Después de Pascua
Comentario primero:
Domingo 2º de Pascua. Ciclo A (12.04.2026): Juan 20,19-31. Dichosos tú y yo que no vimos y estamos bien. Lo escribo CONTIGO,
Sé que te has leído siete veces el relato de Juan 20,1-18 y que ahora te sabes casi de memoria lo que sucedió aquel primer día de la semana, hacia el amanecer. Este narrador parece que estuvo en Jerusalén durante el día primero de la semana después de la Pascua como si se tratara de un experto reportero. Después de contar lo sucedido en el amanecer (del sol) nos cuenta lo que ocurre ‘en el atardecer’ (del sol). ¿Del sol? ¿Del día? ¿Del día a día? ¿De la vida?
Cuando leo todo este capítulo me sorprendo del miedo de los DOCE reunidos con las puertas cerradas. Estos Doce, ¿no oyeron de boca de María Magdalena su relato del encuentro con el resucitado? (Jn 20,11-18). Los dos primeros Evangelios sinópticos no cuentan nada de esto que sucedió en el atardecer de aquel primer día de la semana. Al contrario, los DOCE se encontraban dispersos y alejados fuera de Jerusalén. María Magdalena sí estuvo presente.
El texto de Juan 20,19-23 es la primera parte del relato de la llamada ‘aparición del resucitado a los DOCE’, aunque en la realidad de esta narración sean en este momento sólo DIEZ apóstoles. Faltan Tomás y Judas. Éste abandonó el grupo en la cena de despedida. La imaginación de mis neuronas me lleva a pensar que muchos ‘ministros de la Palabra’ hablarán en sus homilías de dos cuestiones bien precisas: La confirmación y el perdón. Dos sacramentos.
¿Estaba ahí presente María Magdalena y recibió el mismo encargo que Pedro y los otros? El resucitado, nos cuenta este narrador sospechosamente presente en todo, sopla sobre ‘los Diez’ y éstos reciben el Espíritu Santo. Este Evangelista Juan le enmienda totalmente la hoja de la historia al Evangelista Lucas que ya había dejado escrito aquello de Pentecostés (Hch 2), acontecido cincuenta días después de la semana de Pascua. ¿Con qué nos quedamos?
El texto de Juan 20,24-30 es la segunda parte de este relato de los hechos finales de la presencia del resucitado en Jerusalén. Suceden los hechos una semana después y este experto reportero está ahí mismo, al pie de la noticia. Aunque sean exactamente ONCE, el Evangelista ‘habla explícitamente de los DOCE’ (Jn 20,24). Breve dato sospechoso. ‘Los Doce’ no son DOCE. Es un grupo. Los nuevos DOCE del Israel nuevo. Todos los seguidores. María Magdalena, las mujeres, los discípulos..., ¿y tú, y yo, y el otro, y los otros? También. Todos.
Ahora, ya con Tomás, estamos todos. Y si queda alguna duda, el Evangelista nos escribe muy explícitamente también una preciosa ‘bienaventuranza’ puesta en labios del resucitado y que Mateo y Lucas no nos la escribieron: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20,29). ¿Cómo no voy a pensar que entre estos que no vimos estamos tú y yo y el otro y más...?
Y nos quedan por leer dos versículos: Juan 20,30-31. Quienes esto han estudiado a fondo dicen que aquí se acababa el cuarto Evangelio. Se nos dice que Jesús realizó otras muchas más señales que no se escribieron en este Evangelio. Aquí nos ha dejado siete señales (el agua de Caná, la curación del hijo del funcionario, el paralítico de Betesda, la multiplicación de los panes, el camino de Jesús sobre las aguas, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro). Si no son suficientes señales para ti o para mí, nos leeremos despacio Juan 13,35.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 19.04.2020. Y también en Madrid, 12.04.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12)
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 20ª página del Evangelio de Mateo 12,15-37.
Cuenta el Evangelista Mateo que su Jesús de Nazaret se enteró de que ‘unos fariseos’ tramaban acabar con su vida. Por esta razón, aquel Jesús se marchó de donde estaba hasta que alguien se le acercó no estando aún muy lejos. Este narrador Mateo no nos precisó ni espacio ni tiempo. Tan solo nos dice que todo esto tiene que ver con una sinagoga y con un sábado (ver Mt 12,1-14, que ya leímos la semana pasada). Nos detenemos ya en Mt 12,15-37.
Junto a este tiempo y espacio del sábado y de la sinagoga nuestro Evangelista recuerda aquí la presencia activa y constante de ‘los fariseos’ (ver 12,2 y 12,14 y 12,24 y 12,38). Jesús y los fariseos son los protagonistas enfrentados según se nos escribe en este tramo importante de la vida pública de Jesús en sus años de evangelización por la región de Galilea. Precisamente en este contexto de confrontación directa el lector se encuentra la cita de Isaías 42,1-4 en la que se le recuerda la imagen de un creyente judío en su Yavé Dios. Un creyente fiel al que nada ni nadie le hará renunciar de su tarea. El Evangelista Mateo parece estar diciéndome que este judío creyente no es otro que su Jesús, el galileo y laico (Mt 12,15-21).
Si esto lo comprendo así puedo comentar que este Jesús de Mateo es la persona que lleva en sí la plenitud del espíritu del Dios en el que cree. La tradición religiosa llamó siempre a esta persona ‘el siervo de Yavé’. Y este siervo será siempre en la iglesia, y entre otras cosas, el protagonista de la ‘semana santa’. Es la manera de ‘bautizar para siempre como Mesías’ a Jesús de Nazaret. Estaré equivocado, pero creo que Jesús nunca deseó ser este tipo de Mesías. Y es, precisamente, este asunto del mesianismo del que se habla abiertamente en el texto de Mateo 12,22-37. Los hechos y los dichos de este galileo despertaron en las gentes de su tiempo la pregunta decisiva: “¿No será éste el hijo de David?” (12,23). Para ‘los fariseos’, en cambio, este laico de Galilea no era otra cosa que un blasfemo, hereje, o el satán y diablo que se ha cruzado en el camino de la presencia de Yavé Dios en medio de su pueblo, Israel (12,24).
Desde este planteamiento, el Evangelista se atrevió a colocar en boca de su propio Jesús una larga meditación en la que se desautoriza toda la religión judía ya sea tanto en sus creencias como en su práctica. Era ‘su religión’, la de su infancia, la de su familia... Y la desautoriza. Este narrador está adelantando a este lugar de su Evangelio aquello que desarrollará más adelante cuando nos encontremos en Jerusalén y dentro de su Templo (Mt 23,1-39). La expresión que leo ahora en Mt 12,34 no deja lugar alguno para la duda: “Raza de víboras, ¿cómo podéis hablar vosotros, fariseos, de cosas buenas siendo malos?”.
Permanecer en esa ‘religión judía’ es permanecer en la ceguera y la mudez. ¿No es esto ‘pecar contra el Espíritu’? (12,31-32). Creo que sí. Permanecer en la propuesta de Jesús es atreverse a ‘ver y hablar’. ¿Dónde está el milagro de este ‘ver y hablar’? El milagro está dentro de cada uno y en sus propias decisiones. El milagro estuvo en las decisiones de Jesús y así es como nos lo contó este Evangelista cuando nos sentó a todos sus lectores ante su Jesús en su discurso primero (Mt 5-7) y nos dijo: “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás”.
Carmelo Bueno Heras. En Madrid,14.04.2019. Y también en Madrid, 12.04.2026
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