martes, 8 de enero de 2019

El Papa advierte a la Iglesia contra "los seductores resplandores del poder y de la fama" (Texto completo de la homilía del Papa en la Misa de la Epifanía) 06012019

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El Papa advierte a la Iglesia contra "los seductores resplandores del poder y de la fama"

"Solo quien deja los propios afectos mundanos para ponerse en camino encuentra el misterio de Dios"
C.D., 06 de enero de 2019 a las 12:25



La luz de Dios no va a aquellos que brillan con luz propia. Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra
(C.D.).- "Cuántas veces, incluso como Iglesia, hemos intentado brillar con luz propia", ha lamentado el Papa hoy en su homilía en la Misa de la Epifanía. "Pero nosotros no somos el sol de la humanidad", ha continuado Francisco, recordando a la Iglesia que "Él es la luz de mundo; él, no nosotros". El Señor que agradece "que nos hagamos cargo de los cuerpos probados por el sufrimiento, de su carne más débil, del que se ha quedado atrás, de quien solo puede recibir sin dar nada material a cambio".
Texto completo de la homilía del Papa en la Misa de la Epifanía
Epifanía: la palabra indica la manifestación del Señor quien, como dice san Pablo en la segunda lectura (cf. Ef 3,6), se revela a todas las gentes, representadas hoy por los magos. Se desvela de esa manera la hermosa realidad de Dios que viene para todos: Toda nación, lengua y pueblo es acogido y amado por él. Su símbolo es la luz, que llega a todas partes y las ilumina.
Ahora bien, si nuestro Dios se manifiesta a todos, sin embargo, produce sorpresa cómo se manifiesta. El evangelio narra un ir y venir entorno al palacio del rey Herodes, precisamente cuando Jesús es presentado como rey: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2), preguntan los magos. Lo encontrarán, pero no donde pensaban: no está en el palacio real de Jerusalén, sino en una humilde morada de Belén.
Asistimos a la misma paradoja en Navidad, cuando el evangelio nos hablaba del censo de toda la tierra en tiempos del emperador Augusto y del gobernador Quirino (cf. Lc 2,2). Pero ninguno de los poderosos de entonces se dio cuenta de que el Rey de la historia nacía en ese momento.
E incluso, cuando Jesús se manifiesta públicamente a los treinta años, precedido por Juan el Bautista, el evangelio ofrece otra solemne presentación del contexto, enumerando a todos los "grandes" de entonces, poder secular y espiritual: el emperador Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Lisanio, los sumos sacerdotes Anás y Caifás. Y concluye: «Vino la palabra de Dios sobre Juan en el desierto» (Lc 3,2). Por tanto, no sobre alguno de los grandes, sino sobre un hombre que se había retirado en el desierto. Esta es la sorpresa: Dios no se manifiesta ocupando el centro de la escena.

Al oír esa lista de personajes ilustres, podríamos tener la tentación de "poner el foco de luz" sobre ellos. Podríamos pensar: habría sido mejor si la estrella de Jesús se hubiese aparecido en Roma sobre el monte Palatino, desde el que Augusto reinaba en el mundo; todo el imperio se habría hecho enseguida cristiano. O también, si hubiese iluminado el palacio de Herodes, este podría haber hecho el bien, en vez del mal. Pero la luz de Dios no va a aquellos que brillan con luz propia. Dios se propone, no se impone; ilumina, pero no deslumbra.
Es siempre grande la tentación de confundir la luz de Dios con las luces del mundo. Cuántas veces hemos seguido los seductores resplandores del poder y de la fama, convencidos de prestar un buen servicio al evangelio. Pero así hemos vuelto el foco de luz hacia la parte equivocada, porque Dios no está allí. Su luz tenue brilla en el amor humilde. Cuántas veces, incluso como Iglesia, hemos intentado brillar con luz propia. Pero nosotros no somos el sol de la humanidad. Somos la luna que, a pesar de sus sombras, refleja la luz verdadera, el Señor: Él es la luz de mundo (cf. Jn 9,5); él, no nosotros.
La luz de Dios va a quien la acoge. En la primera lectura, Isaías nos recuerda que la luz divina no impide que las tinieblas y la oscuridad cubran la tierra, pero resplandece en quien está dispuesto a recibirla (cf. 60,2). Por eso el profeta dirige una llamada, que nos interpela a cada uno: «Levántate y resplandece, porque llega tu luz» (60,1).

