Cuando escribo esta
presentación de los comentarios no dejo de pensar en una narración del Libro
del Éxodo. Esto me sucede, sobre todo, cuando leo o me leen las narraciones del
Bautismo o de la Transfiguración de Jesús. En ambas narraciones se describe la presencia de una voz que
habla.
Tanto 'un ojo que ve' como
'una voz que habla', en el lenguaje bíblico, me despiertan profundas
sospechas.
Nunca acabo de comprender si
lo que se ve o se oye está fuera o dentro de aquel que dice que ve o de aquel
que dice que oye. Nunca acabo de comprender si está dentro o fuera de mí, que
soy el que leo o escucho.
Toda aquella persona que
ahora me lee recordará la escena del aquel Moisés judío y no circuncidado que
vive lejos del país de Egipto de donde ha huido para salvar su vida de las iras
persecutorias del gran faraón de no sé bien qué dinastía.
Aquel Moisés estaba lejos de
la tierra de su infancia y de su juventud. Aquel Moisés estaba en tierra de
Madián, hoy Arabia Saudí. Entre ambas tierras (Egipto y Madián) se encuentran
la península del Sinaí y el mar Rojo.
En esa tierra de Madián y un
día de no se dice cuándo, Moisés encontró en un desierto una zarza que ardía y
que hablaba y que le llamaba. Una zarza que no se consumía. Un 'misterio'
sospechoso. Y al parecer, un dios andaba de por medio. No dejaré de preguntarme
nunca si aquella eterna zarza ardiente estaba fuera de Moisés o eran las
propias neuronas de sus adentros.
En cuanto Moisés decide
volver a su tierra de Egipto desaparecen las voces, las llamas y la
zarza. Allá donde iba Moisés aquella zarza iba con él. Él era aquella zarza.
Por si se desea echarle un vistazo al texto de este relato consúltese el Libro
del Éxodo en sus capítulos segundo, tercero y cuarto, por lo menos.
Por eso, me he atrevido a
titular el comentario de la transfiguración con una pregunta y con su
respuesta. Si te parece bien, adelante, y si no te parece bien, olvida todo
esto. Pero piensa que lo has leído y que alguien te hablo de ello. Jesús
es... ¡el hijo de la voz!
Te dejo los comentarios aquí
a continuación. Lo tienes también en el archivo adjunto.
Nos vemos aquí de nuevo,
prontito...
Domingo 2º de Cuaresma Ciclo C (17.03.2019):
Lucas 9,28b-36
¿Quién es Jesús? El hijo de la voz. Lo escucho y lo escribo CONTIGO
Segundo domingo de
la Cuaresma en la programación litúrgica de la iglesia católica y vaticana.
Creo que en este segundo domingo cuaresmal siempre se nos lee el relato de ‘la
transfiguración de Jesús’. Al estar este año en el Ciclo C, el Evangelista de
la transfiguración será Lucas. El domingo pasado leímos en el capítulo cuarto
las tentaciones. Ahora saltamos al capítulo noveno. Y sin más ni más escuchamos
con cierta sorpresa Lucas 9,28b-36.
Al parecer, la
primera parte de ese versículo 28 no conviene leerla. Está bien claro. Ahí dice
el Evangelista cosas que sitúan al lector en un contexto muy preciso: “Unos
ocho días después de estas palabras”. Si no se toma la Biblia y se la
abre en esta precisa página del testamento nuevo y del Evangelio de Lucas, no
se enterará uno de que estas palabras las dice Jesús a todos cuantos le
acompañan (Lc 9,21-27) y a quienes manda enérgicamente que no digan a nadie que
él era el Cristo de Dios, como le acababa de proclamar Pedro.
Este Jesús de Lucas
no es el cristo-mesías de Yavé el Dios de Israel. Este pueblo esperaba la
presencia de un salvador-liberador de toda esclavitud deshumanizadora, como
sucedió con Moisés cuando los tiempos de la opresión en Egipto. Ahora, en el
siglo primero, el opresor parece llamarse Roma.
¿Quién dice la
gente que es Jesús de Nazaret? ¿Quién es Jesús de Nazaret para cuantos le
acompañan? ¿Quién es Jesús de Nazaret para ti y para mí? Este es el contexto en
el que debe situarse la narración de la transfiguración.
¿Quién es Jesús?,
me lo pregunto... Y estoy escuchando a Simeón, el anciano del templo (Lc
2,29-35) y al propio Jesús con sus doce años también en el templo (2,46-50) y
al diablo de las tentaciones (4,1-13) y a sus paisanos de Nazaret en la sinagoga
(4,22) y a los fariseos y escribas que vieron de pie al paralítico (5,21-26) y
a los comensales de la casa del fariseo y de la mujer pecadora (8,36-50) y a
sus discípulos muertos de miedo en la barca (8,22-25). ¿Quién es éste?
