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miércoles, 11 de enero de 2017

En la memoria de nuestro corazón.(Marina Korotchenko)




En la memoria de nuestro corazón.
 (mi reflexión sobre la anotación decimosexta a los Ejercicios Espirituales de Santo Ignacio)

 Una de la condición imprescindible de la oración, de la posibilidad del diálogo con el Dios es un estado de la humildad intelectual y pasional, podemos llamarlo “kenosis” o vaciamiento. Muchas veces la Palabra no encuentra el espacio en nuestra alma, porque ésta se inclina más al estado de concupiscencia que a una contemplación espiritual. En la tradición mística ortodoxo-bizantina el estado de la liberación de imágenes y palabras se consigue con una larga repetición respiratoria de las cortas oraciones, cuyo sentido ya está tan conocido que no enturbia la mente del orante. “Señor, ten piedad de mí” repetido entre 100 y 300 veces, igual que la lectura respiratoria de los salmos nos concede una disposición cuando convertimos en el propio ritmo de la oración y no pensamos sobre nada. El alma se libera de las pasiones y sus comienzos (los “prilogues” en el antiguo eslavo) y el espíritu de la persona se levanta hacia el Dios que no es ninguna fuerza o revelación meramente exterior, sino el propio sentido de nuestro ser, escondido en las profundidades de nuestro corazón, considerado por los Padres griegos como un centro espiritual del hombre.

Santo Ignacio de Loyola tiene su propia solución de este problema que él explica en la anotación decimosexta a los Ejercicios Espirituales. Es un camino más racional y relacionado con la disciplina mental tan importante en el Nuevo Tiempo. Una alma “afectada e inclinada a una cosa desordenadamente” debe “venir al contrario de lo que esté mal afectada”, “pidiendo a Dios nuestro Señor el contrario”. Asimismo, deseando lo contrario un orante elimina al deseo perjudicial. Lo contrario no puede herir al alma de la misma manera como algo muy deseado. Es un camino del pensamiento antinómico que tiene como su objetivo el estado de la paz apofática, de la liberación de todo, cuya procedencia no discernimos. El resultado es un estado cuando “la causa de desear o tener una cosa u otra sea sólo servicio, honra y gloria de su divina majestad”.



Sólo cumpliendo esta condición la fuerza imaginativa de la razón puede ir por el camino espiritual y ver al mundo del modo sincero y desinteresado. Recuerdo a un aforismo oriental: “Uno recibe lo que desea cuando lo deje de desear”. Obviamente, en el caso de los Ejercicios no se trata de ninguna compensación material, sino de la posibilidad de recibir Todo como al Dios omnipotente, aceptando a sus caminos sin valoración causal o axiológica. Todo se recibe como Todo, porque Cristo es “nuestra Vida y nuestro Todo”, “la oración es un recuerdo de Dios” que “deja que caigan las máscaras detrás de las cuales de ordinario nos parapetamos”. El espíritu derramado hacia la vaciedad nos permite volverse “hacia Aquel que atentamente nos mira, para conservar su Palabra y permanecer en su presencia, poniendo la vida entera en sus manos” (S. Arzuabialde “La oración, obra del Espíritu” en “La oración cristiana, oración trinitaria: testigos y maestros”).

sábado, 7 de enero de 2017

Como cayeron las estrellas (una reflexión sobre el primer peregrinaje: los reyes-magos de la Ciudad de Dios) Marina Korotchenko



Como cayeron las estrellas 
(una reflexión sobre el primer peregrinaje: los reyes-magos de la Ciudad de Dios) 

Los reyes no podían decir ni una palabra,

mirando a este poder reluciente. 

Y algo salía como una sombra velada,

y todo surgía otra vez de la nada.

El olor de la mirra llevaba el viento.

El tiempo borraba a las olas del desierto. 

La tierra estaba aún sin caminos. 

Las Parcas dejaron tejer a los destinos. 

Solo él que renace se sienta muerto. 

Una leyenda es algo fácil y en el mismo tiempo difícil de comprender, porque nada en ella promete ser una verdad exacta, sino todo contiene un sentido tan profundo que todos los detalles se convierten en los símbolos. No sabemos quiénes eran ellos: unos sabios astrólogos del Oriente, los reyes pastores de las tribus del desierto, iguales que los que gobernaban en los tiempos de la primera Alianza a las tribus de Israel. Más tarde los autores medievales les darán a los nombres, convirtiendo a ellos en los representantes de las razas humanas. Y en este exegesis también habrá su profunda verdad, porque el propio número tres reflejaba a una plenitud de la Trinidad, de una sociedad ideal y de un Estado celestial.


En el Evangelio según Lucas estos reyes como los portadores del poder respondieron a la llamada de los ángeles del cielo. La encarnación de Jesús introducía a la humanidad en una vida trinitaria, levantando a nuestra naturaleza caída como un tabernáculo al sol (Salmo 19 comentado por Clemente de Alejandría). Desde la encarnación la sociedad siempre va a tener como su excelso ejemplo a un “comunio” trinitario. “Contemplando a la Santa Trinidad que se apague el odio y las luchas de este mundo” (“La vida de Santo Sergio de Radonej” de Epifanio el Sabio”). Por eso en las crónicas medievales muchas “triadas” de los personajes bíblicos reciben este significado de la universalidad y de la totalidad del mundo humano, como por ejemplo Sem, Cam y Jafet que se convirtieron en los progenitores de los hebreos, árabes y europeos (un relato sobre esto aparece en la primera crónica rusa medieval “La Narración sobre los años venideros” s. XII). Ante un Dios encarnado los reyes-magos representaban a toda la humanidad, a su estructura estatal, a su conocimiento y a su gobierno, a una sociedad que estaba ante un cambio más importante en su historia.

La luz de la estrella como un fuego quemaba a todos los cálculos de los magos astrólogos, sus cartas astrales trazadas en el papiro de repente empezaron a ser unos dibujos sin ningún sentido. La estrella de Belén rompía a todo los viejos esquemas, que mando a los 2 círculos y a los cuadrados de los destinos humanos en los mapas astrológicos. La pecaminosa esclavitud del hombre consistía en la imposibilidad de elegir a su destino, como máximo su camino vital podría vacilarse entre las estrellas altas (en el nivel máximo realizado todo dado por la naturaleza) y las estrellas bajas (no se realizó de todo), pero ningunos cambios cardenales el hombre antiguo simplemente no conocía. Esto había sido imposible porque las Parcas y las Moiras ya tejían a los destinos y eran una fuerza ciega de la que dependía lo que iba a pasar, como íbamos a morir y todos los recuerdos sobre nosotros. La vida del Edipo estaba ante los ojos de todos y cada uno sabía que con él jugaban los dioses, las estrellas y las otras fuerzas extrañas de la naturaleza desconocida. Y nadie sabía quién va a ganar en este juego. La gente sencilla tenía miedo de estos dioses de destino, los héroes despreciaban a esta fuerza, pero morán igual como Patroclo, porque todo ya había sido decidido.

 La llegada del Dios al mundo, su encarnación, dio a nuestra naturaleza la libertad de la elección de destino. Cada pecador podría arrepentirse y convertirse en un seguidor del Cristo, cada oveja negra había sido buscada por el Señor, nadie ya estaba abandonado y olvidado. Dios Padre nos adoptó en su Hijo y este vínculo anunciaba a la nueva creación como la restauración de la nuestra libertad. Al hombre vivo no le podemos juzgar porque siempre puede estar ante un cambio crucial de su vida. Cada uno de nosotros está libre de volverse a su Padre divino como un hijo pródigo. Y la estrella iluminaba por primera vez a este camino, su luz quemaba a la esclavitud de destino y los reyes, como los sabios de este mundo, los primeros vieron a este cambio.


 En sus personas se nos demuestra que el mundo comprendía lo que estaba pasando. Aquí podemos ver un caso de la profunda reflexión expresada en la leyenda. Los reyes-magos no estaban afligidos porque se acabó el poder de su conocimiento, ellos sabían muy bien que las mismas fuerzas fatales también afectaban a ellos. No había en el mundo nadie menos libre que un rey-mago. Ellos trajeron los dones reales al niño divino en el agradecimiento por su libertad y como un reconocimiento de la otra autoridad superior que puede cambiar al mundo. Los reyes viajaron por los montes y desiertos hasta la cueva de Belén conociendo que ellos ya estaban libres, que con su viejo conocimiento y con su viejo poder también se acabó su esclavitud.

Muchos emperadores nacieron bajo las estrellas, pero su divinidad y su eternidad solo se reconocían paradójicamente después de su muerte. El rostro del emperador muerto hecho de la cera blanca se derretía en la hoguera y se levantaba el humo que subía al cielo en la forma de águila o de fénix, en el humo es fácil de ver a las imágenes. Y esta ilusión había sido una señal de la eternidad, de la inmortalidad. Sólo un emperador muerto podría ser eterno. Nadie veía a su cuerpo mortal, porque una muerte real podría matar a la inmortalidad imaginaria (E. Bickerman “Consecratio” en “Le culte des souverains dans l´Empire Romaine”).

Pero el niño divino era la misma eternidad viva que entró en el tiempo, una eternidad nacida para el renacimiento de todos, un Mesías que llegó para vencer a la muerte y a abolir a su poder. El mundo viejo se acababa, los magos representaban a este mundo y aceptaron al nuevo camino, a las otras perspectivas, a un poder verdadero que solo quería ser bondad y amor. El rey Herodes había sido en algún sentido un anti-mago, su enfrentamiento con el Dios demostraba que él no entendía el sentido de los que pasaba en el mundo y tenía miedo de los 3 cambios, aferrándose a lo que tiene. El trasfondo legendario de su historia no disminuye a su sentido en la narración: él había sido dado para ser un contraste para los reyes-magos, mostrando la trágica separación del mundo. Cristo desde el principio era una espada que separaba a la gente, que les obligaba a definirse ante cada acontecimiento de la vida divina.

