lunes, 20 de julio de 2015

San Apolinar de Rávena - San Elías Tesbita - San José Bársabas - Santa Marina o Margarita - San Frumencio de Aksum 20072015


San Apolinar de Rávena

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San Apolinar de Rávena, obispo y confesor
San Apolinar, obispo, que, al mismo tiempo que propagaba entre los gentiles las insondables riquezas de Cristo, iba delante de sus ovejas como buen pastor, y es tradición que honró con su ilustre martirio a la iglesia de Classe, cerca de Rávena, en la vía Flaminia, donde pasó al banquete eterno el día veintitrés de julio.
patronazgo: patrono de Rávena y de otras ciudades europeas, de los fabricantes de agujas; protector contra los cálculos biliares y renales, gota, enfermedades venéreas y epilepsia.
refieren a este santo: San Eleucadio de Ravena
San Apolinar fue el primer obispo de Rávena (o Ravena) y el único mártir de dicha ciudad cuyo nombre se conoce. Según las actas de su martirio, Apolinar nació en Antioquía, dondé fue discípulo de san Pedro, y el Príncipe de los Apóstoles le nombró obispo de Rávena. Pero se trata de una fábula del siglo VII, inventada para dar prestigio a la sede episcopal de dicha ciudad. San Apolinar fue uno de los mártires más famosos en la Iglesia primitiva, y la gran veneración que se le profesaba es el mejor testimonio de su santidad y espíritu apostólico, pero ello no nos autoriza a prestar crédito a la leyenda.

Según ésta, Apolinar curó milagrosamente a la esposa de un oficial, y tanto el marido como la mujer se convirtieron al cristianismo. También sanó a un sordo llamado Bonifacio y obtuvo tal cantidad de conversiones, que las autoridades le desterraron de la ciudad. Entonces, Apolinar fue a predicar el Evangelio a Bolonia, donde convirtió a todos los miembros de la familia del patricio Rufino. Partió al exilio nuevamente y durante la travesía, naufragó en las costas de Dalmacia, donde fue maltratado por predicar el Evangelio. Apolinar volvió tres veces a su sede, y otras tantas fue capturado, torturado y desterrado nuevamente. En su cuarta visita el emperador Vespasiano publicó un decreto por el que ordenaba el destiero a todos los cristianos. San Apolinar consiguió esconderse algún tiempo con la ayuda de un centurión cristiano, pero finalmente fue descubierto por el populacho, que le condujo al barrio de Classis, donde le golpeó hasta dejarle por muerto.

San Pedro Crisólogo, el más ilustre de los sucesores de san Apolinar, le calificó de mártir en uno de sus sermones, pero añadió que Dios preservó la vida de Apolinar durante largo tiempo para bien de su Iglesia y no permitió que los perseguidores le quitasen la vida. En tal caso, sólo puede decirse que fue mártir a causa de los tormentos que sufrió por Cristo, lo que habitualmente llamaríamos un «confesor».

En sus sermones, san Pedro Crisólogo afirma que san Apolinar fue obispo de Rávena y mártir; prácticamente a eso se reduce todo lo que sabemos sobre él. La biografía de Acta Sanctorum, julio, vol. V, no es ciertamente anterior al siglo VII, y no parece que se apoye en una tradición auténtica. Mons. Lanzoni, Le fonti della leggenda di Sant'Apollinare di Ravenna (1915) y Le diocesi d'Italia (1923), pp. 455 as., discute a fondo el problema. En el canon de la misa del rito de Milán se menciona a san Apolinar.





Conduce, Señor, a tus fieles por el camino de la eterna salvación, que tu obispo san Apolinar enseñó con su doctrina y martirio, y haz que, perseverando en tus mandamientos, merezcamos ser coronados con él. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).



