miércoles, 17 de junio de 2015

Santos Nicandro y Marciano de Silistra - Santa Teresa de Portugal - San Hipacio de Bitinia - Beato Pedro Gambacorta - Beato Felipe Papon - San Avito de Orleans 17062015

San Nicandro de Silistra

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Santos Nicandro y Marciano, mártire
En Silistra, en Mesia, santos mártires Nicandro y Marciano, que, siendo soldados, rechazaron hacer ofrenda y sacrificar a los dioses, y por ello fueron condenados a la pena capital por el prefecto Máximo, en la persecución desencadenada bajo el emperador Diocleciano.
Hacía tiempo que Nicandro y Marciano prestaban sus servicios en el ejército romano, cuando se proclamaron los edictos contra los cristianos y, como ambos lo eran, renunciaron a la carrera militar. Su renuncia fue considerada como una deserción y, los dos soldados, perseguidos como criminales, fueron aprehendidos y llevados ante Máximo, el gobernador de la provincia. El magistrado les informó que había una orden imperial para que todos los ciudadanos ofreciesen sacrificios a los dioses. Nicandro repuso que semejante mandato no rezaba para los cristianos, quienes consideraban contrario a su ley renegar de su Dios inmortal para adorar figuras de piedra y de madera. Daría, la esposa de Nicandro, presente en el proceso, se dirigió a su esposo para alentarlo, pero Máximo la interrumpió bruscamente. «¡Calla, mujer malvada!, le dijo. ¿Por qué te empeñas en que muera tu marido?». «Yo no deseo su muerte, replicó Daría, sino que viva en Dios para que nunca muera». El magistrado desvirtuó el sentido de las palabras de la mujer e insinuó que, en realidad, Daría buscaba la manera de deshacerse de Nicandro para tomar otro marido. «Si eso es lo que sospechas, dijo indignada; manda que me maten a mí primero».

A Máximo le pareció inútil prolongar la discusión con la apasionada Daría, le ordenó que callase y se dirigió a Nicandro: «Tómate el tiempo necesario para deliberar contigo mismo, le dijo, si prefieres vivir o morir». «Ya tengo tomada mi decisión, respondió Nicandro: estoy cierto de que mi salvación es lo primero». El juez comprendió que había decidido salvar la vida y estaba dispuesto a ofrecer sacrificios a los dioses, pero no tardó en desengañarlo el reo, quien comenzó a orar en voz alta y expresó su alegría ante la perspectiva de morir y librarse para siempre de los peligros y tentaciones de este mundo. «¿Qué estás diciendo?, inquirió el gobernador. ¿Hace apenas unos instantes querías vivir y ahora pides la muerte?». Nicandro replicó inmediatamente: «Deseo la vida que es inmortal, no la pasajera existencia en este mundo. A ti te entrego voluntariamente mi cuerpo; haz con él lo que te plazca. ¡Soy cristiano!». «¿Y qué dices tú a todo esto, Marciano?», inquirió el juez dirigiéndose al otro acusado. Marciano declaró que su opinión era enteramente igual a la de su compañero. Entonces Máximo, exasperado, mandó que los dos reos fuesen arrojados a un calabozo y suspendió la sesión.

Veinte días pasaron los dos soldados en un agujero estrecho sin aire ni luz, del que fueron sacados para comparecer de nuevo ante el gobernador. Este les preguntó si ya estaban dispuestos a obedecer el edicto del emperador y Marciano se encargó de responderle: «Nada de lo que puedas decir hará que abandonemos nuestra religión o neguemos a Dios. Por la fe le tenemos presente ante nosotros y sabemos que nos llama a Sí. Te suplicamos que no nos detengas por más tiempo y que nos mandes rápidamente a Aquel que fue crucificado, al que tú no conoces, puesto que te atreves a blasfemar de Su nombre; pero al que nosotros honramos y adoramos». El gobernador declaró que estaba obligado a obedecer las órdenes del emperador y pidió disculpas a los reos por tener que condenarles a morir decapitados. Los mártires expresaron su gratitud con estas palabras: «La paz sea contigo, juez clemente».