Los reyes-magos veían a este sentido. En la liturgia ortodoxa hay unas palabras muy bellas: “los magos instruidos por la estrella”. Ellos eran muy buenos alumnos y la estrella por eso podía ser su maestra. La capacidad de los magos de acoger al nuevo conocimiento y a la nueva escala de los valores demostraba a su verdadera sabiduría. Estos reyes llegaron del “Eclesiastés”, sabiendo que “su hora de nacer y su hora de morir; su hora de plantar y su hora de arrancar el plantado” ahora depende de una fuerza bondadosa que regala su libertad al hombre mismo. No es que “habrá tiempo para todo”, sino uno puede elegir para que vaya a servir su tiempo. Hasta el hombre ya podía elegir como morir, como mártires negando en los coliseos poner a los trajes de los dioses paganos y fallecer como unos payases criminales, sino proclamar a su fe en todos los martirios y cantando a la alabaza al Señor. Si, con el mal que hay en el mundo el destino cristiano será la cruz, pero siempre libremente elegida y aceptada.

Los magos salieron de sus ciudades orientales, opulentas y ricas, y libremente seguían a la estrella en este primer peregrinaje en la historia, las viejas capitales llenas de conocimiento se quedaron atrás, ante los reyes estaba un pueblo pobre y una cueva, donde la propia tierra, el polvo del cual había sido creado el primer hombre, escondía al Dios. El niño divino parecía quedarse fuera de la civilización, de la antigua cultura, unido con los animales en su pesebre como Adán en el paraíso. Y todo esto tenía su lógica, porque él era un poder externo que debería cambiar a todo, él no dependía de este mundo, sino el futuro de toda la humanidad ahora se concentraba en él. La hoguera-estrella quemaba a las viejas constelaciones, a todos los hilos de Ariadna, a todos los héroes inmortalizados solo después de su muerte. Y se oía el canto de los ángeles que gobernaban a las estrella en el “Libro de Enoc”, porque ellos también recibieron a su libertad, todo lo creado se renacía en el niño y ya podría servir al Dios libremente.


Los magos con su adoración dieron la respuesta a toda la teoría sobre la dependencia humana de las circunstancias exteriores, sean ellas genéticas, históricas, raciales o psicológicas: un hombre nunca de nada depende definitivamente, incluso matando no le pueden privar de su libertad, porque la elección existe siempre. El mundo acabó de moverse por el círculo vicioso de los presocráticos: del agua al agua, del fuego al fuego y recibió el otro significado. El mundo empezó a ser el camino hacia Dios. Una línea recta cambio al círculo, porque solo una vez nació el Cristo.

¿Existían estos reyes-magos en la realidad? Si. A veces puede parecerse que todo lo que se menciona en las Sagradas Escrituras existía en algún sentido máximo, siendo un núcleo de una importancia innegable. Sabemos que el poder de un rey mágico se extendía hasta el siglo IX y que había una diferencia muy grande entre él y un rey santo o ungido y consagrado. Rey-mago no había sido un rey puesto por el Dios y en el servicio divino, sino un rey-dios de su pueblo, sacralizado como una divinidad pagana durante la vida. De él dependían victorias en las guerras, la fertilidad de las tierras y la salud de su pueblo. En las tribus prehistóricas un rey-caudillo de este tipo siempre debería ser joven y fuerte: del rey dependía la buena cosecha y por eso le sacrificaban con las primeras señales de la vejez (J. Frazer “La rama dorada. Magia y religión”; M. Sot « Hérédité Royale et pouvoir sacré avant 987 » en Annales ESC, 1988, 3). Más tarde este sacrificio o autosacrificio se reemplazó por una muerte simbólica, por un muñeco quemado o destrozado, pero el sentido del rito seguía siendo vivo. Asimismo el destino de un rey-mago no dependía de él, sino de la naturaleza ciega. Un rey sacralizado o santo como un poder justo y verdadero apareció como un fenómeno extendido sólo con el cristianismo que se desarrolló el rito de la unción real como una protección de poder justo y la máxima “no toquéis a mis ungidos” se convirtió en el fundamento de la estabilidad política.



Los reyes-magos trajeron la mirra de la unción a un rey verdadero. Como cayó la vieja sabiduría, tanto se acabó y la antigua concepción del poder. Un rey-mago solo había sido un portador del poder que dependía de los otros, pero el niño divino era el mismo poder, una autoridad independiente que podría poner y deponer a los gobernantes, sin embargo, con esto les liberaba de las fuerzas de la naturaleza caída que casi siempre se acababa culminando con un acto de violencia, real o simbólico. Dejando a sus oro, láudano y mirra cerca del pesebre un rey-mago sabía que él también vence a la muerte, atraviesa a la frontera del pecado, eligiendo el bien. El poder mágico no daba ni felicidad ni seguridad, un rey-mago había sido utilizado, pero no amado. Y los tres reyes llegaron a su Padre como los hijos pródigos. El padre-niño dormía en el pesebre, pero él ya estaba aquí y ellos dejaron a sus dones reales como un prisionero que se libera de sus cadenas. “¡Toma a este oro, Rey, a este láudano de la liturgia, a este mirra de la unción! Solo tú puedes gobernar a este mundo”.

En este reconocimiento del Cristo había una humildad de la sabiduría verdadera, una apertura hacia el Señor y un deseo del poder verdadero sobre la muerte. Todo lo que se acercaba al niño ya estaba salvado: los reyes, el viejo Simón. El mundo reconoció a su Dios y esto era muy importante. Era muy importante que existiera la gente que estaba capaz de reconocerle. “No soy un profeta en mi Patria”, pero siempre había algunos tres o doce, o setenta que ya formaban junto a él a la otra Patria celestial. Al lado del pesebre sentaba la Virgen que en la máxima altura estaba capaz de entender y recibir y ante el pesebre estaban postrados los tres reyes unidos con la Virgen en esta adoración y aceptación. Por los veinte justos Dios salvaba a una ciudad. Nuestra humanidad tenía a estos hombres justos y merecía ser salvada, convertida en el Cuerpo de Cristo y en una Ciudad de Dios. La postración, “proskynesis”, había sido una ceremonia de servicio, los reyes-magos se proclamaban los servidores del Señor. Todo maestro debería tener a los discípulos y la estrella-maestra ya prometía que Mesías les va a tener.

Los reyes en su viaje van en pos de la estrella, asimismo recordando a nosotros el éxodo del pueblo de Israel del Egipto en pos de una columna del fuego. A este periodo tan importante de la unión de Yahveh con su pueblo en el desierto recuerda también el viaje de la Sagrada Familia en Egipto. Sin embargo, existe una diferencia muy grande: los reyes van detrás de la luz y llegan hacía el Dios encarnado, hacia el Señor revelado como una persona. El fuego de la columna se convierte en la luz de la divinidad encarnada. Ellos eran los primeros que podían ver al nacido antes de los tiempos como al uno de la humanidad. Según Santo Juan Crisóstomo, Dios se humilló en su encarnación porque si hubiera manifestado a su divinidad directamente, “habría anonadado a todo el género humano, pues nadie había podido resistir la excesiva intensidad de su luz” (Homilía 6,1 en Juan Crisóstomo “Homilías sobre el Evangelio de San Juan”). Pero esta luz no era natural y creada, sino la “luz que llega a los hombres a  través de su fe” (Homilía 5, 4). La divinidad había sido mostrada sin ningún velo. Nada en él no era occidental: ni su luz, ni su eternidad, ni su potestad regia, sino todo derivaba de su sustancia y naturaleza divina.



En algún sentido podemos decir que los reyes encontraron al Señor y a la estrella gracias a su fe, porque los buscaban y esperaban, como alguien que está afectado por la ceguera busca a su curación, como este pastor ciego del poema de Luis Rosales curado por el niño:

“ya caído

 toqué al cuerpo de un niño, yo quería

 pedirle ver y me encontré mirando

 sintiéndome nacer, recién nacido,

 junto al rostro de Dios que sonreía”

 (“Del pastor ciego que abrió sus ojos a nueva vida”).

 Este pastor iba a Belén arrastrándose, palpando los muros. La luz ya no ciega, sino cura a la ceguera. Nadie ya irá palpando los muros por el laberinto de Creta, siguiendo al frágil hilo de la Parca. Las altas y las bajas estrellas cambiaron a su curso, empezando como los ángeles en el “Paraíso” de Dante contar la gloria, girando alrededor de la única estrella que liberaba a los vivos y a los muertos del poder de pecado.

Los reyes en su peregrinaje recibieron a la Gracia del perdón. El mundo viejo se derrumbaba como el Templo de Jerusalén. Será abolido todo el recuerdo del sacrificio mágico. En esta oscura cueva al mundo se revelaba su sentido: “un niño recién nacido y un Dios Eterno” (la liturgia ortodoxa de la Navidad). Las antinomias se chocaban y en esta contradicción renacía el mundo que ya no va a seguir a sus viejas leyes de la lógica en todo, sino va a adquirir a la otra profundidad, al otro nivel, a su eternidad como un fondo trascendente.

 Ilustraciones: fotos de Renger, iconos ortodoxos de la Natividad de Nuestro Señor

lunes, 26 de diciembre de 2016

Las ventanas de nuestras Navidades (quinta reflexión del ciclo “La Ciudad Peregrina” de Marina Korotchenkol)

Las ventanas de nuestras Navidades


Por las noches en las ventanas

se reflejaban los árboles de la vida,

unos abetos verdes, adornados

con las bolas cristalinas en sus nidos.

Y los pájaros de las luces cantaban tierno

sobre una tierra de la leche y miel.

Yo tenía tres años, pero bien recuerdo

“Mais sur le toit s´ouvre le ciel.

