jueves, 9 de julio de 2015

Beata Juana Scopelli - Beato Adriano Fortescue - Santa Verónica Giuliani - Beatas Melania Mariana Magdalena de Guilhermier y Mariana Margarita de los Ángeles de Rocher 09072015


Beata Juana Scopelli

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Beata Juana Scopelli, virgen
En Reggio, de la Emilia, beata Juana Scopelli, virgen de la Orden Carmelitana, que con los donativos de sus conciudadanos fundó un monasterio y con la oración consiguió proporcionar pan a sus hermanas en el refectorio.
Juana Scopelli nació en 1428 en Reggio Emilia. Muy pronto manifestó deseos de abrazar la vida religiosa; como sus padres no se lo permitiesen, se vistió el hábito y empezó a practicar la vida ascética en su propia casa. A la muerte de sus padres, decidió fundar un convento de carmelitas en Reggio; pero se negó a emplear en ello su herencia, pues quería que la fundación fuese obra de las limosnas de los cristianos. A los cuatro años de trabajo incesante por parte de Juana, se inauguró el monasterio de Nuestra Señora del Pueblo, del que ella fue elegida superiora.

A pesar del tiempo que empleaba en el gobierno de su comunidad y en el canto del oficio, Juana consagraba invariablemente cinco horas diarias a la oración privada. A las austeridades de regla añadía el ayuno constante; desde el día de la Santa Cruz hasta el de Pascua, vivía a pan y agua. Sus mortificaciones eran realmente asombrosas. Se cuenta que obró muchos milagros por la oración. Así, por ejemplo, curó a una noble dama, llamada Julia Sessi, a quien los doctores habían desahuciado. También convirtió a un joven llamado Agustín. Dicho joven profesaba algunas opiniones albigenses y otras herejías. Su madre, muy desconsolada, le llevó a ver a la beata Juana, la cual empleó toda clase de argumentos para convencerle, pero todo fue inútil. Cuando Agustín y su madre partieron, la beata oró fervorosamente y el corazón del joven se abrió a la gracia. También se atribuye a Juana de Reggio el milagro que se cuenta de Santo Domingo y de otros santos: un día, a la hora de comer, las religiosas encontraron la mesa sin viandas, pues la despensa del convento estaba vacía. Pero la beata se puso en oración y, a los pocos momentos había en la despensa pan suficiente para toda la comunidad. Juana murió en 1491, a los sesenta y tres años de edad, después de haber exhortado a sus religiosas al amor de Dios, a la caridad fraterna y a la estricta observancia de la regla. Su culto fue confirmado en 1771.

En Acta Sanctorum, julio, vol. II hay una traducción latina de la biografía, relativamente larga, escrita en italiano por el P. Benito Mutti.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Beato Adriano Fortescue



Beato Adriano Fortescue, mártir
En Londres, en Inglaterra, beato Adriano Fortescue, mártir, padre de familia y caballero, que, acusado calumniosamente de traición en tiempo del rey Enrique VIII, fue encarcelado dos veces y llevó finalmente a término el martirio al ser decapitado.
Sir Adrián Fortescue nació en 1476, en el seno de una antigua familia de Devonshire. Por parte de su madre, era primo de Ana Bolena. Contrajo matrimonio con Ana de Stonor, de la que tuvo dos hijas. Doce años después de la muerte de su primera esposa, se casó con Ana Rede de Boarstall, de la que tuvo tres hijos. Hasta la edad madura, llevó la vida ordinaria de los caballeros de su tiempo. Ejercía el cargo de juez de paz del condado de Oxford y era caballero de la Orden del Baño. Con frecuencia formaba parte del cortejo real. Hizo la guerra en Francia en 1513 y en 1523; formó parte de la comitiva de la reina Catalina en el viaje que ésta hizo a Calais, durante «el Torneo del Pendón de Oro» y asistió a la coronación de Ana Bolena. Siempre fue un hombre muy religioso; además de caballero de la Orden de San Juan de Jesuralén («caballero de Malta»), fue miembro de la Tercera Orden de Santo Domingo, a la que ingresó en Oxford.

Por lo que se refiere a la manera de proceder de Enrique VIII, Sir Adrián se condujo con circunspección y prudencia. A pesar de ello, por razones que desconocemos, fue arrestado el 29 de agosto de 1534 y encarcelado en la prisión de Marshalsea. Sin embargo, recobró la libertad durante cierto tiempo, probablemente en la primavera del año de 1535, cuando fueron martirizados Moro, Fisher y los monjes cartujos. Sin duda que Sir Adrián comprendía lo que tales ejecuciones presagiaban. En efecto, en febrero de 1539, fue arrestado nuevamente y enviado a la Torre de Londres.

