ahora cubierto) al pie de la colina de Holmhurst, la actual Holywell. Es imposible determinar cuánto de verdad contiene esta historia y hay opiniones muy variadas sobre la cuestión. Se sostiene sobre todo el punto de vista de que san Alban nunca existió, puesto que los decretos de Diocleciano y Maximiano contra los cristianos jamás tuvieron efecto en las Islas Británicas. Por otra parte, algunos investigadores afirman que Alban existió y que muy bien pudo haber sido la víctima de alguna persecución local. La existencia de un culto muy antiguo y extenso respalda esta última afirmación. La referencia más antigua sobre san Alban figura en la biografía de san Germán de Auxerre, escrita por Constancio de Lyon en el siglo quinto, cuando se hace referencia a la visita de san Germán a las Islas Británicas y se declara que éste vio la tumba de san Alban (no dice en qué sitio preciso) «y oró piadosamente en ella, por lo que se tiene por cierto que fue la intercesión del bendito mártir san Alban la que permitió que Germán y sus compañeros tuviesen un feliz viaje de regreso a las Galias».

Gildas y Beda recurrieron al manuscrito «Passio Albani», que data de los comienzos del siglo sexto, para escribir sus narraciones. La popularidad y difusión de la historia puede calcularse por las muchas variantes de la misma que fueron recogidas por Hardy en su «Materials for British History" (vol. I, pp. 3-30). La veneración por el mártir se propagó más todavía a raíz del traslado de sus reliquias a una iglesia local en 1129. Fue por entonces cuando se escribió una narración enteramente fantástica sobre san Amphibalus, fundada en la interpretación equivocada que Godofredo Monmouth dio a la palabra «amphibalus», que significa manto, para bautizar con ella al sacerdote cristiano que se refugió en la casa de Alban. En el relato se dice que aquel sacerdote, «san Amphibalus», fue perseguido y alcanzado y que se le dio muerte a pedradas en Redbourn, a unos siete kilómetros de la casa de san Alban. También se afirma que las reliquias del supuesto santo fueron descubiertas en los terrenos de unos sajones herejes, en el mismo Redbourn.

Por Constancio de Lyon sabemos que, en el año 429, había una iglesia y una tumba de san Alban. Gildas, que escribió cerca del año 540, relaciona a Alban con Verulamium y, en los tiempos de Beda (731), había en Verulamium una iglesia recién construida con una capilla adjunta donde estaban las reliquias de san Alban. La tradición dice que, en 793, Offa de Mercia, construyó ahí una nueva iglesia y fundó un monasterio que, con el tiempo, se convirtió en la famosa abadía benedictina de San Alban, y es posible que la tradición esté en lo cierto.

En los últimos años, el padre A. W. Wade-Evans trató de localizar el sitio del martirio de san Alban, en los alrededores de Caerleon, en Monmouthshire, junto con los de san Julio y san Aarón (celebrados hoy mismo). La hipótesis recibió mayor consideración en el continente europeo que en las Islas Británicas, y el padre bolandista Grosjean, considera que «el martirio de estos tres santos en Caerleon no está desprovisto de fundamentos bastante firmes» (Analecta Bollandiana, vol. LVII, 1939, pp. 160-161). En cambio, Wilhelm Levison rechaza firmemente esta teoría y dice que «el martirio de san Alban puede ser situado, sin lugar a dudas, en Verulamium y el propio San Alban, dentro de las certezas y las probabilidades, encaja perfectamente en esa tradición».

 St. Alban and Saint Alhans de W. Levison, incluido en Antiquity, vol. xv (1941), pp. 337-359. El relato de Beda se encuentra en Ecclesiastical History lib. I, cap. 7 (ver también los caps, 18 y 20, así como las notas de Plummer); Gildas, en De Excidio Britanniae, cap. X, dice que «conjetura» que san Alban fue muerto durante la persecución de Diocleciano. La teoría de A. W. Wade-Evans, se encuentra en su Welsh Christian Orígins (1934), pp. 16-19, lo mismo que en su traducción de Nennius (1938), pp. 131-132. Hacia fines del siglo sexto, Venancio Fortunato conmemora al santo con la frase: «Albanum egregium fecunda Britannia profert» («La fecunda Bretaña venera al gran Albano»); también en el Hieronymianum se le menciona y, sobre esta referencia, véase el comentario de Delehaye. A pesar de que algunos detalles en la reedición posterior de los escritos de Constancio sobre San Germán, no pertenecen al original, como lo ha demostrado Levison (MGH., Scriptores Merov, vol. vil), subsisten todas las razones para creer que Germán llevó consigo de regreso a Auxerre, reliquias de san Alban y que construyó ahí una basílica en su honor, como lo afirma Heiricus, el autor de la biografía en verso de san Germán.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Julio de Caerleon

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Santos Julio y Aarón, mártires

En Caerleon, en Gales, santos Julio y Aarón, mártires, que, en la persecución bajo el emperador Diocleciano, consumaron su pasión después de san Albano, al mismo tiempo que otros numerosos cristianos que, torturados de diversas formas y cruelmente ejecutados, terminaron su combate entrando gozosamente de la ciudad celeste.

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