martes, 13 de octubre de 2015

Beata Alejandrina María da Costa - San Teófilo de Antioquía - Santos Fausto, Jenaro y Marcial de Córdoba 13102015

Beata Alejandrina María da Costa

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Beata Alejandrina María da Costa, laica
En el lugar de Balasar, cerca de Braga, en Portugal, beata Alejandrina María da Costa, que, al intentar huir de quien la perseguía con mala intención, quedó imposibilitada en todos sus miembros, y en la contemplación de la Eucaristía encontró el modo de ofrecer al Señor todos sus dolores por amor a Dios y a los hermanos más necesitados.
Nació en Balasar, provincia de Oporto y Arquidiócesis de Braga (Portugal) el 30 de marzo de 1904, y fue bautizada el 2 de abril siguiente, Sábado Santo. Fue educada cristianamente por su madre, junto con su hermana Deolinda. Alejandrina permaneció en familia hasta los siete años, después fue enviada a Póvoa do Varzim, donde se alojó con la familia de un carpintero, para poder asistir a la escuela primaria, que no había en Balasar. Allí hizo la primera comunión en 1911, y el año siguiente recibió el sacramento de la Confirmación que le administró el Obispo de Oporto. Después de dieciocho meses volvió a Balasar y fue a vivir con su madre y hermana en la localidad de «Calvario», donde permanecerá hasta su muerte.
Con una constitución robusta, comenzó a trabajar en el campo. Su adolescencia fue muy vivaz: dotada de un temperamento feliz y comunicativo, era muy amada por las compañeras. Sin embargo a los doce años se enfermó: una grave infección (quizá una tifoidea) la llevó a un paso de la muerte. Superó el peligro, pero después de esto su físico quedará marcado para siempre.
Cuando tenía catorce años sucedió un hecho decisivo para su vida. Era el Sábado Santo del 1918. Ese día ella, su hermana Deolinda y una muchacha aprendiz realizaban su trabajo de costura, cuando se dieron cuenta de que tres hombres trataban de entrar en su habitación. A pesar de que las puertas estuviesen cerradas, los tres lograron forzarlas y entraron. Alejandrina, para salvar su pureza amenazada, no dudó en tirarse por la ventana desde una altura de cuatro metros. Las consecuencias fueron terribles, aunque no inmediatas. En efecto las diversas visitas médicas a las que se sometió sucesivamente diagnosticaron siempre con mayor claridad un hecho irreversible.
Hasta los diecinueve años pudo aún arrastrarse hasta la iglesia, donde, totalmente contrahecha, permanecía gustosa, con gran maravilla de la gente. Después la parálisis fue progresando cada vez más, hasta que los dolores se volvieron horribles, las articulaciones perdieron sus movimientos y ella quedó completamente paralítica. Era el 14 de abril de 1925, cuando Alejandrina se puso en el lecho para no levantarse más por los restantes treinta años de su vida.
Hasta el año 1928 ella no dejó de pedirle al Señor, por intercesión de la Virgen, la gracia de la curación, prometiendo que, si se curaba, se haría misionera. Pero, en cuanto comprendió que el sufrimiento era su vocación, la abrazó con prontitud. Decía: «Nuestra Señora me ha concedido una gracia aún mayor. Primero la resignación, después la conformidad completa a la voluntad de Dios, y en fin el deseo de sufrir».
Se remontan a este período los primeros fenómenos místicos, cuando Alejandrina inició una vida de gran unión con Jesús en los Sagrarios, por medio de María Santísima. Un día que estaba sola, le vino improvisamente este pensamiento: «Jesús, tú estás prisionero en el Sagrario y yo en mi lecho por tu voluntad. Nos haremos compañía». Desde entonces comenzó su primera misión: ser como la lámpara del Sagrario. Pasaba sus noches como peregrinando de Sagrario en Sagrario. En cada Misa se ofrecía al Eterno Padre como víctima por los pecadores, junto con Jesús y según Sus intenciones.