San Elías Tesbita

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San Elías, santo del AT
Conmemoración de san Elías Tesbita, profeta del Señor en tiempo de Ajab y Ococías, reyes de Israel, que defendió los derechos del único Dios ante el pueblo infiel a su Señor, con tal valor que prefiguró no sólo a Juan Bautista, sino al mismo Cristo. No dejó oráculos escritos, pero se le ha recordado siempre fielmente, sobre todo en el monte Carmelo.
Como lo señala el elogio del Martirologio Romano, Elías vivió «en tiempo de Ajab y Ococías, reyes de Israel», esto es, entre 875 y 850. Pero la figura de Elías trasciende por completo las circunstancias históricas que lo rodearon; no en vano Elías pasa al reservorio de imágenes religiosas de Israel como un auténtico fundador, casi de la talla de Moisés. Es un profeta, pero un profeta que funda, a su vez, un nuevo profetismo: el específico profetismo de Israel, que terminará volcándose en oráculos escritos, y dando figuras como un Isaías, un Jeremías, un Oseas, etc.

Debe tenerse presente que el profetismo no es, en principio, algo exclusivo de Israel ni del mundo bíblico; es más: la palabra «profeta», que proviene para nosotros de la traducción griega del Antiguo Testamento (siglos IV-III), era una palabra en uso en el mundo preclásico griego, mucho antes de que la Biblia se tradujera a ese idioma. En todos los pueblos del mundo antiguo hay alguna institución, venerabilísima, que cumple la específica función de decir de viva voz las palabras, oráculos y vaticinios de parte de los seres divinos. En los distintos pueblos, con sus características específicas, esa institución desplegó también ciertos rasgos comunes: al vate antiguo, al profeta en un sentido genérico, se lo reconocía por cierto éxtasis, por cierto trance; el profetismo, en todos los pueblos antiguos, es limítrofe con la enfermedad y la locura.
No escapa de eso la realidad del Israel antiguo. La palabra hebrea «nabí» (y su plural «nebi'im») con la que se designa a los profetas, en ocasiones hasta puede significar «loco», así, en Jeremías 29,26 se le dirá al sacerdote Sofonias (no confundir con el profeta homónimo), que él «ha sido puesto al frente de la casa de Yahvé para limpiarla de locos y profetizantes...» (aunque a veces se traduce «pseudoprofetas», en un intento de racionalizar el párrafo). Es que los profetas solían actuar en grupos, y ejecutaban danzas y música frenética, que los llevaba al éxtasis religioso. La Biblia se recrea en la locura de los «profetas de Baal» en 1Re 18,26ss:
«...Danzaban cojeando junto al altar que habían hecho. Llegado el mediodía, Elías se burlaba de ellos y decía: "¡Gritad más alto, porque es un dios; tendrá algún negocio, le habrá ocurrido algo, estará en camino; tal vez esté dormido y se despertará!" Gritaron más alto, cortándose, según su costumbre, con cuchillos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta la hora de hacer la ofrenda, pero no hubo voz, ni quien escuchara ni quien respondiera....»
Sin embargo, aunque Elías se burla de ellos, y con él la Biblia enseña la locura que es confiar la relación con Dios al frenesí incontrolado, no hacía mucho que los propios profetas de Yahvé, no los de Baal sino los del Dios de Israel, hacían esas mismas cosas que se le reprochan a los de Baal, como puede verse en la curiosa y simpática escena de 1Samuel 19,18-24, donde a medida que van tomando contacto con los profetas, los mensajeros y el propio rey se van contagiando del éxtasis.

Y posiblemente el profetismo en Israel hubiera seguido siendo esa institución religiosa primitiva, y hubiera muerto en su primitivismo, sin acompañar el crecimiento religioso de Israel, si no hubiera mediado la figura de Elías, que no sólo practica una nueva forma de relación con Dios -una relación de diálogo y confianza recíproca entre dos personas, no entre dos entidades fantasmagóricas-, sino que enseña a los demás que ésa es la relación a la que el Dios de Israel está dispuesto. Mientras los 400 profetas de Baal invocan a su dios «a lo loco», y no obtienen respuesta, Elías invoca a Yahvé, pero en el contexto de una catequesis al pueblo, exactamente como Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre por medio de una oración, el Padrenuestro, que es a la vez una verdadera catequesis: se dirige a Dios, pero se dirige también a nosotros:
«A la hora en que se presenta la ofrenda, se acercó el profeta Elías y dijo: "Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado toda estas cosas. Respóndeme, Yahveh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahveh, eres Dios que conviertes sus corazones."» (1Re 18,36).

