miércoles, 16 de enero de 2019

Las palabras del profesor Antonio Oliver Montserrat (Ibiza Melían) 09012019



Las palabras del profesor Antonio Oliver Montserrat

Mi nombre es Ibiza Melián y soy escritora. Actualmente estoy culminando un ensayo, titulado La corrupción inarmónica. Investigación que también es el trabajo de mi tesis doctoral. Tesis doctoral que si todo va bien depositaré próximamente en la Universidad. Documento que trata de analizar las causas de los mayores niveles de corrupción política y administrativa presentes en el sur de Europa.
Análisis fiel a la premisa del filósofo Santayana: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». A lo que yo añado que no solo hay que recordarlo, sino comprenderlo. Examinarlo sin prejuicios, con una actitud abierta y constructiva. Sin pretender valorarlo con la mentalidad actual, cosa que lleva siempre a equívocos y a incorrectos razonamientos. Dado que lo lógico es estudiarlo conforme a su contexto, de manera que se puedan extraer soluciones a los males que afligen al mundo de hoy en día.
Bajo esta concepción tengo que agradecer haber encontrado en el vasto océano de Internet la llama del mensaje del profesor Antonio Oliver Monserrat. Y reconocerle a José María Jiménez Tostado su encomiable labor de recopilación, además de mostrarle mi más inmensa gratitud por facilitarme la documentación de las clases impartidas por el profesor. Sus excelentes explicaciones de la Edad Media me aportaron una nueva perspectiva de un periodo trascendente para la construcción de Europa.
Porque el profesor Antonio Oliver Monserrat no escondía los defectos que aquejan a todos los humanos y por extrapolación a cualquier tarea emprendida por ellos. Unos individuos prestos a detectar las faltas de los otros, pero no las propias. Sujetos que hacen permanentemente caso omiso a lo decretado por los evangelios: «No juzguen, para no ser juzgados» (Mateo 7, 1). No obstante, por muy imperfectos que seamos tampoco se ha de obviar lo bueno que hayamos realizado.
Y es que las raíces de lo que ahora llamamos Europa son cristianas y su patrono san Benito de Nursia. Un cristianismo encargado de preservar la herencia romana tras la caída del Imperio en el 476 y de aglutinar en torno a unos mismos principios a las dispares tribus que poblaban Occidente. Un cristianismo que buscó la unión de los miembros de la Iglesia de Cristo hasta que llegara su segunda venida, la parusía, y con ella la salvación. Un cristianismo que se marcó como meta la materialización de la promesa de Dios a Abraham, respecto a que lo convertiría en padre de numerosas naciones (Génesis 17, 5).
Mas, como toda obra terrenal, se dieron aciertos y errores, que el profesor Antonio Oliver Monserrat no ocultó en su disertación. Aciertos que hablan del legado de san Bernardo de Claraval, ejemplo del agustinismo espiritual. La hermosa doctrina de que solo el Amor conduce a Dios. Puesto que nunca hemos de olvidar la afirmación de san Pablo: «El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá». (1 Corintios 13, 8). Ya que lo «más grande» de todo «es el amor» (1 Corintios 13, 13). Un san Bernardo en la senda de la reforma emprendida por Gregorio VII.
Sin omitir que las fricciones entre el trono político y el solio pontificio derivaron en un sincretismo alejado a veces de la pureza inicial. A un regalismo, en el caso español, que clamaba por unos valores más apegados a sus propios intereses. Lo que suele acabar en reacciones de extremos contrarios. Empero, en pleno siglo XXI, como sociedad madura que somos y gracias a la ayuda de las enseñanzas de personas tan ilustres como el profesor Antonio Oliver Monserrat, lo coherente sería quedarnos con la positiva esencia que impregna nuestra cultura. Sustancia que nos reafirma en nuestra humanidad y en lo promulgado por san Bernardo. Perseverar en la humildad, en la misericordia y en mejorarnos como personas, para así ser útiles a los demás.
Concluyo mirando al cielo y dando las gracias al profesor Antonio Oliver Monserrat por las palabras que transmitió. Palabras que germinaron en aquellos que tuvieron la gran suerte de conocerlo personalmente. Palabras que a través de ellos llegaron a otros que continuarán su propagación. En suma, palabra enviada por el Señor para unirnos con su pensamiento y con la ayuda del Espíritu inscribir su ley en nuestros corazones (Jeremías 31, 33).
Ibiza Melián

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