
Santa Teresa Jesús de los Andes
Con el ejemplo de su vida, pone ante nuestros ojos el evangelio de Cristo, encarnado y llevado a la práctica hasta las últimas exigencias. Teresa de Los Andes, con el lenguaje de su intensa vida, nos confirma que Dios existe, que Dios es amor y alegría, que El es nuestra plenitud. Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900.
En la pila bautismal fue llamada Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar. Familiarmente se la conocía, y todavía se la conoce hoy, con el nombre de Juanita. Su niñez se desarrolló normalmente en el seno familiar: sus padres, don Miguel Fernández y Lucía Solar; sus tres hermanos y dos hermanas; el abuelo materno, tíos, tías y primos.
La familia gozaba de muy buena posición económica y conservaba fielmente la fe cristiana, viviéndola con sinceridad y constancia. Juana recibió su formación escolar en el colegio de las monjas francesas del Sagrado Corazón. Entre la vida estudiantil y la vida familiar se desarrolló su corta e intensa historia. A los catorce años de edad, inspirada por Dios, decidió consagrarse a El como religiosa, en concreto, como carmelita descalza.
Su deseo se realizó el 7 de mayo de 1919, cuando ingresó en el pequeño monasterio del Espíritu Santo en el pueblo de Los Andes, a unos 90 kms. de Santiago. El 14 de octubre de ese mismo año vistió el hábito de carmelita, iniciando así su noviciado con el nombre de Teresa de Jesús. Sabía desde mucho antes que moriría joven. Más aún, el Señor se lo había revelado, pues ella misma lo comunicó a su confesor un mes antes de su partida.
Asumió esa realidad con alegría, serenidad y confianza. Segura de que continuaría en la eternidad su misión de hacer conocer y amar a Dios. Después de muchas tribulaciones interiores e indecibles padecimientos físicos, causados por un violento ataque de tifus que acabó con su vida, pasó de este mundo al Padre al atardecer del 12 de abril de 1920.
Había recibido con sumo fervor los santos sacramentos de la Iglesia y el 7 de abril había hecho la profesión religiosa en el artículo de la muerte. Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad y 6 meses para acabar su noviciado canónico y poder emitir jurídicamente su profesión religiosa. Murió como novicia carmelita descalza. Esa es toda la trayectoria externa de esta joven santiaguina.
Desconcierta, y crece en nosotros el gran interrogante: ¿y qué hizo? Para tal pregunta hay una respuesta igualmente desconcertante: Vivir, creer, amar. Cuando los discípulos preguntaron a Jesús qué debían hacer para vivir según Dios quiere, El respondió: "La obra de Dios es que creáis en quien El ha enviado" (Jn. 6, 28-29). Por lo tanto, para conocer el valor de la vida de Juanita, es necesario mirar hacia dentro, donde está el Reino de Dios.
Ella despertó a la vida de la gracia siendo todavía muy niñita. Asegura que a los seis años atraída por Dios empezó a volcar su afectividad totalmente en El. "Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí" (Diario, n. 3, p. 26). Juanita poseyó una enorme capacidad de amar y ser amada junto con una extraordinaria inteligencia.
Dios le hizo experimentar su presencia, la cautivó con su conocimiento y la hizo suya a través de las exigencias de la cruz. Conociéndolo, lo amó; y amándolo se entregó a El con radicalidad. Desde niña comprendió que el amor se demuestra con obras más que con palabras, por eso lo tradujo en todos los actos de su vida, empezando por la raíz. Se miró con ojos sinceros y sabios y comprendió que para ser de Dios era necesario morir a sí misma y a todo lo que no fuera El.
Su naturaleza era totalmente contraria a la exigencia evangélica: orgullosa, egoísta, terca, con todos los defectos que esto supone. Como nos sucede a todos. Pero lo que ella hizo, a diferencia nuestra, fue librar batalla encarnizada contra todo impulso que no naciera del amor.
A los 10 años era una persona nueva. La motivación inmediata fue el Sacramento de la Eucaristía que iba a recibir. Comprendiendo que nada menos que Dios iba a morar dentro de ella, trabajó en adquirir todas las virtudes que la harían menos indigna de esta gracia, consiguiendo en poquísimo tiempo transformar su carácter por completo. En la celebración de este sacramento recibió de Dios gracias místicas de locuciones interiores que luego se mantuvieron a lo largo de su vida. La inclinación natural hacia Dios, desde ese día se transformó en amistad, en vida de oración.
