domingo, 21 de junio de 2015

San Luis Gonzaga - Santa María Anna Cope - San Inocente de Mérida - San Juan Rigby - Beato Jacobo Morelle Dupas 21062015

San Luis Gonzaga

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San Luis Gonzaga, religioso
Memoria de san Luis Gonzaga, religioso, que, nacido de nobilísima estirpe y admirable por su pureza, renunció a favor de su hermano el principado que le correspondía e ingresó en Roma en la Orden de la Compañía de Jesús. Murió, apenas adolescente, por haber asistido durante una grave epidemia a enfermos contagiosos.
El Patrón de la Juventud Católica, San Luis Gonzaga, nació el 9 de marzo de 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente, y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa.   Su entrega a Dios en su infancia fue completa y absoluta y ya en su adolescencia, decidió ingresar a la Compañía de Jesús, pese a la rotunda negativa de su padre, que soñaba para él una exitosa carrera militar.
Renunció a favor de su hermano al título de príncipe que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma.   Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591.    Durante los años siguientes, el santo dio pruebas de ser un novicio modelo.   Estando en Milán y por revelación divina, San Luis comprendió que no le quedaba mucho tiempo de vida. Aquel anuncio le llenó de júbilo y apartó aún más su corazón de las cosas de este mundo.
Por consideración a su precaria salud, fue trasladado de Milán a Roma para completar sus estudios teológicos, siendo los atributos de Dios los sus temas de meditación favoritos.    En 1591 atacó con violencia a Roma una epidemia de fiebre; los jesuitas abrieron un hospital y el santo desplegó una actividad extraordinaria; instruía, consolaba y exhortaba a los enfermos, y trabajaba con entusiasmo y empeño en las tareas más repugnantes del hospital.   San Luis falleció en la octava del corpus Christi, entre el 20 y 21 de junio de 1591, a los 23 años de edad. Fue canonizado en 1726.





Oremos

Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste  en San Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


Santa María Anna Cope

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Maria Anna Cope
Maria Anna Cope (1838-1918), religiosa alemana de las Hermanas de la Tercera Orden Franciscana de Syracuse, Nueva York. Su nombre era Bárbara. Fue conocida como la madre Maria de Molokai. Nacida en Alemania, murió en Molokai, Hawai. Evangelizó a los leprosos de Molokai.
Nació en Heppenheim, Gran Ducado de Hesse, el 23 de enero de 1838. Su familia emigró a Estados Unidos y se nacionalizó. Se estableció en Utica, donde permaneció toda su vida. Estudió allí en una escuela católica. Después de trabajar en una fábrica doce años para ayudar a la familia, debido a la debilidad del padre, entró en las Hermanas de la Tercera Orden Regular Franciscana, con sede en Syracuce, al norte de Nueva York. Profesa en 1860, elegida superiora general en 1873, ese mismo año fue llamada a Honolulu por el rey de Hawai para cuidar del gran número de leprosos. En 1888, se trasladó a la isla de Molokai, donde estaba el asilo para leprosos de Kaulapapa, para asistir san Damián de Veuster, SS.CC, en sus últimos meses de vida, contagiado por la enfermedad, y para seguir con su la obra de cuidar y curar a los leprosos.
En 1885, recibió la condecoración de Dama Compañera de la Real Orden de Kapiʻolani por sus servicios, de manos del rey Kalākaua.
Apoyó la construcción de la iglesia de Santa Filomena y del colegio católico de San Francisco de Asís. Fundó una lavandería para las leprosas y un coro para las iglesias. Exigió, a gritos, comida y medicamentos para los leprosos. Tras la muerte de Veuster en 1889, Cope fue llamada a Honolulu para que regresara a Syracuse pero ella se negó y decidió establecer su residencia en Kaulapapa, donde murió el 9 de agosto de 1918.



San Inocente de Mérida

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San Inocente de Mérida
San Inocente (Inocencio)de Mérida, obispo emeritense, confesor (s. VII)  Su vida hizo honor a su nombre.   Parece ser que su candidez y humildad jalonaron su ministerio en Mérida, capital de la provincia Lusitana, en el tiempo de la España visigoda.  Se cuenta de él que su santidad y penitencia las ponía al servicio para impetrar las lluvias, tan deseadas en los tiempos de sequía, presidiendo rogativas, que siempre eran escuchadas por el Omnipotente.
Cuando lo eligieron para ser consagrado obispo, era, según se nos dice, el último en el orden de los diáconos. Y lo consagraron para servir a la diócesis emeritense como sucesor del gran obispo visigodo Masona que abrió la «Edad de Oro» del episcopado de Mérida. «Después de él fue elegido un virtuoso varón, de suma santidad y llaneza, llamado Inocencio, cuya condición la expresa bien su propio nombre. Inocente, en verdad, y cándido; que a nadie juzgó, a nadie condenó, a nadie enjuició; y vivió humilde y piadoso todos los días de su vida»   Asistió al Concilio de Toledo del año 610 que preside San Leandro de Sevilla en tiempos de Gundemaro.   Debió estar pocos años al frente de su sede.