Et, tout en blanc, le choeur des anges

Chante aux bergers : « Noël ! Noél ! »



Si, muy bien recuerdo a este poema “Noël” de Théophile Gautier, es que a veces me parece que puedo olvidar al francés, pero para siempre conservar en mi memoría algunos textos. “L´homme y la mer” de Charles Baudelaire se quedará sonar con la pronunciación de mi amiga, como estaba grabado en una cinta tres meses antes de su muerte y esta canción, tan extraña para una ciudad encerrada entre los hielos del mar Báltico, había sido recitada por nuestra regenta de la parroquia, una verdadera princesa que llegó de París para anunciar el Evangelio y había sido rescatada de un duro exilio en las estepas de Kazajstán. Pero todo esto no cambió a su carácter, decían que este tipo de la gente no solía cambiarse ni en los campos penitenciarios. Ella sentaba en su buhardilla, sin calefacción y llena del agua de la nieve, porque el techo era “regular”. Una chimenea del hierro apenas calentaba a las manos que nosotros acercábamos a sus ardientes lados, y ella leía a la memoria:



Le ciel est noir, la terre est blanche.

Cloches, carillonnez gaîment !

Jésus est né. La Vierge penche

Sur lui son visage charmant.

Las Vírgenes en los iconos de la “esquina roja” del cuadro eran serías, bizantinas, rodeadas por el oro de la eternidad, eran todo, menos “charmantes”. En la otra esquina se erigía el eterno abeto navideño, un simbolo del árbol del mundo, de este perdido en el paraíso árbol de la vida que resucitó ahora adornado con la lluvia del papel dorado y las velas rojas. En sus ramas estaban colgadas las figuritas de los ángeles de cartón hechas por nosotros o unas bolas plateadas que reflejaban al mundo nuevo que ya no se perdía en el laberinto de sus apariencias cambiantes, sino adquiría el sentido verdadero y “las cosas ocuparon cada una su lugar preciso en el mapa del universo, sintiendo que acababan de llegar a sí mismas” (P. Antonio Oliver).

Por fin veíamos que las puertas eran para abrirse y en ellas se ponían unos ramos de pinos que anunciaban a la bienvenida. En las ventanas se reflejaban los abetos con las bolas y estrellas de distintos colores y a veces con las luces eléctricas, aunque en este tiempo más se usaban las velas, sus palitos rojas y delgadas les hacían parecer a las hierbas mágicas plantadas en los pequeños candelabros dorados. En la iglesia cantaban: “Tu Natividad, Salvador, los ángeles cantan en los cielos y a nosotros estas permitiendo en la tierra también cantar a tu Gloria”. A veces el antiguo eslavo es imposible de traducir, porque esta palabra “permitiste” o “permitiendo” se suena como “spodobil” que ya incluye la raíz “podobiye” que es la “semejanza”. Y Estaba claro que nosotros podíamos glorificar al Dios porque nuestra semejanza con él ya había sido restaurada, nuestra imagen era limpia como las ventanas a través de las cuales aparecían los árboles de la vida. Más tarde en mí surgió la pregunta porque la comunión de los ángeles se cambiaba igual que la humanidad, es que se suponía que ellos siempre cantaban a su “¡Aleluya!” y hasta podían contemplar a la esencia divina. Esta simetría entre los ángeles y los hombres escondía a algún enigma. Santo Tomás de Aquino me contestaría que la Gracia de la encarnación era tan abundante que llenaba y cambiaba a todo el universo creado. Nosotros no sabemos que se trasformó en el nivel de los ángeles, pero la encarnación nos unió con ellos entorno del centro común: del pesebre con el niño divino.

La nieve relucía como unas migas diamantinas, entre los vidrios de las ventanas se ponía un algodón adornado con las perlas artificiales y las piedras cristalinas. Una ciudad pequeña se convertía en el Jerusalén Celeste, construido de cristal, diamantes y rubíes. Toda la gente que entraba en la casa navideña era nueva, con los rostros rejuvenecidos por el frío. La cocina olía a las galletas de jengibre. Yo dibujaba a las puntitas en las estrellas y a las caras de las pequeñas muñecas, pero el azúcar glaseado a menudo se caía fuera de la galleta. Yo era una mala creadora y mis “adánes” de jengibre salían cojos y tuertos. Mejor se me daban los círculos y los rombos, unas formas geométrico-angelicales, hasta en las galletas yo ya era una futura tomista.

El árbol de Navidad en nuestra casa siempre era grande y ocupaba a un cuadro entero, donde no se encendía la chimenea para que más durara el olor y la belleza de este verde pino que por desgracia no era tan eterno como prometía. Pero algo eterno que prometía y cumplía ya estaba en la vida. En la iglesia se mezclaba el olor de los dos abetos puestos por los dos lados del altar con el humo del láudano. Estos abetos no eran adornados, sino se quedaban con su belleza salvaje como un símbolo de la naturaleza redimida ya incluida en el oro eterno del altar. “La Iglesia prolongaba a la encarnación” (de la homilía del Mons. Oscar Romero). Recuerdo que una vez salí en el patio para dar comida a los perros y me quedé pasmada con el cielo que estaba tan cerca que podías ver a todas las estrellas en una espiral esférica y todo esto se movía lentamente alrededor de la casa, de la ciudad, de la Tierra. Eran los ángeles que cantaban y servían. Después de una media hora de contemplación me llamó el abuelo: “¡Mira!” – “Si, se parece a un hojaldre, esto siempre pasa en la Navidad”.

En las memoria se quedaron las Navidades moscovitas con sus grandes almacenes, con el caviar obligatorio, el “Champan Soviético” y esta ensalada que aquí se llama “rusa” y allí tenía un nombre francés. Los adornos del árbol eran más intrincados: cosmonautas, sputniks, una estrella roja que reemplazaba a la estrella de Belén, pero no hacía olvidarla. Yo vivía en el bosque de mis propios símbolos, hace siglos las mismas estrellas anunciaban a los nacimientos de los emperadores romanos, pero con el nacimiento en el pesebre todo se cambió para siempre, porque en el mundo solo hay un rey y un emperador. Se cambiará también y esta vez.



Sin embargo, el Imperio tenía a su grandeza y a su belleza en las grandes fiestas navideñas en el Palacio de los Congresos del Kremlin. Había sido prohibido entrar a los mayores, a cada niño acompañaba una joven sonriente y uniformada. En el vestíbulo volaba hacia el paraíso de mármol el más grande árbol del país, cuya estrella ya no era visible en las alturas. Esta grandeza y tuya soledad te daban miedo, yo siempre me sentía más tranquila ya llevada hacia mi silla en la sala. Las cajas de los regalos tenían forma de la torre de Kremlin o de una condecoración militar y contenían a todos los tesoros dulces del Imperio. Los niños soviéticos éramos muy poco sociables y a las animadoras costaba alegrar a nosotros: “¡Vamos a buscar al conejo mágico!” (- “¿Dónde podría esconderme yo?”- ); “Todos gritamos: ¡Que se enciende el arbolito!” (- “Fíjate, hay idiotas que gritan de verdad” -); “Tú, preciosa, debes contarnos un poema navideño” – “No” – “¡Seguramente conoces “Dicen que el Año Nuevo nos trae al cumplimento de los deseos”!” – “Yo voy a traer a mi abuelo. Ahí está”. Mi abuelo contemplaba al vestíbulo desde la calle en un abrigo militar, a través de la pared del vidrio. Me dejaban en paz. Él me entendía: “Con lo que cuesta conseguir a las entradas, los regalos son cada vez más pequeños. Algo pasa con el Imperio”. Él miraba al cielo nocturno en la Plaza Roja: “Las estrellas son las almas de los muertos”. Cada uno tenía sus Navidades para recordar. Ahora él también es una de estas estrellas, pero yo siempre voy a querer volverme en el tiempo cuando él criticaba a los regalos. “El dolor nos separa, nos une el agradecimiento al Dios” (C. S. Lewis). Quizá por eso más recordamos a las Navidades que a los funerales.


Las Navidades no son un laberinto, sino un túnel que te conduce a tus seres queridos. Dietrich Bonhoeffer en la cárcel recordaba a las Navidades con la familia, con su parroquia, en los otros países y decía: “Me ayudan a vivir”; “Porque al quedar el vacío sin llenar nos sirve de nexo de unión” (D. Bonohoeffer “Resistencia y sumisión”). Él contemplaba al cuadro “La Natividad del Cristo” de Altdofer con una pared arruinada y veía en ella a un símbolo de la ciudad bombardeada, de su presente trasladado en la eternidad. La eternidad está en nuestro presente, en la imagen de este niño, de “ce cher petite enfant Jésus” sobre el cual cantaba la princesa en su buhardilla.

Mi abuelo salía de la Iglesia de San Basilio, más parecida a una mezquita, que aún había sido un museo y miraba al cielo. Sólo el niño nacido y San Basilio sabían a quien él veía entre las estrellas. “Este santo no tenía miedo ni al frío, ni a la nieve” – “¿Por qué está cerrada la iglesia?” – “El orden es así”. Este orden estaba al punto de derrumbarse y crearse de nuevo, pasando por el caos “sin forma y vista”. Esto era lógico, porque nosotros no podemos cambiar radicalmente ni al mundo ni a nosotros mismos, la Gracia no puede ser adquirida como una entrada en el Kremlin, sino debe llegar a través de la naturaleza de un niño que nació en este día, empezando a la nueva creación. Sin él no podemos hacer nada y su pesebre estaba hecho con la misma madera que su futura cruz. Herodes mataba a los niños y la Virgen y José escaparon al Egipto con el Hijo del Hombre porque este había sido predestinado para otra muerte y durante su corta vida él debería apropiarse de nuestra naturaleza, haciéndola suya. Este nacimiento alegre es nuestra fiesta, pero la negación por el Dios a sí mismo. “Autonegación significa, no obstante, autoafirmación” (Bonhoeffer “¿Quién es y quién fue Jesucristo?”).

