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viernes, 21 de agosto de 2026

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón LIII


                                                         SERMÓN LIII (440)

Misit dominas manum suam et tetigit os meum et dixit mihi etc. Ecce constitui te super
gentes et regna.

«El Señor extendió su mano y tocó mi boca y me habló» (Jeremías 1, 9 ss.).

Cuando predico suelo hablar del desasimiento y del hecho de que el hombre se libre
de sí mismo y de todas las cosas. En segundo término [suelo decir] que uno debe ser informado
otra vez en el bien simple que es Dios. En tercer término, que uno recuerde la
gran nobleza que Dios ha puesto en el alma para que el hombre, gracias a ella, llegue
hasta Dios de manera milagrosa. En cuarto término [me refiero] a la pureza de la natura
divina… el resplandor que hay en la naturaleza divina, es cosa inefable. Dios es un Verbo,
un Verbo no enunciado.
Dice Agustín
441: «Toda la Escritura es inútil. Si se dice que Dios es un Verbo, se lo
enuncia; [mas] si se dice que Dios no está enunciado, entonces es inefable». Pero resulta
que Él es algo; ¿Quién puede enunciar este Verbo? No lo hace nadie fuera de quien es
este Verbo. Dios es un Verbo que se enuncia a sí mismo. Donde se halla Dios, allí enuncia
este Verbo; donde no está, no habla. Dios se ha enunciado y se halla sin enunciar. El
Padre es una obra enunciativa y el Hijo es un enunciamiento operante
442. Lo que hay enmi fuero íntimo, sale de mí; aun cuando lo pienso solamente, mi palabra lo revela y, sin embargo, permanece dentro de mí. Igualmente, el Padre enuncia al Hijo, sin hablar, y
Este, no obstante, permanece en Él. También he dicho varias veces que la salida de Dios
es su entrada. En la misma medida en que yo me hallo cerca de Dios, Él se enuncia a sí
mismo en mi fuero íntimo. Todas las criaturas racionales, cuanto más salen de sí mismas
en sus obras, tanto más entran en sí mismas. No es así en las criaturas corpóreas: cuanto
más obran, tanto más salen de sí mismas. Todas las criaturas quieren enunciar a Dios en
todas sus obras; hablan todas lo más aproximadamente que pueden, mas a Él no lo saben
enunciar. Quiéranlo o no, gústeles o no: todas quieren enunciar a Dios y Él, sin embargo,
permanece sin ser enunciado.

440 Atribución: «Fray Eghart». El texto bíblico proviene de la Epístola de la Vigilia del nacimiento de
San Juan Bautista (23 de junio).

441 Cfr. Augustinus, Sermo 117 c. 5 n. 7; y Augustinus, De doctr. christ. 1 c. 6. n. 6.

442 Según interpretación de Quint (t. II p. 530 n. 1) el Padre es «locutor de la Palabra, o sea, el Hijo» y
el Hijo «la Palabra del Padre por la cual todo fue originado y creado». El giro sería conscientemente antitético.
Maestro Eckhart, Obras Alemanas, Tratados y Sermones

David dice: «Su nombre es el Señor» (Salmo 67, 5). «Señor» significa lo mismo que
la superposición de un señorío; «siervo» implica una sujeción

443. Algunos nombres son propios de Dios y se hallan desprendidos de todas las otras cosas, como «Dios». «Dios», este nombre es el nombre más propio de Dios, como «hombre» es el nombre del ser humano.Un hombre siempre es un ser humano, por estúpido o sabio que sea. Séneca
dice

444: «Es ruin el hombre que no llega más allá del hombre»… Algunos nombres tienen
un apego [accidental] a Dios, como «paternidad» y «filiación»

