Después del ascenso de la extrema derecha,
¿qué vendrá?
2019-11-23
Hagamos
algunas constataciones: se ha consolidado la aldea global; ocupamos
prácticamente todo el espacio terrestre y explotamos el capital natural hasta
los confines de la materia y de la vida con la automatización, robotización e
inteligencia artificial. Verificamos un ascenso atemorizador de la extrema
derecha, bien expresada por el ultraneoliberalismo radical y por el
fundamentalismo político y religioso. Estamos inmersos en una angustiosa crisis
civilizatoria que adquiere cuerpo en las distintas crisis (climática,
alimentaria, energética, económico-financiera, ética y espiritual).
Inauguramos, según algunos, una nueva era geológica, el antropoceno, en la cual
el ser humano aparece como el Satán de la Tierra. En contraposición, está
surgiendo otra era geológica, el ecoceno, en la cual la vida y no el
crecimiento ilimitado tiene centralidad.
La
pregunta que se plantea ahora es: ¿Qué vendrá después del conservadurismo atroz
de la derecha? ¿Será más de lo mismo? Eso es muy peligroso, pues podemos ir al
encuentro de un Armagedón ecológico-social que ponga en peligro el futuro común
de la Tierra y de la Humanidad. Tal tragedia puede ocurrir en cualquier momento
si la Inteligencia Artificial, autónoma, por medio de algoritmos locos,
desencadena una guerra letal sin que los seres humanos se den cuenta o puedan
impedirla.
¿Estamos
sin salida, rumbo a un destino sin retorno? Al límite, cuando nos demos cuenta
de que podemos desaparecer tendremos que cambiar. Quién sabe, la salida posible
será pasar del capital material al capital humano-espiritual. El primero tiene
límites y se agota. El último es infinito e inagotable. No hay límites para
aquello cuyos contenidos son: la solidaridad, la cooperación, el amor, la
compasión, el cuidado, el espíritu humanitario, valores en sí infinitos, pues
su realización puede crecer sin cesar. Lo espiritual ha sido escasamente
vivenciado por nosotros, pero el miedo a desaparecer y dada la acumulación
inmensa de energías positivas, puede irrumpir como la gran alternativa que nos
podrá salvar.
La
centralidad del capital espiritual reside en la vida en toda su diversidad, en
la conectividad de todos con todos, por eso las relaciones son inclusivas, en
el amor incondicional, en la compasión, en el cuidado de nuestra Casa Común y
en la apertura a la Trascendencia.
No
significa que tengamos que excluir la razón instrumental y su expresión en la
tecnociencia. Sin ellas no atenderíamos las demandas humanas, pero no tendrían
la exclusiva centralidad ni serían ya destructivas. En éstas, la razón
instrumental-analítica constituía su motor; en el capital espiritual, la razón
cordial y sensible. A partir de ella se organizarían la vida social y la
producción. En la razón cordial se hospeda el mundo de los valores; de ella se
alimentan la vida espiritual, la ética y los grandes sueños, y produce las
obras del espíritu, mencionadas antes.
Imaginemos
el escenario siguiente: si en el tiempo de la desaparición de los dinosaurios,
hace cerca de 67 millones de años, hubiese habido un observador que se
preguntase qué vendrá después de ellos, probablemente habría dicho: la
aparición de especies de dinosaurios aún mayores y más voraces. Se estaría
equivocando. Ni siquiera imaginaría que de un pequeño mamífero, nuestro
antepasado, que estaría viviendo en la copa de los árboles más altos, se
alimentaría de flores y de brotes, y temblaría de miedo de ser devorado por
algún dinosaurio alto, iba a irrumpir, miles de años después, algo
absolutamente impensado: un ser de conciencia y de inteligencia –el ser humano–
totalmente diferente de los dinosaurios. No fue «más de lo mismo»; fue un
«salto cualitativo» nuevo.
De
modo semejante creemos que ahora podrá surgir un nuevo estado de conciencia,
imbuido del inagotable capital espiritual. Ahora es el mundo del ser más que el
del tener, de la cooperación más que de la competición, del
bien-vivir-y-convivir más que de vivir bien.
El
próximo paso, entonces, sería descubrir lo que está oculto en nosotros: el
capital espiritual. Bajo su regencia, podremos comenzar a organizar la
sociedad, la producción y lo cotidiano. Entonces la economía estaría al
servicio de la vida y la vida penetrada por los valores de la autorrealización,
de la amorización y de la alegría de vivir.
Pero
esto no ocurre automáticamente. Podemos acoger el capital espiritual o también
rechazarlo. Pero, incluso rechazado, se ofrece siempre como una posibilidad a
ser abrigada. Lo espiritual no se identifica con ninguna religión. Es algo
anterior, antropológico, que emerge de las virtualidades de nuestra profundidad
arquetípica. Pero la religión puede alimentarlo y fortalecerlo, pues se originó
de ello.
Estimo
que la actual crisis nos abrirá la posibilidad de dar un centro axial al
capital espiritual. Dicen que Buda, Jesús, Francisco de Asís, Gandhi, la
brasileña hermana Dulce, y tantos otros maestros/as, lo habrían anticipado
históricamente.
Ellos
alimentan nuestro principio-esperanza de salir de la crisis global que nos
asola. Seremos más humanos, integrando nuestras sombras, reconciliados con
nosotros mismos, con la MadreTierra y con la Última Realidad.
Entonces seremos más
plenamente nosotros mismos, entrelazados por redes de relaciones tiernas y
fraternas con todos los seres y entre todos nosotros co-iguales.
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