viernes, 10 de julio de 2015

Beato Pacífico - Santos Félix, Felipe, Vital, Marcial, Alejandro, Silano y Jenaro - Santas Rufina y Segunda - Santas Anatolia y Victoria 10072015


Beato Pacífico

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Coincidió que el futuro fray Pacífico, que contaba alrededor de medio siglo de vida cuando conoció al Poverello, se hallaba de paso por Sanseverino. Seguramente fue a visitar a una religiosa perteneciente a su familia que moraba en el convento. Y como la fama precedía a Francisco, al saber que iba a predicar Guillermo se dispuso a escucharle junto a un grupo de amigos, pero sin ninguna pretensión, nada más que para pasar el rato. Inicialmente acogió la vehemencia de Francisco con cierta frialdad, pero conforme desgranaba sus palabras, se sintió íntimamente aislado del resto del auditorio y sujeto directo y único de la lección. Todo parecía estar polarizado en él y un espíritu penitencial brotó de lo más hondo de su ser. Le había llegado la hora de su llamamiento personal, el momento de su conversión. El santo fundador le había hecho ver la radicalidad del seguimiento de Cristo que acompaña al completo abandono de las cosas del mundo. Y movido por ese resorte interior que emana de la gracia, se puso delante del santo y le rogó: «Hermano, sácame de entre los hombres y devuélveme al gran Emperador». A partir de entonces se integró en la floreciente comunidad. De manos de Francisco recibió el tosco sayal que él mismo le ciñó con la cuerda dándole el nombre de Pacífico. Cuál no sería la confianza del santo en este nuevo fraile, que en 1217 lo envió a Francia como superior de la comunidad que tenía encomendada la misión de fundar en París.
En 1221 fray Felipe Longo, que había sido el primer visitador de las damianitas (Damas Pobres), fue depuesto. Su sustituto, el cisterciense Ambrosio había muerto, y Pacífico fue elegido para reemplazarle. Fray Gregorio de Nápoles quedó al frente de la misión de Francia. Cuando Francisco atravesó por uno de los periodos más álgidos de su vida, creando la maravillosa obra El cántico de las criaturas, entusiasmado por esa vía que le permitía ensalzar la plasmación del amor de Dios en la naturaleza, pensó en Guillermo. No olvidaba su experiencia como músico y director de coro, y quiso implicarle en la difusión de esta magna composición que esperaba llevasen todos los frailes por el mundo, con estas palabras: «Somos juglares de Dios y la única paga que pedimos es que viváis en verdadera penitencia». A fray Pacífico está dedicado el Capítulo XLVI de las Florecillas. En él se narra la gracia que recibió mientras se hallaba en oración de contemplar a través de un éxtasis cómo subía al cielo el alma de otro franciscano, fray Humilde, de la comunidad de Soffiano. En su momento también fray Pacífico fue trasladado a este lugar. Eso le permitió acudir a la tumba de fray Humilde, cuyos huesos veneró singularmente cuando hubo que extraerlos de la sepultura para conducirlos a un nuevo convento. Al ver la sorpresa que sus gestos causaron en el resto de la comunidad, según narran lasFlorecillas, explicó: «Hermanos carísimos, no debéis extrañamos de que haya hecho con los huesos de mi hermano lo que no he hecho con los otros. No me he dejado llevar, gracias a Dios, como vosotros pensáis, de amor carnal, sino que he obrado así porque, cuando mi hermano pasó de esta vida, hallándome en oración en lugar desierto y lejano de él, vi cómo su alma subía derechamente al cielo; por esto tengo la certeza de que sus huesos son santos y de que un día estarán en el paraíso. Si Dios me hubiera concedido la misma certeza sobre los otros hermanos, hubiera mostrado la misma reverencia a sus huesos». Se piensa que fray Pacífico debió morir hacia el año 1234.