Marcharon alegremente al lugar de la ejecución; entonando a coro alabanzas al Señor. Detrás del cortejo iba Daría, la esposa de Nicandro y el hijo pequeño de éste en los brazos de Papiniano, hermano del mártir san Pasicrates. También la esposa de Marciano seguía al cortejo, pero ella no mantenía la misma serenidad de los demás, antes bien gemía y se mesaba los cabellos con desesperación. Ya para entonces, había hecho todo lo posible para apartar a Marciano de su resolución; sobre todo, había tratado de conmoverle por medio del cariño al hijo pequeño que iba a dejar desamparado. En el lugar de la ejecución, Marciano tomó en brazos a su hijo, lo besó con ternura y clamó, con los ojos levantados al cielo: «¡Señor mío, todopoderoso; toma Tú a este niño bajo tu protección!» Después lo entregó a su esposa y, como un reproche por su falta de fe, le pidió que se alejara pronto de ahí, porque seguramente no podría soportar verle morir. La esposa de Nicandro, en cambio, no se apartaba de su lado y le exhortaba de continuo a conservar su entereza y su alegría frente a la muerte. «Manten fuerte tu corazón, mi señor, le decía. Yo he vivido diez años en la casa sin tenerte conmigo y nunca dejé de orar para que se me concediera la dicha de verte de nuevo. Ahora tengo ese consuelo: estoy al lado tuyo en el camino a la gloria y seré la esposa de un mártir. Entrega a Dios, como se debe, tu testimonio de la Verdad, a fin de que también a mí me libre de la muerte eterna». Se apartó de él con una última súplica para que sus sufrimientos y sus plegarias sirviesen al propósito de obtener para ella la misericordia divina. El verdugo cubrió los ojos de los dos reos arrodillados y, con certeros golpes de su espada, les cortó la cabeza. Era un 17 de junio, según se afirma en las «actas» de estos mártires.

Ruinart, en su clasificación de las actas de los mártires (1689) consideró este relato como «acta sincera», es decir, verídica. Siguiendo esta opinión, el Butler original (1759) aceptó la veracidad fundamental de los hechos. Sin embargo, la opini´ço a lo largo del tiempo ha ido variando. Esto señala el Butler-Guinea (es decir, la revisión de la primera mitad del siglo XX): «El intento de desacreditar esta narración tan natural y tan sobria, podría parecer la acción de algún apasionado iconoclasta, pero el caso es que entre los numerosos relatos diferentes sobre el mismo episodio, no hay el más mínimo acuerdo en cuanto al sitio donde tuvo lugar el martirio, en cuanto a los nombres de los ejecutados (puesto que Nicandro y Marciano se hallan colocados a menudo junto con otros mártires) y en cuanto a la fecha en que se les conmemora. Nadie ha dudado jamás de que las «actas» tienen algún fundamento histórico, ni de que hayan existido realmente Nicandro y Marciano; pero hay cuatro regiones distintas en diversos países que reclaman la gloria de haber sido el escenario de su martirio: Durostorum, en Moesia o sea Bulgaria; Tomi o Constanza, en lo que hoy es Rumania; Alejandría, en Egipto; y Vanafro, en Italia, donde todavía se veneran sus supuestas reliquias. El padre Delehaye, bolandista, comparte la creencia de que los santos fueron martizados en Durostorum. En su opinión, el culto de Nicandro y Marciano fue importado a Italia; respecto a la inclusión de esos nombres en la lista de mártires de Egipto en el Hieronymianum, Delehaye sugiere que algún copista descuidado, que conocía la historia de los dos mártires de Durostorum, leyó el nombre de Marciano, lo asoció en su mente con el de Nicandro y escribió juntos los dos apelativos, aunque no se tratase de los mismos personajes.»