El Parlamento se reunió en abril. Sir Adrián fue condenado sin ninguna clase de juicio, «no sólo por haberse rehusado traidoramente a prestar el juramento de fidelidad que debía a la Corona, sino también por haber cometido diversas y muy detestables y abominables traiciones y por haber sembrado la sedición en el reino». El documento no determina cuáles habían sido esas abominables traiciones, pero es evidente que estaban relacionadas con la lealtad de Sir Adrián a la Santa Sede, ya que su nombre aparece con los del cardenal Pole, Tomás Goldwell, fray Guillermo Peto y otros acusados del mismo «delito». El Beato Adrián fue decapitado en Tower Hill, el 8 o el 9 de julio, junto con el Venerable Tomás Dingley. Los Caballeros de Malta empezaron a tributarle culto desde su muerte, lo cual dio fundamento para su beatificación, que luvo lugar en 1895. La arquidiócesis de Birmingham celebra su fiesta.

El P. John Morris publicó en The Month (junio y julio de 1887) los documentos principales. Véase también Camm, LEM, vol. I, pp. 413-461. La Biblioteca de Bodley de Oxford posee un manuscrito de Piers Polymann copiado de mano del Beato Adrián.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Santa Verónica Giuliani

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Santa Verónica Giuliani, abadesa
En Città del Castello, de la Umbría, santa Verónica Giuliani, abadesa de la Orden de Clarisas Capuchinas, quien, dotada de singulares carismas, participó corporal y espiritualmente de la pasión de Cristo, y por esto fue puesta bajo custodia por cincuenta días, durante los cuales dio siempre pruebas de admirable paciencia y obediencia.
Úrsula Giuliani nació en Mercatello de Urbino, en 1660. Sus padres eran personas de posición en la ciudad. Se cuenta que la niña empezó a dar muestras de excepcional piedad desde muy temprana edad; a los seis años, regalaba ya a los pobres su comida y sus vestidos y, a los once años, la devoción por la Pasión de Cristo había empezado ya a transformar su vida. Úrsula tenía el defecto de molestarse porque los otros no tomaban parte en sus devociones, pero después de haber tenido una visión en la que su corazón se le apareció como si estuviese hecho de acero, dejó de insistir para que los demás la imitaran en sus actos de piedad. El padre de la joven fue nombrado para ocupar un puesto público en la ciudad de Piacenza, y Úrsula se regocijó mucho por la dignidad que ello confería a su familia y por las ventajas económicas que le traía. Tal complacencia no era mala en sí, pero la santa se la reprochó constantemente en su vida posterior.

A raíz de una aparición de la Santísima Virgen, Úrsula hizo voto de ingresar en el convento, pero su padre, Francisco Giuliani se opuso firmemente, deseoso de ver casada a su hija y empezó a presentarla a los jóvenes de las mejores familias. Úrsula enfermó de pena, y su padre acabó por ceder. En 1677, la joven ingresó en el convento capuchino de Citta di Castello, en Umbría, donde tomó el nombre de Verónica. Su noviciado fue difícil; además de las pruebas interiores que debió sufrir, sus superiores, que desconfiaban un tanto de su ambición espiritual, la sometieron también a severas pruebas, tanto más cuanto que el obispo que le había conferido el hábito predijo que sería santa. Después de la profesión, aumentó todavía más la devoción de Verónica a la Pasión de Cristo; a raíz de una visión de Nuestro Señor con la cruz a cuestas, Verónica empezó a sufrir de un agudo dolor en el costado. En 1693, tuvo otra visión en la que el Señor le dio a gustar su cáliz; Verónica lo aceptó, no sin gran resistencia de su sensibilidad y, desde aquel momento, los estigmas de la Pasión empezaron a grabarse en su cuerpo y en su alma. Al año siguiente, las marcas de la corona de espinas aparecieron sobre su frente y las huellas de las cinco llagas se formaron en sus miembros el Viernes Santo de 1697. A pesar de que los médicos trataron de curar las llagas de los estigmas, no obtuvieron resultado alguno. Cuando la noticia llegó a oídos del obispo de Citta di Castello, éste acudió al Santo Oficio en busca de consejo. El Santo Oficio le ordenó que guardase silencio y no se mezclase en el asunto. Sin embargo, cuando los estigmas se agudizaron aún más, el prelado decidió examinarlos por sí mismo; así lo hizo en el recibidor del convento, en presencia de cuatro religiosas, y quedó convencido de su existencia objetiva. Para evitar todo fraude posible, dio orden de que se vigilase continuamente a la hermana Verónica: ésta no debía recibir la comunión ni hablar con las otras religiosas ni con ninguna persona del exterior, y una hermana lega tenía que estar junto a ella día y noche. El obispo mandó además que se pusiese una venda sobre los estigmas, que Verónica llevase las manos enguantadas y que se sellase el broche de los guantes con el sello episcopal. La santa sobrellevó estas prudentes medidas con paciencia ejemplar. Los estigmas no se modificaron en lo absoluto. Entonces, el obispo comunicó el hecho al Santo Oficio y manifestó la obediencia y humildad con que la religiosa lo había soportado todo. El Santo Oficio respondió que se dejase a Verónica volver a la vida normal del convento.

