Beata Magdalena de la Madre

Beatas Magdalena de la Madre de Dios Verchière y cinco compañeras, vírgenes y mártires
En Orange, ciudad de Provenza, también en Francia, beatas Magdalena de la Madre de Dios (Isabel) Verchiére y cinco compañeras, vírgenes, martirizadas durante la misma Revolución Francesa. Sus nombres son: beatas Teresa Enrica de la Anunciación Faurie, Ana Andrea de San Alejo Minutte, María Ana de San Francisco Lambert, María Ana de Santa Francisca Depeyre y María Anastasia de San Gervasio Roquard.
El día 13 de julio de 1794 en la plaza de Orange, Francia, donde se hallaba levantada la guillotina, fueron sacrificadas a causa de su fidelidad a Cristo seis religiosas, tres de ellas sacramentinas y otras tres ursulinas, las cuales habían comparecido aquella mañana ante el tribunal acusadas de ser refractarias a la ley, de haber rehusado obstinadamente prestar el juramento de libertad-igualdad que se les exigía y de haber propagado «el más peligroso fanatismo». Tras estas palabras de la acusación lo que se castigaba era la fidelidad de las seis a Cristo, a la Iglesia y a sus votos religiosos, habiéndose comportado con gran dignidad, nobleza, fortaleza espiritual y mansedumbre todo el tiempo de su detención. Ciertamente se habían negado a prestar el juramento revolucionario, que tenía para ellas connotaciones antirreligiosas y significaba estar de acuerdo con la línea anticatólica de la Revolución. Frente a la recién fundada Iglesia constitucional, ellas eran fieles a la religión católica, tildada por la Revolución como peligrosa superstición o fanatismo. Llegaron al patíbulo con serenidad y, elevados sus corazones al Señor, murieron como verdaderas discípulas y esposas de Jesucristo. Fueron beatificadas en el grupo de 32 mártires de Orange el 10 de mayo de 1925 por SS. Pío XI.
-Isabel Verchiére nació en Bolléne el 2 de enero de 1769 y muy joven ingresó en el monasterio de la congregación de la Adoración Perpetua del SS. Sacramento de su ciudad natal, donde emitió la profesión religiosa con el nombre de sor Magdalena de la Madre de Dios, y donde vivió como religiosa ejemplar hasta su expulsión del monasterio y posterior detención. Llevada a Orange, permaneció con sus compañeras en la oración y la paciencia.
-Teresa Enriqueta Faurie nació en Serignan el 4 de febrero de 1740 e ingresó en el monasterio de la congregación de sacramentinas de Bolléne donde profesó tomando el nombre de Hermana de la Anunciación. Perseveró en el monasterio hasta su cierre y con sus hermanas fue detenida y llevada a Orange, mostrándose en todo momento como «religiosa perfecta» según se decía de ella, comentándose que no tenía otra ambición que la de servir al buen Dios con amor y fidelidad. Cuando se la invitó a prestar el juramento revolucionario exclamó: «Ya hice a Dios mi juramento; no haré ningún otro». Cuando las llevaban al tribunal, dijo a sus compañeras: «Valor, hermanas mías [...} llega el momento del triunfo. Las puertas del cielo se abren para recibirnos». Y al ser llevada al patíbulo entonó las letanías de la Virgen María.
-Ana Andrea Minutte nació en Serignan el 4 de febrero de 1740 e ingresó en la congregación de Sacramentinas de Bolléne, donde profesó los votos religiosos con el nombre de sor San Alejo. Permaneció en la vida religiosa hasta que fue expulsada con las demás hermanas de su monasterio y posteriormente detenida y llevada a Orange. Contestó a los jueces con gran firmeza.
-María Ana Lambert nació en Pierrelatte el 17 de agosto de 1742 y en su juventud ingresó en el monasterio de ursulinas de Bolléne, donde profesó los votos religiosos y tomó el nombre de sor San Francisco. Perseveró en la vida religiosa y se unió a sus hermanas, siendo detenida con ellas y llevada a Orange, donde contestó con firmeza a los jueces.
-María Ana Depeyre nació en Tulette, diócesis de Valence, el 2 de octubre de 1756, e ingresó como hermana coadjutora en el monasterio de ursulinas de Carpentras, tomando el nombre de sor Santa Francisca. Uniéndose, cuando la supresión del monasterio, a sus hermanas de Bolléne y con ellas detenida y llevada a Orange, aquí confesó a Cristo.
-María Anastasia De Roquard nació en Bolléne el 5 de octubre de 1749 y en su juventud ingresó en el monasterio de ursulinas de su ciudad natal y profesó con el nombre de sor San Gervasio. Aquí se acreditó como religiosa observante y prudente y mereció que sus hermanas la eligieran superiora, cargo que desempeñaba al tiempo de la disolución del monasterio y prisión de las religiosas el día 2 de mayo de 1794. Llevada luego a Orange, aquí se mostró digna de la vocación religiosa recibida y con sus hermanas se mantuvo firme en la fe y fue fiel hasta el martirio.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
Beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago | |||||||||||||
Beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago, laico
En Caguas, ciudad de Puerto Rico, beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago, que se consagró incansablemente en la renovación de la sagrada liturgia y a la difusión de la fe entre los jóvenes.
arlos Manuel Rodríguez nació en Caguas, Puerto Rico, el 22 de noviembre de 1918, hijo de Manuel Baudilio Rodríguez y Herminia Santiago, ambos de familias numerosas, sencillas y de gran arraigo cristiano. Fue bautizado en la Iglesia Dulce Nombre de Jesús en Caguas el 4 de mayo de 1919. Fue el segundo de cinco hermanos: dos hermanas se casaron, otra es religiosa Carmelita de Vedruna y su único hermano es sacerdote benedictino y primer Abad puertorriqueño.