Con Elías el profeta, y el profetismo, encuentran un nuevo camino: no es la persona del profeta alguien que debe ser aniquilado para que Dios se pueda expresar, sino que por el contrario, su investidura como profeta lo hace «más humano», si cabe la expresión. El profeta será no tanto quien prevé el futuro, cuanto quien enseña a leer la voluntad de Yahvé, y por lo tanto aprender a preparar ese futuro. El «modelo bíblico» del profeta, que se inaugura con la actividad puramente oral de Elías y se desarrolla luego en el profetismo escrito, es el peldaño anterior a la encarnación: en el profeta habla Dios, pero no aniquilando la humanidad del profeta, sino promoviendo esa humanidad a su plenitud.
Por eso también el profeta es más sensible que nadie al cansancio y al dolor de la existencia, a nadie duele tanto como al profeta la tosudez de los hombres, la dificultad que tenemos para dejarnos conducir por Dios. El profeta, más humano que cualquiera por estar en intimidad con Dios, es también más que ninguno una antena que capta todo el dolor de la existencia humana, y así se lo hacen saber al propio Dios varios profetas, y quizás como nadie, Elías, que en el conmovedor capítulo 19 de 1Reyes, precisamente después de la escena con los profetas de Baal, cuando lo lógico es que el pueblo se hubiera convertido, ve como ese baño de sangre en que terminó la confrontación entre Yahvé y el falso dios no sirvió para nada, al contrario: ahora buscan su vida, para matarlo. Y así, cansado de una existencia que parece tener menos sentido cuanto más conscientes somos de la verdad de Dios, dirá a Dios «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida (qaj nafeshí), porque no soy mejor que mis padres!» (1Re 19,4). Yahvé no «toma» su vida, por ahora, más bien le da de comer y beber, le enseña a reconstruir los retazos de su vida con pequeños y simples gestos, y lo lleva a la montaña, a la soledad, a un encuentro total con Dios, en lo que es posible en las condiciones aun de este mundo.

Al profeta le falta aun un trecho de vida, debe llevar a término la obra que Dios le tiene encomendada, incluyendo la transmisión de su carisma profético a su discípulo Eliseo; pero tras completarlo todo, Dios lo llevará con él. El P. Alonso Schökel hace notar que la misteriosa escena del arrebatamiento de Elías a los cielos en un «carro de fuego» (2Re 2) está centrada en el mismo verbo «lqj» que antes había usado Elías para pedir que Dios «tome» su vida, ahora el Señor la arrebata con él a los cielos, aunque Eliseo pretenda interponerse: «Dios toma y se lleva lo que es suyo, la vida de su profeta, cuando quiere y donde quiere; y no permite interferencias humanas» (Biblia del peregrino, comentario a 2Re 2). Podemos fantasear infinitamente sobre el modo concreto de esa asensión del profeta: nubes dirigibles, carros de fuego, alfombras mágicas... son escasísimos los recursos -y muy toscos todos- con los que cuenta el lenguaje poético y religioso para contar un cambio trascendental de «esfera»: de la del hombre a la de Dios, de la superficie y la apariencia de las cosas, a la dimensión profunda de realidad y vida. En eso consiste el final de la vida de Elías, un final que es, como todo él, anticipo y figura de Cristo.

Y como anticipo y figura, fue también él el personaje que la poética de Israel supuso que volvería literalmente antes de la plenitud de los tiempos: «unos piensan que eres Elías, o alguno de los profetas». Sin embargo Jesús sabe que es necesario romper la apariencia de las imágenes para poder decir la verdad: «Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron.» (Mt 17,12); esto lo decía Jesús, como bien comprendieron los discípulos, refiriéndose a Juan el Bautista.

