jueves, 6 de diciembre de 2018

ABRAHAM, NUESTRO PADRE EN LA FE (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

ABRAHAM, NUESTRO PADRE EN LA FE
Abraham era un hombre situado en Ur de Caldea; tenía una gran familia, unos padres poderosísimos y él era el heredero, un terrateniente riquísimo de Babilonia. Y un buen día oyó la voz de Dios, que le dijo: ''Lo tienes que dejar todo''. Abraham, que era un hombre de fe, podía haber contestado: ''Bien, pero ¿para qué?. No; no dijo eso. Ante semejante mandato y pese a ser creyente, a Abraham se le devieron agolpar una serie de preguntas. Dios se interpuso rápidamente y continuó diciendo: ''Y emprenderás un camino'' (noten el nomadismo). ''Emprenderás un camino hacia una tierra que ya te mostraré''. O sea, tú vas a caminar sin saber a dónde; ya te lo diré. Cuando lleves andando cincuenta años, con los pies llagados, te diré el lugar; de momemnto, camina. Y por eso, dice la carta a los Hebreos: ''Abraham es nuestro padre en la fe''. Porque siendo un pagano -no era hebreo- oyó la voz de Dios, abandonó cuanto tenía y emprendió el camino hacia una tierra desconocida de promisión.
Dios le sometió a otra prueba. Un buen día le dijo: ''Mira las estrellas del cielo y las arenas del mar y cuéntalas, si puedes. Los hijos que vas a tener serán más que todas ellas''.
Ahora viene un segundo punto. Otro día se le apareció Dios junto a su tienda, que estaba al lado de una encina -como era un nómada ni siquiera tenía casa- Abraham había envejecido, tenía ciento y pico de años, y su mujer, Sara, que era estéril, tenía ya noventa años, según el Génesis. ¿Por qué esta referencia al nomadismo aquí? Porque nuestros padres en la fe estaban siempre con el oído atento a la voz de Dios, que les llamaba siempre. Dormían al borde de un camino o lejos de él y a la mañana siguiente recogían la tienda y caminaban, que es lo que ha de hacer un cristiano: No tener tienda o casa puesta. Por ejemplo, casa puesta de ideas o de afectos o de tierras: Has de estar siempre disponible como un transeúnte, un peregrino aquí en la tierra.
Dios empezó a hablar con Abraham, y Sara -que era mujer y no matriarcal-, se escondió detrás de la tienda para escuchar lo que decían. Y oyó de Dios lo siguiente: ''Y como tú eres amigo mío, eres hombre de fe, yo te prometo que el año que viene por estas fechas, volveré a pasar y tendrás ya un hijo''. Sara, que lo oyó desde donde estaba, se desternillaba de risa, diciéndose: noventa años y voy a tener un hijo... Y Dios que lo oyó, dijo: ''Repito que el año que viene tendrás un hijo...'' Y Abraham -que era un hombre de fe- y Sara -que no podía concebir-, tuvieron a Isaac. Pero llegó otra vez la prueba. Dios dijo a Abraham, cuando Isaac era algo mayor; ''Ahora coge a tu hijio Isaac, lo llevas a la montaña y me lo sacrificas'' -eran tiempos de sacrifios humanos-. Abraham debió pensar, mientras se le alteraba la sangre: ''¿pues no ha dicho Dios que mis descendientes serán como la arena del mar y las estrellas del cielo y ahora me pide que sacrifique a este hijo del milagro -que es Isaac-, ya que no es posible que podamos tener más...?''
Sin embargo, no preguntó. Cogió al niño, lo llevó a la montaña y estuvo a punto de degollarlo, hasta que dios le paró y le dijo: ''Ya me basta, eres hombre de fe''. He aquí la fe: La fe que pide explicaciones cierra ventanas, y entonces los milagros no son posibles. Hacemos milagritos, pero milagros no, porque la fe titubea. Pedro anduvo sobre el agua veinte pasos pero no dos mil, porque le faltó la fe. Así, desde entonces, los creyentes somos hijos de Abraham, porque Abraham fue un gran creyente.
Ya les conté que en Hebrón -los que hayan estado en Israel lo habrán visto- se conserva la sepultura de Abraham y Sara desde hace cuatro mil años. Y en la tumba hay como una tienda de campaña, donde está escrito ''Abraham, nuestro padre''. Y todo el mundo lo lee con emoción. Lo leen los hebreos, los cristianos, los árabes, y todos están de acuerdo. Todos nacimos de las entrañas de Isaac o de Sara, Sarai, que significa risa; la risa que no pudo contener a los noventa años. Desde ese prodigio, Abraham es nuestro padre y padre de Jesucristo por la fe.
Pues bien, la fe -como dice la carta a los Hebreos- fue la que empujó a nuestros padres a dejarlo todo y a caminar por el mundo, de tal manera que la fe auténtica debe de estar abierta a Dios sin pedirle explicaciones, se pone en sus manos a ciegas y deja que Dios haga milagros. Los milagros que no se hacen son por falta de fe: Para el que tiene fe todo es posible, y se comprende. La fe es ponerse en Dios, Dios es la potencia total. Luego, si tú estás en Dios le dirás a una montaña: ''tírate al mar'' y se tirará, evidentemente. Y le pondrás las manos a un enfermo y se curará. Tenemos energía para hacerlo si estamos en Dios y no dudamos: ''Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?''.

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