Debe tenerse presente que en el calendario romano anterior, en esta fecha se celebraban a Nicandro y Marciano, mártires en Venafro -que es una de las cuatro variantes de las Actas- mientras que en el Martirologio Romano actual, se ha aceptado la versión leída por Delehaye, que sitúa esta historia en Dorostorum (actual Silistra), en la Bulgaria de hoy. El martoirologio recuerda tambiéjn el 5 de junio a otros mártires de Egipto que podían considerarse duplicados -los santos Marciano, Nicandro y compañeros-, pero el modo de su muerte es completamente distinto al narrado aquí. En suma: luego de las correcciones introducidas por Delehaye, no hay motivo para mantener la sospecha que tendía la edición Butler-Guinea sobre unas actas que parecen fundamentalmente históricas.


fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Santa Teresa de Portugal

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Santa Teresa de Portugal, monja
En Lorvâo, en Portugal, santa Teresa, reina de León y madre de tres hijos, que, después de la muerte de su esposo, abrazó la vida regular en un monasterio fundado por ella misma, bajo la disciplina cisterciense.
El rey Sancho I de Portugal tenía tres hijas: Teresa, Sancha yMafalda, todas las cuales alcanzaron los honores de la Iglesia. Teresa, la mayor, casó con su primo Alfonso IX, rey de León, con quien tuvo varios hijos; sin embargo, al cabo de algunos años, el matrimonio se declaró inválido, puesto que marido y mujer eran consanguíneos y se habían unido sin una previa dispensa de la Iglesia. Teresa amaba a su marido y se negaba a dejarlo, pero a fin de cuentas y tras muchas discusiones, convinieron en separarse de común acuerdo. Al regresar a Portugal, Teresa descubrió en Lorvâo, donde tenía propiedades, un monasterio de benedictinos con muy escasos monjes, quienes, por negligencia, habían dejado de observar sus reglas. En consecuencia, Teresa hizo retirar a los frailes y puso en su lugar a una comunidad de monjas de la regla del Císter. Teresa reparó y amplió el edificio para acomodar a 300 monjas y reconstruyó la iglesia.

A pesar de que se quedó en el convento y tomaba parte activa en la vida de las religiosas, no hizo profesión para tener la libertad de administrar la casa y de ir y venir cuando quisiera. Al enterarse de la muerte de su hermana Sancha, Teresa acudió al monasterio de Celias, el que había fundado Sancha, por la noche y sin anunciarse, para llevarse sigilosamente el cadáver de su hermana, que yacía dentro del féretro en el coro de la iglesia, y sepultarlo en Lorvâo. La última de las apariciones de Teresa en público, ocurrió dos o tres años más tarde. Salió de su retiro a ruegos de Berengaria, la viuda del rey Alfonso IX, el que había estado casado, primero, con Teresa, a fin de que ésta buscase la manera de arreglar las disputas entre sus respectivos hijos, sobre la sucesión al trono de León. Gracias a la mediación de Teresa, se llegó a un acuerdo equitativo y se restableció la paz en la familia. Al partir, declaró que ya estaba cumplida su tarea en este mundo y que ya nunca volvería a salir del convento.

Posiblemente fue por entonces cuando se decidió a tomar el velo. Vivió hasta el año de 1250 y, a su muerte, fue sepultada junto a la beata Sancha. El culto fue aprobado en 1705. Aunque formalmente sólo ha sido beatificada, se la encuentra indistintamente nombrada como beata o como santa, e incluso el Martirologio Romano actual la llama "santa", si bien acompaña el título con el asterisco que indica que se trata de un beato.