Las primeras lecciones en la fe católica y las vivencias de esa fe las recibe y experimenta Carlos desde muy temprano en el seno de su propia familia. A los seis años comenzó su vida escolar en el Colegio Católico de Caguas, en donde permaneció hasta octavo grado. Allí conoció a las Hermanas de Notre Dame y cultivó una especial amistad con ellas durante toda su vida. Bajo la tutela de éstas y de los Padres Redentoristas, desarrolla su primera educación formal, humanística y religiosa; recibe a Cristo por vez primera en la Sagrada Eucaristía que marcaría un amor para siempre; se hace monaguillo y posiblemente siente el llamado inicial a una vida de entrega total a Cristo. Como monaguillo, empieza a degustar las riquezas de la fe a través de la sagrada liturgia.
Ya en la escuela superior, durante el segundo semestre de ese curso escolar empieza a notar los primeros síntomas de una enfermedad que sugería un trastorno gastrointestinal: colitis ulcerosa. Este habría de causarle muchísimos inconvenientes por el resto de su vida, y se iría agravando paulatinamente. Ello jamás llegó a doblegar su espíritu de entrega a Cristo y a Su Iglesia. Más tarde, renueva su contacto con las Hermanas de Notre Dame y los Padres Redentoristas, esta vez en la Academia Perpetuo Socorro en el sector Miramar de San Juan, donde cursa su tercer año de Escuela Superior (1934-35), pero su salud le impide continuar. Vuelve a Caguas, trabaja por algún tiempo y por fin termina ambos cursos, el comercial y el científico, en 1939.
Su salud le impide estudiar formalmente. Sin embargo los estudios jamás terminaron para él. Era un lector voraz, al quien todo le interesaba: las artes, las ciencias, filosofía, religión, música. Otro de sus grandes amores era la naturaleza. Desde niño acostumbraba pasar las vacaciones de verano en el campo. Solía ir con hermanos y primos de pasadía, al río o a la playa. Ya de adulto organizaba junto a sus hermanos, caminatas de un día al campo; ligero de equipaje, frugal el alimento, pero abundante el deseo de comulgar con la creación entera.
Carlos Manuel trabajó como oficinista en Caguas, Gurabo y en la Estación Experimental Agrícola, donde además traducía documentos. Empleaba casi todo su modesto salario en promover el conocimiento y el amor a Cristo, especialmente a través de la Sagrada Liturgia. Por eso, se afanaba en traducir artículos que leía sobre la materia y que él editaba para nutrir dos publicaciones a manera de folletos mimeografiados, Liturgia y Cultura Cristiana, tarea a la que dedicaba incontables horas de trabajo. Cada vez más convencido de que la liturgia es la vida de la Iglesia (a través de la oración, la proclamación de la Palabra, la Eucaristía y los misterios de Cristo), organiza en Caguas un «Círculo de Liturgia» junto al P. McWilliams y luego, en 1948, funda junto al P. McGlone el coro parroquial «Te Deum Laudamus».
En Río Piedras, donde sus hermanos Pepe y Haydée eran ya profesores de la Universidad de Puerto Rico, Carlos realiza su ardiente deseo de dar a conocer a Cristo entre profesores y estudiantes de ese centro docente. Al ampliarse el grupo de sus «discípulos» se mueve con ellos al Centro Universitario Católico, organiza otro Círculo de Liturgia (más tarde llamado Círculo de Cultura Cristiana). Continúa con sus publicaciones y organiza y da forma a sus célebres «Días de Vida Cristiana» junto con los universitarios a quienes desea que entiendan y gocen los tiempos litúrgicos. Participa en paneles sobre diversos temas, siendo él el portaestandarte de la vida litúrgica y el sentido pascual de la vida y la muerte en Cristo. Organizó grupos de discusión en varios pueblos y participó en la Cofradía de la Doctrina Cristiana. Otras organizaciones católicas en las cuales participó fueron la Sociedad del Santo Nombre y los Caballeros de Colón. Impartió catequesis a jóvenes de escuela superior, aportando él todo el material que mimeografiaba sin descanso para suplir las limitaciones económicas de sus jóvenes alumnos. Defendió y promovió con fervor extraordinario entre obispos, clero y seglares, la renovación litúrgica de la Iglesia a través de la participación activa de los fieles, el uso de la lengua vernácula y, muy especialmente, de la observancia de la Vigilia Pascual, felizmente restaurada por SS Pío XII. Todo ello, antes del Concilio Vaticano II.
Sus fuerzas físicas decaían, pero jamás su espíritu se doblegó. Vivía cada momento superando calladamente su dolor con el gozo profundo de quien se sabía resucitado. Minada finalmente su salud por la enfermedad que se diagnosticó como un cáncer terminal del recto, tras una larga operación en marzo de 1963, padeció una noche oscura, pensándose abandonado de Dios. Antes de morir, reencontró con emoción la Palabra que estuvo perdida, la que le había dado sentido a su vida. Su paso a la vida eterna fue el 13 de julio de 1963. Tenía 44 años. Fue beatificado por SS Juan Pablo II el 29 de abril del 2001.
fuente: Vaticano
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