Beata María Teresa de Jesús Le Clercq, virgen y fundadora
fecha: 9 de enero
n.: 1576 - †: 1622 - país: Francia
otras formas del nombre: Alix Le Clercq
canonización: B: Pío XII 4 may 1947
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1576 - †: 1622 - país: Francia
otras formas del nombre: Alix Le Clercq
canonización: B: Pío XII 4 may 1947
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En la ciudad de Nancy, en Francia, beata María Teresa de Jesús
(Alexia) Le Clerc, virgen, que junto con san Pedro Fourier fundó la
Congregación de Canonesas Regulares de Nuestra Señora, bajo la Regla de san
Agustín, para la educación de las jóvenes.
refieren a este santo: San Pedro
Fourier

Una de las grandes obras de la
contrareforma fue haber comenzado a preocuparse por la educación de las niñas.
En 1535, santa Ángela de Merici había fundado la congregación de las Ursulinas
con este fin. Santa Juana de Lestonnac fundó, en 1606, la congregación de las
Religiosas de Nuestra Señora. A su vez, san Pedro
Fourier fundó a las Canonesas Regulares de San Agustín de
la congregación de Nuestra Señora, empresa en la cual Alix (Alexia) Le Clercq
cooperó como cofundadora.
Nació en Remiremont, ducado de Lorena, en
1576. Su familia ocupaba una posición destacada; pero es poco lo que sabemos de
su vida hasta los diecisiete años. A esa edad era una joven alta y hermosa,
rubia, de constitución delicada, atractiva e inteligente; en una palabra, como
lo hace notar Mons. Francis Gonne, Alix era lo que los franceses llaman "spirituelle".
Otro relato, escrito por ella misma, nos informa que se distinguía en la música
y la danza, que era muy popular y que tenía muchos admiradores. Alix deja
entender que se envanecía de todo esto, lo que es probable. En todo caso, no
hay que olvidar que los santos tienden a exagerar sus defectos. Por otra parte,
el relato de Alix muestra que la joven no carecía de seriedad: «En medio de
todo esto, mi corazón estaba triste». Poco a poco, la frivolidad de su vida se
le hizo insoportable.
A los diecinueve años tuvo el primero de
los sueños que habían de jalonar su vida. Se vio en una iglesia, cerca del
altar; a su lado se hallaba Nuestra Señora, vestida con un hábito religioso
desconocido, hablándole: «Ven, hija mía, que yo misma voy a darte la
bienvenida», le decía. Poco después, la familia Le Clercq fue a habitar a
Hymont. Ahí encontró Alix a san Pedro Fourier, que era vicario de una parroquia
de Mattaincourt, en las cercanías. Un día que asistía a la misa en esa
parroquia, Alix oyó un ruido de tambor y vio al demonio que hacía bailar a los
jóvenes «ebrios de alegría». En ese instante se operó la conversión de Alix,
quien nos dice: «Ahí mismo resolví no mezclarme con semejante compañía». Alix
cambió sus finos vestidos por el sayal de las campesinas, y apenas salía de su
casa. Bajo la prudente dirección de san Pedro Fourier, se dedicó a buscar la
voluntad de Dios hacia ella, lo cual le produjo grandes sufrimientos
espirituales. Tanto su padre como san Pedro Fourier, le aconsejaron que entrara
a un convento. Pero ella se negó, pues un sueño le había revelado que no
existía ninguna forma de vida religiosa adaptada a su vocación. Alix confió a
san Pedro Fourier que estaba obsesionada por la idea de fundar una congregación
activa. El santo se mostró escéptico; sin embargo, le aconsejó que buscara a
otras jóvenes que compartieran su idea, cosa muy difícil en un apartado
pueblecito de los Vosgos. Alix realizó su cometido con tanto tino, que logró
encontrar compañeras.