Crecía en ella siempre más el amor al sufrimiento, conforme su vocación de víctima se hacía sentir de manera más clara. Hizo el voto de hacer siempre lo que fuera más perfecto. Del viernes 3 de octubre de 1938 al 24 de marzo de 1942, o sea por 182 veces, vivió cada viernes los sufrimientos de la Pasión. Alejandrina, superando su estado habitual de parálisis, bajaba del lecho y con movimientos y gestos acompañados de angustiosos dolores, reproducía los diversos momentos del Vía Crucis, por tres horas y media.
«Amar, sufrir, reparar» fue el programa que le indicó el Señor. Desde 1934 -por mandato del padre jesuita Mariano Pinho, que la dirigió espiritualmente, hasta 1941- Alejandrina ponía por escrito todo lo que cada vez le decía Jesús. En 1936, por orden de Jesús, ella le pidió al Santo Padre, por medio del padre Pinho, la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Esta súplica fue varias veces renovada hasta 1941, por lo que la Santa Sede interrogó por tres veces al Arzobispo de Braga sobre Alejandrina. El 31 de octubre de 1942 Pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María con un mensaje transmitido a Fátima en lengua portuguesa. Este acto lo renovó en Roma en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre del mismo año.
Desde el 27 de marzo de 1942 en adelante Alejandrina dejó de alimentarse, viviendo sólo de Eucaristía. En 1943 por cuarenta días y cuarenta noches fueron estrictamente controlados por excelentes médicos su ayuno absoluto y su anuria, en el hospital de la Foz do Douro cerca de Oporto.
En 1944 su nuevo director espiritual, el salesiano padre Humberto Pasquale, animó a Alejandrina, para que siguiera dictando su diario, después que constató la altura espiritual a la que había llegado; lo que ella hizo con espíritu de obediencia hasta la muerte. En el mismo año 1944 Alejandrina se inscribió a la Unión de los Cooperadores Salesianos. Quiso colocar su diploma de Cooperadora «en donde pudiera tenerlo siempre a la vista», para colaborar con su dolor y con sus oraciones a la salvación de las almas, sobre todo juveniles. Rezó y sufrió por la santificación de los Cooperadores de todo el mundo.
A pesar de sus sufrimientos, ella seguía además interesándose e ingeniándose en favor de los pobres, del bien espiritual de los parroquianos y de otras muchas personas que recurrían a ella. Promovió triduos, cuarenta horas y ejercicios cuaresmales en su parroquia. Especialmente en los últimos años de vida, muchas personas acudían a ella aún de lejos, atraídas por su fama de santidad; y bastantes atribuían a sus consejos su conversión. En 1950 Alejandrina festeja el XXV aniversario de su inmovilidad. El 7 de enero de 1955 se le anuncia que éste será el año de su muerte. El 12 de octubre quiso recibir la unción de los enfermos, y el 13, aniversario de la última aparición de la Virgen de Fátima, se la oyó exclamar: «Soy feliz, porque voy al cielo». A las 19,30 expiró.
En 1978 sus restos fueron trasladados del cementerio a la iglesia parroquial de Balasar, donde hoy -en una capilla lateral- reposa el cuerpo de Alejandrina. Sobre su tumba se leen estas palabras que ella quiso: «Pecadores, si las cenizas de mi cuerpo pueden ser útiles para salvaros, acercaos, pasad sobre ellas, pisadlas hasta que desaparezcan. Pero ya no pequéis; no ofendáis más a nuestro Jesús!». Es la síntesis de su vida gastada exclusivamente para salvar las almas. Fue beatificada por SS. Juan Pablo II el 25 de abril de 2004.
El sitio dedicado a la beata (con textos en muchos idiomas, incluido el español), recoge abundante material biográfico, escritos, imágenes, reflexiones, sobre la beata y también sobre temas de espiritualidad, especialmente eucarística.