Es necesario levantarse, es decir sobreponerse a nuestro sedentarismo y disponerse a caminar, de lo contrario, nos quedaremos parados, como los escribas consultados por Herodes, que sabían bien dónde había nacido el Mesías, pero no se movieron. Y después, es necesario revestirse de Dios que es la luz, cada día, hasta que Jesús se convierta en nuestro vestido cotidiano.
Pero para vestir el traje de Dios, que es sencillo como la luz, es necesario despojarse antes de los vestidos pomposos, en caso contrario seríamos como Herodes, que a la luz divina prefirió las luces terrenas del éxito y del poder. Los magos, sin embargo, realizan la profecía, se levantan para ser revestidos de la luz. Solo ellos ven la estrella en el cielo; no los escribas, ni Herodes, ni ningún otro en Jerusalén.
Para encontrar a Jesús hay que plantearse un itinerario distinto, hay que tomar un camino alternativo, el suyo, el camino del amor humilde. Y hay que mantenerlo. De hecho, el Evangelio de este día concluye diciendo que los magos, una vez que encontraron a Jesús, «se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2,12). Otro camino, distinto al de Herodes. Un camino alternativo al mundo, como el que han recorrido todos los que en Navidad están con Jesús: María y José, los pastores. Ellos, como los magos, han dejado sus casas y se han convertido en peregrinos por los caminos de Dios. Porque solo quien deja los propios afectos mundanos para ponerse en camino encuentra el misterio de Dios.
Vale también para nosotros. No basta saber dónde nació Jesús, como los escribas, si no alcanzamos ese dónde. No basta saber, como Herodes, que Jesús nació si no lo encontramos. Cuando su dónde se convierte en nuestro dónde, su cuándo en nuestro cuándo, su persona en nuestra vida, entonces las profecías se cumplen en nosotros. Entonces Jesús nace dentro y se convierte en Dios vivo para mí.