Cuatro años más tarde recibió interiormente la revelación que determinó la orientación de su vida: Jesucristo le dijo que la quería carmelita y que su meta debía ser la santidad. Con la abundante gracia de Dios y con la generosidad de joven enamorada se dio a la oración, a la adquisición de las virtudes y a la práctica de la vida según el evangelio, de tal modo que en cortos años llegó a un alto grado de unión con Dios. Cristo fue su ideal, su único ideal. Se enamoró de El, y fue consecuente hasta crucificarse en cada minuto por El. La invadió el amor esponsal y, por tanto, el deseo de unirse plenamente al que la había cautivado.
Por eso a los 15 años hizo el voto de virginidad por 9 días, renovándolo después continuamente. La santidad de su vida resplandeció en los actos de cada día en los ambientes donde se desarrolló su vida: la familia, el colegio, las amigas, los inquilinos con quienes compartía sus vacaciones y a quienes, con celo apostólico, catequizó y ayudó.
Siendo una joven igual a sus amigas, éstas la sabían distinta. La tomaron por modelo, apoyo y consejera. Juanita sufrió y gozó intensamente, en Dios, todas las penas y alegrías con que se encuentra el hombre. Jovial, alegre, simpática, atractiva, deportista, comunicativa. En los años de su adolescencia alcanzó el perfecto equilibrio síquico y espiritual, fruto de su ascesis y de su oración.
La serenidad de su rostro era reflejo de Aquel que en ella vivía. Su vida monacal desde el 7 de mayo de 1919 hasta su muerte fue el último peldaño de su ascensión a la cumbre de la santidad. Sólo once meses fueron suficientes para consumar su vida totalmente cristificada. Muy pronto la comunidad descubrió en ella un paso de Dios por su historia.
En el estilo de vida carmelitano-teresiano, la joven encontró plenamente el cauce para derramar más eficazmente el torrente de vida que ella quería dar a la Iglesia de Cristo. Era el estilo de vida que, a su modo, había vivido entre los suyos, y para el cual había nacido. La Orden de la Virgen María del Monte Carmelo colmó los deseos de Juanita al comprobar que la Madre de Dios, a quien amó desde niña, la había traído a formar parte de ella.
Fue beatificada en Santiago de Chile por Su Santidad Juan Pablo II, el día 3 de abril de 1987. Sus restos son venerados en el Santuario de Auco-Rinconada de Los Andes por miles de peregrinos que buscan y encuentran en ella el consuelo, la luz y el camino recto hacia Dios.
SANTA TERESA DE JESÚS DE LOS ANDES es la primera Santa chilena, la primera Santa carmelita descalza fuera de las fronteras de Europa y la cuarta Santa Teresa del Carmelo tras las Santas Teresas de Avila, de Florencia y de Lisieux.
Nota: solicitada por Javier SJ (Chile)
San Enrique II
San Enrique II, emperador
fecha: 13 de julio fecha en el calendario anterior: 15 de julio n.: c. 973 - †: 1024 - país: Alemania canonización: C: Eugenio III 4 mar 1146 hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Enrique, emperador romano-germánico, que, según la tradición, de acuerdo con su esposa Cunegunda puso gran empeño en reformar la vida de la Iglesia y en propagar la fe en Cristo por toda Europa, donde, movido por un celo misionero, instituyó numerosas sedes episcopales y fundó monasterios. Murió en este día en Grona, cerca de Göttingen, en Franconia.
refieren a este santo: Santa Cunegunda, Santa Emma, San Esteban de Hungría, San Gotardo de Hildesheim, San Heriberto de Colonia
San Enrique II ( 972 – 1024) nieto de Otón el Grande y de Carlomagno, había nacido en el castillo que su padre, duque de Baviera, tenía a las orillas del Danubio, en los estertores del oscuro siglo X, allá por los años 973. El joven príncipe pasa los primeros años de su vida en el monasterio benedictino de Hildesheim. Vive como un novicio al lado de los monjes. Aprende a la vez las letras y los salmos, estudia las Sagradas Escrituras, se ejercita en la práctica de la virtud y aspira a la perfección. Completa su educación bajo la tutela del obispo de Regensburg, San Wolfang. Enrique acogía en la buena tierra de su corazón la semilla que sembraba su maestro y que produciría mucho fruto, el ciento por uno.