Todo es paradójico en esta fiesta, donde la fuerza de la luz eterna llega de la oscuridad de una cueva, de las profundas entrañas de la tierra. Cueva y estrella, tumba y la victoria contra la muerte. Yo contemplaba a los primeros belenes en mi vida en una exposición, cuando ya tenía más de treinta años, y me asombró este juego de la luz en la oscuridad, los colores pálidos que relucían al iluminarse, los caminos y los ríos que movían a los molinos diminutos. Esta era una imagen distinta de Dios, no había sido un icono que siempre representaba a la eternidad, al Cristo ya resucitado, incluso con el rostro de joven Emanuel, sino una contemplación imaginativa que quería “ver a nuestra Señora y a Joseph y a la ancila, y al niño Jesú después de ser nacido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándoles, contemplándoles” (Santo Ignacio de Loyola “Ejercicios Espirituales”; 114). Este era el otro punto de vista que se abría no desde la eternidad del icono con la seguridad de Jesucristo bizantino, del Imperio donde ya había sido realizado su Jerusalén Celeste, según Eusebio de Cesárea, sino una mirada al “Siervo de Yahveh” que aún debería pasar por todo el dolor del mundo, aunque este dolor separa, cuyo destino era morir en esta separación para rescatar a nosotros de nuestra eterna separación, de la muerte. Ante él se abría un camino y nadie aún sabía “si llano o si por valles o cuestas será el tal camino” (“Ejercicios”; 112).


Recordar a las Navidades es como ir por un camino llano o por las valles y cuestas, porque ellas encarnan a nuestra vida. Todos queremos que nuestra madre sea joven y que nuestro padre tenga un poco más de cuarenta, que la porcelana blanca de belén refleje a las velas de la corona, que el abeto sea vivo y de verdad, comprado en el mercado de toda la vida, y que pavo este de la antaña granja, encargado en la vieja tienda de ultramarinos. Antes las calles parecían más alegres y la misa era más larga, porque uno podría rápido recordar a la pequeña cueva de sus Navidades, aún no convertidas en un túnel. Realmente, no nos importa que símbolo estatal esté en la torre de Kremlin, sino una persona en el abrigo militar que ya no está. No importa cómo se llama una ensalada, pero el recuerdo que otra persona que ya no está desde hace cuatro años lo llamaba así. Como no importa este pavo, sino que cerca de ti en la mesa había alguien a quien ahora ves sólo a través del túnel de tus recuerdos en la misa navideña que ya te parece muy corta para recordar a todos.



Siendo niño uno podía coger a su gato y ver en la ventana a las luces navideñas, a un lago con los patinadores y sólo pensar sobre sus regalos, las semanas de vacaciones y que mañana íbamos a visitar a los abuelos, como siempre. Ahora, fumando, nos miramos en la ventana y recordamos a las otras calles, a las ventanas de nuestra infancia y juventud, los reflejos en el vidrio de los otros árboles navideños. ¡Cuántas estrellas hay en el cielo! Y cuantas casas vacías con las ventanas cerradas para siempre. A veces parece que

viviremos de luz involuntaria

pero sólo un instante, porque ya el recuerdo

será como un puñado de conchas recogidas

(Jaime Gil de Biedma “En una despedida”).

Y podemos otra vez usar a la misma metáfora de la concha, preguntando: “¿Por qué, oh Dios mío, te tomaste tantas molestias para sacar a la fuerza de su concha a esta criatura, si ahora la condenas a que sea nuevamente absorbida al interior de esa concha?” (C. S. Lewis “Una pena en observación”).

Pero realmente ya sabemos que dentro del Belén hay un niño que convertirá a esta concha frágil y vacía en el símbolo de camino y de perdón. Sabemos que la luz no era “involuntaria”, sino un Don que trasformó absolutamente todo. En el mundo trasformado pueden haber ruinas, pero solo en el fondo del Nacimiento, como en el cuadro de Altdofer. Puede cortarse una vida en el tiempo y en el espacio, pero “la idea descansa sobre sí misma, se refiere a sí misma, y sigue siendo válida por encima del tiempo y del espacio. Cristo, como idea, es una verdad intemporal; la idea de Dios encarnada en Jesús es accesible a cualquier hombre de cualquier época” (Bonhoeffer “¿Quién es y quien fue Jesucristo?”). Pero “al Dios infinito se encierra en un hombre que pertenece a un pueblo y a una historia” (Mons. Romero). Este niño-Dios eleva a tal nivel su unión con nosotros que todos los acontecimientos de su vida: encarnación, muerte, resurrección, se expanden a toda la naturaleza recreada (Santo Tomás de Aquino).

En su Gloria los ángeles se unen con los hombres y los vivos son inseparables de los muertos. La separación existe solamente para nosotros, pero no para el niño en el pesebre hecho de la madera de la cruz. Encarnación-Nacimiento-Muerte-Resurrección es el camino que va a recorrer con su concha-cuchara cada ser humano. Y nadie no se encierra en el final otra vez en su concha, sino está en las manos del Señor, teniendo a la otra vida y conociendo a sí mismo verdadero. El niño en el pesebre nos hace inmortales:

“No es hora de cegar, Señor, la aurora,

que van mis alas a su primer vuelo

sobre una creación no presentida,

y el hombre que aún no soy viene a mi encuentro”

(Ramón de Garciasol “Plegaria”).

Es que pueden derrumbarse los imperios, pero nuestros abuelos en los abrigos militares, en las chaquetas de lana o en los trajes de corbata siempre nos están esperando, mirándonos en una ventana, porque para el Dios seguimos siendo los niños, los alumnos de su escuela.

“Quien juega con un niño juega con algo

cercano y misterioso;

yo quise jugar con mis hijos.

Estuve entre ellos con asombro y ternura”

(Jorge Luis Borges “Juan I, 14”).

Y si seguimos siendo los niños es porque sigue renaciéndose nuestra vida y estamos capaces ver de una ventana a todas las calles navideñas del mundo.




Literatura: D. Bonhoeffer “Resistencia y sumisión”; “¿Quién es y quien fue Jesucristo?”; Ignacio de Loyola “Ejercicios Espirituales”; C. S. Lewis “Una pena en observación”; F. Espa Feced “El papel de la humanidad de Cristo en la casualidad de la Gracia”; Monseñor Oscar Romero y el Padre Antonio Oliver “Las homilías navideñas”.

Ilustraciones: Altdofer “La Natividad del Cristo”; Madrid navideño (foto de los años 60); la Plaza Roja de Moscú (los años 70); el Palacio de los congresos de Kremlin durante la fiesta del Año Nuevo (los años 70); un belén español de los años 50; Moscú en los años 70; una tarjeta navideña española de los años 60.

martes, 20 de diciembre de 2016

Toledot de los nombres inmortales.( cuarta reflexión del ciclo “La Ciudad Peregrina” de Marina Korotchenkol)

Toledot de los nombres inmortales.
(una reflexión navideña sobre la importancia de la genealogía del Cristo leída ayer en la misa)

Y si la vida humana es escritura 

¿quién la deletrea? ¿hacia quién se dirige?

………..

Cuando llegue la hora me encontrarás 

ignorado y desnudo de obras. Páginas en blanco.

Sin embargo, Tú te estás llevando

todo mi miedo al Mar.


(P. Javier Martínez Cortés SJ)


La palabra era la muerte. Dora lo conocía muy bien en sus ocho años. Ella debería recibir a su plato diario de la comida siendo callada, porque las voces resonaban con el eco en el sótano. En el otoño de 1941 Dora no tenía ningún futuro en este pueblo de Ucrania. Su madre era judía, su padre tenía la procedencia armenia, a todos los morenos con los rasgos semíticos llevaron en la primera semana de la ocupación. Entre el caos de la fuga del ejército y del bombardeo continuo nadie ya entendía que pasaba. Este pueblo era pequeño, su gueto aún más diminuto, para tan poca gente nadie organizaba los trasportes para los campos de concentración, les fusilaban “en casa”. El padre de Dora era el mejor zapatero de la provincia, ellos vivían bien. Ahora todos los habitantes de gueto estaban andando por la carretera hacia una tumba común que obligaron a excavar a los campesinos. Ahora estos miraban impasiblemente a la fila que iba hacia este barranco. Pero la madre de Dora vi como llora una mujer y empujó hacia ella a la niña, mientras un nazi de centinela se distraía con algo. La mujer la cubrió rápidamente con sus faldas de lino, los vecinos callaron. Así Dora se quedó bajo la falda de una campesina y sus padres siguieron un camino en el final del cual ya se oían los disparos.



Ya casi un año Dora vivía en esta bodega oscura y fría, entre cajas de patatas y remolachas, siempre callada bajo sus tres mantas. Su frágil existencia ponía en peligro a todos: a la campesina, a sus dos hijos y a los abuelos. “Calla, niña, la palabra es la muerte. Nuestro policía vive en la casa vecina”. Y ella se acostumbró vivir callada en la oscuridad donde no se percibían las formas de los objetos, comiendo a siegas y recordando a cada momento de su vida anterior: las canciones de la lengua antigua y desconocida que contaba su padre, unas muñecas de madera que él hizo de los trozos de leña, a una arena dorada cerca del rio, donde jugaba ella con una niña vecina, un carro pintado con el caballo del hiero bajo la alta escalera de la casa que había sido un preciado regalo traído de la ciudad. La niña vecina era demasiado astuta y le robaba a las muñecas, después las traía su madre, pidiendo disculpas. Las dos también estaban en la fila y la casa con la alta escalera ya quemaron, junto con las muñecas de madera, pero Dora recordaba a sus nombres. Todo desapareció tan rápido que estas muñecas eran un componente más estable en la memoria de una niña de ocho años.



Dora conocía muchos modos y maneras de morir: campo de concentración, tumba común, bombardeo… “Si las bombas derrumben a la casa, te quedarás aquí muriendo del hambre. No sé qué hacer con esto”, - decía la mujer en las faldas de lino. Con esto nadie sabía qué hacer y Dora prefería tragar callada a su sopa de patata, pensando sobre las muñecas que repetían en el pequeño teatro de su memoria a todos los cuentos de su padre y a las historias de un viejo rabí que era su vecino. Jacob encontraba a su Raquel y Judith otra vez mataba a Holofernes. Adán con los brazos en ganchillos daba los nombres a los animales y a los pájaros del cielo: “Tu eres un lobo y tu eres una águila-fénix inmortal. Tu puedes resucitar de las cenizas”. Así las cenizas de una casa resistían a convertirse en el polvo del olvido.Las antiguas historias defendían a Dora del miedo, porque este fuego se convertía en la luz que resplandecía en una arena dorada bajo el sol del último verano. Cuando se abría la puerta en el sótano la luz cegaba a la niña, pero le recordaba a la columna que guiaba a un pueblo por el desierto. ¿No era el desierto lo mismo que la tumba común? Si es así, todos van a llegar a la Tierra Prometida. Todos, menos ella, porque cerca no había ningún profeta como Moisés, incluso el viejo rabí que era sabio como Ben Sira no tenía esta fuerza que podría convertir a las piedras en los corazones humanos.