fuente: Vaticano


San Teófilo de Antioquía

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San Teófilo de Antioquía, obispo
Conmemoración de san Teófilo, obispo de Antioquía de Siria, varón muy erudito, que ocupó esta sede como sexto sucesor de san Pedro y compuso un libro para defender la fe ortodoxa contra el hereje Marción.
Según Eusebio de Cesarea (Hist. Eccl. IV,20), Teófilo fue el sexto obispo de Antioquía de Siria. De sus escritos se deduce claramente que nació cerca del Eufrates, de familia pagana, y que recibió educación helenística. Se convirtió al cristianismo siendo de edad madura, tras largas reflexiones y después de un estudio concienzudo de las Escrituras. Relata su conversión de esta manera: «No seas, pues, incrédulo, sino cree. Porque tampoco yo en otro tiempo creía que ello hubiera de ser; mas ahora, tras haberlo bien considerado, lo creo, y porque juntamente leí las sagradas Escrituras de los santos profetas, quienes, inspirados por el Espíritu de Dios, predijeron lo pasado tal como pasó, lo presente tal como sucede y lo por venir tal como se cumplirá. Teniendo, pues, la prueba de las cosas sucedidas después de haber sido predichas, no soy incrédulo, sino que creo y obedezco a Dios.»

De sus obras se han conservado únicamente los tres libros Ad Autolycum. Debió de componerlos poco después del año 180, porque el libro tercero da una cronología de la historia del mundo que llega hasta la muerte de Marco Aurelio (17 de marzo de 180). El autor defiende el cristianismo contra las objeciones de su amigo Autólico. Habla de la esencia de Dios, a quien sólo pueden ver los ojos del alma: Dios, en efecto, es visto por quienes son capaces de mirarle, si tienen abiertos los ojos del alma. Porque todos tienen ojos; pero hay quienes los tienen obscurecidos y no ven la luz del sol. A sí mismos y a sus ojos deben echar los ciegos la culpa... Como un espejo brillante, así de pura debe tener su alma el hombre. Apenas el orín toma al espejo, ya no puede verse en él la cara del hombre; así también, apenas el pecado está en el hombre, ya no puede éste contemplar a Dios.

Trata, además, de las contradicciones internas de la idolatría y de la diferencia que hay entre el honor tributado al emperador y la adoración debida a Dios: «Por ello, más bien honraría yo al emperador, si bien no adorándole, sino rogando por él. Adorar, sólo adoro al Dios real y verdaderamente Dios, pues sé que el emperador ha sido creado por Él.»

También opone las enseñanzas de los profetas, inspirados por el Espíritu Santo, a la necedad de la religión pagana y a las doctrinas contradictorias de los poetas griegos, como Homero y Hesíodo, en lo que atañe a Dios y al origen del mundo. Al final, el autor cita algunas instrucciones de los profetas sobre la manera recta de honrar a Dios y encauzar la vida. Es interesante advertir que, entre estas instrucciones, Teófilo no duda en aducir también la autoridad de la Sibila. De esta manera nos ha conservado dos largos fragmentos de sus oráculos, que no se hallan en ningún otro manuscrito de los Oracula Sibyllina. Estos dos fragmentos constan de ochenta y cuatro versos, y ensalzan en términos sublimes la fe en un solo Dios.

Aparte de los tres libros Ad Autolycum, Teófilo compuso, según Eusebio, un tratado contra la herejía de Hermógenes, una obra contra Marción y «algunos escritos catequéticos». Jerónimo (De vir. ill. 25) menciona, además de los tratados catequéticos, dos obras más de Teófilo, los Comentarios al Evangelio y Sobre los Proverbios de Salomón. En otro lugar (Ep. 121,6,15) habla Jerónimo de una concordancia evangélica. Teófilo es el primer escritor que enseña claramente la inspiración del Nuevo Testamento.

Patrología de Quasten, tomo I.
fuente: J. Quasten: Patrología




San Fausto de Córdoba

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Santos Fausto, Jenaro y Marcial, mártires
En Córdoba, en la provincia hispánica de Bética, santos Fausto, Jenaro y Marcial, mártires, que adornan la ciudad como tres coronas.
Su martirio tuvo lugar en Córdoba, España. Primero Fausto, después Jenaro y finalmente Marcial, que era el más joven, fueron atormentados en el potro. El juez ordenó a los verdugos que intensificasen gradualmente la tortura hasta que los mártires se decidiesen a ofrecer sacrificios a los dioses. Fausto gritó: «¡No hay más que un Dios, que es nuestro Creador!» El juez mandó que le cortasen la nariz, las orejas, los párpados y el labio inferior. A medida que le cortaban esas partes, el mártir prorrumpía en un himno de acción de gracias. Jenaro no salió mejor librado que su compañero y, entretanto, Marcial presenciaba con gran constancia el horrible espectáculo, tendido en el potro. El juez le exhortó a obedecer al edicto imperial; pero Marcial respondió resueltamente: «Jesucristo es mí único consuelo. Sólo hay un Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a quien sean dados todo honor y toda gloria». Los tres mártires fueron condenados a perecer quemados vivos y ofrecieron jubilosamente sus vidas.

Como en tantos otros casos, aunque las actas carecen de valor histórico, está fuera de duda el hecho del martirio de tres cristianos en Córdoba. Sus nombres se han perpetuado gracias a ciertas inscripciones del siglo V o VI y a la mención que de ellos hace el Hieronymianum. Aunque Prudencio (s. V) no los menciona por su nombre, habitualmente se piensa que están aludidos en el verso 20 del Peristephanon IV, cuando dice que «Córdoba dio a Acisclo y Zoilo / y a las tres Coronas.» De allí viene su apelativo tradicional, que recoge el Martirologio Romano.

 Martirologium Hieronymianum, pp. 530, 544. Las actas pueden verse en la obra de Ruinart (Acta primorum martirum sincera et selecta) y en Acta Sanctorum, oct., vol. VI. En la Historia eclesiástica, de Giuseppe Orsi, tomo V, libro X (pág. 451 de la edición española de 1754) hay un testimonio de la identificación de los tres mártires con las «tres coronas» de Prudencio. Artículo basado en Butler, aunmentado con las referencias a Prudencio.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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