445. Donde se habla de "padre» se sobreentiende «hijo». No puede haber ningún padre que no tenga hijo, y ningún hijo que no tenga padre; pero ambos contienen en sí, más allá del tiempo, un solo
ser eterno… En tercer lugar: algunos nombres significan una elevación hacia Dios y [al
mismo tiempo] una vuelta hacia el tiempo. También en la Escritura se menciona a Dios
con muchos nombres. Digo yo: Cuando alguien conoce algo en Dios y le pone un nombre,
esto no es Dios. Dios se halla por encima de [los] nombres y de [la] naturaleza. Leemos
que un hombre bueno imploraba a Dios en sus rezos queriendo darle un nombre.
Entonces dijo un hermano: «¡Cállate, estás deshonrando a Dios!» No sabemos encontrar
ningún nombre que le podamos dar a Dios. Mas, nos está permitido [usar] los nombres
con los cuales lo han llamado los santos a quienes Dios ha santificado para ello en sus
corazones, inundándolos con divina luz. Y para ello debemos aprender en primer lugar
cómo hemos de rogar a Dios. Debemos decir: «Señor; te imploramos y te alabamos con
los mismos nombres que Tú has santificado así en los corazones de tus santos, inundándolos
con tu luz»… En segundo lugar hemos de aprender a no dar ningún nombre a
Dios como si pensáramos que al hacerlo lo hubiésemos alabado y ensalzado suficientemente;
porque Dios se halla «por encima de nombres» y es inefable.
El Padre, a partir de todo su poder, enuncia al Hijo y en Él a todas las cosas. Todas
las criaturas son un hablar de Dios. Así como mi boca habla de Dios y lo revela, así lo
hace el ser de la piedra, y por la obra se llega a conocer más que por las palabras. La
obra realizada por la naturaleza suprema a causa de su poder supremo, no puede ser
comprendida por la naturaleza que se halla por debajo de ella. Si obrara lo mismo, ya no
se encontraría por debajo de ella: sería igual. Todas las criaturas desean imitar en sus
obras el hablar de Dios. Mas, es muy modesto lo que saben revelar. Aun el hecho de que
los ángeles supremos asciendan y toquen a Dios, es tan desigual en comparación con
443 En alto alemán medio se habla de «übersetzunge» y «undersetzunge» de acuerdo con «superpositio
» y «subiectio» en latín.
444 Seneca, Naturales quaestiones I praef. 5.
445 Cfr. Quint (t. II p. 532 n. 3) Con los nombres de Dios que tienen un «apego» («zuohaften» de
«adhaesio» en latín) se piensa en aquellos que indican los accidentes de Dios.
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Maestro Eckhart, Obras Alemanas, Tratados y Sermones
aquello que hay en Dios, como el blanco al negro. Es muy disímil
446 lo que han recibido todas las criaturas [juntas], sin embargo, desearían expresar lo máximo de lo que son capaces.
Dice el profeta: «Señor, tú dices una cosa y yo entiendo dos» (Salmo 61, 12).
Cuando Dios le habla al fuero íntimo del alma, ella y Él son uno solo; mas, tan pronto
como esto cae [hacia fuera], es dividido
447. Cuanto más ascendemos con nuestro conocimiento,
tanto más somos uno en Él [el Hijo]. Por ello, el Padre enuncia al Hijo todo el
tiempo en la unidad y derrama en Él a todas las criaturas. Estas piden todas entrar otra
vez allí de donde emanaron. Toda su vida y su ser, todo esto es un clamor y un volver
corriendo hacia aquello de donde salieron.
El profeta dice: «El Señor ha extendido su mano» (Jerem. 1, 9), y [con ello] se refiere
al Espíritu Santo. También dice: «Ha tocado mi boca» y luego: «Me ha hablado» (Jeremías
1, 9). La boca del alma es la parte suprema del alma, a este hecho se refiere [el
alma] y dice: «Ha puesto su palabra en mi boca» (Jeremías 1, 9)… éste es el beso del
alma: ahí se encuentran boca con boca, ahí el Padre engendra a su Hijo en el alma y ahí
se le «habla» a ella. Ahora dice: «Observa que hoy te he elegido y te he colocado sobre
[el] pueblo y [los] reinos» (Jeremías 1, 10). Dios promete elegirnos «hoy», allí donde no
hay nada y donde, sin embargo, existe el «hoy» en la eternidad. «Y te he colocado sobre
[el] pueblo»… esto quiere decir sobre todo el mundo; de él debes estar libre… «y sobre
[los] reinos»… esto quiere decir: Lo que es más de uno, es demasiado porque debes morir
para todas las cosas y ser in-formado otra vez en lo alto donde moraremos en el Espíritu
Santo.
Que Dios, el Espíritu Santo, nos ayude a lograrlo. Amén.
446 «Es muy disímil [en comparación con lo que hay en Dios]» agrega Quint en su versión al alemán
moderno (t. II p. 733).
447 «Esto (= este Uno) es dividido tan pronto como cae (hacia fuera, o sea, desde lo más íntimo del
alma, desde la chispa, a las potencias anímicas y desde allí a las criaturas, por medio de los sentidos)»
(Quint, t. II, p. 536 n. 4).
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lunes, 11 de julio de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón LII