Pero a cada profeta había sido asignado su tiempo, cada uno debería pasar por su iniciación para poder escuchar a esta Palabra que mata y resucita. Para eso morir y resucitar primero debería él mismo. El profeta de Dora era un capitán de la exploración militar soviética que nunca conocía nada sobre los profetas. Él se quedó herido y cautivo durante una operación que fracasó y le metieron en la cárcel de la ciudad cercana, la patria del carro con caballito. Al día siguiente llegaron las noticias sobre el avance en el frente, los alemanes decidieron abandonar a la ciudad rápido y antes fusilar a todos los presos militares. El profeta recibió una bala en la frente y cayó en los cuerpos de los otros prisioneros. Pero escuchando como se aleja el ruido de los camiones, entendió que él aún estaba vivo. Nuestro profeta recibió su primera iniciación: la bala atravesó a su cráneo sin estallarse y en uno de los pocos sitios donde no había nada importante. Un agujero en la frente y un poco de sangre, pero por la perturbación el capitán perdió toda la capacidad de pensar. Por la lógica de la supervivencia él debería quedarse en el lugar de donde ya salieron los alemanes, pero el profeta abandonó el patio de la cárcel y se metió a andar por la carretera. Así como era: sangrado y con el uniforme de un oficial soviético.


Él pronto encontró a la compañía: a la mujer con las faldas de lino, a sus dos hijos y a todos los vecinos de su pueblo. “¿Adonde vais?” – “Nos llevan a tirar en las minas, nos acusan en ayudar a los partisanos”. Las viejas minas de carbón eran otra tumba común. Y el profeta descubrió que la gente iba entre los nazis armados. Él intentó correr hacia los arbustos, pero un golpe de la ametralladora le devolvió a la fila. En la Sagrada Escritura los sujetos suelen repetirse varias veces, para su mejor memorización. “A nosotros nos van a fusilar rápido, cuando los cuerpos caen en la mina, aún lanzan las granadas, para que nadie se quede vivo o herido”, - le contaba mujer en las faldas de lino, - “Más pena me da la niña que se quedó en mi sótano. La escondía casi un año y ahora va a morir de sed y de hambre, se quedo bajo los escombres, ellos quemaron a todas las casas. Quería contar todo, pero los nazis no me entienden. ¿Tú hablas en el alemán?”. Pero los rusos avanzaban, los alemanes querían escapar y a nadie interesaba una niña que dormía bajo tres mantas soñando con los cielos de cristal.

El profeta saltó a la mina antes los disparos, esto no prometía una salvación, porque en el final en esta “grieta de la tierra” tiraron las cinco granadas. Pero el profeta que aún no cumplió a su misión, por eso él se colgó en la caída en un gancho que estaba suficientemente bajo para que no le vieran los nazis, pero bastante alto para no sufrir mucho daño de las granadas. Una ligera contusión y quemadura de la cara. Casi nada. “Recuerda su nombre: Dora. El pueblo está a la derecha”. Debajo de él estaban los fusilados campesinos, le costó subir a la superficie de la tierra. Ya era la noche, pero en esta oscuridad él vio a los fuegos lejanos de un quemado pueblo. Cuando los soviéticos entraron en este pueblo por la mañana, ellos vieron a un loco herido, sangrado y quemado que movía a las piedras de las casas y gritaba en cada sótano: “¡Dora!”. Él intentó pedir la ayuda, pero le mandaron al médico. En tiempo aquello por la tierra andaba mucha gente que perdió la razón para siempre, repitiendo los nombres de los seres queridos que nunca volverán. “Es que ella puede estar viva, ayudadme con las ruinas” – “Todos podrían estar vivos, toma la sopa”.

Solo en el anochecer él encontró entre las piedras a una especie de la pequeña criatura que callaba porque la palabra traía a la muerte. “¿Tú eres Dora?” – “Si. ¿Qué muerte me va a dar esta palabra?” – “Tranquila y en la vejez”. Es que el capitán era ya un profeta de verdad. Ella ya no podía andar y el profeta la llevó en sus brazos en la única casa que se quedó entera en el pueblo, en el antiguo GESTAPO. Dora no podía ver a las ruinas quemadas, sus ojos estaban totalmente cegados por el sol, ella había sido casi un año una sombra en la oscuridad y salir de la apofática no es tan fácil, hay que acostumbrarse a la luz en que Dios otra vez separó de las tinieblas. Pero la casa estaba oscura y Dora pudo abrir sus ojos. Le dieron un vaso de leche y la sopa-bazofia de las conservas americanas. “A comer, con este aspecto no viven”. Dora levantó su mirada del plato y lo primero que vio después de la oscuridad eran unos nombres escritos con un carbón o con un cuchillo en la pared: “Sergei: 18.06.1942”; “Adiós mama, soy tu Andrés”… En sus ocho años Dora leía muy bien: “Me despido de mi familia y de mis camaradas. Olga”; “yo pido venganza”; “pronto entraremos bajo la tierra, mi querida abuela”; “Claudia, yo nunca te he dicho que te amo”, “Cuida a los hijos, mujer. Constantino”…


Dora preguntó al profeta que significaban estos nombres en las paredes: “Aquí estaba el cárcel de GESTAPO, la gente que esperaba a la muerte intentaba dejar a sus nombres con alguna piedra o lápiz. Estos ya no están vivos, igual que tu salvadora, la fusilaron con sus hijos, pero tuvo tiempo de decirme tu nombre”. A Dora salvó su nombre. Ella salió en la calle, encontró un carbón y escribió en la pared: “María, Basilio, Vladimir. Ayer”. “Así que se llamaba María. ¿Dónde está su marido?”. Dora mostró el nombre escrito encima de los suyos: “Cuida a los hijos…. Constantino”. “Pues como no eres de todo muda, puedes decir a estos que no estoy loco”, - “Les diré que eres un profeta”, - “Sigue callada”. Pero Dora no le escuchaba, ella leía atentamente los nombres en las paredes, repetía ellos como a una letanía, memorizaba las fechas, guardándolas para siempre.

Estas miradas, estas personas ¿Fueron sólo tiempo
como sus atuendos? El amor que las unió, 
los conflictos que acaso los separaron, 
¿fue un simple humo que se disolvió en el aire
 a poco de su muerte? ¿Sólo somos tiempo?

(P. Javier Martínez Cortés SJ “Reflexión”)

“¿Para qué tú haces esto?” – “Yo quiero que les resuciten” – “¡Anda! ¡Y a todo mi antiguo batallón también!”, - “Recuerdo a todas las Escrituras, debes decirme los nombres de tus soldados, porque Él sabe convertir el fuego de la guerra en la luz y la oscuridad en los cielos de cristal. Claudia va a saber que él la ama y yo debo mucho decir a María”, - “A nadie no salvarás con un nombre” – “¿Y tú que has hecho hoy?”.

Pero el profeta ya no discutía, porque si te salven dos veces de una muerte segura, será para algo. Será para morir en las aguas de Vístula media año más tarde, bajo un bombardeo. Ella va a escribir toda la vida, sus relatos van a llevar como títulos los nombres de la cárcel, del batallón, de los vecinos: “Adiós, mama…”, “Cuida a los hijos…”, “Me despido… Olga”. Dora quería que los nombres ya borrados de la pared quedaran para siempre en la memoria y tendrían su vida, a la que ella veía tan claro como a su madre en la carretera, a María en las faldas de lino, al capitán que no sabía que él era un profeta. Dora sabía todo sobre ellos después de su oscuridad, ella tenía el conocimiento de la esencia de las cosas, como Adán que daba los nombres a las criaturas porque aún no estaba manchado con el pecado original. Ella sobrevivió defendida por el abanico de las imágenes que reflejaron a la verdad eterna, por eso podía ver a través de los nombres. Dora veía a la boda de los dos ahorcados, de Claudia y de este que no se atrevió a decir que le ama, eso había sido posible porque la horca no tenía ningún poder. Y su padre estaba vivo y cantaba una canción antigua después de dos copas del vino casero. “Recuérdame”, - pedía María. “¡Recuerda a nosotros!” – gritaban los grafiti de las paredes. “Recuerda a mí y a mis hijos”, - decía la madre de los Macabeos. Y Dora
recordaba a todos, viendo a este mundo como algo entero en las manos del Dios. Y Dios hablaba con el mundo y nadie puede morir mientras con él habla Dios.

Para ella había sido claro que todos que estaban en la carretera con sus padres y todos que miraban con la indiferencia a la fila de los condenados ahora son unidos, pero no en las tumbas y minas bajo tierra, sino en aquel eterno Adán en el que pecaron todos, pero después todos se redimieron en el Cristo (Rom: 5). Todos ellos: sus padres, campesinos, los prisioneros de la cárcel ahora entraban en su genealogía, en su “toledot” (procedencia de alguien o de algo en el Antiguo Testamento), porque Dora no tenía a nadie y por eso podía ser de todos. Ellos iban por la carretera cono sus antepasados por el desierto detrás de una columna. ¿Qué es una columna si no una estela recordatorio, llena de los nombre sagrados? Como una que erigió Jacob en Betel. Todo el nombre en estas columnas ya tenía a su inmortalidad solemne que servía de defensa y de refugio. La creación surgió de la nada, de una ausencia de forma y de materia, por eso todas las imágenes llegan de Dios y deben a defender, ninguna otra fuerza no estaba en el sótano, solo los relatos de la salvación, de la Historia Sagrada. Y con estas imágenes sobrevivía el pueblo de Dora en los derrumbes de los imperios, en las persecuciones, en los exilios.