La biografía de Santa Teresa de Portugal, escrita por Francisco Macedo, no obstante que data del siglo diecisiete, contiene materiales auténticos, especialmente los que se recogieron con vistas al proceso de canonización. Esta biografía se reprodujo en Acta Sanctorum, junio, vol. IV y los bolandistas le agregaron algunos documentos, tomados también del proceso de canonización, así como los relatos de algunos milagros atribuidos a la intercesión de Teresa. También Henríquez cuenta su historia detalladamente, en su libro Lilia Cistercii (1633), vol. II, pp. 131-144. El Portugal glorioso e ilustrado de J. P. Bayao (1727), narra la historia de las tres hijas del rey Sancho.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
 



San Hipacio de Bitinia

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San Hipacio, abad
En Bitinia, san Hipacio, hegúmeno del monasterio de los Rufinos, el cual, con una vida austera y duros ayunos, enseñó a sus discípulos la perfecta obediencia a la observancia monástica, y a los seglares el verdadero temor de Dios.
En el suburbio de Calcedonia llamado La Encina que dio su nombre al infame seudo-sínodo que condenó a san Juan Crisóstomo, cierto funcionario consular cuyo nombre era Rufino, construyó una iglesia dedicada a San Pedro y San Pablo, junto con un monasterio adyacente. La comunidad que vivió ahí y atendió la iglesia, tuvo su época de prosperidad, pero a la muerte del fundador los monjes se dispersaron, el convento y la iglesia quedaron abandonados y muy pronto adquirieron la reputación de que albergaban fantasmas y ánimas en pena. Como nadie se atrevía a penetrar ahí, los edificios quedaron abandonados durante años, hasta que un santo asceta llamado Hipacio, y sus dos compañeros, Timoteo y Mosquion, se decidieron a ocuparlos, luego de haber recorrido la Bitinia en busca de un sitio a donde retirarse. Llevaban poco tiempo de habitar entre las ruinas, cuando comenzaron a llegar los discípulos y muy pronto se reunió una gran comunidad que reparó los daños del tiempo en la iglesia y el monasterio. Hipacio gobernó el convento durante muchos años y, después de su muerte, el lugar tomó su nombre.

La vida de san Hipacio ha llegado hasta nosotros en la forma de una biografía escrita por Callinico, uno de los monjes que, en su deseo por glorificar al abad, con frecuencia da rienda suelta a su imaginación o a su credulidad. De acuerdo con el biógrafo, san Hipacio nació en Frigia y fue educado por su padre, un hombre culto y estudioso que tenía la ambición de que su hijo siguiese sus pasos. Sin embargo, Hipacio se inclinó siempre hacia la vida religiosa. A la edad de dieciocho años, tras una despiadada paliza que le propinó su padre, escapó de la casa y, a impulsos de una admonición sobrenatural, se dirigió hacia la Tracia. Ahí trabajó como pastor durante un tiempo bastante largo. Un sacerdote que le oyó cantar, se interesó por él y le enseñó el Salterio y los cánticos. Tal vez por consejo de aquel sacerdote, Hipacio se unió a un solitario, un antiguo soldado llamado Jonás, con quien vivió entregado a la oración y una penitencia tan rigurosa, que, según cuenta la leyenda, ambos se abstenían de comer o de beber, a veces, durante cuarenta días consecutivos. Por fin, un día, el padre de Hipacio descubrió el escondite de su hijo y hubo una patética reconciliación. Posteriormente, Hipacio y Jonás se trasladaron a Constantinopla, donde éste último se quedó a vivir. Hipacio cruzó los estrechos para ir al Asia Menor otra vez e, instalado en las ruinas del monasterio de Rufino, emprendió una misión para revivir la práctica de la religión. Cuando llegó a gobernar a una gran comunidad de monjes, se constituyó en un paladín de la ortodoxia. Aun antes de que los errores de Nestorio fuesen condenados por la Iglesia, el abad hizo que se borrara el nombre del jerarca de los libros oficiales de su iglesia, a pesar de las protestas del obispo Eulalio de Calcedonia. Cuando san Alejandro Akimetes y sus monjes huyeron de Constantinopla a Bitinia, fue Hipacio quien les dio hospitalidad generosa en su monasterio. Asimismo, cuando estaban a punto de realizarse los proyectos para reanudar los Juegos Olímpicos en Calcedonia sin ninguna oposición por parte del obispo Eulalio, la vehemencia con que Hipacio declaró que él y sus monjes perderían la vida antes que permitir el restablecimiento de semejantes prácticas paganas, acabó por deshacer los planes.