SERMÓN LII(433)
Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum.

La bienaventuranza abrió su boca de sabiduría y dijo: «Bienaventurados son los pobres
en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5, 3).
Todos los ángeles y todos los santos y todo cuanto ha nacido jamás, deben callarse
cuando habla esta Sabiduría del Padre; porque toda la sabiduría de los ángeles y de todas
las criaturas es pura necedad ante la Sabiduría sin fondo de Dios. Esta ha dicho que
los pobres son bienaventurados.
Ahora bien, hay dos clases de pobreza: una es una pobreza exterior y ésta es buena y
muy elogiable en la persona que carga con ella voluntariamente, por amor de Nuestro
Señor Jesucristo, porque Él mismo la soportó en esta tierra. De esta pobreza no quiero
decir más. Pero existe otra pobreza, una pobreza interior respecto a la cual hay que entender
la palabra de Nuestro Señor cuando dice: «Bienaventurados son los pobres en espíritu
».
Ahora os ruego que seáis igualmente [pobres] para [poder] comprender estas palabras;
porque os digo por la verdad eterna: Si no os asemejáis a esta verdad, de la cual
hablaremos ahora, no podréis comprenderme.
Algunas personas me han preguntado qué es la pobreza en sí misma y qué es un
hombre pobre. Daremos, pues, la respuesta.
Dice el obispo Alberto(434) que un hombre pobre es aquel que no se contenta con todas
las cosas creadas jamás por Dios… y está bien dicho. Mas nosotros lo diremos mejor
aún, concibiendo la pobreza en un sentido más elevado: un hombre pobre es aquel que
no quiere nada y no sabe nada y no tiene nada. De estos tres puntos hablaremos ahora y
os ruego por el amor de Dios que comprendáis esta verdad, si es que podéis [hacerlo]; y
si no la comprendéis, no os preocupéis, porque hablaré de una verdad tal que sólo unas
pocas personas buenas habrán de comprenderla.
En primer lugar diremos que un hombre pobre es aquel que no quiere nada. Alguna
gente no entiende adecuadamente el sentido de ello. Son esas personas que se empecinan
en conservar su propio yo en sus penitencias y ejercicios exteriores que esas personas
consideran gran cosa. ¡Que Dios se apiade del escaso conocimiento de la verdad di-

433 En un encabezamiento se lee: «De la pobreza suma». El texto bíblico corresponde al Evangelio de
la Fiesta de todos los Santos (1° de noviembre).
434 Albertus Magnus, En. in Evang. Matth. 5, 3.

