martes, 5 de enero de 2016

San Carlos de San Andrés Houben - Beato Diego José de Cádiz - Beata Marcelina Darowska 05012016

San Carlos de San Andrés Houben

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San Carlos de San Andrés Houben, religioso presbítero
En Dublín, en Irlanda, san Carlos de San Andrés (Juan Andrés) Houben, presbítero de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, admirable ministro del sacramento de la Penitencia.
Nació el 11 de diciembre de 1821 en Munstergeleen, diócesis de Ruremond (Holanda). Fue bautizado el mismo día de su nacimiento con el nombre de Juan Andrés. Devoto y reservado por naturaleza, desde niño manifestó el deseo de ser sacerdote. Recibió la primera Comunión el 26 de abril de 1835, y la Confirmación el 28 de junio de ese mismo año. Empezó los estudios clásicos en Sittard, y los prosiguió en Broeksittard; los interrumpió en 1840 para hacer el servicio militar.

Precisamente en el cuartel de Bergen-op-Zoom, en 1841, a través de un compañero de armas, hermano de un religioso pasionista, oyó hablar por primera vez de la Congregación de la Pasión. Después del servicio militar, completó sus estudios. Sintiéndose atraído por esa espiritualidad, solicitó ser admitido en los pasionistas. Su petición fue aceptada por el beato Domingo Barberi. Entró en el noviciado de Ere, cerca de Tournai, el 5 de noviembre de 1845. El 10 de diciembre del año siguiente, terminado el año canónico del noviciado, emitió los votos; tomó el nombre de Carlos de San Andrés. Tras completar los estudios filosóficos y teológicos, el 21 de diciembre de 1850 recibió la ordenación sacerdotal.

Inmediatamente después lo enviaron a Inglaterra, donde los pasionistas habían fundado tres conventos. Allí ejerció durante un tiempo el cargo de vicemaestro de novicios, en Broadway, y el ministerio sacerdotal en la parroquia de San Wilfrido y en el barrio, hasta que en 1856 lo trasladaron al nuevo convento de Mount Argus, cerca de Dublín. Vivió casi todo el resto de su vida en ese retiro.

Fue sacerdote de singular piedad; se distinguió particularmente en el ejercicio de la obediencia, en la práctica de la pobreza, de la humildad y de la sencillez, y aún más en la devoción a la pasión del Señor. Llevaba siempre en la mano un pequeño crucifijo, para no apartarse de la contemplación de la Pasión, y celebraba con mucho fervor la santa misa, que a menudo prolongaba más de lo común. Se dedicó particularmente a la dirección espiritual de las almas a través de la confesión.

La fama de sus virtudes atrajo muy pronto al convento a un gran número de fieles, que pedían su bendición. En una ocasión, mientras visitaba una parroquia de campo, transportaron a los enfermos fuera de sus casas y los alinearon a lo largo de la calle, para que los bendijera. Existen testimonios atendibles de curaciones sorprendentes, que le valieron la fama de taumaturgo.

Precisamente a causa de dicha fama, difundida en todo el Reino Unido y extendida también en Estados Unidos y Australia, para darle un poco de tranquilidad fue trasladado en 1866 a Inglaterra, donde vivió en los conventos de Broadway, Sutton y Londres.

En 1874 volvió a Dublín, donde permaneció hasta su muerte. Hacia 1880, su salud comenzó a empeorar, también a causa de la vida austera y de la penitencia que hacía, pero jamás se le oyó lamentarse. El 12 de abril de 1881, la carroza en la que viajaba sufrió un accidente, y el padre se fracturó el pie derecho y la cadera. No logró curarse jamás completamente, contrayendo la gangrena. A partir del 9 de diciembre del año siguiente se vio obligado a guardar cama, y, después de grandes sufrimientos, vividos en silencio y ofrecidos al Crucificado, murió al amanecer del 5 de enero de 1893.
fuente: Vaticano



