jueves, 6 de diciembre de 2018

EL MATRIARCADO Y SUS RAÍCES (P. Antonio Oliver Montserrat) Vin Cens

EL MATRIARCADO Y SUS RAÍCES
La humanidad ha tenido vaivenes a lo largo de la historia, oscilaciones entre el predominio de lo masculino y de lo femenino. Cuando lo masculino gana y triunfa se llama el ''patriarcado'': el ''pater familia'', el padre, es el que manda y ordena, y toda la casa, ''domus'', está a su servicio. Desde la mujer, la esposa, es doméstica, es decir, forma parte de la ''domus'', como los hijos y los esclavos; a esta altura quedaba la mujer en el patriarcado.
El matriarcado es el dominio de lo femenino. Éste se dio, y se dio ciertamente, sobre todo, en el Mediterráneo oriental hace unos cinco u ocho mil años. El matriarcado es el dominio de la mujer, de tal manera que el padre apenas tiene competencias. No regula la familia, es la mujer la que gobierna, y no tiene más papel que el de propagador de la especie.
Por otra parte, en la época del matriarcado la única unión familiar es la madre, por una razón muy sencilla; porque los de la época patriarcal -que somos nosotros- no nos damos cuenta de que los hijos son ciertamente hijos de su madre pero no parecen serlo de su padre. Es que el núcleo de unión que hace hermanos a los hermanos es la madre, no el padre. Y eso sí lo sabían muy bien los del matriarcado. Los hermanos somos hermanos porque nuestra madre común nos engendró, pero nuestro padre no representa ningún papel, ya que en ocasiones, para colmo, no es el padre común. Esto hay que tenerlo muy en cuenta por la importancia que tiene el matriarcado; por otra parte, éste es tan vital, digamos, tan nuclear, en la vida del hombre, que nunca se dominará. Diremos por qué.
María nos ayudará a entender este tema. Cabría preguntarse si en la oscilación de lo humano entre el sí y el no, entre lo masculino y lo femenino, lo humano tiende más a polarizarse, a situarse, en lo masculino que en el femenino o al revés, más en lo femenino que en lo masculino. La respuesta no ha sido hallada todavía, porque somos tan tiernos, tan recién nacidos que no sabemos suficiente historia para decir qué es lo más humano. De todas formas, la oscilación es indispensable; lo humano se moverá en épocas de patriarcado y de matriarcado.
Pero, sin embargo, el hecho de que la madre sea madre de sus hijos y, por tanto, que los hermanos sean hermanos por gracia de la madre, da un poder trascendental a la mujer. Y ésta se ha alzado con él, ha sido un poder, un poder muy característico pero muy tendente a atar a la familia a un clan de hermanos, después a un clan de sobrinos y, por último, a una tierra determinada, puesto que la madre, la mujer, es una tierra sacra de la cual nacemos. En el seno por antonomasia; igual que la tierra, la tierra grande, la madre tierra a la cual todos pertenecemos.
El matriarcado tiene unas raíces profundísimas. Cuando los humanos masculinos, -sobre todo en el Mediterráneo, en pleno Neolítico, ya a punto de emerger las primeras civilizaciones históricas-, lograron rehacerse y ahogar poco a poco el matriarcado para elevar el patriarcado, tuvieron que luchar ferozmente. Ahí están las primeras literaturas babilónicas -el Génesis entre ellas-, que retratan un momento en el que el matriarcado acaba de hundirse y el patriarcado empieza a florecer.
Cuando el Génesis nos dice que Dios creó el varón -Adán- el primero, se establece la lucha contra el matriarcado y adrede se dice así: lo primero fue Adán: que se callen las mujeres. Esto es lo que quiso decir Babilonia que copió, como saben, el Génesis. Y a continuación: la mujer vino porque Dios vio a Adán muy solo y le quiso consolar. Así que, por añadidura, Dios no tuvo más remedio para crear a la mujer, si la quería de alguna forma humana, que apelar a Adán mismo y extraerle una costilla para hacerla. Con lo cual, para las mujeres, el sambenito será sempiterno. Adán fue el primero y la mujer es, tirando largo, un desperdicio de Adán. Es duro, ¿Verdad? ¡Claro!, porque el que escribía lo hacía contra el matriarcado que había durado demasiado, dando mucho quehacer, y contra el cual los hombres, para liberarse, tuvieron que luchar a brazo partido. Por tanto, a partir de este momento, la literatura es fortísima: se trata del dominio del hombre sobre la mujer. Por otra parte -como nos enseñó la antropología-, el hombre desde entonces está a la defensiva.
Por eso la mujer ha sido postergada, porque el hombre sabe que el matriarcado es una eterna tentación. El varón, por muy varón que sea, todavía no ha inventado el sistema de procrear por su cuenta, y mientras no lo invente, es la mujer la que procrea y ello le da unas fuerzas incontrolables. Todos somos hijos de nuestra madre. ¡Dejemos el padre en paz!, parece decir el matriarcado, que está siempre al acecho. El varón lo sabe y sabe que, como se descuide un momento, la mujer volverá a montarse en el caballo para no apearse jamás. Por tanto, el hombre debe defenderse tenaz y ferozmente contra el dominio de la mujer, que es la tentación de la humanidad.