¿Es Moisés, el de
la Ley? ¿Es Elías, el profeta? Es... Jesús de Nazaret es ‘el hijo de la
voz’. Así nos lo dejó contado este mismo Lucas en el Bautismo: “Vino
una voz del cielo” (3,21-22). De ese ‘cielo’ que, curiosamente, estuvo
cerrado y se había abierto. Una segunda vez, la voz se deja oír en la
transfiguración para identificar y señalar quién es su hijo: “Vino una
voz desde la nube” (9,35). Y, ¿desde dónde llama esa ‘voz’? Desde
dentro. Siempre desde dentro (Lc 17,21).
En el monte de la
transfiguración ‘el hijo de la voz’ habla con quienes están
junto a él, por un lado sus tres acompañantes: Pedro (siempre el de la cabeza
dura) y los dos hermanos del fundamentalismo del Trueno Zebedeo, Santiago y
Juan. Este trío siempre deseó participar en la instauración de un Reino de
Israel independiente de todo y de todos. Por otro lado, los que hablan con
Jesús son Moisés y Elías: “Hablaban de su partida, que iba a suceder en
Jerusalén” (9,30-31). En realidad, cuando Lucas escribe de esto, ya ha
sucedido todo ello. Ya no estaba su Jesús de Nazaret en otro sitio que no
fueran sus adentros. Su Jesús vivía dentro de él, resucitado y no necesitaba
hacerlo rey, ni mesías, ni señor, ni dios... Escogió hacerlo humano.
Carmelo Bueno Heras
Domingo 16º de Mateo (17.03.2019): Mateo 10,1-42
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los
demás” (Mateo
7,12)
Antes de sumergirme
en el capítulo décimo de este Evangelio de Mateo, debo confesar una inquietud:
No sé dónde colocar con precisión los tres últimos versículos del capítulo
noveno (9,36-38). Este breve mensaje es como un gozne que abraza y une lo
anterior con lo siguiente. Parece muy sencillo pero..., ¿qué es lo anterior? ¿Y
lo siguiente?
‘Lo anterior’ que
nos ha contado el Evangelista ha sido el conjunto de los ‘dichos y hechos’ de
su Jesús de Nazaret a lo largo de su vida y de su misión evangelizadora (4,23
hasta 9,35). Y ‘lo siguiente’ que nos contará Mateo será, me atrevo a
interpretarlo así: Los ‘dichos y hechos’ de los seguidores de este hombre laico
y galileo (10,1-42).
Según el parecer de
este Evangelista, es muy urgente ‘decir y hacer’, son inaplazables tales
‘dichos y hechos’: “Al ver a la gente sintió compasión, porque estaban
vejados y abatidos, cansados y desorientados, esclavizados y deshumanizados,
derrengados y deprimidos... Eran como ovejas que no tienen pastor...”
(9,36-38). Ante tanta ruina humana
Creo que estas
parecen ser las razones profundas del narrador Mateo para hablarnos de su Jesús
de Nazaret que nos invita a ser como él. Y es aquí, precisamente, donde echa a
andar el proyecto de una nueva manera de ser pueblo. Atrás debe de quedar el
viejo Israel de las doce tribus de la Ley y de sus Profetas. Este es el momento
de llamar a cada uno a ser otro Jesús.
¿Por qué se habrán
empeñando tantos y tantos en interpretar que estos doce son sólo los del
sacerdocio eclesiástico y vaticano, célibes y varones, y sólo y siempre
clérigos? De todo esto, nada pone en boca de su Jesús el Evangelista Mateo. Los
doce somos todos, hombres y mujeres, que le llevamos dentro como el tesoro
escondido del que se hablará más adelante.
En este punto le
pareció oportuno al Evangelista situar el segundo discurso de su Jesús que
comienza en 10,5 y acabará con el final del capítulo décimo: “Cuando
Jesús acabó de hablar a sus doce discípulos se fue a...” (11,1). Cada
traductor o editor de la biblia titula a su manera este discurso de las
orientaciones o instrucciones de los evangelizadores del evangelizador Jesús:
‘Proclamación del Reino cercano’, leo en una, ‘Discurso apostólico’, ‘La
misión’, en otras.
No puedo dejar de
subrayar algunas afirmaciones que me sorprenden en este discurso del
evangelizador Jesús. Lo primero que leo es esto: “No vayáis por
caminos de tierras paganas ni entréis en ciudades de Samaría” (10,5).
Tan clara es esta invitación como la contraria, que se pone también en boca del
propio Jesús en el final del este Evangelio: “Id y haced discípulos a
todas las gentes”(28,19). Nunca sabré interpretar bien una contradicción
tan manifiesta.
Me emociona constar
que ‘evangelizar’, como evangelizaba este Jesús del Evangelista Mateo, no es
nada complicado. Al contrario, es tan sencillo como compartir un vaso de agua
fresca con quien lo desea o necesita (10,42). Tan elemental es el sentido de la
vida y de la convivencia entre los humanos. Este final del discurso me recuerda
muy explícitamente la síntesis del primer discurso que decía, lo repetiré,
así: Cuanto deseas que te hagan, házselo a... (Mt 7,12).
Carmelo Bueno Heras
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