Las fechas de su vida política se sucedieron rápidas. El 995, duque de Baviera. El 1002, rey de Germania, proclamado en Maguncia. El 1014 Benedicto VIII lo consagra en Roma Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. El Papa, en premio a su celo por la religión, le regala un globo de oro y piedras preciosas, rematado en una cruz. Enrique lo agradece, entiende el simbolismo y lo manda llevar a la abadía de Cluny. Ayuda a extinguir el cisma del antipapa Gregorio y a mantener el prestigio de Benedicto VIII.
Funda iglesias y monasterios para fomentar el culto divino, crea obispados, reúne dietas conciliares, defiende los derechos de la Iglesia, influye en la conversión de San Esteban de Hungría, que se había casado con una hermana suya. Mantiene una estrecha amistad con el famoso y longevo abad de Cluny, Odilón. Juntos trabajan en la reforma eclesiástica, deponiendo prelados y abades indignos, restituyendo la disciplina y la observancia regular.
Le gustaban las suntuosas liturgias de las iglesias de Germania. De ahí que, según se cuenta, se extrañara al constatar que en Roma no se decía el Credo en la Misa, a instancias suyas el papa Benedicto VIII prescribió que se cantara los domingos y fiestas. Trabajó también mucho por la paz y por la extensión del Evangelio. Junto a esta vida agitada, llevaba cuando podía una vida recogida y piadosa como un monje.
De entre todas las iglesias, la que merecía su particular predilección era la catedral de Bamberga, que él mismo había edificado, y en la que reposa junto con Santa Cunegunda. Junto a la estatua del famoso caballero, se encuentra un monumento en memoria de los "Santos Enrique y Cunegunda, que brillaron en medio de las tinieblas de su tiempo como dos lises de oro sobre el altar".
Al final de su vida, Enrique, llamado con razón el Piadoso, se retira al monasterio de Vanne. El abad Ricardo le ordena volver al trono. Pero poco después, el 13 de julio del año 1024, a los cincuenta y dos años, recibía la corona de la gloria en el castillo de Grona. Fue canonizado el 1146 por Eugenio III.
Oremos
Dios nuestro, que otorgaste a San Enrique II la abundancia de tu gracia para gobernar rectamente un reino terrenal y para elevarse de esos cuidados al amor de las cosas celestiales, concédenos también a nosotros, por su intercesión, que, en medio de los cuidados de las cosas mudables de este mundo, tendamos siempre sinceramente hacia ti. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
San Joel Profeta
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De Joel, Profeta de Judá e hijo de Fatuel, nada sabemos fuera de los tres capítulos de profecías que llevan su nombre. El tiempo de su actividad ha de ser calculado después de separarse de la casa de David las diez tribus, pero antes del destierro. El hecho de que solamente se mencionen los sacerdotes, y no los reyes, hace conjeturar que Joel haya escrito en tiempo del rey Joás de Judá (836-797), cuando el Sumo Sacerdote Joíada, en nombre del rey niño, manejaba las riendas del gobierno (II Rey. 11). Una minoría de exégetas ubican a Joel en el período después del destierro, fundándose especialmente en tres, seis, donde se mencionan los griegos (cfr. Nácar Colunga). Su anuncio, como dicen estos autores, es escatológico, cosa que no debe olvidarse al interpretarlos.
En el primer discurso profético describe Joel una plaga terrible de langostas, fenómeno conocido en la región del mar Muerto, como figura del oprobio de Israel por parte de las naciones. Ello da ocasión al Profeta, en el segundo discurso (2, 18 a 3, 21) para exhortar a Israel a la contrición y anunciar el día del Señor que el juicio de las naciones o castigo de los enemigos del pueblo santo, y el rey mesiánico, siendo especialmente de notar la aplicación que San Pedro hizo de esta profecía (2, 28) el día de Pentecostés, a los carismas traídos por el divino Espíritu
" En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y ésta es la victoria que vence al mundo: nuesra fe; porque, ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" I Jn 5, 3-5
San Silas (N. T.)
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San Silas, santo del NT
Conmemoración de san Silas, elegido y enviado por los apóstoles a las Iglesias de la gentilidad junto a los santos Pablo y Bernabé, lleno de la gracia de Dios cumplió con gran empeño su ministerio.
Silas y Silvano parecen ser dos formas del mismo nombre, y -llamado de uno u otro de estos modos- aparece varias veces mencionado en el Nuevo Testamento, en relación a san Pablo. En Hechos se lo llama Silas, y en las cartas de san Pablo se lo llama Silvano, pero hay acuerdo en considerar que se trata de la misma persona. La primera aparición es en Hechos 15,22: «entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos.» este Judas Barsabás es sólo mencionado en este capítulo de Hechos, y no volvemos a saber de él fuera de esta misión de acompañar a Pablo y Bernabé para aplicación del decreto que se votó en el llamado «Concilio de Jerusalén» en relación a la circuncisión y algunos puntos de la Ley, que de eso trata precisamente el capítulo 15 de Hechos.