Santos Félix, Felipe, Vital

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Santos Félix, Felipe, Vital, Marcial, Alejandro, Silano y Jenaro, mártires
En Roma, santos mártires Félix y Felipe, que están enterrados en el cementerio de Priscila; Vital, Marcial y Alejandro, en el de los Jordanos; Silano, en el de Máximo; y Jenaro, en el de Pretextato, cuya memoria recuerda y conmemora hoy conjuntamente la Iglesia Romana con alegría, sintiéndose honrada con sus triunfos y protegida por la intercesión de tantos y tan ejemplares santos.
Como lo afirma el elogio del Martirologio Romano, santa Felicitas es una mártir enterrada en la catacumba de Máximo, y que ha gozado de culto desde la antigüedad. Sin embargo, bien sabemos que a la tradición oral y popular no le basta con tan pocos datos, así que ya desde muy antiguo surgió una leyenda que vincula muy estrechamente a esta mártir con otros siete que se celebran el 10 de julio, y que pasan por ser «los siete hijos de santa Felicitas». Este artículo, por tanto, trata de una forma unificada las dos memorias, la del 10 de julio y la del 23 de noviembre, sobre todo en atención a que los ocho mártires aparecen unidos en la iconografía y el culto ancestral.
Según la leyenda, Felicitas era una noble cristiana que se había consagrado a Dios en su viudez y vivía dedicada a la oración y las obras de caridad. Su ejemplo y el de su familia convirtió a numerosos idólatras a la fe. Ello enfureció a los sacerdotes paganos, quienes se quejaron al emperador Antonino Pío de que las numerosas conversiones que obraba Felicitas provocarían la cólera de los dioses y, como consecuencia, la ciudad y todo el país, sufriría terrible desolación. El emperador dejó el asunto en manos de Publio, prefecto de Roma, quien mandó que la santa y sus hijos compareciesen ante él. Tomó aparte a Felicitas y trató por todos los medios de inducirla a ofrecer sacrificios a los dioses para no verse obligado a imponer un castigo a ella y a sus hijos. Pero la santa respondió: «No trates de atemorizarme con tus amenazas ni de ganarme con tus halagos, porque el Espíritu de Dios, que habita en mí, no permitirá que me venzas, sino que me sacará victoriosa de todos tus ataques». Publio replicó: «¡Infeliz de ti! ¡Si lo que quieres es morir, muere en buena hora pero no mates a tus hijos!» «Mis hijos -respondió Felicitas- vivirán eternamente si permanecen fieles a la fe, pero si ofrecen sacrificios a los ídolos, les espera la muerte eterna».
Al día siguiente, el prefecto mandó llamar de nuevo a Felicitas y sus hijos y dijo a ésta: «Apiádate de tus hijos, Felicitas, pues están en la flor de la juventud». La santa replicó: «Tu piedad es impía y tus palabras crueles». En seguida, se volvió hacia sus hijos y les dijo: «Hijos míos, levantad los ojos al cielo, donde os esperan Jesucristo y sus santos. Permaneced fieles a su amor y luchad valientemente por vuestras almas». Publio montó en cólera al oír aquello y replicó airadamente: «Es una insolencia que hables así a tus hijos en mi presencia, tanto como tu desobediencia a las órdenes del soberano, por lo tanto serás castigada». A continuación, mandó que la azotaran. El prefecto llamó entonces, por separado, a cada uno de los jóvenes y trató de conseguir, con promesas y amenazas, que adorasen a los dioses. Como todos se negasen a ello, ordenó que los azotaran y los encerraran en un calabozo. El prefecto informó del caso al emperador, el cual mandó que fuesen juzgados por jueces diferentes y condenados a diversos géneros de muerte. Jenaro murió destrozado por los látigos; Félix y Felipe perecieron a golpes de mazo; Silvano fue arrojado al Tíber; Alejandro, Vidal y Marcial alcanzaron la corona por la espada. También la madre fue decapitada, después de haber visto morir a sus hijos.
A propósito de la muerte de santa Felicitas, san Agustín dice: «El espectáculo que se presenta a los ojos de nuestra fe es magnífico. Hemos oído y visto con la imaginación a esa madre que, contra todos sus instintos humanos, escoge que sus hijos perezcan en su presencia. Pero Felicitas no abandonó a sus hijos, sino que los envió por delante, porque consideraba la muerte, no como el fin sino como el principio de la vida. Estos mártires renunciaron a una existencia que debía terminar forzosamente, para pasar a una vida que no termina jamás. Pero Felicitas no se contentó con ver morir a sus hijos, sino que los alentó a ello y, al hacerlo, consiguió que su valor fuese todavía más fecundo que su seno. Al verlos luchar, luchó con ellos y la victoria de cada uno de sus hijos fue su propia victoria». San Gregorio Magno predicó una homilía el día de la fiesta de santa Felicitas, en la iglesia que se erigió sobre la tumba de la santa en la Vía Salaria. En dicha homilía dice que Felicitas, «que tenía siete hijos, temía que alguno le sobreviviese, como otras madres temen sobrevivir a sus hijos. Su martirio fue mayor, ya que, al ver morir a todos sus hijos, sufrió el martirio en cada uno de ellos. Felicitas fue la última en morir; pero desde el primer momento sufrió, de suerte que su martirio comenzó con el del primero de sus hijos y terminó con su propia muerte. Así ganó, no sólo su corona, sino la de todos sus hijos. Al presenciar sus tormentos, permaneció constante, sufrió, porque era madre, pero se regocijó porque poseía la esperanza. En santa Felicitas la fe triunfó de la carne y de la sangre, cuando en nosotros no es capaz de vencer las pasiones y arrancar nuestro corazón de este mundo corrompido».
A pesar de la elocuencia de san Agustín y de san Gregorio, de lo dicho por Alban Butler y, no obstante, el valor moral y religioso de las lecciones que se sacan de este martirio, no se puede considerar el hecho como histórico. Está fuera de duda que una mujer llamada Felicitas sufrió el martirio y fue sepultada en el cementerio de Máximo, en la Vía Salaria. La fiesta de esta mártir se celebraba y se celebra el 23 de noviembre. Pero sólo unas «Actas» de muy dudoso valor histórico afirman que los «Siete hermanos» eran sus hijos: a decir verdad, ni siquiera consta que esos siete mártires fuesen hermanos entre sí.