vina en esas personas! A esos hombres se los llama santos a causa de las apariencias;
pero, en su fuero íntimo son asnos porque no captan el carácter simbólico de la verdad
divina. Esas personas dicen [también] que un hombre pobre es aquel que no quiere
nada. Lo interpretan de la siguiente manera: [dicen] que el hombre ha de vivir de modo
tal que no cumpla nunca, en ningún caso, su voluntad. Más aún: que aspire a cumplir la
queridísima voluntad de Dios. Esos hombres están bien encaminados porque su intención
es buena, por eso hemos de elogiarlos. ¡Que Dios en su misericordia les dé el reino
de los cielos! Mas yo digo, por la verdad divina, que esos hombres no son pobres ni se
parecen a [los] pobres. Son considerados grandes en la opinión de aquellas personas que
no conocen nada mejor. Mas yo digo que son asnos que nada entienden de la verdad divina.
Puede ser que ellos, gracias a su buena intención, lleguen al reino de los cielos;
pero de la pobreza de que hablaremos ahora, ellos no saben nada.
Si alguien me pregunta, pues, qué es un hombre pobre que no quiere nada, le contesto
y digo así: Mientras el hombre todavía posee la voluntad de querer cumplir la queridísima
voluntad de Dios, semejante hombre no tiene la pobreza de la cual queremos hablar,
pues todavía tiene una voluntad con la que quiere satisfacer la voluntad de Dios, y
esto no es pobreza genuina. Pues, si el hombre de veras ha de poseer [la] pobreza, debe
estar tan libre de su voluntad creada como lo era antes de ser. Porque os digo por la eterna
verdad: Mientras tenéis la voluntad de cumplir la voluntad de Dios y deseáis [llegar]
a la eternidad y a Dios, no sois pobres; pues un hombre pobre es [sólo] aquel que no
quiere nada ni apetece nada.
Cuando yo me hallaba aún en mi causa primigenia, no tenía Dios alguno y era la
causa de mí mismo; no quería nada ni apetecía nada porque era un ser libre y un conocedor
de mí mismo en el gozo de la verdad. Entonces me quería a mí mismo sin querer
otra cosa; lo que yo quería lo era, y lo que era lo quería, y entonces me mantenía libre de
Dios y de todas las cosas. Mas cuando, por libre decisión, salí y recibí mi ser de criatura,
entonces tuve un Dios; porque antes de que fueran las criaturas, Dios [aún] no era
«Dios»; mas, era lo que era. Pero, cuando las criaturas llegaron a ser, recibiendo su ser
creado, Dios no era «Dios» en sí mismo, sino que era «Dios» en las criaturas(435).
Ahora diremos que Dios en cuanto es «Dios», no es la meta perfecta de la criatura.
Porque tan elevado rango de ser lo ocupa [también] la criatura más humilde en Dios. Y
si sucediera que una mosca tuviese entendimiento y buscase racionalmente el abismo
eterno del ser divino, del cual ha provenido, diríamos que Dios, por más que fuera