En cambio Silas, aunque se nos dice que ya era dirigente en Jerusalén (v. 22), e incluso que era «profeta» (posiblemente era uno de los cargos comunitarios en la primitiva Iglesia) (v. 32), debe haber congeniado muy bien con el difícil san Pablo, porque no se limita a cumplir el encargo de llevar el «decreto del Concilio» en nombre de las autoridades de Jerusalén (que en definitiva para eso lo habían elegido, v. 27), sino que acompañará a Pablo y Bernabé en su periplo evangelizador, e incluso, cuando las relaciones entre Pablo y Bernabé se tensaron (Hechos 15,39), Silas acompañará a Pablo en su recorrido por Siria y Cilicia, ya sin Bernabé. Acompañó al Apóstol en su trayecto a Macedonia (Hechos 16), en el curso del cual pararon en Filipos unos días, y padecieron allí cárcel, de la que fueron milagrosamente liberados (16,23ss.).
Estuvieron también juntos en Tesalónica (Hechos 17), donde el alboroto con la predicación fue grande, y no pudieron irse sino luego de que un cristiano (Jasón) pagara una fianza. San Lucas, que no parece muy inclinado a que san Pablo «comparta cartel» con nadie, sin embargo en todos estos capítulos deja entender que la predicación de Silas no era menos enfervorizante que la de san Pablo. De Tesalónica marcharon a Berea, donde en todo el periplo por primera vez se separarán: san Pablo continuará viaje, pero Silas permanecerá en Berea con Timoteo. Sin embargo fue una separación momentánea, ya que desde Atenas Pablo envía urgentemente a llamar a Silas y a Timoteo (17,15), así que se volvieron a reunir en Macedonia (18). Hay allí una expresión interesante: «Cuando llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, Pablo se dedicó enteramente a la Palabra, dando testimonio ante los judíos de que el Cristo era Jesús.» (18,5). No tenemos demasiados elementos para saber cómo estructuraba Pablo sus comunidades, y en concreto, cómo organizaba el proceso de la predicación. Por él mismo sabemos, por ejemplo, que no bautizaba (1Cor 1,17), por lo que podemos pensar que en tanto Pablo «se dedicó enteramente a la Palabra», Silas y Timoteo realizaran otras funciones, quizás bautizar, quizás organizar los ministerios en la comunidad que se creaba, profundizar en las aplicaciones concretas del «anuncio», etc. Lo cierto es que tras las muy pequeñas pinceladas que nos va dando Hechos, percibimos una muy compleja organización de esta Iglesia inicial, que se iba expandiendo, sí, por obra del Espíritu, pero que también ponía en acción todos sus humanos recursos.
Allí acaban las referencias que da Hechos de los Apóstoles. Por el propio Pablo nos lo encontramos mencionado (en la forma Silvano) en el encabezado de 1 y 2 Tesalonicenses y en 2Corintios 1,19, siempre en la terna «Silvano, Timoteo y Pablo», pero no tenemos otras ocasiones en que se lo nombre explícitamente. En 1 Pedro 5,12 aparece un tal Silvano como secretario de Pedro, pero no necesariamente es el mismo del que hablamos. No sabemos más nada de él. Una tradición posterior lo hace morir mártir en Macedonia, y según las «Acta sanctorum» sus reliquias fueron trasladadas en el 691 a Therouanne, en Francia, donde fue venerado hasta la destrucción de la catedral, en 1553. Aunque, naturalmente, para todo esto no hay un apoyo documental sólido como el que tenemos para sus viajes y predicación junto a san Pablo.
Cualquier introducción a la vida de san Pablo y al libro de los Hechos, menciona a sus colaboradores más destacados, como lo fue Silas; puede consultarse Comentario Bíblico San Jerónimo, volumen 3. La entrada correspondiente del Butler-Guinea organiza bien estos pocos datos que conocemos; también está bien planteado el artículo de Antonio Borrelli en Santi e beati. Acta Sanctorum, julio, tomo III aporta el dato de la traslación de las reliquias. Como se comprenderá, todo se reduce a organizar de un modo u otro los mismos, escasísimos, aportes documentales. Imagen: Pablo, Timoteo y Silas en un mosaico del siglo XII-XIII en la catedral de Monreal(Sicilia, Italia)
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San Eugenio de Cártago
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San Eugenio de Cartago, obispo
En Albi, ciudad de Aquitania, actualmente Francia, tránsito de san Eugenio, obispo de Cartago, glorioso por su fe y sus virtudes, que sufrió el destierro durante la persecución desencadenada por los vándalos.
