Beata Matilde del Sagrado Corazón Téllez
Robles, virgen y fundadora
fecha: 17 de diciembre
n.: 1841 - †: 1902 - país: España
canonización: B: Juan Pablo II 21 mar 2004
hagiografía: Vaticano
n.: 1841 - †: 1902 - país: España
canonización: B: Juan Pablo II 21 mar 2004
hagiografía: Vaticano
Elogio: En Don Benito, localidad cercana a Badajoz, en
España, beata Matilde del Sagrado Corazón Téllez Robles, virgen, que,
contemplando en el prójimo la imagen de Cristo, se consagró con afable
diligencia al auxilio espiritual y, sobre todo, material de los pobres, y fundó
la Congregación de Hijas de María, Madre de la Iglesia.

Matilde Téllez Robles
nace en Robledillo de la Vera (Cáceres - España) el 30 de mayo de 1841, en un
día de plenitud primaveral inundado por la luz de la solemnidad litúrgica de
Pentecostés. Recibe las aguas bautismales en la iglesia parroquial al día
siguiente de su nacimiento. Era la segunda de los cuatro hijos de Félix Téllez
Gómez y de su esposa Basilea Robles Ruiz. En noviembre de 1841, el padre, por
su profesión de notario, se establece con su familia en Béjar (Salamanca),
ciudad notable por su industria textil.
En esta ciudad va
creciendo la pequeña Matilde; recibe una formación cultural básica, propia de
su clase social media, y una esmerada formación religiosa, iniciada en el
ambiente profundamente cristiano de su hogar. Guiada por su madre, ya desde
pequeña comienza a amar intensamente al Señor y a ejercitarse en la práctica de
la oración y en las virtudes, con una tierna devoción a la Virgen y una gran
compasión por los necesitados y los pecadores.
Todavía muy joven,
Matilde hace su opción radical y definitiva por Cristo, decidiendo entregarse
de lleno a Él y a buscar corazones que le amen. Su madre la apoyará siempre en
este empeño, pero su padre, la obliga a alternar en la vida de sociedad,
limitándole además el tiempo que pasa en la iglesia. Ella, obediente, se adorna
y alterna luciendo su gracia juvenil. Pero aún así, su inclinación por las
cosas de Dios es manifiesta, y, al fin, D. Félix, vencido por la constancia de
su hija, la deja en libertad para que siga el camino por ella elegido.
Matilde continúa intensificando
su vida espiritual; su devoción a la Virgen la lleva a una profunda intimidad
con Jesús Eucaristía, a quien ama apasionadamente. Aun «¡en medio del invierno
ardía al acercarme a un sagrario!», nos dice en sus escritos. A los 23 años es
elegida presidenta de la asociación de Hijas de María, recién establecida en
Béjar, y poco después la nombran enfermera investigadora de las Conferencias de
San Vicente de Paúl. Ella, en su ardiente deseo de ganar corazones para Jesús,
exclama ante el sagrario: «¡Mi dueño, Jesús amante! El mundo está lleno de
necesidades. Todos tienen corazón. Yo voy a por los que pueda. Yo te los
traeré».
Conjugando la
contemplación con la acción, Matilde se lanza por largos años a una intensa
actividad apostólica con niñas y jóvenes, pobres y enfermos; trabaja con las
Hijas de María, da catequesis, atiende la escuela dominical, prepara para el
matrimonio cristiano y acompaña a jóvenes vocacionadas; recorre alegre la
ciudad en todas las direcciones para llevar consuelo y ayuda a cualquier
enfermo o necesitado, «visitando a su amante Jesús en la persona de sus
pobres».
