domingo, 21 de junio de 2015

San Luis Gonzaga 21 de junio


San Luis Gonzaga - 21 de junio
 Fecha: 20 de Junio de 2015



Ciertas hagiografías ofrecieron un relato de su vida que no se corresponde con la realidad. En ellas aparece adornado de una ingenuidad casi pueril, cuando era una persona de férrea voluntad. En la brevísima etapa del siglo XVI que le tocó vivir, época postridentina, coexistían herejes y mártires. La reforma protestante y la contrarreforma se medían con los signos de un floreciente Renacimiento en España, un Siglo de Oro literario nunca igualado hasta ahora, y el importante papel de la Iglesia en la expansión y colonización europea, entre otros. A nada de ello fue ajeno el santo, testigo del asesinato de dos de sus hermanos. En este contexto histórico se calibra el alcance de su entrega.

Primogénito del marqués de Castiglione delle Stiviere y sobrino del duque de Mantua, nació en la fortaleza que la familia tenía en esta región de Lombardía, Italia, el 9 de marzo de 1568. Tras un parto complicado, su madre lo consagró a María. Su padre Ferrante dispuso que recibiera una esmerada educación, acorde con el futuro prometedor que soñaba para él, y creyó que haría méritos siguiéndole en la carrera militar. Era un niño cuando se vio rodeado de soldados y diverso armamento; un extraño mundo de juegos del que extrajo lecciones de valentía y espíritu de sacrificio, escenario de alguna travesura. En él se contaminó puntualmente con expresiones malsonantes, impropias de su edad y alcurnia, hecho que le hizo ver su preceptor y por el cual se afligió sobremanera. Y eso que se produjo en su infancia, sin ápice de malicia. Sucedió lo que cabía esperar hallándose en tan rudo entorno, donde estas manifestaciones verbales eran ordinarias. A los 7 años se fue decantando por la vida de perfección. En 1577 su padre lo condujo junto a sus hermanos a Florencia, cuna de los Medici, faro en ese momento de la cultura europea. Allí se formó en diversas disciplinas con excelentes resultados.

No era un joven frágil ni pusilánime. Perfectamente consciente de su procedencia y de los privilegios que tenía, no se le escapaban ciertas licencias que se cometían en el ambiente de la corte, un mundo opaco que no era para él. Su padre pronto iba a constatar que no estaba dispuesto a dejarse cautivar por el esplendor ni la opulencia. Su modelo de vida era Cristo y con su gracia doblegaría la voluntad de su progenitor. Antes de proceder, se preguntaba: «¿De qué sirve esto para la eternidad?». En un momento dado, reconoció: «Dios me dio la gracia de no pensar sino en lo que quiero». El 25 de marzo de 1578 en la basílica florentina de la Anunciación se consagró a Dios. Era su íntima y radical respuesta a los desórdenes del tiempo y lugar en que crecía. También le dolían las pésimas amistades con las que se mezcló temporalmente. A la vista de tanta miseria, sentía crecer en su interior el anhelo de ser casto, pobre y obediente.

Poco antes de cumplir 12 años, se trasladó a la corte del duque de Mantua. Contrajo una enfermedad renal, y la sobrellevó envuelto en la oración, lecturas de vidas de santos y diversos textos espirituales; también impartía catequesis. En ese ambiente recogido se despertó su idea de ser sacerdote. Aunque no logró reponerse por completo –le quedaron secuelas de por vida–, comenzó a practicar un riguroso ascetismo marcado por durísimas mortificaciones y disciplinas. Recibió la primera comunión en 1580 de manos de san Carlos Borromeo.

En 1581 llegó a España con su familia. No alteró el camino de perfección emprendido. El día de la Asunción de 1583, al comulgar en la iglesia de los jesuitas de Madrid, escuchó: «Luís, ingresa en la Compañía de Jesús». Este alto ideal fue un desafío que importunó a su padre, pero llenó de gozo a la madre que comentó en una ocasión: «Si Dios se dignase escoger a uno de vosotros para su servicio, ¡qué dichosa sería yo!». Luís respondió vivamente: «Yo seré el que Dios escogerá». Un jesuita le advirtió que precisaba el permiso paterno. Ferrante se mostró inflexible. En 1584 regresaron a Italia. Allí Luís comenzó los ejercicios espirituales. Actuaba evangélicamente, insistiendo sin desfallecer ante su padre. Incluso en una ocasión, hallándose en Castiglione, se escapó de casa. Después de acaloradas discusiones entre ambos, severos castigos y fracasados intentos de Ferrante para disuadirle, éste aceptó lo inevitable y escribió al general de los jesuitas notificándole la decisión de Luís; le confesó que se desprendía de lo que más amaba en el mundo.

A finales de 1585 el joven, que renunció a sus derechos sucesorios a favor de su hermano, se trasladó a Roma y comenzó el noviciado bajo tutela de san Roberto Belarmino; poco antes había sido recibido por el papa Sixto V. Seis meses más tarde murió su padre confortado por su testimonio. Vivía prendido de las cosas celestiales. Sus mortificaciones y pautas penitenciales eran tan extremas que sus superiores las vigilaban velando para que no las efectuara en las horas del refrigerio. Belarmino le hizo ver que le convenía dedicarse a un apostolado directo y no encerrarse tanto en sus devociones particulares. Su delicada salud le condujo a Nápoles. Después, se trasladó al Colegio Romano con el fin de culminar sus estudios.