Las provincias romanas del Africa fueron durante mucho tiempo una de las regiones más ricas y más importantes del Imperio. Pero cuando los emperadores descuidaron el resto del Imperio para defender Italia, Genserico, el rey de los vándalos, se apoderó en poco tiempo de las fértiles provincias africanas (428). Los vándalos, que eran cristianos contaminados por la herejía arriana, devastaron el norte de Africa, saquearon las iglesias y monasterios, quemaron vivos a dos obispos y torturaron a varios más para que les entregasen los tesoros de sus iglesias, arrasaron los edificios públicos de Cartago y desterraron al obispo de la ciudad, san Quodvultdeus, junto con muchos otros. Excluyendo el breve gobierno de san Deogracias, la sede episcopal de Cartago había estado vacante durante medio siglo. El año 481, Hunerico, el sucesor de Genserico, permitió a los católicos elegir un obispo para Cartago, bajo ciertas condiciones. La elección del pueblo recayó sobre Eugenio, un ciudadano de Cartago que se distinguía por su saber, celo, piedad y prudencia. Eugenio se hizo querer tanto por su grey, que todos los cristianos hubiesen dado con gusto la vida por él. Una de sus virtudes más notable era su caridad hacia los pobres, sobre todo si se tiene en cuenta la estrechez en la que él mismo vivía; pero el santo se las arreglaba siempre para encontrar bienhechores para los pobres y él mismo se privaba de todo lo superfluo para dárselo. Cuando alguien le indicaba que debía guardar algo para sí, Eugenio respondía: «Puesto que un Obispo debe dar la vida por sus ovejas, sería imperdonable que me preocupase yo demasiado por las necesidades pasajeras de mi cuerpo».
El santo tenía tal influencia sobre el pueblo, que el rey empezó a alarmarse y le prohibió predicar en público y ocupar la cátedra episcopal. También le dio la orden de no admitir a ningún vándalo en las iglesias de su diócesis. Eugenio replicó que la ley de Dios le impedía cerrar las puertas de las iglesias a quienes deseaban entrar en ellas. Entonces Hunerico apostó un cuerpo de guardia ante las iglesias católicas y, en cuanto se acercaba un hombre o una mujer del pueblo vándalo, a los que se reconocía fácilmente por sus vestimentas y sus largas cabelleras, los guardias se apoderaban del intruso, le metían los dientes de una horquilla de madera en los cabellos, los retorcían y, mediante un violento estirón, les arrancaban el pelo y la piel del cráneo. Hubo ocasiones en que el estirón desgarró la piel de la frente y de los párpados, de modo que algunos de los vándalos perdieron los ojos y otros murieron como consecuencia del brutal castigo. Los guardias solían organizar trágicas procesiones por las calles de la ciudad, con las mujeres cuyas cabelleras habían sido arrancadas de la manera descrita, a fin de que el terrible espectáculo sirviese de escarmiento a los demás. Así fue como se inició una violenta persecución en la que no sólo sufrieron los vándalos, sino los cristianos en general.
Al principio los perseguidores dejaron en paz a san Eugenio. Poco después, Hunerico le convocó, lo mismo que a los otros obispo católicos, a una reunión con los obispos arrianos de Cartago. San Eugenio respondió que la reunión le parecía arbitraria, puesto que los arrianos iban a actuar como jueces, y pidió que, si se trataba de una causa común, se invitara también a los representantes de otras Iglesias «especialmente a los de la Iglesia de Roma, que es la cabeza de todas». El santo añadió: «Yo mismo escribiré a todos mis hermanos en el episcopado para mostraros cuál es la fe común de la Iglesia». Se cuenta que, por la misma época, un hombre llamado Félix, que había estado ciego durante mucho tiempo, pidió a san Eugenio que orase para que recobrara la vista, pues en una visión se le había ordenado que acudiese al obispo. Eugenio se mostró renuente, pero al fin, después de haber bendecido la fuente bautismal, la víspera de la Epifanía, dijo al ciego: «Ya te he repetido que soy un pecador y el más miserable de los hombres; sin embargo, ruego a Dios que muestre su misericordia al devolverte la vista por la fe que tienes en Él». Acto seguido trazó la señal de la cruz sobre los ojos del ciego, y éste quedó sano. Hunerico mandó llamar a Félix e hizo una investigación sobre las circunstancias del milagro. Como era imposible negar los hechos, los obispos arrianos dijeron al rey que san Eugenio había empleado las artes mágicas.