“Yo soy él que existe”. Aparte de Dios no existe nada, sino todo había sido creado por él primero sin visibilidad eidético-formal y después ya ordenado en los equilibrios entre los cuales balancea el mundo: luz-tinieblas, aguas-tierra, plantas-animales, hombre-mujer. Y aunque todo había sido creado de la nada, sin embargo, el comienzo de la vida recibe este mismo nombre “toledot”, porque Yahveh quería que el hombre recordara y viera a su Rostro a través de la imagen del mundo. En este mundo aún no existía el mal, ni límites, ni fronteras. Adán ya sabía la esencia de la cosas, dando los nombres a las plantas y a los animales. La esencia es la unidad que está por encima del bien y del mal, una existencia une a todas las separaciones y en el día de la creación este conocimiento había sido regalado al hombre por el Dios como un don gratuito. El famoso árbol del bien y del mal ya simboliza al otro conocimiento: casual, práctico, donde todo depende de algo y se opone al algo, siempre entrando en los sistemas y relaciones temporales.

Dios pidió no comer a los frutos de este árbol. Esto no se suponía “pedir la obediencia” o “comprobar si me aman de verdad o no”. Realmente pensar esto es atribuir a Dios una práctica bastante mediocre, de un prestamista: yo te doy la vida y tú me debes la obediencia y el amor. El amor es gratuito, como gratuita es la creación. “Amar al alguien es decir: tú no morirás nunca”. Amor tiene la inmortalidad, un recuerdo eterno sobre las palabras de un ser querido. Dios deja a Adán toda la libertad de acción, no pone ni límites, ni fronteras, ni guardianes cerca del árbol. Lo único que le pide es que “recuerdas sobre mi existencia”, sobre tu comienzo “toledot”, sobre mis palabras. Dios no mata a nadie devolviéndole al polvo, sino el propio hombre rechazando al conocimiento esencial pierde el sentido verdadero de los objetos y su capacidad de operar con ellos, el hombre vuelve en el nivel causal, donde todo depende de todo. Este árbol mundial es un antiguo ídolo, no es el mal exterior, sino el hombre mismo con sus valores. En el mundo donde el mal ya está separado del bien desaparece el misterio, el sacramento de la unión. Dios no dice a Adán: “Te voy a matar”, sino “tú morirás”. Adán morirá no por no cumplir mandamiento u orden de Dios, sino por bajar al nivel donde se puede morir. Dios no manda, sino previene: “Cuidado, esto es mortal”.

Los ídolos, las serpientes astutas, los demonios no son más que nuestras propias proyecciones, las voces de nuestras sombras subconscientes que nos llevan a la caza de las brujas o en una noche de cristales. Creyendo en los ídolos el hombre cree en sí mismo, interrumpiendo a su conversación con el Dios, saliendo de la unidad de la Trinidad divina. Las palabras ya no contienen ningún conocimiento esencial y se convierten en una algarabía del espejismo. Solo recordando a las nociones fundamentales y a los conceptos primordiales el ser humano podría sobrevivir. La teoría de Thomas Wynn y Frederick L. Coolidge considera que la desaparición de los neandertales con el enfriamiento del clima estaba relacionada con su baja capacidad de la adaptación, directamente condicionada con la memoria operativa. El más frágil “homo sapiens” sobrevivió porque tenía la memoria más amplia y ya podía “operar con los conceptos”. En algunos casos el olvido o “no recordar” simplemente nos convierte en un cadáver helado.


“No te olvides sobre mi”. Los celos y la ira de Yahveh ante la idolatría habían sido despertados por el peligro mortal para el pueblo elegido. Entre las arenas desérticas desaparecieron los grandes imperios, pero el pequeño pueblo sobrevivió siguiendo a la estela-columna de su memoria. Pecado Original es el olvido de Dios, de tu propio origen, de quien eres en el mundo. Del pecado procede todo el estado de la angustia, de una nausea existencial. En las Sagradas Escrituras aparece mucha información para memorización: desde los toledot y hasta la genealogía del Cristo, desde las leyes del Decálogo y hasta las reglas rituales del Levítico. Debemos recordar a las historias de todas las doce tribus y a todas las iglesias locales mencionadas en el Apocalipsis. ¿Esto es importante para la Salvación? Esto es importante para la vida, para la supervivencia. Con estas tablas de multiplicar Dios se entrenaba a su pueblo para que ningún destierro, ninguna catástrofe no afecten a su núcleo de la identidad. Así, recordando lo que son las cosas, hace 60 000 años sobrevivió la humanidad, porque alguien le dio este conocimiento en el principio.

Este conocimiento tenía Dora, recordando a la vida de su pueblo quemado. En el orfanato le dijeron: “Tú no tienes a nadie”. Y ella en lugar de una contestación mostro a un mapa genealógico, donde estaban apuntadas todas las familias y estirpes de su pueblo, donde hasta las orillas griegas se expandía la línea de su padre y en una ciudad alemana medieval por primera vez aparecía el apellido de su madre, ahí estaban María y Constantino con sus antepasados, como todos los demás de la carretera como en el principio, tanto en el final de la ocupación. “Aquí tengo a todos y aún tengo a muchos más, desde el hombre primero. La muerte no existe” – “¿Y qué significa esta línea tan curvada y tan pronto interrumpida?” – “Es de un capitán que no quería ser el profeta, como Jonás. Él desapareció en las aguas, igual que este, pero aún volverá, cuando tendrá algo que decir a su Nínive” – “Mi niña, nadie sobrevive en el rio bajo un bombardeo” – “Tampoco sobrevive durante un fusilamiento en el cárcel, ni en una mina, adonde lanzaron cinco granadas. Sobrevive el profeta, porque tiene mucho que decir” – “Pues todos los míos se quedaron en los campos de batallas porque no tenían nada que decir”, - suspiró la profesora. Pero Dora no le contestó, aquí entramos en el misterio que no podría explicar ni el profeta-capitán.

Siendo escritora, Dora siempre buscaba al capitán en sus lecturas públicas, pero él nunca apareció, como tampoco su cuerpo en las olas de Vístula. Le podrían llevar vivo en el cielo, como a un Eliseo o a un Enoc, es un caso bastante corriente, y él salió de Vístula a una orilla con la arena dorada, donde las dos Enoc, es un caso bastante corriente, y él salió de Vístula a una orilla con la arena dorada, donde las dos niñas jugaban con las muñecas de madera.

Yo todo doy a tu recuerdo,

en todo veo tu semblanza:

entre los nombres de los muertos

una semilla de mostaza.

Entre las dudas y aporías

Yo sigo a la estela-guía:

palacio de tu memoria,

tu toledot-genealogía.



Fotos: Vanessa Winsship, Carl Sanders, Dmitri Baltermanz

sábado, 10 de diciembre de 2016

El agua en los aljibes agrietados (tercera reflexión del ciclo “La Ciudad Peregrina” de Marina Korotchenkol)

Mi tercera reflexión del ciclo “La Ciudad Peregrina”, quizá este comentario debería ser la primera de la reflexiones, porque define el fundamento de todo.

El agua en los aljibes agrietados.

Comentario al texto Jeremías 2: 1-19                
           

                                                                           
Hemos escogido a este pasaje como una unidad textual analizada por E. Sanz Giménez Rico en su artículo “Encontrar a Yahveh sin salir a buscarlo. El comienzo del libro de Jeremías (Jr 2, 1-19)”. Nos parecía interesante usar a este análisis como una base, intentando encontrar a nuestra propia visión, saliendo de este punto de la partida. En este caso seguimos el consejo de Walter Brueggemann que considera que ahora cada interpretación siempre debe estar incluida en el proceso de diálogo y que todo análisis “fiel requiere disponibilidad para permanecer implicado en el proceso de decisión y no retirarse a una comunidad interpretativa separada”.

Jeremías es el segundo de los profetas mayores. Él nació en el año 650 en Anatot, una ciudad pequeña situada en un kilometro de Jerusalén. Su familia pertenecía a la tribu de Benjamín, lo que vinculaba a Jeremías con el Norte y con sus cultos. Él nos habla de Raquel y Efraín, del santuario de Silo. Su teología es de la Tierra Prometida y del Alianza en el Sinaí. Se supone que Jeremías empezó su ministerio en el año 627 a. C., aunque esta fecha no es exacta. Su actividad profética duró cerca de 40 años. Los acontecimientos más importantes de este periodo es la caída del Imperio Asirio, el renacer del Imperio Babilónico, la desaparición del Reino de Judá con la deportación de las personas con más influencia en el país. En el año 622 empezó la reforma del rey Josías con la centralización del culto a Yahveh en Jerusalén y con el descubrimiento del Libro de la Ley en el Templo que de costumbre se entiende como uno de los variantes de “Deuteronomio”. Jeremías no menciona a esta actividad en su libro.

El texto escogido por nosotros pertenece a los oráculos del comienzo de la actividad profética de Jeremías que se fecha con el reinado de Josías, asimismo podemos situarla entre los años 627 y 622. Posiblemente algunos de estos versos habían sido quemados en el año 605 por el rey Joyaquim que leyó el rollo de Baruc, secretario de Jeremías. En el mismo año aparecieron las primeras amenazas del Norte de parte de los asirios y en el año 587 las tropas de Nabucodonosor se apoderaron de Jerusalén, casi tras un año del duro asedio. Pero la distancia temporal no permite decir con exactitud sobre que amenaza del Norte cuenta Jeremías en su texto. Existen varias versiones ninguna de las cuales puede ser considerada como definitiva.


