miércoles, 20 de enero de 2016

“Toda la gente procuraba tocarle” (Lc 6,19) (Mater Dei) 20012016

“Toda la gente procuraba tocarle” (Lc 6,19)

Los evangelistas son unánimes en señalar que eran numerosas las gentes y multitudes que seguían a Jesús. Entre ellos, siempre muchos enfermos, afectados por muy diferentes dolencias, buscando con ansiedad siquiera un poco de esa mirada o palabra que pudiera curarles. Todos querían cruzarse con su mirada, arrancarle una palabra sanadora, encontrarse con El, tocarle, para sentir el influjo de ese poder extraordinario y benéfico que salía de Él y que era capaz de sanar, en un instante, dolencias y enfermedades de muchos años.
A ti y a mi nos asusta también no tocar a Dios, no sentir ese poder extraordinario, casi mágico, que en un instante podría cambiar situaciones humanamente irreversibles y absurdas, sanar dolencias corporales y espirituales que no entendemos, concedernos eso que llevamos pidiendo desde hace tanto tiempo. Y como no conseguimos tocarle, como no vemos que Dios resuelva nuestros problemas con la rapidez y en el modo en que nos gustaría, nos viene el desánimo o la desconfianza, y terminamos por dar paso a la duda, al descontento y a la defección. Esa fe que sólo sabe apoyarse en lo que entiende y toca, en lo que ve y en lo que siente, en las seguridades humanas o espirituales, que camina sólo cuando sabe dónde va a apoyar el pie o cuándo sabe por dónde es conducida, que cree en el Dios que se fabrica a la medida de sus cortas entendederas, es demasiado inmadura y débil como para poder dar frutos de sólida y fecunda santidad.
Piensa cuánto amor al Padre y a los hombres hay en esa terrible noche interior de Cristo crucificado. Piensa cuánto amor a Cristo hay en esa tremenda noche interior de María permaneciendo junto a su Hijo en la cruz y contemplándolo muerto entre sus brazos. Piensa cuánto amor a Dios hay también en las noches de tu alma, en esos silencios interiores en los que parece que Dios calla, se esconde y hasta te abandona. Sólo cuando el alma deja de tocar a Dios puede El tocarla a ella y sanar todas sus heridas y dolencias. Es ahí, en esas noches en las que no tocas a Dios, cuando la fe se agiganta y el amor, movido por las alas del deseo de Dios, crece hasta alturas insospechadas de intimidad divina. 

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