San Juan Rigby

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San Juan Rigby, mártir
En Londres, en Inglaterra, san Juan Rigby, mártir, el cual, detenido y condenado a la pena capital durante el reinado de Isabel I por haberse reconciliado con la Iglesia católica, fue ahorcado en Southwark y descuartizado mientras aún estaba vivo.
A pesar de que fue hijo de un caballero de rancio linaje del Lancashire, los escasos bienes de la familia obligaron a Juan Rigby a ingresar en el servicio doméstico para ganarse la vida. Era un católico fiel que moraba en el seno de una familia protestante, y a menudo se encontraba en situaciones muy difíciles para practicar su religión, en vista de las rigurosas leyes establecidas para combatir al catolicismo. Por esta causa, algunas veces se vio obligado a asistir a los servicios de la iglesia autorizada, una muestra de debilidad que lamentó con toda sinceridad posteriormente. Al sentir remordimientos por su culpa, fue a pedir confesión a un sacerdote encarcelado en la prisión de Clink y, a partir de entonces, llevó una vida cristiana irreprochable. Juan fue el instrumento de que se sirvió Dios para reconquistar a muchos católicos renegados, incluso a su propio padre.

Mientras servía como criado de confianza en la casa de Sir Edmund Huddlestone, su amo le envió a la sala de sesiones del tribunal de Old Bailey, para informar que la hija de Sir Edmund, la señora Fortescue, estaba enferma y no podía comparecer ante esa corte, a donde había sido citada para un caso judicial. Hasta aquel momento no había acusaciones en contra de Juan Rigby, pero uno de los magistrados entró en sospechas y comenzó a interrogarle respecto a su religión. El noble criado acabó por reconocer que era católico, que no pensaba poner un pie en las iglesias protestantes y que se negaba a reconocer la supremacía religiosa de la reina. Acto seguido se ordenó que fuese encerrado en la prisión de Newgate.

Un amigo suyo conservó para la historia el interesante relato que escribió Juan sobre sus experiencias en la prisión y las pruebas que debió soportar. Es evidente que algunos de sus jueces, sobre todo el señor Gaudy, quedaron muy favorablemente impresionados por el valor, la resistencia y la sinceridad del reo; aquellos magistrados estaban bien dispuestos a dejarle en libertad, sólo le pedían que hiciese acto de presencia en la iglesia autorizada para cerrar su caso; pero Juan les respondía invariablemente: «Si ése es el único delito que he cometido y no hay otra manera de remediarlo que la de asistir a la Iglesia, no quisiera dejar a Su Señoría en la creencia de que, tras de haber ascendido algunos escalones hacia el Cielo, esté ahora dispuesto a tropezar y caer escaleras abajo hasta los abismos del infierno. Tengo la firme esperanza de que Jesucristo me fortalecerá para sufrir mil muertes si acaso tengo mil vidas para perder. Deje, Su Señoría, que la ley siga su curso».

Al cabo de prolongadas deliberaciones entre ellos, los jueces decidieron condenarlo. El juez Gaudy no pudo dominar el temblor de su voz al leer la sentencia de muerte, pero Juan Rigby la escuchó con absoluta serenidad. El 21 de junio se le informó que iba a ser ajusticiado y él repuso con sencillez, casi con alegría triunfante: «¡Deo gratiasl Es el mayor premio que se me ha otorgado desde que vine al mundo». Cuando le transportaban dentro de una jaula de cañas, sobre la carreta, hacia Saint Thoma's Waterings, el sitio de la ejecución, el conde de Rutland y el capitán Whitlock se le acercaron para instarle a «hacer lo que la reina mandaba y salvarse», pero fue en vano. Ya en el cadalso, Juan entregó al verdugo una moneda de oro y le dijo: «Toma esto como prenda de que sinceramente te perdono, a ti y a todos los que han sido causa de mi muerte». La ejecución se llevó a cabo con lujo de crueldad, puesto que fue desmembrado y se le sacaron las entrañas cuando aún tenía vida. Sus últimas palabras fueron: «¡Dios los perdone! ¡Jesús, recibe mi alma!». San Juan Rigby tenía alrededor de treinta años de edad cuando fue martirizado. Fue canonizado por SS. Pablo VI, con los «25 mártires de Inglaterra y Gales», en 1970.

 Dr. Thomas Worthington,: «A Relation of Sixtene Martyrs glorified in England in twelve months». El mismo texto de Rigby, con una introducción y notas complementarias, fue admirablemente editado por el padre C. A. Newdigate en un folleto que tituló: «A Lancashire Man: the Martyrdom of John Rigby at Southwark» (1928).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Beato Jacobo Morelle Dupas

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Beato Jacobo Morelle Dupas, presbítero y márti
En una nave anclada frente al puerto de Rochefort, en Francia, beato Jacobo Morelle Dupas, presbítero y mártir, que, severo para sí mismo y dulce para con los demás, durante la Revolución Francesa fue encarcelado por ser párroco en el territorio de Poitiers y falleció finalmente de hambre.
Jacques Morelle Dupas nació el 10 de noviembre de 1754 en Ruffec, diócesis entonces de Poitiers. Ordenado sacerdote, fue destinado como vicario a su parroquia natal, donde ejerció el ministerio pacíficamente hasta que llegó la hora de la Revolución. Igual que su párroco, prestó el juramento de acatamiento a la constitución civil del clero, pero no sin declarar que entendía que la Asamblea no se había metido en el terreno estrictamente espiritual y que de todos modos quería seguir fiel a la Iglesia.

Esta prestación del Juramento le permitió seguir en la parroquia, pero su manifiesta fidelidad a la Iglesia le trajo problemas y terminó por ser arrestado y llevado a la cárcel de la Visitación en Poitiers. En marzo de 1794 es sentenciado a la deportación y en abril llevado a Rochefort, donde después de ser registrado es embarcado primero en Le Borée, pasando seguidamente a Les Deux Associés donde murió, debido a las privaciones y miserias, el 21 de junio de 1794. Era un sacerdote digno, serio y duro consigo mismo pero lleno de caridad hacia los demás, modesto y honesto. Fue beatificado el 1 de octubre de 1995.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003

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