En la Misa de Navidad de 1597, Alix Le
Clercq, Ganthe André, Isabel y Juana de Louvroir se consagraron públicamente a
Dios. Cuatro semanas más tarde, san Pedro Fourier quedó convencido de que
estaban llamadas a fundar una comunidad bajo su dirección. Naturalmente, las
críticas no escasearon. «Las gentes tachaban de singularidad la desacostumbrada
conducta de las jóvenes, no veían más que afectación en su manera de vestirse,
y consideraban como una tontería su humildad». El padre de Alix se sintió
herido por estas críticas, y la única solución que pudo encontrar fue la de
enviar a su hija como pensionaria al convento de las terciarias de Santa
Isabel, en Ormes. Alix obedeció, aunque aquel relajado convento cuadraba mal
con sus aspiraciones, y el señor Le Clercq no le permitió volver a casa. Una
solución inesperada se ofreció a Alix. En Poussay, a cuatro kilómetros de
Mattaincourt, había una abadía de canonesas seculares. Se trataba de una
comunidad de damas ricas y aristocráticas que llevaban una vida conventual que
felizmente ha desaparecido. Una de esas buenas señoras, Judith d'Apremont,
decidió proteger a Alix y a sus tres compañeras dándoles albergue en una casita
de sus posesiones. Las jóvenes se instalaron ahí la víspera del Corpus Christi
de 1598. Al terminar un retiro, declararon unánimemente a san Pedro Fourier que
se sentían llamadas a fundar una nueva congregación, ya que tal era la voluntad
de Dios para ellas. El fin de la nueva congregación era "enseñar a las
niñas a leer, a escribir y a coser, pero sobre todo a amar y servir a
Dios". A esta santa ocupación debían consagrarse, sin distinguir entre
pobres y ricos, y sin cobrar ni un céntimo, «porque esto agrada más a Dios». La
vida de las religiosas se distinguió al principio, por la severidad de la
penitencia; pero el tiempo les hizo comprender que esto era incompatible con
las grandes exigencias de la enseñanza de la juventud. El espectáculo de su
devoción inspiró en algunas canonesas de la abadía el deseo de ingresar en la
nueva fundación, pues estaban cansadas de gozar de «todos los privilegios de la
vida conventual, sin experimentar su rudeza». La abadesa, madame d'Amoncourt,
que no aceptaba las grandes reformas operadas en los monasterios de la época,
temió que su comunidad se disolviera. La situación fue muy crítica durante
varias semanas. Judith d'Apremont resolvió esta crisis, ofreciendo a las nuevas
religiosas otra casa en Mattaincourt. Tal fue el primer convento propiamente
dicho de la nueva congregación.
Sin embargo, no se trataba todavía de una
comunidad religiosa en el sentido estricto del término, lo cual inquietó al
padre de Alix, quien le ordenó retirarse a Verdún. San Pedro Fourier declaró a
la joven que estaba obligada a obedecer. Felizmente el señor Le Clercq, movido
por el Espíritu Santo en forma irresistible, retiró la orden que había dado.
Poco después, un franciscano recoleto, el P. Fleurant Boulengier, intentó
asociar la nueva comunidad a las clarisas. San Pedro Fourier, cuya confianza en
la nueva fundación no era todavía muy grande, recomendó insistentemente a Alix
y sus compañeras que se asociaran con las clarisas, pero ellas se negaron
diciendo: «Nos hemos reunido en comunidad para consagrarnos a la educación de
las niñas, de suerte que no podemos apartamos de nuestra vocación y adoptar una
forma de vida a la que Dios no nos ha llamado». San Pedro Fourier, por su
parte, interpretaba en otra forma la voluntad de Dios, o fingía hacerlo así
para probarlas. En todo caso, tras algunos meses de vacilaciones, aceptó
finalmente la decisión. En 1601, san Pedro Fourier y la beata Alix fundaron una
segunda casa en Mihiel, a la que siguieron las de Nancy, Pont-à-Mousson,
Saint-Nicolas du Port, Verdún y Chalons. Esta última, establecida en 1613, fue
la primera fundación fuera de Lorena. Hasta ese momento, Roma no había aprobado
todavía la nueva congregación. La idea de recibir a las niñas en el interior de
la clausura para impartirles instrucción, provocaba la hostilidad general. Por
otra parte, la reticencia de Roma parecía dar la razón a quienes criticaban la
novedad, y ponía en peligro la fundación. San Pedro Fourier envió a Alix y a
una de sus compañeras al convento de las Ursulinas de París para que se
documentaran sobre la vida monástica y los métodos de enseñanza. Las Ursulinas
les propusieron que se unieran con ellas. Esta vez Alix reflexionó seriamente
sobre la proposición, pero el P. Bérulle, que más tarde sería cardenal,
resolvió sus dudas: «No creo -le dijo abiertamente- que Dios quiera esta
fusión, de modo que lo mejor que puede hacer es olvidar el asunto».