Profesó en 1587. Al año siguiente recibió las órdenes menores en San Juan de Letrán. Era muy profundo; una lección que dio sobre la Eucaristía causó gran impacto en los oyentes. Durante una breve estancia en Milán se le reveló su pronta muerte. 1591 trajo a Roma la temible peste y con ella su hora postrera. Se afanó en el hospital de los jesuitas, animando y consolando a enfermos y moribundos con visible heroicidad. Un día cargó sobre sus hombros un contagiado que vio en la calle, lo trasladó al hospital y quedó infectado por él. Preso de fiebre entonaba alabanzas a Dios. Falleció el 21 de junio. Tenía 23 años. Paulo V lo beatificó el 19 de octubre de 1605. Benedicto XIII lo canonizó el 13 de diciembre de 1726, declarándole Patrono de la juventud, título ratificado por Pío XI el 13 de junio de 1926.


San Luis Gonzaga y el paso a la vida eterna
Al ejercer una de las obras de misericordia corporal -socorrer a los enfermos-, encontró el umbral que conduce a la vida eterna


Por: . | Fuente: deangelesysantos.blogspot.com



Toda la vida de San Luis Gonzaga, pero sobre todo su muerte, es un ejemplo para el cristiano, y mucho más en nuestros días, en donde se banaliza el paso a la otra vida, al elaborarse las más peregrinas ideas acerca de ellas. La muerte de los santos es un preciosísimo testimonio, valga la paradoja, de vida eterna, de la existencia de la vida eterna, porque los santos, en la instancia de la muerte, ven con toda claridad el destino de eternidad en los cielos al cual están próximos a ingresar.
A diferencia de la muerte de quien no cree en la vida eterna, la muerte del santo es ya un anticipo de la vida eterna, y por eso su muerte nunca es, paradójicamente, signo de mera muerte, sino signo de la vida divina, eterna y celestial, la vida que Jesús nos consiguió al precio de su Sangre derramada en la Cruz.
Es por este motivo que vale la pena detenernos en los últimos momentos de la vida terrena de San Luis Gonzaga, porque nos hablan de la existencia de los cielos eternos, cielos a los cuales ingresa un alma que muere en estado de gracia. Es tan preclara la muerte de los santos, que más que muerte, puede llamársele: “atravesar el umbral que conduce a la vida eterna”. La muerte de los santos se convierte en una verdadera catequesis acerca de la muerte y de la vida eterna.
La muerte cristiana y ejemplar de San Luis Gonzaga fue así: en el año 1591, se desencadenó en Roma una epidemia mortal que acabó con gran parte de la población. Los jesuitas, orden a la que pertenecía San Luis Gonzaga, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.
Luis iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos; luego, se encargó del cuidado de los moribundos, tarea a la que se entregó de lleno,  limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión. Ejerciendo esta obra de misericordia corporal -una de las que pide la Iglesia, socorrer a los enfermos, necesaria para entrar en los cielos-, era muy probable que contrajese la enfermedad que diezmaba a la población, cosa que efectivamente sucedió en muy poco tiempo. Su estado se agravó de tal manera, que Luis supo que su vida terrena estaba por finalizar, y para comunicar esta noticia a su madre, le escribió una carta, a modo de despedida, en la que, entre otras cosas, le decía así: “Alegraos, insigne señora, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”.
Le dice: “Dios me llama después de una tan breve lucha: la “breve lucha” es esta vida, este paso por la vida terrena, la cual es siempre lucha: “lucha es la vida del hombre en la tierra”; es una lucha contra enemigos mortales, el demonio, el mundo y la carne, y es una lucha que solo puede vencerse con las armas del cielo: la Santa Cruz, el Rosario, la Eucaristía, la Confesión sacramental. Los santos, como San Luis Gonzaga, han usado estas armas con eficacia, constancia, perseverancia y amor, y por eso han vencido en la lucha, han vencido, han merecido la corona de la victoria, y luego de la muerte, Dios les concede el premio a su triunfo, que es el triunfo de Cristo, y este premio es la vida eterna.
En la carta a su madre, le habla ya de la eternidad en la que está por ingresar: “no lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios”. Quien muere en gracia, pasa a la vida, y la vida eterna, porque es la vida de Dios mismo y, como dice la Escritura, “Dios es un Dios de vivos, y no de muertos”, y por eso, el que muere en Dios, recibe de Dios su vida, que es eterna, feliz, pacífica, agradable y amorosa. Aunque muera la vida terrena, “no se puede llorar como muerto al que vivirá la vida del mismo Dios”, porque está vivo en Dios, y vive para siempre con la vida misma de Dios. Aunque la muerte del justo provoque dolor y llanto, está vivo en Dios y de Dios recibe, para siempre, su vida, su Amor, su dicha, su paz y su felicidad.
Finalmente, San Luis endulza la separación que provoca la muerte recordándole que también ella habrá de morir y que, por la misericordia de Dios, se reencontrarán en el cielo: “Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Para el cristiano, para el que muere esperando en la Misericordia Divina, la muerte no es nunca una separación final, sino temporaria; la separación durará el tiempo que durará la vida terrena de aquel que todavía no ha muerto, y cuando este muera, se producirá el reencuentro en Cristo.
En sus últimos momentos no pudo apartar su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama, y esta fijación de su vista en el crucifijo se hizo más intensa a medida que se acercaba su final, de manera tal que murió con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses.
Así nos enseña San Luis Gonzaga a morir: con los ojos clavados en el crucifijo –muy similar a la muerte de Santa Juana de Arco-, porque quien contempla a Cristo crucificado, recibe de Él la curación del alma, esto es, la conversión, aun cuando no reciba la curación corporal –esta curación estuvo prefigurada en la serpiente de bronce levantada en alto por Moisés en el desierto-; quien así muere, contemplando a Cristo crucificado, al cerrar los ojos corporales por la muerte física, abre sus ojos espirituales en la vida eterna, y comienza así la alegría inimaginable que significa contemplar cara a cara a Dios Uno y Trino.

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