Este texto puede contener los oráculos auténticos de Jeremías. El pasaje 2: 1-19 tiene cierta unidad rítmica, una composición acabada y los motivos comunes que se desarrollan a lo largo de todo el texto (camino, agua, matrimonio, palabra, voz). Aparte que se trata de un género llamado “rîb” que sigue el orden de los pleitos que se efectuaban en el antiguo Oriente Medio ante la ruptura de pactos o alianzas. Es una “dinámica de controversia” que está “estructuralmente unida con la propia naturaleza de la Alianza” como un dialogo entre Dios y su pueblo. La teología del Antiguo Testamento es una drama, un dialogo, lo que W.Brueggemann define como “el criterio dramático de teología”, como un “disputa sin resolver, un continuo litigio”. La propia dinámica de la teología antiguotestamentaria incluye a esta tendencia bipolar, donde se entrecruzan los esquemas de liberación y condena, una legitimación de las instituciones y su alternativa revolucionaria. Por esto Antiguo Testamento posee esta naturaleza dialéctica y didáctica.

Nuestro oráculo sigue al relato de la vocación de Jeremías, donde Dios le muestra una vara del almendro (una metáfora de la vigilancia) y una olla hirviendo que se derrama hacia el Norte (un símbolo de la amenaza para estas tierras). La imagen de Yahveh es su voz, su Palabra, es este Dios cercano y distante que está ante su pueblo, siendo el centro de su vida y de su historia, pero que también representa al límite de la existencia. Por eso Yahveh no tiene ninguna imagen, lo que le distingue de los ídolos. La trascendencia de este Dios se expresa en el binomio de su distancia y cercanía.


2; 1: “Y se me dirigió la palabra de Yahveh, diciendo: Anda y grita a los oídos de Jerusalén para decir: Así ha dicho Yahveh”. Aquí se ve como el núcleo principal “decir”-“gritar”-“palabra”-“oído”. Para oír al Dios hay que escucharle, hay que esforzar todos los sentidos, puesto que “mediante la captación por los sentidos (de orden sensible-espiritual) se sedimenta en el ser del que contempla el conocimiento interno de la otra persona (Jesús) y, a través de ella, el conocimiento experiencial de la encarnación de Dios en la historia de los hombres”. Pero en nuestro caso no se trata de la encarnación, sino más de la “des-encarnación”, de la desestructuración, de una Alianza rota que se compara con un matrimonio fracasado (una imagen que por primera vez apareció en el profeta Oseas). La fidelidad a Dios y la unión con él se entiende como un lazo amoroso y matrimonial: 2; 2: “Recuerdo en tu favor la afección de tus mocedades, el amor de tus desposorios”. Está imagen se desarrolla más plenamente en el Salmo 19 que con el tiempo adquirió el significado encarnatorio, de la unión de dos naturalezas: “la salida epifánica” de la gloria de Dios “manifiesta la victoria de la luz sobre la oscuridad, sobre la muerte, sobre el caos, salida gozosa para alabar a Dios, similar a la “del esposo que sale de su tálamo”. Pero en nuestro texto la situación es de la ruptura matrimonial, del pleito donde Dios como una víctima ofendida acusa a la humanidad a través de su profeta.

Uno de las tesis fundamentales del Antiguo Testamento es el hecho que el Dios siempre sale al encuentro con nosotros y primero demuestra a su amor, pero no lo hace por los méritos del Israel, sino solamente por su bondad divina. Israel se representa como una “cosa santa” y como “la primicia de mi cosecha” que se comía solo por los sacerdotes en el Templo. Israel es una creación de Dios, su obra predilecta. Una persona sólo debería seguir el camino del Señor, (2:2) “como me seguiste por el desierto, por tierra no sembrada”. La imagen de la tierra desierta se repite en 2:6: “el que nos ha conducido a través del desierto, por tierra de estepa y barranco, por tierra árida y tenebrosa, tierra por donde nadie transita”.

Teniendo en cuenta al núcleo del Antiguo Testamento que es “Alianza-Pueblo-Tierra” podemos comprender que estamos dentro de su temática principal. Los judíos habían sido primeramente un pueblo nómada, después les obligaron a viajar y cambiar a lugares de asentamiento sus continuas desgracias históricas: conquistas y deportaciones, por eso Yahveh aparece siempre como un guía, como alguien que conduce a través de las desgracias hacia la Tierra Prometida. Y en este camino Dios se une con su pueblo, desierto es un lugar muy importante, porque ahí el pueblo depende sólo de Dios. Su alimento, su bebida, su defensa, toda su vida se convierte en la unión de la divinidad. En este texto aparecen “estepas” y “barrancos”, “tierra por donde nadie transita”: en el desierto no hay caminos, porque el mismo Dios es el camino, lo más importante camino de la historia que no pertenece a la tierra, sino se revela a su pueblo en el caminar.


En el oráculo aparece el recuerdo de Yahveh sobre (2:6) la “subida del país de Egipto”, sobre la Alianza en el Sinaí, cuando Dios trazó el camino a través del Mar Rojo y su pueblo iba defendido por él, teniendo a Yahveh como columna delante y detrás, en el medio de su gente. Pero el seguimiento como una comunicación con Dios ya había sido olvidado y abandonado. Es muy importante el paralelismo de la Palabra y de Camino, esta unión nos recuerda el pasaje del Dt 4: 30: “Cuando estés angustiado y todas estas cosas te hayan alcanzado, al cabo de los días, te volverás a Yahveh, tu Dios, y escucharás su voz”. Como considera E. Sanz Giménez- Rico: “Puede observarse que en dicho versículo existe un paralelismo entre escuchar la voz y volver… La acción gratuita que realiza Dios en favor de Israel trae como resultado dos aspectos complementarios: que Israel vuelva junto a Dios, es decir, que no viva lejos de Él; que Israel escuche su voz, es decir, que vea al Dios que se revela mediante su voz”. Y estos dos aspectos aparecen como uno de los binomios principales en el nuestro pasaje.

Una persona que se desvía del camino no nota la ausencia de Dios, va detrás de la nada, detrás del vacío: 2; 5: marcha tras la vanidad y se hace vana, cometiendo a una acción absurda y estúpida, puesto que el camino de Yahveh conduce a un (2; 7) “territorio feraz para gozar de sus frutos y sus bienes”. Aquí se trata de la salvación, de la regeneración. Y la imagen de la “tierra mancillada” significa a la naturaleza humana que otra vez se separa de su Salvador, abandonándole en el adulterio con el mal. Los herederos de Dios (2; 7: “habéis trocado mi heredad en una abominación”) se convirtieron en los esclavos (2; 14): “¿Es por ventura un siervo Israel, o es un esclavo nacido en casa? ¿Por qué, pues, se ha convertido en botín?”. Aquí vemos al otro importante binomio del Antiguo Testamento: esclavitud-libertad. Dios es liberador, es una de las constantes características de Yahveh en el Éxodo. “La libertad en cuanto rasgo característico de Dios es un tema nuclear de la Biblia”; “El encuentro entre Dios e Israel es un encuentro salvífico, cuyo fin fundamental es la oferta divina de una vida en libertad”.


En este sentido la situación de Jeremías es absolutamente contraria a la de Moisés: es una historia de la no-salvación, puesto que Moisés sacó al pueblo de Egipto y lo condujo a la Tierra Prometida y Jeremías, al contrario, había sido exilado en Egipto. Según Mª Claustre Solé, es “un desandar el camino iniciado siglos atrás, un anti-éxodo: el templo es destruido, la ciudad es arrasada, la dinastía de David suprimida y finalmente el abandono de la tierra que culmina la huida a Egipto”. En el pueblo está ausente la misma conciencia de la necesidad de Dios, nadie le echa de menos (2; 8): “Los sacerdotes no han dicho: “¿Dónde está Yahveh?”. Los depositarios de la Ley no me conocieron y los pastores han prevaricado contra Mi y los profetas han profetizado en nombre de Baal”. Aquí aparece la alusión no solamente a la apostasía religiosa (culto a Baal), sino también el reflejo de esta traición en unas alianzas políticas (con Egipto y Asiria).

Aunque “Baal” en el libro de Jeremías, siguiendo la tradición oseana, puede ser un nombre general para el culto a los dioses paganos. Como los principales apostatas Jeremías enumera a los sacerdotes, a los peritos de la Ley, a los pastores (posiblemente en el sentido de los reyes-nómadas) y a los profetas. Ante nosotros aparece una formula estereotipada cambiada, porque de costumbre Jeremías primeramente condenaba a los reyes, a los príncipes y solo después a los sacerdotes y a los profetas. Solo en el nuestro pasaje los sacerdotes se mencionan primeros. ¿Qué papel desempeñaba un sacerdote en la teología deuteronomista? Sabemos que en el “Deuteronomio” la “función sacerdotal fue evolucionando hacia otra que estaba más unida con la enseñanza”. Así que ante nosotros estaba un pueblo necio, sin necesaria sabiduría y la altura de la comprensión para la apertura hacia Dios. 2; 8: “¿Dónde está Yahveh?” significa a una llamada que provoca a Yahveh demostrar su presencia, que permite a la persona que llama percibir la presencia de un Dios omnipresente, puesto que las estructuras antiguotestamentarias siempre contienen un binomio.

Yahveh en su “rîb – litigio” menciona a los pueblos paganos que no cambiaron a sus dioses (2; 11): “¿Acaso nación alguna cambió de dioses, aunque ellos dioses no sean? Pues mi pueblo ha cambiado su Gloria por lo que de nada sirve”. En este caso, como lo considera E. Sanz Giménez-Rico, “no se trata de la infidelidad, sino de un obrar sin sano juicio”. Para un lector medieval estas nociones eran sinonímicas. Según Santo Isidoro de Sevilla, “obrar rectamente” es lo mismo que “gobernar justo”, solo el que sabe discernir bien del mal tiene el sano juicio. (2; 11): “Cambiar su Gloria a lo que nada sirve” significa perder esta cualidad.