Valen la pena las introducciones y notas al «Ciclo de Elías» en Biblia del Peregrino, siempre llena de sugerencias; también conserva todo su valor la introducción al profetismo, en Grollenberg, «Visión nueva de la Biblia», Herder, 1972, cap. V (se encuentra en la Biblioteca de ETF); también puede ser útil, sobre todo para el contexto del profetismo en los pueblos antiguos, el Cuaderno Bíblico 43, Louis Monloubou, «Los profetas del Antiguo Testamento», Verbo Divino, 1987. La obra clásica de Rebbe Abraham Heschel «Los profetas» (1962, hay edición castellana de Paidós en 3 tomos, y también se consigue en nuestra Biblioteca) sigue siendo una de las más profundas aportaciones de nuestro tiempo a la comprensión de lo humano y lo divino en el profeta, o de la «promoción de lo humano» cuando Dios se presenta dentro del hombre. La obra «El dios "sádico"», de François Varone, editado en español por Sal Terrae, analiza la figura de Elías, y se detiende en especial en la escena de su confrontación con los profetas de Baal, sin embargo, aunque obra valiosa en muchos aspectos, no me da la impresión de que termine de comprender el pathos interior del profeta.


San José Bársabas

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San José Bársabas, santo del NT
Conmemoración del bienaventurado José, llamado «Bársabas» y por sobrenombre «el Justo», discípulo de Cristo, a quien, junto con san Matías, los seguidores del Señor presentaron a los apóstoles para que uno de ellos desempeñase la misión apostólica en sustitución de Judas. Aunque la elección recayó en Matías, también José sirvió al Señor con su predicación y santidad.
Este santo se disputó con san Matías la gloria de suceder en el apostolado a Judas. Las palabras que pronunció san Pedro antes de echar las suertes, demuestran que José había sido uno de los discípulos más fieles del Señor: «Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección» (Hechos 1, 21-22).

Posiblemente José haya sido uno de los setenta y dos discípulos; Eusebio lo dice así categóricamente (HE I,12,3, aunque no menciona su fuente). Cuando los Apóstoles se dispersaron por el mundo, José predicó el Evangelio en diferentes regiones. Cuenta Papías que José Barsabas bebió un veneno sin sufrir daño alguno, de acuerdo con la promesa del Señor (Marcos 16,18), anécdota que reproduce Eusebio (HE III,39,9), aunque él no confía mucho en el testimonio de Papías, «hombre de muy escasa inteligencia» (III,39,13). No hay más datos tradicionales sobre este José.

Ver la escena completa de la elección en Hechos 1,15ss. y Acta Sanctorum, julio, vol. V.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Santa Marina o Margarita



Santa Marina o Margarita, virgen y mártir
En Antioquía de Pisidia, santa Marina o Margarita, que es tradición que consagró su cuerpo a Cristo en la virginidad y en el martirio.
patronazgo: patrona de los agricultores, pastores, doncellas, enfermeras, niñas, mujeres embarazadas, protectora contra la esterilidad, y en los partos difíciles, especialmente por el tamaño del bebé, enfermedades de la cara y heridas; especial protectora para pedir la fertilidad.
La santa fue en la antigüedad una de las mártires más populares de la Iglesia. El culto «de la gran virgen Marina» comenzó en el Oriente. Pero Rabano Mauro la llama Margarita en su martirologio (siglo IX), lo mismo que el Salterio de Bosworth. La fama de Margarita se extendió a partir de entonces por Inglaterra, Francia y Alemania y no decayó en toda la Edad Media. El pueblo cristiano la consideraba como uno de los «catorce santos auxiliadores» y su voz fue una de las que oyó santa Juana de Arco. Sus pretendidas reliquias fueron robadas de Antioquía el año 908 y transportadas a San Pietro in Valle, junto al Lago de Bolsena. En 1145, fueron trasladadas a Montefiascone y, en 1213, Venecia recibió una parte de ellas. En muchos sitios de Europa se muestran actualmente sus reliquias. Las «actas» son una falsificación llevada a cabo por un autor que se da a sí mismo el nombre de Teótimo («temeroso de Dios») y trata de hacerse pasar por criado de Margarita y testigo presencial de todos los hechos que relata. Dichas actas pertenecen a la misma clase que las de santa Pelagia de Antioquía y sus congéneres. Resumiremos brevemente el contenido de las mismas:

Margarita era hija de un sacerdote pagano de Antioquía de Pisidia y fue educada por una mujer cristiana. Cuando se convirtió al cristianismo, la joven tuvo que partir de la casa de su padre y empezó a ganarse la vida como pastora. Cuando el prefecto Olibrio la vio, quedó prendado de su belleza y juró tomarla por esposa si era una mujer libre, o por concubina si era esclava. Pero Margarita lo rechazó. Entonces Olibrio se vengó juzgándola por ser cristiana y la encarceló, después de haberla torturado. Margarita sufrió en la cárcel una terrible prueba, ya que cl demonio se le apareció en forma de dragón y se la tragó; pero la cruz que la santa llevaba en la mano obligó al dragón a vomitar sana y salva su presa (¡incluso la «Leyenda Dorada» afirma que este hecho «es probablemente apócrifo»!). La protección en los partos difíciles se suele explicar por asociación simbólica con esta escena del dragón. Margarita se enfrentó entonces con otro demonio, al que también venció: dicho demonio le confesó que Salomón le había encerrado en un vaso de bronce con otros de sus hermanos y que los habitantes de Babilonia, creyendo que el vaso contenía un tesoro, lo habían abierto; así escaparon los demonios para hacer el mal por el mundo (la semejanza de esta leyenda con la de Pandora no necesita comentario alguno). Al día siguiente, el tirano trató en vano de dar muerte a Margarita por el fuego y el agua, pero lo único que consiguió con ello fue que se convirtiesen millares de los que se hallaban presentes. Olibrio los mandó decapitar a todos al instante. Finalmente, la santa pereció por la espada; pero el verdugo cayó fulminado en el mismo momento en que la mató. Sin embargo, la muerte del verdugo no fue un castigo sino un premio, pues se había mostrado renuente a cumplir su oficio. Según la leyenda, el martirio tuvo lugar durante la persecución de Diocleciano. El fiel Teótimo robó el cuerpo de Margarita, y una viuda le dio sepultura en la ciudad.

Como puede verse en Biblioteca Hagiográfica Latina, nn. 5303-5313, existe una buena cantidad de textos latinos que relatan con ciertas variantes esta leyenda tan extravagante como popular. También hay muchas adaptaciones en francés, provenzal, anglosajón, alemán, holandés, etc. En Acta Sanctorum hay un texto latino (julio, vol. V); y pueden verse otros en G. H. Gerould, publications of the Modern Language Association of America, vol. XXXIX (1924), pp. 225-256; y A. Mabellini, Leggenda di Santa Margherita (1925). Delehaye, Legendes hagíographiques (1927), pp. 187-192. Alban Butler hace notar que Marco Girolamo Vida, un poeta casi olvidado del siglo XI, a quien él califica de «la gloria de las musas cristianas», compuso dos himnos en honor de santa Margarita, patrona de su ciudad natal de Cremona.
Cuadro: Guercino (Giovanni Francesco Barbieri, 1591-1666), Santa Margarita y el dragón, óleo sobre tela, San Pietro in Vincoli, Roma.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Frumencio de Aksum



San Frumencio de Aksum, obispo
En Etiopía, san Frumencio, obispo, que, habiendo sido hecho prisionero, vivió primero como esclavo, y después, ordenado obispo por san Atanasio, propagó el Evangelio en esta región
Hacia el año 330, cierto filósofo de Tiro, llamado Meropio, deseoso de ver el mundo y aumentar sus conocimientos, emprendió un viaje a las costas de Arabia. Le acompañaron en ese viaje dos discípulos: Frumencio y Edesio. Al regresar, el navío en que iban tocó un puerto de Etiopía. Los nativos del país atacaron a los marineros y ejecutaron a todos los pasajeros, excepto a los dos jóvenes, quienes estudiaban bajo un árbol, a cierta distancia. Cuando los nativos los descubrieron, los llevaron a la presencia del rey, el cual residía en Aksum, en la región de Tigray. El monarca se sintió atraído por los modales y la ciencia de los jóvenes cristianos y al poco tiempo, nombró a Frumencio, que era el mayor, secretario suyo, e hizo a Edesio copero de palacio. Poco antes de morir, el rey agradeció a los dos jóvenes sus servicios y les devolvió la libertad. La reina, que ocupó la regencia durante la minoría de su hijo mayor, pidió a Frumencio y Edesio que se quedasen a su servicio. Frumencio, que tenía a su cargo la administración, persuadió a ciertos mercaderes cristianos para que se estableciesen en el país; no sólo obtuvo permiso de la reina para que practicasen libremente su religión, sino que, con el ejemplo de su propio fervor, era un modelo viviente para los infieles.