El año 484 se reunió finalmente la comisión encargada de discutir las diferencias entre los católicos y los arrianos. La reunión resultó una verdadera farsa y Hunerico aprovechó la oportunidad de la presencia en Cartago de los obispos católicos para apoderarse de ellos y enviarlos a trabajos forzados. San Eugenio, que había alentado a sus hermanos a sufrir por la fe, fue también desterrado y ni siquiera se le permitió despedirse de sus amigos. Sin embargo, se las arregló para escribir una carta a su grey desde el exilio. San Gregorio de Tours nos ha conservado el texto de dicho documento, que dice: «Con lágrimas en los ojos, os ruego e imploro, por el temor del día del juicio y de la luz deslumbrante que acompañará la venida de Cristo, que permanezcáis firmes en la fe. Permaneced fieles a la gracia del bautismo y de la unción del crisma. No permitáis que los que han renacido por el agua vuelvan a recibir el agua». Esta última frase hace alusión al hecho de que los arrianos de África, como los donatistas, volvían a bautizar a los cristianos que se convertían al arrianismo. Más adelante agrega que, si permanecen constantes en la fe, la distancia y la muerte no podrán separarles de él; que él es inocente de la sangre que va a derramarse y que su carta será leída ante el tribunal de Cristo para condenación de los apóstatas. Y añade: «Si vuelvo a Cartago, os veré de nuevo en esta vida; si no regreso, nos encontraremos en la vida venidera. Pedid por mí y ayunad, porque el ayuno y la limosna provocan infaliblemente la misericordia de Dios. Pero sobre todo, no olvidéis que no hemos de temer a aquéllos que sólo pueden matar el cuerpo».
San Eugenio fue trasladado a la provincia de Trípoli, donde se le confió al cuidado de Antonio, un obispo arriano que le trató brutalmente. Durante aquella persecución, los apóstatas se distinguieron por la crueldad con que trataron a los fieles. Citaremos como ejemplo el caso del apóstata Elpidóforo, que fue nombrado juez de Cartago. Cuando san Murita, el diácono que había servido de acólito en el bautismo de Elpidóforo compareció ante él, llevó consigo la túnica blanca del neófito con que había cubierto al apóstata al salir de la fuente bautismal. Mostrando la túnica a toda la asamblea, san Murita dijo: «Esta túnica servirá de testimonio contra ti cuando el Juez de vivos y muertos venga a juzgarnos en el último día. Por esta túnica serás condenado».
El rey Hunerico murió el año 484. Su sobrino Gontamundo, que le sucedió en el trono, llamó a san Eugenio del destierro el año 488. Algunos años después, se abrieron de nuevo al culto las iglesias católicas y se permitió al clero volver a ejercer sus funciones. Pero Trasimundo, el sucesor de Gontamundo, volvió a perseguir a la Iglesia y condenó a muerte a san Eugenio; después le conmutó la pena de muerte por la del destierro en Languedoc, donde reinaba el visigodo Alarico, que era también arriano. San Eugenio murió en el destierro, en los primeros años del siglo VI, en un monasterio de las cercanías de Albi, en Francia.
La principal autoridad sobre San Eugenio es Víctor de Vita en su Historiae persecutionis vandalicae. La mejor edición de dicha obra es la de Petschenig en Corpus ss. eccles. lat. vol. VII. En Acta Sanctorum, julio, vol. IV, se citan los principales pasajes y algunos párrafos de san Gregorio de Tours, etc. Ver también S. Mesnage, L'Afrique chrétienne (1912); Ludwig Schmidt, Geschichte der Vandalen (1901); Duchesne, Histoire Ancienne de l'Eglise, vol. III.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Beato Santiago de Voragine
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Beato Santiago de Voragine, arzobispo de Génova, 1298.
Celoso prelado, teólogo y comentarista afamado, es autor de una Leyenda de los Santos (Leyenda dorada), la primera traducción de la Biblia en italiano, una Suma de las virtudes y los vicios y un Tratado de las alabanzas de la Virgen, etc.
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