Por lo menos desde mediados del siglo V, se conmemoraba el 10 de julio el triunfo de siete mártires. Dos de ellos, Félix y Felipe, fueron sepultados en el cementerio de Priscila; Marcial, Vidal y Alejandro, en el cementerio «de los Jordanos»; Jenaro en el cementerio de Pretextato, donde de Rossi descubrió, en 1863, una capilla decorada con frescos y una inscripción en la que se invocaba a dicho santo; Silano fue sepultado en la catacumba de Máximo. Tal vez, el origen de la leyenda de que estos siete mártires eran hijos de santa Felicitas fue que la tumba de Silano (o Silvano) estaba junto a la de dicha santa.
A fines del siglo XIX, se discutió mucho sobre santa Felicitas y sus siete hijos. Aunque las actas, según lo dijimos antes, son muy posteriores y de autoridad dudosa, consta sin embargo la existencia de un culto muy antiguo por el Calendario Filocaliano, el epitafio de San Dámaso y el Hieronymianum. El P. Delehaye, que estudió la cuestión varias veces en su obra, concluye que es indudable que un hagiógrafo inventó que los siete mártires del 10 de julio eran hermanos para crear un paralelo cristiano a la narración bíblica de los Macabeos (2Mac 7).

El texto de las actas puede verse en las «Acta Sincera» de Ruinart, así como en las ediciones más modernas hechas por Doulcet y Künstle. Entre las críticas más destructivas se cuenta la de J. Führer, Ein Beitrag zur Lösung der Felicitas-Frage (1890), y el folleto que el mismo autor escribió posteriormente para responder a los argumentos de Künstle. En favor de la leyenda, cf. el artículo de Duchesne en Bulletin Critique, 1890, p. 425, y el detalladísimo artículo de Leclrecq en Dictionnaire d'Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. V, ce. 1259-1298. El P. Delehaye volvió sobre la cuestión en «Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum» (pp. 362-364) y en «Etude sur le légendier romain» (1936), pp. 116-123.
Imagenes: secuencia «cinematográfica» de la historia de Felicitas y sus hijos en un retablo de altar en la iglesa de Santa Felicitas en Montagny, en la Picardía francesa, año 1560: 1-Felicitas junto con sus hijos se presenta ante Publio. 2-Muerte de Jenaro. 3-Muerte de Félix y Felipe. 4-Muerte de Silano. 5-Muerte de Vital, Marcial y Alejandro. 6-Felicitas y sus compañeros toman los cuerpos de los niños para llevarlos a enterrar en las catacumbas de Roma.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Santas Rufina y Segunda

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Santas Rufina y Segunda, mártires
En la vía Cornelia, a nueve miliarios de la ciudad de Roma, santas Rufina y Segunda, mártires.
Lo único que sabemos de cierto sobre Rufina y Segunda es que existieron, que fueron martirizadas. y que su culto es muy antiguo. Sin embargo, según las «Actas», que carecen de valor histórico, Rufina y Segunda eran hijas de un senador romano llamado Asterio. Una de ellas estaba prometida a Armentario y la otra a Verino. Ambos jóvenes eran cristianos, pero apostataron durante la persecución de Valeriano. Las dos santas se negaron a seguir el ejemplo de sus prometidos y huyeron de Roma, pero su fuga se descubrió pronto. Rufina y Segunda fueron arrestadas cerca de Roma y conducidas ante el prefecto, Junio Donato. Éste trató de hacerles apostatar con amenazas y halagos. Como todo resultase inútil, mandó azotar a Rufina; entonces Segunda exclamó: «¿Por qué consideras a mi hermana digna de ese honor y a mí me juzgas indigna de él? Mándame azotar también, puesto que también yo he confesado a Cristo». Las dos hermanas fueron torturadas y decapitadas juntas. Una dama pagana, llamada Plautila, les dio sepultura a unos diez kilómetros de Roma, en la Vía Aurelia, y se convirtió al cristianismo por su ejemplo.