Por eso hoy el patriarcado es tan tenaz y fuerte. Pregúntenselo a los gobiernos. En el siglo pasado empezaron a votar las mujeres; en Roma, como saben, no eran ni humanas, eran una res, una propiedad del varón. Ahora las mujeres ocupan puestos políticos. Y en la iglesia de Dios no hay forma de que se encaramen; por mucho que trepen no llegarán a ningún sitio. Lo cual quiere decir que, en este momento, la iglesia de Dios debe ser la más patriarcal que existe; supongo que es verdad, quizá por lo que recuerda en su carne, en su inconsciente aún siente los dolores del matriarcado, y tal vez por ello se defiende ferozmente.
* Dios es padre pero ante todo es madre
El patriarcado es algo ya tan connatural en nosotros -cinco u ocho mil años son muchos años-, que nos parece si no normal que la mujer esté en segundo término, sí natural que el hombre sea el dueño de la creación y del mundo. Este es el efecto, el producto del patriarcado, tan glorioso para el varón, que ha logrado que sus dioses sean masculinos; no cabe más derecho de conquista. No es que el hombre sea dueño de la creación, no, no, es que el autor de la creación es un varón, es Dios, Nuestro Señor, Dios o ''Zeos'' -no ''Ecos''; ''Eco'' es la diosa- dioses femeninos ¡no!. Una vez que el matriarcado se fue a pique -fíjense en la importancia de esto en la antropología-, una vez que la mujer se hundió, arrastró consigo todas las divinidades femeninas -que han muerto todas- y como consecuencia el hombre se alzó y se apropió de las divinidades masculinas. Pero vuelvo a hacer la pregunta antropológica: ¿es que Dios es masculino?, ¿qué significa masculino? Sexualmente, claro está, no lo es. Dios no tiene sexo. Entonces, ¿en qué es masculino Dios? He aquí una figuración del hombre. Por eso sorprendió a todo el mundo, y quizá por ello se murió, aquel Papa fugaz como un meteoro, llamado Juan Pablo I, que nos duró un mes y dijo aquella hermosísima expresión: ''Dios es padre, pero ante todo madre''. Duró poco, ¡claro!; el patriarcado no pudo aguantar esta expresión. Pero realmente es que Dios es así.
Dios es padre, le llamamos padre, pero es ante todo madre. Fíjense en el golpe de péndulo ahora. Dios es padre, pero lo es en un segundo término, porque antes que padre es madre. Y de hecho, si Dios es creador, si Dios es el lecho del cual nació todo, es femenino, no masculino. Evidentemente.
* Cristo, hijo de mujer exclusivamente
Y, ¿por qué Jesucristo, entonces, cuando dice: ''cuando oréis al Señor del cielo, diréis así: Padre nuestro que estás en los cielos...?'' Hay una respuesta. Es que el judaísmo del tiempo es patriarcal, pero a mí se me ocurre otra respuesta más fácil: quien dijo esta frase es el único hombre sin padre nacido de una mujer. Esto no se suele tener en cuenta. Ontológicamente, Cristo es hijo de mujer exclusivamente, y ahora veremos por qué; no sabemos la última razón, pero se intuye ya.
Cuando te diriges a Dios en la oraciónque es un camino de energía masculina, le llamas Padre, pero cuando miras hacia atrás y piensas de dónde vienes -que es camino de energía femenina- encontrarás a tu madre, no a tu padre, como Jesús. De aquí hay que partir y aquí se sitúa ahora María Santísima, por tanto, no en el plano de la divinidad; María sería la madre diosa como contrapeso del padre Dios, lo cual sería inadmisible. Esto lo han hecho los católicos por error, por ignorancia, es como decir: como Dios es masculino y en ciertos momentos de la vida le sentimos demasiado masculino, ponemos a su lado el contrapeso de lo femenino que es María. Entonces situamos a Dios masculino, por un lado, y a Dios femenino, por otro. Esto es una herejía. María no es Dios, en absoluto; tiene de Dios lo que tenemos todos, que es mucho ¡claro!, pero carece de divinidad. Desde el punto de vista ontológico natural y nativo, María Santísima no es Dios. No se puede situar al nivel de Dios el contrapeso femenino de la masculinidad de un Dios que adoramos en la época patriarcal y, por tanto, es un residuo mal conservado de una moribunda época patriarcal. María Santísima no es esto; así no se puede decir.
María Santísima es la demostración de lo que se puede hacer cuando uno se acerca a Dios incondicionalmente. Poniéndonos en el plano humano, ¿hasta dónde llegaría un ser que se entregara totalmente a Dios sin ser él naturalmente Dios, como pasó con Cristo?. Por eso Cristo no nos sirve como modelo. Cristo es un hombre, pero Dios a la vez. La persona única de Cristo es humano-divina; María, no. La persona de María es humana y nada más; entonces María Santísima es el único testimonio que tiene la humanidad, meramente humana, de la maravilla que es capaz de acaecer en un hombre cuando éste abre de par en par los balcones de la divinidad. Esto es María, un ejemplo de lo que puede Dios en el hombre.

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