Debemos decir que los comentaristas y los críticos ponen en tela de juicio la autenticidad histórica de estos relatos. Incluso se duda de la existencia de Eulalio, puesto que no se ha podido encontrar ningún registro sobre ese obispo de Calcedonia; su nombre no aparece entre los signatarios del Concilio de Efeso, en 431, ni en los del «Concilio del Latrocinium», en 449. Aunque por otra parte es cierto que, en el año 451, hubo un Eleuterio, obispo de Calcedonia, que podría ser el nombrado aquí. San Hipacio, apodado «el estudioso de Cristo», se hizo famoso por sus supuestos milagros y profecías. Al parecer, murió a mediados del siglo quinto, a la edad de ochenta años.

La extensa biografía escrita por Callinico, en griego, se imprimió en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV, pero desgraciadamente, el texto se encuentra incompleto. Los discípulos de H. Usener hicieron una edición crítica (1895) de otro manuscrito completo.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Beato Pedro Gambacorta

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Beato Pedro Gambacorta, fundador
En Venecia, beato Pedro Gambacorta, fundador de la Orden de Eremitas de San Jerónimo, cuyos primeros religiosos fueron antiguos ladrones que él mismo había convertido.
El fundador de los Ermitas, o Hermanos Pobres de San Jerónimo, nació en Pisa en 1355, cuando su padre, Pietro Gambacorta, gobernaba aquella república. Al cumplir los veinticinco años, el joven Pedro huyó en secreto de la corte, con el disfraz de un peregrino y se refugió en las soledades de Monte Bello, en Umbría. Ahí subsistió con las limosnas que le daban en las poblaciones vecinas. En 1380, buscó los medios para construir un oratorio y las celdas necesarias para dar albergue a una docena de compañeros que se habían agrupado en torno suyo (de acuerdo con la tradición popular, eran doce asaltantes de caminos a quienes el santo había convertido). Pedro elaboró una regla para su comunidad, complementada por algunas constituciones tomadas de los escritos de san Jerónimo, a quien se había elegido como patrón de la nueva congregación. Los monjes observaban cuatro cuaresmas al año, ayunaban los lunes, miércoles y viernes y diariamente, después de los maitines, oraban durante dos horas. Pedro, por su parte, dedicaba su tiempo a la plegaria y los ejercicios de penitencia. Se le atribuyeron numerosos milagros.

En 1393, a raíz de una disputa, Giacomo Appiano asesinó al padre y los hermanos de Pedro, y éste se sintió fuertemente tentado a abandonar su retiro para castigar al que había perpetrado el crimen; sin embargo, venció las tentación de venganza y siguió el ejemplo de su hermana, la beata Clara Gambacorta (17 de abril) para perdonar generosamente al asesino. En 1421, el Papa Martín V aprobó la congregación del beato Pedro, y en seguida ésta comenzó a extenderse por Italia. El fundador vivió catorce años más: murió en Venecia, en 1435, a la edad de ochenta años, y fue beatificado en 1693. Hubo una época en que se contaron cuarenta y seis casas de los Hermanos Pobres en las provincias de Ancona y Treviso; varios grupos pequeños de ermitaños o terciarios se afiliaron a la orden, y en 1668 el Papa Clemente IX unió la comunidad de San Jerónimo de Fiésole, que había sido fundada por Carlos Montegranelli, a la regla del Beato Pedro. Pero en 1933 eran tan pocos los miembros de la Orden que fue suprimida por la Santa Sede.