En el versículo 12 empieza uno de los más importantes motivos simbólicos del pasaje, relacionado con el agua. Primeramente, debemos tener en cuenta que ante nosotros aparece un cuadro, un pasaje retórico que se desarrolla en los tres niveles: “Pasmaos, ¡oh cielos!, de esto… me han abandonado a Mi, fuente de aguas vivas, para escavarse aljibes, aljibes agrietados, que no retienen las aguas”. Los cielos pasmados y horrorizados por la apostasía es el nivel alto, Dios como la fuente de la vida es el nivel medio y los aljibes escavados en la tierra es un nivel bajo. De este modo podemos ver como el pueblo se esconde bajo la tierra de la luz y de la vida verdadera, las aguas vivas es el sinónimo de la propia vida, de la que el pueblo se escapa en las tumbas. Hay que tener en cuenta que las cisternas de barro se usaban como los cárceles en el Israel, asimismo es casi una metáfora materializada de la esclavitud.

Los aljibes o las cisternas agrietadas también tienen un profundo significado simbólico. En las diferentes traducciones aparecen “cisternas” o “aljibes”, no sabemos si esta palabra en el hebreo podría significar las dos cosas a la vez, es este caso su abanico semántico sería muy amplio. Porque un aljibe es un surco escavado por donde corre el agua y su significado es más dinámico, pero una cisterna es algo que conserva al agua quieta y su imagen es más estática. Sin embargo, podemos suponer que en el estilo antinómico del Antiguo Testamento esta estática-dinámica podría unirse en la misma palabra: Dios es alguien que pasa y permanece y las palabras solo reflejan a esta unidad de los contrarios. Una vida con Yahveh es la constancia del servicio, como también su seguida en el camino. Por ejemplo, un binario parecido de los sentidos tiene el verbo “rahak min” que “incluye un doble y complementario movimiento: alejarse de Yahveh – ir tras vanidad, tras lo vano”, así que “implica más que una distancia física, incluye sentimientos de indiferencia y hostilidad en donde anteriormente existía vinculación”.

Pero aljibe y cisterna se hacen de barro, como el hombre había sido hecho del polvo de la tierra mojada por la lluvia. Sin agua viva aljibe o cisterna se agrietan, como muere sin Dios el alma agrietada por los pecados, ya no le sirven ningunas aguas, porque no retiene nada. 2; 18: “¿Qué te aprovecha el camino de Egipto para beber las aguas de Sihor? ¿Qué te aprovecha el camino de Assur para beber aguas del Río?”. Todos los caminos conducen hacía el vacío, el nada y ninguna agua ya no va a retenerse en el aljibe agrietado por el mal. Yahveh no dice que las otras aguas son malas, no les da ninguna característica, porque son inútiles. Ningún conocimiento y ningún misterio ya no sirven al pueblo traidor. Los otros pueblos no eran elegidos, pero conservaron su fidelidad a las tradiciones. Sin embargo, Israel elegido solo por la bondad y por el amor divino, demostró su rechazo y desagradecimiento.

Esta imagen del aljibe agrietado puede simbólicamente representar como el cuerpo humano, tanto y el destino del pueblo. Según Santo Ireneo de Lyon, “los que no tienen parte con Él no se nutren de los pechos de la madre para mantenerse en vida, no se acercan a la fuente limpísima que surge del Cuerpo de Cristo, más se cavan aljibes y beben agua turbia de fango”. Aquí se trata de la gente apartada de la Madre Iglesia y Cuerpo del Cristo encarnado esta contrapuesto al fango sucio, a la naturaleza no redimida. En Jr 18 aparece la imagen del alfarero. Yahveh manda al profeta en una alfarería: (18; 4): “Cuando se estropeaba en manos del alfarero la vasija de barro que estaba haciendo, volvía a hacer otra vasija, según le parecía bien hacer al alfarero”. Lo mismo puede hacer el Señor con la casa de Israel, renaciéndole hacia una vida nueva: (18; 6) “He aquí como la arcilla en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, casa de Israel”. En el capítulo 19 se trata de una vasija rota que el profeta rompe antes del anuncio de la desaparición del Reino. Esto era una profecía pública muy importante por la que Jeremías había sido castigado con la cárcel.


Si analizar el desarrollo de la imagen de barro, podemos ver que un barro seco siempre acaba roto y agrietado, solo el barro húmedo, como tierra después de la lluvia, sirve para la creación. Resulta que una persona nunca debe ser perfecta, cerrada, acabada, sino abierta hacia el Dios y sus decisiones. Una esclavitud es la posición cerrada, es la cárcel del silencio. En este “rîb” Yahveh es el único que habla, nadie más entra en el diálogo. Dios grita en el vacio de las almas que ya no le necesitan, pero aún no saben que ya están muertas y agrietadas. Aguas vivas se comparen con las aguas retenidas que se ensucian rápido, porque la propia teología del Antiguo Testamento es la dinámica del camino, del movimiento, del diálogo con Dios. “Retener” a sí mismo es entrar en la esclavitud.

Paradójicamente, la propia vida sedentaria priva al pueblo de su Dios que aparece “en momentos en que te guiaba por el camino” (2:17). En el Antiguo Testamento Dios se caracteriza a través de los verbos activos que demuestran una acción como “hifil”. Este verbo, según E. Sanz Giménez-Rico, se emplea en 2; 12: “Dios que ha conducido a su pueblo por el camino” y en 2; 6: “que condujo (hizo andar) a Israel por destierro”. Según W. Brueggemann debemos prestar “una especial atención a los verbos causativos en modo hipil”, puesto que “la frase se organiza en torno a un verbo activo que manifiesta una acción que es trasformadora, indiscreta y perturbadora”. Una vida sedentaria lleva a una rutina, la vista y el oído del pueblo se cierran a la voz de Yahveh. El origen nómada y la vida no estable de Israel podrían influir en su problemática relación hacia el asentamiento. Como decía aún Oseas, que más influyó en Jeremías, “Dios y Israel se encontraron en el camino y en el desierto”. Con este ideal nómada podemos relacionar la descripción por Jeremías a la vida de las tribus de recabitas (cap. 35). La tribu que no bebe vivo, no edifica las casas, no planta ni siembra y vive en las tiendas, porque así les ordenó su antepasado. Yahveh demuestra a este pueblo como un ejemplo de la fidelidad: (35; 14): “han obedecido al mandado de su padre; en cambio, Yo os he hablado temprano y sin cesar y no me habéis escuchado”.


Si Dios conduce al hombre a través del desierto en una tierra prometida, el hombre, al contrario, (2; 15) “reduce su país a un desierto”. Si la acción de Dios es creadora, la acción del hombre es devastadora. Si Dios como alfarero puede hacer de nuevo ya estropeado, el hombre se agrieta a su propia alma para siempre y ya no podrá transformarse sin la acción de la Gracia. Todo el camino de Dios conduce fuera de la limitación y todo el camino que el hombre elije el mismo en su orgullo es el camino hacia la esclavitud, a la cárcel en la cisterna cerrada. Asimismo solo él que acepte a la unión con el Dios libremente, va a ser libre de verdad, una libertad verdadera es el camino de servicio. El camino es una imagen polifacética que puede también significar la esperanza del mandato divino, una ausencia del movimiento inútil exterior con el crecimiento que se desarrolla desde dentro. Pero el hombre nunca sabe con seguridad lo que debe hacer en este momento ya dado, porque Dios nos otorga su Gracia y su amor, pero no nos asegura en nada. Y en esta aceptación de la inseguridad se esconde nuestra más grande fuerza.

La teología deuteronomista acepta el castigo divino con el mismo agradecimiento que su Gracia. Y esta era la salida de la crisis histórica. Una salida es siempre dinámica. Uno de los verbos principales relacionados con Dios es “abar” (pasar) que “expresa la imposibilidad de abrazar a Dios que pasa, que ni está en la disposición del hombre, que no es previsible para el ser humano”. Asimismo ningún exilio se convierte en el final de la nación, en una tragedia destructora, sino en el ámbito donde Dios lleva a su pueblo a la reconciliación y le hace nuevas promesas. En el exilio Dios está con su pueblo, Él sufre el mismo abandono, Él grita como sus profetas. Yahveh convierte este exilio en el desierto donde el hombre se trasforme otra vez. En este sentido estamos totalmente de acuerdo con W. Brueggemenn que “no es un exceso de la imaginación ver que el modelo judío del exilio y la vuelta a casa equivaldrá en términos cristológicos a la crucifixión y la Resurrección”.

Este abanico de las imágenes protegía a Israel como de la negación de su destino, tanto y de la desesperanza histórica. Sufrimiento, lamentación, abandono siempre tienen como su fondo trascendente a Yahveh, a su voz que acusa y pregunta, incluso cuando sus palabra pasan por las almas sin respuesta alguna como las aguas de la fuente por los aljibes agrietados. Pero hay que regar al barro seco.

Literatura:
1. W. Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé, Salamanca, 2007;
2. Sagrada Biblia. Antiguo Testamento. Libros Proféticos, Pamplona, 2002;
3. L. Alonso Schökel, J.L. Sicre Díaz, Profetas. Comentario I, Madrid, 1980.

4 R. Albertz, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, Madrid, 1999
5 E. Sanz Giménez -Rico, Un recuerdo que conduce al Don. Teología de Dt 1-11, Madrid, 2004
6 E. Sanz Giménez Rico, Señor, roca mía, escucha mi voz. Lectura continua y concatenada de Salmos 1-30, Comillas, Verbo Divino, 2014

7. E. Sanz Giménez- Rico, Profetas de misericordia, Madrid-Comillas, 2007

8. E. Sanz Giménez-Rico, Cercanía del Dios distante. Imagen de Dios en el libro del Éxodo, Madrid-Comillas, 2002

9 E. Sanz Giménez-Rico, “Encontrar a Yahveh sin salir a buscarlo. El comienzo del libro de Jeremías (Jr 2, 1-19)”, Estudios Eclesiásticos, vol. 82 (2007), num. 322.

10. Mª Claustre Solé, “A la intemperie con Dios. Jeremías, profeta, orante, místico y siervo”, Nova et Vetera, XXXI, num 64, 2007.

Ilustraciones: Marc Chagall “Jeremías” , las fotos son de Siberia y Himalaya de Stanislav Chekmaev y Kristina Tzurkan, también están representados la vasija del barro para los sacrificios ( México) y la cabeza de San Juan el Bautista de cerámica.