jueves, 25 de julio de 2019

De esa autopercepción tan española que es la de que somos envidiosos 24072019

De esa autopercepción tan española que es la de que somos envidiosos

 
             Una autopercepción tan temprana que ya la advierte en su obra “Epístola apologética” un gran autor hispanomusulmán como lo es Abü Muhammad ’Alí ibn Hazm (994-1064), para quien en España “se envidia al sabio con doble animosidad que en cualquier otro país”, aunque esa España a la que él se refería no fuera la que hoy entendemos por tal, sino la no por ello menos española España califal de Córdoba.
            Alfonso X el Sabio, comentando el Evangelio de San Lucas y más concretamente Lc.4, 24 donde Jesús afirma “nadie es profeta en su tierra”, ya decía:
            [Los españoles] sienten envidia por el sabio que entre ellos surge y alcanza maestría en su arte; tienen en poco lo mucho que pueda hacer, rebajan sus aciertos y se ensañan, en cambio, con sus caídas y tropiezos, sobre todo mientras vive, y con doble animosidad que en cualquier otro país”.
            Tal debía de ser también la opinión del gran humanista español Juan Luis Vives (1492-1540), cuando en la carta que en 1533 le escribe Rodrigo Manrique, hijo del Inquisidor General, éste le dice:
            “Es del todo cierto lo que dices que nuestro país es una tierra de envidia y de insolencia”.
            El gran Fray Luis de León (h.1527-1591), en uno de los poemas más hermosos de la lengua española, cree conocer bien al poderoso enemigo capaz de dar con sus huesos en una cárcel de la Inquisición:
“Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso”
            Describe Antonio Machado en su poema “Por tierras de España” a un español, y lo hace con estas palabras:
“Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza”.
            El gran D. Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) llama a la envidia “pasión muy humana por cierto, pero demasiado española”.
            Comparando tres grandes pueblos de Europa, el nobel Camilo José Cela (1916-2002) sostenía que el pecado español era la envidia, como el anglosajón la hipocresía, y el francés la avaricia.
            Gonzalo Fernández de la Mora (1924-2002), gran pensador español que fue no menos bueno ministro de Obras Públicas entre 1970 y 1974, en su obra “Envidia igualitaria”, asegura con tristeza que la envidia “es un sentimiento cuya patria es el mundo, pero cuya residencia favorita está entre los hispanos […] De todas las grandes naciones europeas, España es la que más ha caído en la edad contemporánea porque el igualitarismo envidioso ha actuado en ella más enérgicamente que en otras naciones”.
            El escritor Fernando Díaz Plaja (1918-2012), autor de “El español y los siete pecados capitales” realiza esta curiosa afirmación:
            “Parece mentira que el pueblo más generoso del mundo sea probablemente el más envidioso; una de las tantas paradojas del alma española”.
            El escritor Arturo Pérez Reverte sostiene que “el español es genéticamente vil, envidioso y violento”.
            Pero si algún literato español se siente implicado con el tema de la envidia española ese no es otro que el atormentado Unamuno (1864-1936), que incluso escribe un ensayo que titula “La envidia hispánica”, cuyo contenido se describe por sí mismo. En él llama a la envidia “la íntima gangrena española”, “la lepra nacional española”, “el fermento de la vida social española”.
            El gran D. Miguel incluso va más lejos al asegurar que “esta nuestra llaga de abolengo se la transmitieron nuestros abuelos a los pueblos hispanoamericanos, y en ellos ha florecido, con su flor de asafétida, creo que aún más que entre nosotros”.
            Repara también en la envidia española algún autor no español, lo que empieza a parecer más alarmante. Como muestra valga el testimonio del embajador veneciano en la Corte de Felipe III Simon Contarini en su obra “Relación que hizo a la República de Venecia Simón Contarini al final del año de 1605 de la embajada que había hecho en España”, en la que afirma:
            “La envidia ninguna nación la tiene entre sí mayor”.
            De manera suficientemente elocuente, en su libro “Consideraciones sobre el gobierno representativo”, el filósofo británico John Stuart Mill (1806-1873) añade:
            “Los españoles persiguen con envidia a todos sus grandes hombres, les amargan la existencia y generalmente, logran detener pronto sus triunfos”.
            Pero no sólo al nivel de los grandes intelectuales patrios (y alguno no patrio como hemos visto) funciona esta autopercepción. Estoy seguro de que si saliéramos a la calle e hiciéramos una rápida encuesta sobre cuál es el pecado nacional, saldría ganando con mucho la envidia. En lo que no deja de concurrir una curiosa paradoja, cual es la de que todos nos atribuimos la envidia como pecado colectivo, como pecado nacional, pero pocos, muy pocos, como pecado personal y propio. Lo que finalmente conduce a una segunda paradoja, “la gran paradoja”: que más que envidiosos, nos sentimos los españoles “envidiados”, eso sí, por otros españoles.
            Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Y no envidien Vds. hombre, que está muy feo.

            ©L.A.
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