435 Véase la explicación de Quint (t. II p. 509 n. 22) según la cual lo expresado por Eckhart «se refiere a la existencia pre-natal del hombre como idea en el actus purus del divino fondo existencial, en el que la idea del individuo es consubstancial con la divinidad, y donde, en consecuencia, “yo” tampoco tenía ni conocía a un “Dios”».
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«Dios», no podría satisfacer ni contentar a esa mosca. Por eso le pedimos a Dios que
nos despojemos de «Dios» y aprehendamos la Verdad, gozándola eternamente allá donde
los ángeles supremos y la mosca y el alma son iguales, allá donde yo estaba y quería
[ser] lo que era y era lo que quería [ser]. Por ende decimos: Si el hombre ha de ser pobre
en voluntad, debe querer y apetecer tan poco como quería y apetecía cuando no era. Y
de esta manera es pobre el hombre que no quiere.
Por otra parte es un hombre pobre el que no sabe. En alguna oportunidad dijimos
que el hombre debía vivir de tal modo que no vivía ni para sí mismo ni para la verdad ni
para Dios. Mas ahora decimos otra cosa, agregando que el hombre, que ha de poseer
esta pobreza, debe vivir de modo tal que ni siquiera sepa que no vive ni para sí mismo ni
para la verdad ni para Dios; antes bien ha de estar tan despojado de todo saber que no
sabe ni conoce ni siente que Dios vive en él; más aún: debe estar vacío de todo conocimiento
que en él tenga vida. Pues, cuando el hombre se mantenía [aún] en el eterno ser
divino, no vivía en él ninguna otra cosa: antes bien, lo que vivía, era él mismo. Por lo
tanto decimos que el hombre ha de mantenerse tan libre de su propio saber, como [lo]
hacía cuando no era, y que deje obrar a Dios lo que Él quiera, y que el hombre se mantenga
libre.
Todo cuanto ha procedido alguna vez de Dios, está orientado hacia un obrar puro.
Mas la obra propia del hombre consiste en el amar y conocer. Ahora surge la pregunta
de cuál es la cosa en que reside antes que nada la bienaventuranza. Varios maestros dijeron
que reside en el conocer, algunos dicen que reside en el amar; otros afirman que reside
en el conocer y en el amar, y éstos ya aciertan más. Pero nosotros decimos que no
reside ni en el conocer ni en el amar; más aún: hay algo en el alma de lo cual fluyen el
conocer y el amar; ello mismo no conoce ni ama como lo hacen las potencias del alma.
Quien llega a conocer este [algo] conoce en qué reside [la] bienaventuranza. Este [algo]
no tiene ni antes ni después y no está a la espera de ninguna cosa adicional porque no
puede ni ganar ni perder. Por eso se halla privado también del saber de que Dios obra en
él; antes bien: es lo mismo que disfruta de sí mismo a la manera de Dios. Decimos,
pues, que el hombre debe mantenerse despojado y libre de modo que ni sepa ni conozca
que Dios opera en él: de tal modo el hombre puede poseer [la] pobreza. Dicen los maestros
que Dios es un ser y un ser racional y conoce todas las cosas. Mas nosotros decimos:
Dios no es ni ser ni racional ni conoce esto o aquello. Por eso, Dios es libre de todas
las cosas y por eso es todas las cosas. Quien ha de ser, pues, pobre en espíritu, debe
ser pobre en cuanto a todo su saber propio, de modo que no sepa nada de nada, ni de
Dios ni de la criatura ni de sí mismo. Por eso hace falta que el hombre aspire a no poder
saber ni conocer nada de las obras divinas. De tal manera, el hombre puede ser pobre
con respecto a su propio saber.
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En tercer lugar es un hombre pobre aquel que no tiene nada. Muchas personas han
dicho que es perfección no poseer nada de las cosas materiales de esta tierra, y esto es
verdad en cierto sentido: cuando uno lo hace a propósito. Mas éste no es el sentido al
cual me refiero yo.
Dije antes que un hombre pobre es aquel que no quiere cumplir la voluntad de Dios,
más aún: que el hombre viva, hallándose tan despojado de su propia voluntad y de la voluntad
de Dios, como estaba cuando no era [todavía]. De esta clase de pobreza decimos
que es la pobreza más insigne… En segundo término dijimos que es un hombre pobre
quien nada sabe del obrar de Dios en su fuero íntimo. Cuando uno se mantiene tan libre
del saber y conocer, como Dios se mantiene libre de todas las cosas, ésta es la pobreza
más pura… Mas la tercera, de la cual hablaremos ahora, es la pobreza extrema: es aquella
en la cual el hombre no tiene nada.
¡Ahora prestad atención con empeño y seriedad! He dicho a menudo —y también
hay grandes maestros que lo dicen— que el hombre debe estar tan libre de todas las cosas
y de todas las obras, tanto interiores como exteriores, que pueda ser un lugar apropiado
para Dios, en cuyo interior Dios puede obrar. Mas ahora diremos otra cosa. Si sucede
que el hombre se mantenga libre de todas las criaturas y de Dios y de sí mismo,
pero si todavía es propenso a que Dios encuentre un lugar para obrar en él, entonces decimos:
Mientras las cosas andan así con este hombre, él no es pobre con extrema pobreza.
Porque para sus obras Dios no se empeña en que el hombre tenga en sí mismo un lugar
donde Dios pueda obrar; pues es ésta la pobreza en espíritu: que [el hombre] se
mantenga tan libre de Dios y de todas sus obras que Dios, si quiere obrar en el alma, sea
Él mismo el lugar en el cual quiere obrar… y esto lo hace gustosamente. Pues, cuando
encuentra así de pobre al hombre, Dios está operando su propia obra y el hombre tolera
en su fuero íntimo a Dios, y Dios constituye un lugar propio para sus obras gracias al
hecho de que Él es un Hacedor en sí mismo. Allí, en esa pobreza, obtiene el hombre
[otra vez] el ser eterno que él fue y que es ahora y que ha de ser eternamente.
Hay una palabra de San Pablo donde dice: «Por la gracia de Dios soy todo lo que
soy» (1 Cor. 15,10). Mas ahora parece que este [mi] discurso [se mantiene] por encima
de [la] gracia y por encima del ser y por encima del entendimiento y por encima de [la]
voluntad y por encima de todo apetito… ¿cómo puede ser verdad, entonces, la palabra
de San Pablo? A lo cual se contesta que las palabras de San Pablo son verdad: hacía falta
que la gracia de Dios morara en él; porque la gracia de Dios obró en él de manera que la
accidentalidad fuera consumada en la esencialidad. Cuando la gracia terminó, luego de
haber hecho su obra, Pablo seguía siendo lo que era(436).