En el Acta Sanctorum, junio, vol. IV, hay un relato fundado en materiales de información muy antiguos. El breve para la supresión, se encuentra en Acta Apostolicae Sedis, vol. XXV (1933), pp. 147-149.
Cuadro: Sebastián Conca, Urbano VI aprueba la Regla del beato Pietro Gambacorta, óleo sobre tela del siglo XVIII, Museo Nazionale di Palazzo real, Pisa.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Beato Felipe Papon

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Beato Felipe Papon, presbítero y mártir
En el litoral de Francia, en una nave anclada frente al puerto de Rochefort, beato Felipe Papon, presbítero de Autun y mártir, que, siendo párroco, durante la Revolución Francesa fue encarcelado por su condición de sacerdote y, después de haber dado la absolución a otro cautivo moribundo, también expiró él.
Felipe Papon nació en Saint-Pourcam, en el Allier, el 5 de octubre de 1744, hijo de un boticario. Parece que hizo sus estudios en Moulins y consta que ya en 1763 había recibido la tonsura. Se ordena sacerdote en 1768 y tiene como destino ser vicario en la parroquia de Contigny, a donde llega en junio de 1769.
En 1772, a la muerte del párroco de Contigny, es designado para sucederle y en los años siguientes cumple con regularidad y honestidad sus funciones como pastor de esta comunidad cristiana. En 1790 era, además de párroco, alcalde de la población, y se ve en la difícil circunstancia de tener que prestar el juramento de aceptación de la constitución civil del clero. Lo prestó el 30 de enero de 1791 pero con restricción, lo que le desagradó al directorio del distrito, por lo que hubo de repetir el juramento el día 27 de febrero siguiente, igualmente con una restricción, pero esta vez el directorio no dijo nada, y por ello su nombre apareció en la hsta de sacerdotes juramentados del día 2 de marzo.

A partir de este momento él estuvo dividido entre su deseo de permanecer fiel a la Iglesia, por un lado, y su deseo de no ser alejado de sus feligreses, por otro. El 8 de mayo expuso esta perplejidad a los feligreses y su sermón causó un gran revuelo, que provocó una investigación abierta por el Directorio. Se llevó a cabo el día 19 de mayo y al siguiente día se decretó que estaba cesante de su cargo de párroco, llegando un sustituto el día 22. Con lágrimas en los ojos hubo de dejar su parroquia, pero prometió que la Pascua del año siguiente la celebraría con sus fieles.
Se quedó en el pueblo, lo que no podía menos que resultar peligroso. Le escribió al legítimo obispo de Clermont, mons. De Bonnal, explicándole el sentido de su juramento (20 de enero de 1793). Le mandan en febrero una carta pastoral sobre la Cuaresma y él no duda en repartirla entre sus cercanos. Como era de esperar, el 16 de marzo, el directorio de Moulins toma una determinación contra él y el directorio del departamento la confirma. El 12 de abril comparece ante el juez Pélassy, del tribunal de Moulins, y como resultado del interrogatorio se le dice que sus juramentos con restricciones no pueden ser aceptados y se le declara no juramentado o renuente. El 17 de mayo comparece ante el tribunal de lo criminal del Allier y se le imputa haber perturbado el orden público con propósitos fanáticos y sediciosos al haber distribuido una publicación de estas características. El juez lo condena a una corrección y a un año de arresto. En carta a las autoridades afirmó que él deseaba ser fiel tanto a la patria como a la Iglesia pero que le ponían en condiciones muy difíciles de compatibilizar ambos amores.