Santa Verónica, como Santa Teresa y todos los grandes contemplativos, añadía a los dones sobrenaturales y místicos los del sentido común y la habilidad. Durante treinta y cuatro años, desempeñó en su convento el cargo de maestra de novicias, lo cual basta para probar su destreza en el cargo. Once años antes de su muerte, fue elegida abadesa. Verónica no permitía que sus novicias leyesen ninguna obra de alta mística; prefería que se contentasen con el «Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas» del P. Rodríguez y juzgaba que las novicias tenían suficiente trabajo con tratar de echar los cimientos de la humildad, la obediencia y la caridad. Es de suponer, por lo demás, que, siendo una mística, santa Verónica sabía muy bien el daño que puede hacer n los incipientes la lectura de los grandes maestros, que es demasiado elevada para ellos. Nada tiene de raro que una mujer tan práctica se haya preocupado además por ensanchar los edificios del convento y por mandar construir una cañería para el agua.

Al fin de su vida, santa Verónica, que durante casi cincuenta años había sufrido con admirable paciencia, resignación y aun gozo, se vio atacada de una apoplejía. Murió a consecuencia de esa enfermedad, el 9 de julio de 1727. Por orden de su confesor, dejó escrito un relato de su vida y sus experiencias místicas, que fue de gran utilidad en el proceso de beatificación. La canonización tuvo lugar en 1839. Mucho antes de su muerte, santa Verónica había dicho a su confesor que los instrumentos de la Pasión del Señor estaban impresos en su corazón y aun le había dado un burdo dibujo de su corazón, en el que se hallaban representados, pues decía que los sentía porque cambiaban de posición. Después de la muerte de la santa, se hizo la autopsia del cadáver, en presencia del obispo, del alcalde, de varios cirujanos y de otros testigos. La autopsia puso al descubierto una serie de objetos minúsculos, que correspondían exactamente a los que Verónica había dibujado.

Por lo que toca a los fenómenos místicos, el caso de Santa Verónica es tal vez el más notable de toda la hagiología. El P. Thurston, autor del artículo que acaba de leerse, tuvo ocasión de consultar personalmente, en la biblioteca de los bolandistas, el rarísimo summarium de las declaraciones de los testigos que se presentó para la beatificación. El confesor de la santa y sus bermanas en religión afirmaron con juramento que las beridas se abrían y sangraban cuando Verónica quería, y que se cerraban y quedaban perfectamente secas en un cortísimo espacio de tiempo, como sucedió en presencia del obispo. Además, en el artículo no se hace mención de muchos otros fenómenos, como la levitación, los olores aromáticos, etc.

Probablemente, la menos mala de las biografías de santa Verónica es la que escribió el P. Salvatore (1839), basándose en las actas del proceso. El P. Pizzicaria editó en diez volúmenes el diario espiritual de la santa. El P. Désiré des Planches hizo una buena selección de dicha obra en Le journal de Ste. Véronique Giuliani (1931); el comentario médico que hay en este libro del P. des Planches se debe a la pluma de J. F. Gentili. Pueden verse otros extractos en Franciscan Annals (1944 y 1945). Véase también el artículo del P. L. Veuthey en Vita Cristiana, vol. XV (1943), pp. 481-489, 566-589.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Beata Melania Mariana Magdalena

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Beatas Melania Mariana Magdalena de Guilhermier y Mariana Margarita de los Ángeles de Rocher, vírgenes y mártires
En Orange, ciudad de la Provenza, en Francia, beatas Melania Mariana Magdalena de Guilhermier y Mariana Margarita de los Ángeles de Rocher, vírgenes de la Orden de Santa Úrsula, mártires durante la Revolución Francesa.
María Ana Magdalena De Guilhermier nació en Bolléne, Francia, el 29 de junio de 1733 en el seno de una familia noble. Inclinada a la vida religiosa, ingresó en 1750 en el monasterio de las ursulinas de su ciudad natal y profesó con el nombre de sor Santa Melania. Vivió más de cuarenta años en el monasterio, llevando vida ejemplar como religiosa, hasta que el monasterio fue disuelto y ella con las demás fue obligada a ir a Orange, donde padeció prisión y juicio. Se la acusó de negarse a prestar el juramento de libertad-igualdad y de poner obstáculos por su «fanatismo» a la marcha de la Revolución.

María Ana Margarita De Rocher nació en Bolléne, Francia, el 20 de enero de 1755 en el seno de una noble familia. Ingresó en el monasterio de ursulinas de su ciudad natal, donde profesó con el nombre de sor María de los Ángeles y donde pudo pasar veinte años llevando vida ejemplar como religiosa. Llegada la Revolución y habiendo de dejar el monasterio, permaneció con sus hermanas religiosas y con ellas fue arrestada y llevada a la cárcel en Orange. Fue juzgada bajo la acusación de no someterse a las leyes de la República y de propagar el fanatismo.

Fueron guillotinadas en Orange el 9 de julio de 1794 y beatificadas por SS. Pío XI el 10 de mayo de 1925, en un grupo de 32 religiosas mártires de la Revolución.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003

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