El sentido de aquella pureza es algo bellísimo, y mucho más que una norma de conducta social.
Por: Esteban M. Castro, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores
Por: Esteban M. Castro, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores

María es una buena chica que estudia en una reconocida universidad de Ciudad de México. Ella, como todas, tiene amigas, y, como muchas, tiene novio. Pero María tiene un problema, o eso parece, porque la mayor parte de sus amigas la molesta por ello: es virgen. Es por ello que le insisten que se acueste con su novio. Le dicen que eso de ser virgen es algo anticuado y más propio de una viejita piadosa. Insisten que solo si hace lo que le dicen, podrá realmente gozar y vivir su vida con plenitud. Le dicen que la virginidad manifiesta al mundo que no es más que una niña tonta, insegura y cerrada al mundo. Ella, inicialmente, dudaba qué hacer; mas, con el paso de los días y la presión, ha decidido proponer a su novio pasar una noche juntos.
El caso es real. Y, si cualquiera lo comentara a su abuela, esta se sorprendería y diría que cuando ella era joven, se procuraba inculcar a toda señorita (ahora incluso decir “señorita” resulta anticuado) la virtud de la pureza. Esto no significa que ninguna tuviera una aventura nocturna; que todas fueran inmaculadas. Pero sí, que la pureza era más apreciada de lo que es ahora.
Entonces, en tiempo de nuestras abuelas la pureza era una virtud, y, para muchas jóvenes actuales, es un defecto.
Una verdad puede ser befada y despreciada, mas no por ello deja de ser verdad. Luego, ¿por qué se daba tanta importancia a la pureza?, ¿era una mera reprensión o una auténtica virtud?
El sentido de aquella pureza es algo bellísimo, y mucho más que una norma de conducta social. No es egoísmo y cerrazón de la propia intimidad. De hecho, ¿no merece con mayor razón ser llamado “egoísmo” ese supuesto amor que más que querer, quiere que lo quieran; que más que pedir perdón, quiere que se lo pidan; que más que dar, desea recibir; más que sacrificarse, divertirse? Pero esa es otra historia y ha de ser contada en otra ocasión.
Lo que significa el vestido blanco, que usa la mujer el día de su boda, es la pureza de ese amor. Con aquel níveo y resplandeciente color pretende decir: “Hoy me entrego a ti como puro lirio. Te doy mi cuerpo, que he conservado intacto, que nunca ha sido profanado por amoríos carnales”.
No es que el cuerpo o las relaciones sexuales sean malas. Por el contrario, son tan buenas, que no han de ser espectáculo para el mundo. Cuando un hombre tiene una moneda de oro puro, la cuida mucho, la guarda en una cajita especial; no se la entrega a cualquier mano curiosa. ¿Por qué? Porque conoce su valor y porque no quiere que pierda su brillo y, con él, su belleza.
María, no lo hagas. María, respeta y haz que el mundo respete tu dignidad de mujer. Sé valiente y alza tu cabeza, como el lirio que extiende sus inmaculados pétalos sobre el fango y la inmundicia. Nada tienes que demostrarles. Conserva limpio tu corazón y tu cuerpo para que, el día de tu boda, el vestido que te cubra no sea solamente etiqueta, sino la señal externa de tu amor indiviso, único, exclusivo.
No importa lo que diga el mundo. Demuéstrales que hay cosas antiguas que nunca deben cambiar.
El caso es real. Y, si cualquiera lo comentara a su abuela, esta se sorprendería y diría que cuando ella era joven, se procuraba inculcar a toda señorita (ahora incluso decir “señorita” resulta anticuado) la virtud de la pureza. Esto no significa que ninguna tuviera una aventura nocturna; que todas fueran inmaculadas. Pero sí, que la pureza era más apreciada de lo que es ahora.
Entonces, en tiempo de nuestras abuelas la pureza era una virtud, y, para muchas jóvenes actuales, es un defecto.
Una verdad puede ser befada y despreciada, mas no por ello deja de ser verdad. Luego, ¿por qué se daba tanta importancia a la pureza?, ¿era una mera reprensión o una auténtica virtud?
El sentido de aquella pureza es algo bellísimo, y mucho más que una norma de conducta social. No es egoísmo y cerrazón de la propia intimidad. De hecho, ¿no merece con mayor razón ser llamado “egoísmo” ese supuesto amor que más que querer, quiere que lo quieran; que más que pedir perdón, quiere que se lo pidan; que más que dar, desea recibir; más que sacrificarse, divertirse? Pero esa es otra historia y ha de ser contada en otra ocasión.
Lo que significa el vestido blanco, que usa la mujer el día de su boda, es la pureza de ese amor. Con aquel níveo y resplandeciente color pretende decir: “Hoy me entrego a ti como puro lirio. Te doy mi cuerpo, que he conservado intacto, que nunca ha sido profanado por amoríos carnales”.
No es que el cuerpo o las relaciones sexuales sean malas. Por el contrario, son tan buenas, que no han de ser espectáculo para el mundo. Cuando un hombre tiene una moneda de oro puro, la cuida mucho, la guarda en una cajita especial; no se la entrega a cualquier mano curiosa. ¿Por qué? Porque conoce su valor y porque no quiere que pierda su brillo y, con él, su belleza.
María, no lo hagas. María, respeta y haz que el mundo respete tu dignidad de mujer. Sé valiente y alza tu cabeza, como el lirio que extiende sus inmaculados pétalos sobre el fango y la inmundicia. Nada tienes que demostrarles. Conserva limpio tu corazón y tu cuerpo para que, el día de tu boda, el vestido que te cubra no sea solamente etiqueta, sino la señal externa de tu amor indiviso, único, exclusivo.
No importa lo que diga el mundo. Demuéstrales que hay cosas antiguas que nunca deben cambiar.
¡Vence el mal con el bien!
El servicio es gratuito
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