El sitio de la sepultura de las mártires se llamó en un tiempo «Silva Nigra» (Selva Negra) ; pero desde que las santas fueron sepultadas ahí, empezó a llamarse «Silva Candida» (Selva Blanca). Sobre la tumba se erigió una iglesia, y alrededor de ésta se formó la población de Silva Candida o Santa Rufina, que llegó a ser sede episcopal y cardenalicia. Las reliquias de santa Rufina y santa Segunda fueron trasladadas en 1154 a la basílica lateranense, cerca del bautisterio de Constantino. La iglesia romana dedicada a nuestras santas fue construida, según la tradición, en el sitio que ocupaba antiguamente la casa de Rufina y Segunda.

En Acta Sanctorum, julio, vol. III, se halla el texto de las actas. Véase también F. Lanzoni, Le origini delle diócesi antiche d´Italia (1923), y Delehaye, Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, p. 364.
Cuadro: «Martirio de Rufina y Segunda», de Julio César Procaccini y Juan Bautista Morazzone, óleo sobre tela de 1625, Pinacoteca de Brera, Milán.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Santas Anatolia y Victoria

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Santas Anatolia y Victoria, mártires
En Sabina, santas Anatolia y Victoria, mártires.
La «Pasión» de santa Anatolia, que carece de valor histórico, relata que la joven, a raíz de una visión, se negó a contraer matrimonio con un pretendiente llamado Aurelio. Este acudió entonces a Victoria, hermana de Anatolia, para que ella la convenciese de que debía aceptar su proposición. Victoria no sólo fracasó en la empresa, sino que, siguiendo el ejemplo de su hermana, rompió sus esponsales con su prometido, Eugenio. Entonces, los dos jóvenes encerraron a las dos hermanas en sus casas de campo respectivas y trataron de vencerlas por el hambre. Tras esto, Anatolia fue denunciada por ser cristiana y «después de curar de diversas enfermedades a muchas gentes y convertirlas a la fe de Cristo, en la provincia de Piceno, sufrió diferentes torturas por orden del juez Faustiniano. Habiéndose librado milagrosamente de una serpiente que le echaron encima, convirtió al verdugo Audax. En seguida, levantó las manos para orar y fue atravesada por una lanza». A su vez Victoria sufrió el martirio, tal vez en Tribulano, en los Montes Sabinos, «Se negó a contraer matrimonio con Eugenio y a ofrecer sacrificios. Después de obrar muchos milagros, con los que ganó a Dios a numerosas doncellas, su corazón fue atravesado por la espada del verdugo, a instancias de su prometido». Estos fragmentos entrecomillados eran el resumen de la historia en la antigua redacción del Martirologio Romano.

En varios sitios de Italia se venera a santa Anatolia y a santa Victoria; pero las verdaderas circunstancias de su martirio son desconocidas. En la «Pasión» de estas mártires se habla del matrimonio en un tono que se halla en otros documentos cristianos, pero que correspondió más bien a las doctrinas heréticas del encratismo que a las enseñanzas de la Iglesia Católica. San Adrimo de Sherborne utilizó las «Actas» de santa Lucía y las de santa Victoria en sus tratados «De laudibus virginitatis» (Alabanza de la virginidad). Este tipo de relatos ayuda a que distingamos muy bien entre la santidad que la Iglesia celebra y conmemora, y las «enseñanzas morales» (algunas veces dudosas, sino contrarias a la fe) que con el tiempo se han adherido en forma de leyendas piadosas.

Existen varias versiones de la pasión de estas mártires. Los textos varían mucho, están llenos de contradicciones y carecen de valor histórico, pero hay buenas razones para creer que las mártires existieron realmente. Véase P. Paschini, La passio delle martire Sabine Vittoria et Anatolia (1919); Lanzoni, Le diócesi d'llalia, pp. 347-350; Schuster, Bolletino diocesano per Sabina, etc. (1917), pp. 163-167: y sobre todo Delehaye, Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, pp. 364 y 654, y Etude sur le légendier romain (1936), pp. 59-60.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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