Beato Diego José de Cádiz

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PRESBÍTERO, I ORDEN
OFM Cap Andalucía: MO
(la Familia Franciscana celebra su ML el 5 de enero)
Nació en Cádiz en 1743.
De jovencito entró en la Orden Capuchina. Fue un predicador asombroso, así en Andalucía como en buena parte de la Península.
Los mayores templos eran incapaces de contener a sus oyentes. Sus dotes  oratorias iban acompañadas de singulares gracias del cielo.
Se le consideraba apóstol de la misericordia. Escribió numerosas obras. Murió en Ronda en 1801.
Lo beatificó León XIII en 1894.
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De las cartas del beato Diego José de Cádiz, presbítero, a su director espiritual Francisco Javier González(El director perfecto y el dirigido santo, Sevilla 1901, pp. 126, 210, 280, 287)
Deseo un altísimo trato con Dios
¿Es  verdad, Padre mío, que ha de verlo cumplido este su ruín, vilísimo y  miserabilísimo hijo de usted? ¡Sería tan dichoso, que así lo vea  cumplido, y después dé mi vida y derrame mi sangre por mi Dios y por mis  prójimos!
Los  pecados del pueblo no dejan de abrumarme bastante; sin duda porque no  reconozco los gravísimos míos. Con este pensamiento estaba un día en el  coro con la comunidad como queriendo disuadirme de su peso, y se me  ocurrió, con viveza y eficacia, cuánta era mi deuda a satisfacerlos, en  vista de lo que mi Señor Jesucristo hizo y padeció, aun siendo justo,  con los ajenos que tomó a su cargo. Con este mismo peso suelo  sobresaltarme, cuando hay alguna ocurrencia de males temporales en el  pueblo.
Qué  saeta no es para mi corazón aquella repetida expresión que usa usted en  sus cartas: que soy llamado para «capuchino, misionero y santo». No  puedo leerla sin que todo el interior y aun las entrañas se me conmuevan  con dulce, pero extraña fuerza. Ella es un clavo que a todas horas  punza sin lastimar, y en toda ocasión y circunstancia la veo inseparable  de mí. Usted me lo dice inspirado de Dios, sin haberle yo manifestado  los prodigios que motivaron y acompañaron mi vocación. Revienta mi  corazón por ser todo de Dios, por lograr su intento, que es no faltar un  ápice a lo que el Señor quiere de mí. De aquí es que, cuando oigo o  pienso que en mis tareas censuran algo, se quejan, me delatan, etc.,  toda mi angustia es: «Yo he faltado a lo que mi Dios quiere de mí; éstos  lo conocen y yo no.» Si temo como miserable la desgracia de los  poderosos, me parece que sin mucho trabajo se desvanecen; mas en  llegando a esto de haber faltado en un átomo a la voluntad de Dios y a  lo que quiere de mí, no cabe consuelo en mi corazón. No me turbo ni me  inquieto, pero si me es una congoja tan interior y profunda que, sino me  engaño, es ella la que debilita mis fuerzas más que las tareas  corporales. Toda mi ansia es llenar lo que Dios ha dispuesto de mí, y,  en una palabra, Padre de mi corazón y de mi alma, ser en esto una  perfecta semejanza de mi Señor Jesucristo, porque así lo sería en todo.
Deseo  un interior, familiar y altísimo trato con Dios, seco, amargo y lejos  de toda sensibilidad; quisiera hacer asombrosos prodigios en el mundo,  quisiera pasar las noches en oración, sin necesitar dormir, quisiera que  a cuantos hablase y mirase, se convirtiesen, y quisiera qué sé yo qué;  pues nada, nada, nada llena mi corazón, y creo que uno de los mayores  quebrantos que padecieron los santos fue esta insaciabilidad de sus  corazones en lo que deseaban obrar con Dios.

















Hosanna a ti, Señor, porque a los hombres
de todos los sectores de su época
tú enviaste a fray Diego, como apóstol,
con el fuego y la fe de tus profetas.



Honor a ti, Señor, porque al llamarle
al retiro, a la paz, a la pobreza,
su firme vocación de capuchino
dio sentido total a su existencia.



Bendito seas tú, porque en el cruce
de sus largas campañas evangélicas,
para su afán tenaz de misionero
tu palabra fue siempre luz y fuerza.



Loado seas tú, porque en su vida,
testigo de tu amor sobre la tierra,
para su empeño libre de ser santo
hermanaste tu gracia con su entrega.



Gloria a ti, Dios eterno, trino y uno:
Padre, Hijo y Espíritu, en tu Iglesia,
porque por ti fray Diego, ya sin término,
es signo de tu amor y tu presencia. Amén.







Señor  Dios, que has concedido al beato Diego José la sabiduría de los santos,  y le has encomendado la salvación de su pueblo, concédenos, por su  intercesión, discernir lo que es bueno y justo, y anunciar a todos los  hombres la riqueza insondable que es Cristo. Que vive y reina contigo.



Beata Marcelina Darowska

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Beata Marcelina Darowska, viuda y fundadora

En Jazlowice, en Ucrania, beata Marcelina Darowska, la cual, muertos su esposo y su primogénito, se consagró a Dios. Preocupada por la dignidad de la familia, fundó la Congregación de Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para la educación de las jóvenes.

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Marcelina Darowska, Beata
Marcelina Darowska, Beata

Fundadora, 5 de enero






Fundadora de la
Congregación de las Hermanas
de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Martirologio Romano: En Jazlowice, en Ucrania, beata Marcelina Darowska, que, muertos su esposo y su primogénito, se dedicó a Dios y, preocupada por la dignidad de la familia, fundó la Congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para la educación de las jóvenes (1911). 

Fecha de Beatificación: La beatificó Su Santidad Juan Pablo II el 6 de Octubre de 1996.
María Marcelina de la Inmaculada Concepción

Fundadora. Nació en Szulaki, Ucrania, en el seno de una familia terrateniente. 

Desde pequeña destacó por su piedad y continua oración, virtudes por las cuales decidió dedicarse a la vida religiosa; sin embargo, en el lecho de muerte de su padre prometió que contraería matrimonio para preservar el linaje; se casó con Karol Darowski, con quien procreó dos hijos. 

Enviudó después de tres años de matrimonio, y murieron sus hijos, por lo cual pudo ingresar en un convento. 

Viajó a Roma, donde conoció al padre Hieronim Kajsiewicz (quien se convirtió en su director espiritual) y, por medio de él, a Josephine Karska, quien ya tenía la idea de fundar una congregación dedicada a la formación integral de la mujer; éste fue el inicio de la Congregación de las Hermanas de la Inmaculada Concepción de la Bendita Virgen María

Al morir sor Josephine, Marcelina asumió el cargo de superiora. 

Trasladó a su país natal la sede de la congregación, y en Jazlowiec, Ucrania —donde radicaría el resto de su vida—, fundo la primera escuela para niñas, a la cual convirtió en un importante centro cultural y espiritual. 

Su carisma se basaba en el renacimiento y la consolidación de la familia sobre las bases del amor, el respeto y la oración, y en fincar sólidas bases morales en la sociedad. 

Las escuelas que fundó anexas a los monasterios eran gratuitas. 

En los cincuenta años que fue abadesa fundó siete conventos, con igual número de escuelas. 

Dejó herencia de oración, amor al prójimo, y formación académica y religiosa. 


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