Como igualmente se niega al juramento de libertad-igualdad, es condenado a la deportación y se le envía a Rochefort, constando que estaba ya a bordo del Borée el día 13 de abril de 1794, de donde pasa al Deux Associés. Aquí enferma prontamente y muere el 17 de junio de aquel año, siendo enterrado en la isla de Aix. Había logrado llevar consigo hostias consagradas, que fueron de gran consuelo entre los detenidos. Cuando se vio muy enfermo se las dio a los sacerdotes que hacían de enfermeros. Pudo así, pese a las pesquisas que se hicieron para quitarles a los sacerdotes todo objeto religioso, conservar tan gran tesoro y poder recibir al Señor antes de morir, y lo había dado con gran celo a otros moribundos. Fue beatificado por SS. Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003

San Avito de Orleans

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San Avito de Orleans, abad
En Orleans, en la Galia, san Avito, abad.
Al fin de un artículo de estudio sobre san Avito y los santos de Micy, en la Analecta Bollandiana, el padre Albert Poncelet S.J. explica a sus lectores que existe una amplia diferencia entre las «pruebas del culto» y las narraciones biográficas: «La primera, es decir, la prueba del culto, atestigua la existencia real del santo y el hecho de que se le rinde devoción desde hace tiempo. Pero hacemos frente a un asunto enteramente distinto, al tratar con biografías recopiladas dos o tres siglos después de la muerte del héroe, que a menudo contienen una colección de tradiciones no muy dignas de confianza. Por el honor del santo y en el interés de una buena y auténtica biografía, hay que ir con extremo cuidado para no dejarse arrastrar por aquéllos que, no contentos con venerar a los santos, imaginan que el respeto por ellos incluye una especie de canonización de las fábulas con que la posteridad ha pretendido enaltecer su gloria; desgraciadamente, no siempre corresponde la recopilación de los hechos con la piedad del autor.»

Es indudable que San Avito fue un personaje real: san Gregorio de Tours nos informa que era un abad en la región de Francia que formaba la antigua provincia de Perché, que suplicó en vano al rey Clodomiro para que perdonara la vida a san Segismundo de Burgundia, a su esposa y a sus hijos, a quienes el monarca tenía presos, y que fue enterrado cerca de Orléans, donde se le veneraba grandemente. San Gregorio visitó la Iglesia que se había erigido en su honor; él mismo indica, al hablar de los milagrosos poderes atribuidos al santo, que un ciudadano de Orléans, al negarse a observar la fiesta de Avito porque necesitaba trabajar en su huerto, fue castigado con una penosa enfermedad de la que no sanó hasta que hubo visitado la iglesia del santo para rendirle el homenaje que le debía.

Esto es todo lo que sabemos sobre San Avito, a pesar de sus numerosas biografías, ninguna de las cuales es anterior al siglo noveno. Todas ellas forman parte de una tentativa que se hizo cuando la abadía de Micy recuperó su prestigio bajo el gobierno de los benedictinos, para dar lustre y esplendor a una poco gloriosa época de su historia pasada, por el procedimiento de incluir en la lista de sus antiguos abades a varios santos venerados en las regiones de Orléans y Le Mans, pero de quienes apenas si se sabía algo. La leyenda de san Avito aparece con muchas variaciones en las supuestas biografías y afirma que ingresó a la abadía de Micy como hermano lego. Su ignorancia, rayana en la simpleza, fue el motivo de que todos le despreciaran, a excepción del abad, san Maximino, que reconoció la santidad de Avito y le nombró celador. Pero éste prefirió abandonar la abadía y buscar la soledad. A la muerte de Maximino, los monjes de Micy buscaron a Avito y le eligieron abad. Pero tras una breve estancia en la abadía, escapó de nuevo y se llevó consigo a san Calais (Carilefus), para vivir en la reclusión en los límites del Perché. Cuando llegaron otros monjes para imitarlos, san Calais se retiró a los bosques de Maine; pero el rey Clotario construyó una iglesia y una abadía para San Avito y sus compañeros, en el lugar que ahora se conoce como Châteaudun. Ahí murió en el año 530 (?).

Acta Sanctorum, junio, vol. IV; los bolandistas imprimieron otro texto completo en su catálogo de manuscritos hagiográficos de la Biblioteca de Bruselas, vol. I, pp. 57-63. El artículo de Albert Poncelet al que nos referimos arriba, se halla en la Analecta Bollandiana, vol. XXIV (1905), pp. 5-97.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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