Hoy estamos invitados a imitar a los magos. Ellos no discuten, sino que caminan; no se quedan mirando, sino que entran en la casa de Jesús; no se ponen en el centro, sino que se postran ante él, que es el centro; no se empecinan en sus planes, sino que se muestran disponibles a tomar otros caminos.
En sus gestos hay un contacto estrecho con el Señor, una apertura radical a él, una implicación total con él. Con él utilizan el lenguaje del amor, la misma lengua que Jesús ya habla, siendo todavía un infante. De hecho, los magos van al Señor no para recibir, sino para dar.
Preguntémonos: ¿Hemos llevado algún presente a Jesús para su fiesta en Navidad, o nos hemos intercambiado regalos solo entre nosotros?
Si hemos ido al Señor con las manos vacías, hoy lo podemos remediar. El evangelio nos muestra, por así decirlo, una pequeña lista de regalos: oro, incienso y mirra.
El oro, considerado el elemento más precioso, nos recuerda que a Dios hay que darle siempre el primer lugar. Se le adora. Pero para hacerlo es necesario que nosotros mismos cedamos el primer puesto, no considerándonos autosuficientes sino necesitados.
Luego está el incienso, que simboliza la relación con el Señor, la oración, que como un perfume sube hasta Dios (cf. Sal 141,2). Pero, así como el incienso necesita quemarse para perfumar, la oración necesita también "quemar" un poco de tiempo, gastarlo para el Señor. Y hacerlo de verdad, no solo con palabras.
A propósito de hechos, ahí está la mirra, el ungüento que se usará para envolver con amor el cuerpo de Jesús bajado de la cruz (cf. Jn 19,39). El Señor agradece que nos hagamos cargo de los cuerpos probados por el sufrimiento, de su carne más débil, del que se ha quedado atrás, de quien solo puede recibir sin dar nada material a cambio. La gratuidad, la misericordia hacia el que no puede restituir es preciosa a los ojos de Dios.
En este tiempo de Navidad que llega a su fin, no perdamos la ocasión de hacer un hermoso regalo a nuestro Rey, que vino por nosotros, no sobre los fastuosos escenarios del mundo, sino sobre la luminosa pobreza de Belén. Si lo hacemos así, su luz brillará sobre nosotros.
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Algunas frases de su catequesis
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, la solemnidad de la Epifanía del Señor es la fiesta de la manifestación de Jesús, simbolizada por la luz. En los textos proféticos se promete esta luz
Isaías se dirige a Jerusalén con estas palabras: "Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz, la gloria de Jehová brilla sobre ti" (60.1)
La invitación del profeta parece sorprendente, ya que viene después del duro exilio y las muchas vejaciones que la gente había sufrido
Los primeros repatriados encontraron la ciudad santa en ruinas. La situación parecía desesperada, pero el profeta levantó los espíritus con la promesa de que Dios pronto cambiaría la suerte de Sión
Es por esto que insta a Jerusalén a "vestirse con luz", abriendo el corazón a la presencia y la cercanía del Señor
Esta invitación, hoy, también resuena para nosotros que hemos celebrado la Navidad de Jesús y nos anima a dejarnos alcanzar por la luz de Belén
La luz que el profeta Isaías había predicho en el Evangelio está presente y se manifestó. Jesús, nacido en Belén, la ciudad de David, vino a traer seguridad a cercanos y lejanos
El evangelista Mateo muestra diferentes maneras en que uno puede encontrarse con Cristo y reaccionar ante su presencia
Herodes y los escribas de Jerusalén tienen un corazón duro que rechaza la visita de ese Niño
Representan a quienes, incluso en nuestros días, temen la venida de Jesús y cierran sus corazones a los hermanos y hermanas que necesitan ayuda
Herodes teme perder poder y no piensa en el verdadero bien de las personas, sino en su propio interés personal
Los escribas y los líderes del pueblo tienen miedo porque no saben mirar más allá de sus propias certezas, por lo que no logran captar la novedad que hay en Jesús
La experiencia de los Magos es muy diferente. Viniendo del este, representan a todos los pueblos lejanos de la fe judía tradicional
Sin embargo, se dejan guiar por la estrella y se enfrentan a un largo y arriesgado viaje para llegar al destino y conocer la verdad sobre el Mesías
Estaban abiertos a la "novedad", y revelan la novedad más grande y sorprendente de la historia: Dios hecho hombre
Los magos se postran ante Jesús y le ofrecen regalos simbólicos: oro, incienso y mirra, porque la búsqueda del Señor implica no solo la perseverancia en el camino, sino también la generosidad del corazón
Finalmente, regresaron "a su país" (v. 12), llevando dentro de sí el misterio de ese Rey humilde y pobre
Podemos imaginar que les contaron a todos la experiencia vivida
La salvación ofrecida por Dios en Cristo es para todos los hombres, cercanos y lejanos. No es posible "tomar posesión" de ese Niño: Él es un regalo para todos
Hagamos un poco de silencio nosotros también, y dejémonos iluminar por la luz de Cristo que viene de Belén. No permitamos que nuestros miedos cierren nuestros corazones, pero tengamos el coraje de abrirnos a esta luz suave y discreta
Entonces, como los Magos, experimentaremos "una alegría muy grande" que no podremos conservar para nosotros mismos
Que la Virgen María nos sostenga en este viaje, una estrella que nos lleva a Jesús

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