En 1616, dos bulas de la Santa Sede
concedieron por fin la deseada aprobación. A raíz de ello, el obispo de Toul
aprobó las constituciones. Trece religiosas llevaron por primera vez el hábito
que vestía la Santísima Virgen en la visión de la beata Alix, y comenzaron el
año de noviciado, no obstante que algunas de ellas llevaban ya veinte años en
el convento. Pero no todo iba viento en popa. Las bulas papales de aprobación,
sólo mencionaban el convento de Nancy. Ahora bien, entre dicho convento y los
otros, existía una especie de emulación, porque el de Nancy se hallaba bajo la
protección del cardenal Carlos de Lorena, y el primado de Lorena, Antonio de
Lénoncourt, había prácticamente asumido la dirección. La aparente parcialidad
de las bulas no hizo sino agravar la disensión, lo cual produjo una
desagradable crisis. El resultado fue que la beata Alix tuvo que renunciar a su
cargo de superiora de la congregación, en favor de la madre Ganthe André,
"sin la cual -explica san Pedro Fourier- nuestra congregación no hubiera
podido fundarse", a pesar de que la madre André y Alix no estuvieran de
acuerdo sobre la organización. Como si no bastara esta prueba de santidad
heroica, la beata se vio sujeta a ataques personales por parte de las malas
lenguas. Al mismo tiempo, atravesaba una crisis de sequedad espiritual,
tentaciones y «noche oscura del alma». Por otra parte, como lo atestiguaron sus
hijas, «Alix tomaba los sufrimientos ajenos como si fueran propios», de modo
que su situación era muy dificil. En esa época tuvo la ocasión de practicar su
propia máxima, común a todos los santos y místicos: «Un acto de humildad vale
más que cien éxtasis». El mismo san Pedro Foumier le proporcionó otras
oportunidades de practicar la virtud. Actualmente se reconoce a la beata el
título de cofundadora de las Canonesas de Nuestra Señora. No así durante su
vida, y san Pedro Foumier era el primero en negarle ese título «para mantenerla
en su lugar». Es probable que el santo haya temido por ella, puesto que Alix
debía parecerle muy imaginativa en comparación con su temperamento sólido y
cauteloso.
En 1621, Alix obtuvo permiso de renunciar
al cargo de superiora local de Nancy, y entró en un corto período de
extraordinaria paz, que fue el preludio de su muerte. Estaba enferma desde
tiempo atrás. Los médicos la declararon incurable, diagnóstico que desconsoló a
todo Nancy, desde el duque y la duquesa de Lorena hasta las colegialas y los
mendigos. San Pedro Fournier acudió a toda prisa a Nancy, pero no pudo penetrar
en la clausura, hasta que el obispo le autorizó a ello. La oyó en confesión y
la preparó para el paso «de la muerte a la vida». La beata se despidió
solemnemente de la comunidad el día de la Epifanía, exhortando a sus religiosas
al amor y la unión. El fin llegó el 9 de enero, después de una larga agonía. La
beata no había cumplido aún los cuarenta y seis años. Todos la aclamaron como
santa, e inmediatamente empezaron a recogerse testimonios para introducir su
causa; pero la guerra impidió llevar adelante el proceso, y Alix Le Clerq no
fue beatificada sino hasta 1947. El convento de Nancy fue saqueado durante la
Revolución, y se dice que el cuerpo de Alix fue quemado a toda prisa para
evitar una profanación. Lo cierto es que todos los esfuerzos para recuperarlo
han resultado infructuosos. Su humildad debe complacerse en ello en el cielo,
ya que en la tierra se esforzó tanto por ocultar sus obras de caridad y sus
visiones. Sólo en la humildad y obediencia encontraba reposo, enseñando el
abecedario y las operaciones elementales de aritmética a las niñas de Nancy. Esto
no obstante, en las largas dificultades e incertidumbres que precedieron a la
organización de la congregación, la beata demostró gran firmeza de resolución y
fue siempre una excelente superiora. Sin embargo, como lo hace notar el
historiador protestante Pfister, «cuando la nombraron superiora de Nancy, sólo
tenía una ambición: la de entregarse como la más humilde de las hermanas a la
enseñanza de las primeras letras en las clases más bajas». La madre Angélica
Milly ha trazado el mejor retrato de Alix, al decirnos: «era un alma
silenciosa».
En 1666, el convento de Nancy publicó una
vida de Alix Le Clercq, que es en realidad una colección de valiosos documentos
sobre la beata. El obispo de Saint-Dié introdujo, en 1885, la causa de
beatificación, basándose en un ejemplar de esa biografía, que había caído en
manos del conde Gandélet. La primera biografía propiamente dicha fue publicada
en Nancy, en 1773; existe el manuscrito de otra, escrita en 1766; en 1858 vio
la luz otra biografía, y a partir de entonces se han multiplicado los libros
sobre la beata. La obra del canónigo Edmond Renard, La Mere Alix Le Clercq
(1935), es la mejor biografía moderna, tanto desde el punto de vista de
crítica, como de estilo. Hay que mencionar también las vidas de San Pedro Fournier,
escritas por Bedel (1645), Dom Vuillemin (1897), y el P. Rogie; ésta última es
la mejor. El autor del prefacio de la biografía inglesa de la Beata Alix, habla
de los excelentes métodos de educación empleados por las canonesas. San Pedro
Fournier enseñaba la pedagogía a sus religiosas; en el artículo a él consagrado
en este libro (9 de diciembre) se hace mención dc sus ideas pedagógicas.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
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