Desde joven siente la
llamada a la vida religiosa y ya entonces recibe ante el sagrario la
inspiración de fundar un Instituto religioso. Así se lo comunica al Papa Pío IX
en carta del 4 de mayo de 1874. Pero su padre vuelve a probar a su hija
impidiéndole realizar su vocación, a causa del clima político anticlerical de
aquella época en España. Matilde entre tanto sufre en silencio, ora y espera,
alentada por su director espiritual, D. Manuel de la Oliva, sacerdote
filipense, hasta que por fin su padre le concede la ansiada autorización. Ella
exulta de gozo en acción de gracias a Dios y rápidamente lo prepara todo para
iniciar la fundación con siete jóvenes de las hijas de María, que se han
comprometido a seguirla en la vida religiosa.
El 19 de marzo de 1875,
solemnidad de San José, deben reunirse todas para la celebración eucarística en
la Parroquia de Santa María y desde allí marchar a la casa preparada para
iniciar la vida religiosa. Pero de las siete jóvenes comprometidas sólo una se
presenta: María Briz. Ante esta gran prueba, Matilde no se desalienta.
Fortalecidas con el pan de la Eucaristía, ella y su única compañera se dirigen
gozosas, con heroica intrepidez, a la «casita de Nazaret», como Matilde la
denomina. En esta casa tratan de imitar a la Sagrada Familia de Nazaret,
viviendo con mucho amor y alegría en recogimiento y oración, en humildad y
pobreza, sin contar con nada y plenamente confiadas en la Providencia. En la
casa no tienen todavía sagrario, pero las acompaña una imagen de la Virgen ante
la que oran y a quien se lo consultan todo. Pocos días después, conjugando
siempre la contemplación y la acción, reciben un grupo de niñas huérfanas en
casa, dan clase a niñas pobres y atienden a los enfermos en sus domicilios. Su
testimonio evangélico va atrayendo a algunas jóvenes a unirse a ellas, a pesar
de las críticas de quienes consideran la fundación como una locura.
El 23 de abril de 1876,
el obispo de Plasencia, D. Pedro Casas y Souto, autoriza provisionalmente la
Obra con el título de «Amantes de Jesús e Hijas de María Inmaculada»; y el 20
de enero de 1878 Matilde y María visten el hábito religioso en Plasencia. A
últimos de marzo de 1879 la comunidad se traslada de Béjar a Don Benito
(Badajoz), donde instalan el noviciado, acogen niñas huérfanas, ponen clase
diaria y dominical, atienden a los enfermos en sus casas y ayudan a los pobres.
En la comunidad se respira el espíritu de Nazaret y toda la vida de la casa gira
en torno al sagrario, ante el cual, turnándose, las Hermanas pasan varias horas
todos los días. También la Virgen recibe un culto especial. El 19 de marzo de
1884, el mismo obispo erige canónicamente la Obra como Instituto religioso de
derecho diocesano, y el 29 de junio, la Fundadora con otras Hermanas emiten la
profesión religiosa.
De su fuerte experiencia
eucarística brota su ardor evangelizador y la ardiente caridad que todos
admiran. «¡Sea toda la vida un acto de amor!», repite a sus Hermanas. Y así lo
ven en ella: es una vida llena de Dios, en continua oración y volcada a la vez
en los hermanos. Multiplica sus atenciones maternales con las nuevas
comunidades, es la animadora de la Obra, la Regla viviente. Su sencillez, su
prudencia, su bondad e inalterable alegría atraen a todos. Pobres y ricos se
acercan confiados a ella, pues para todos tiene una atención, un consejo y una
sonrisa.
Aunque sólo cuenta 61
años, su organismo está ya muy agotado, a causa de los sufrimientos, del
intenso trabajo, de las enfermedades, y presiente gozosa que se acerca la hora
de su unión definitiva con el Señor. En efecto, al salir temprano de viaje, el
15 de diciembre de 1902, sufre un fuerte ataque de apoplejía, y en las primeras
horas del día 17, rodeada de sus hijas, en medio de una gran paz, vuela a la
casa del Padre. Fue beatificada por SS Juan Pablo II el 21 de marzo de 2004.
fuente: Vaticano
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