Cuando los dos hijos del rey tomaron en sus manos las riendas del gobierno, Frumencio y Edesio renunciaron a sus cargos, a pesar de los ruegos de los monarcas. Edesio volvió a Tiro; ahí recibió la ordenación sacerdotal y refirió sus aventuras a Rufino, quien las consignó en su «Historia de la Iglesia». Por su parte, Frumencio, cuyo principal deseo consistía en convertir a los etíopes, fue a Alejandría a pedir al obispo san Atanasio que enviase un pastor a los etíopes. San Atanasio, juzgando que Frumencio era el más capacitado para llevar a cabo la obra que había comenzado, le consagró obispo. Tal fue el principio de las relaciones de los cristianos de Etiopía con la Iglesia de Alejandría, que persisten aún en nuestros días.

Probablemente, la consagración de San Frumencio tuvo lugar en 340 o inmediatamente después de 346 (o tal vez entre los años 355 y 356). El santo volvió a Aksum, donde con su predicación y milagros obró numerosas conversiones. Se cuenta que consiguió ganar al cristianismo a los dos reyes, Abreha y Asbeha, cuyos nombres figuran en el santoral etíope. Pero el emperador Constancio, que era arriano, concibió un odio implacable por san Frumencio, porque estaba unido con san Atanasio por los lazos de la fe y el cariño. Viendo que no podía atraerle a la herejía, Constancio escribió a los dos reyes etíopes que enviasen a san Frumencio a Jorge, el obispo instruso de Alejandría, quien se encargaría de velar por «su bienestar». En la misma carta, el emperador los prevenía contra Atanasio «por sus muchos crímenes». Lo único que consiguió Constancio con su carta fue que ésta cayese en manos de san Atanasio, quien la incluyó en su «Apología». San Frumencio murió antes de convertir a todos los aksumitas. Después de su muerte, se le dieron los títulos de «Abuna» (nuestro padre) y «Aba salama» (padre de la paz) . El primado de la Iglesia disidente de Etiopía lleva todavía hoy el título de «Abuna».

Se conserva hasta hoy una larga inscripción griega descubierta en Aksum, que conmemora las hazañas de Aizanas, rey de los homeritas, y de su hermano Saizanas. Ahora bien, Constancio escribió precisamente a Aizanas y Saizanas la carta de la que hablamos arriba, que se conserva en la Apología de san Atanasio; por consiguiente, no puede ponerse en duda que san Frumencio haya predicado realmente el Evangelio en Aksum. Aunque tal vez el relato de Rufino está desfigurado por ciertas adiciones legendarias, es perfectamente histórico que san Atanasio consagró a san Frumencio obispo de Aksum. por otra parte en el siglo IV el reino de Aksum, con su capital en la ciudad del mismo nombre, era uno de los más poderosos de la región, y fue semillero de la cristiandad en África. En la actualidad la ciudad de Aksum se considera sagrada y es la capital religiosa de la ortodoxia etíope (además de ser «patrimonio de la humanidad» por su valor arqueológico).

En Acta Sanctorum, oct., vol. XII, se encontrarán el relato de Rufino y otros documentos, como la inscripción griega mencionada; Cf. Guidi, en Enciclopedia italiana, vol. XIV, pp. 480-481; Duchesne, Histoire ancienne de l'Eglise, vol. III, pp. 576-578; y el relato que hay sobre San Frumencio en el Sinaxario Etíope (ed. Budge, 1928), vol. IV, pp. 1164-1165. Según F. G. Holwecq, la antigua diócesis de Lousiana (erigida en los Estados Unidos en 1787) celebraba la fiesta de san Frumencio; tal vez se trataba de un gesto de benevolencia para con los esclavos de origen africano.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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