436 Dice Quint (t. II p. 514 n. 51): «El sentido de todo el pasaje sólo puede ser el siguiente: En Pablo la gracia en absoluto era superflua. Su finalidad y efecto consistían en reprimir la accidentalidad, es decir,
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Decimos, entonces, que el hombre debe ser tan pobre que no constituya ni posea ningún
lugar en cuyo interior pueda obrar Dios. Donde el hombre conserva [en sí] un lugar,
ahí conserva [una] diferencia. Por eso ruego a Dios que me libre de «Dios», porque mi
ser esencial está por encima de Dios, en cuanto entendemos a Dios como origen de las
criaturas. Pues, en aquel ser de Dios donde Dios está por encima del ser y de la diferencia,
ahí estuve yo mismo, ahí quise que fuera yo mismo y conocí mi propia voluntad de
crear a este hombre [= a mí]. Por eso soy la causa de mí mismo en cuanto a mi ser que
es eterno, y no en cuanto a mi devenir que es temporal. Y por eso soy un no-nacido y según
mi carácter de no-nacido, no podré morir jamás. Según mi carácter de no-nacido he
sido eternamente y soy ahora y habré de ser eternamente. Lo que soy según mi carácter
de nacido, habrá de morir y ser aniquilado, porque es mortal; por eso tiene que perecer
con el tiempo. [Junto] con mi nacimiento [eterno] nacieron todas las cosas y yo fui causa
de mí mismo y de todas las cosas; y si lo hubiera querido no existiría yo ni existirían
todas las cosas; y si yo no existiera no existiría «Dios». Yo soy la causa de que Dios es
«Dios»; si yo no existiera, Dios no sería «Dios»(437). [Mas] no hace falta saberlo.
Dice un gran maestro que su traspasar es más noble que su emanar(438), y es cierto.
Cuando emané de Dios, todas las cosas dijeron: Dios es; mas esto no me puede hacer
bienaventurado porque ahí me llego a conocer como criatura. Pero en el traspaso donde
estoy libre de mi propia voluntad y de la voluntad de Dios y de todas sus obras y del
propio Dios, ahí me hallo por encima de todas las criaturas y no soy ni «Dios» ni criatura,
antes bien, soy lo que era y lo que debo seguir siendo ahora y por siempre jamás. Ahí
siento un impulso(439) hacia arriba que me ha de llevar por encima de todos los ángeles.
En este impulso se me da una riqueza tal que no me puede satisfacer Dios, con todo
cuanto es como «Dios» y con todas sus obras divinas; porque en este traspaso obtengo
que Dios y yo seamos una sola cosa. Allá soy lo que era y allá no sufro mengua ni crecimiento,
ya que soy una causa inmóvil que mueve todas las cosas. Allá, Dios no halla lugar
alguno en el hombre porque el hombre consigue con esta pobreza lo que ha sido
todo cuanto en Pablo no era esencial y que como accidente terrestre encubría su ser verdadero, liberando así la esencia pura de Pablo. Se entiende que el predicador luego puede decir: y cuando la gracia había hecho su obra, Pablo seguía siendo el que era, pues lo que es Pablo de acuerdo con su esencia pura, lo era tanto antes como después. sólo que esa esencia pura antes estaba encubierta, ensuciada por la accidentalidad».

437 Para todo este pasaje véase lo dicho en la «Introducción».
438 No se ha podido establecer de quién se trata… Con «ûzvliezen» = «emanar» se piensa en el nacimiento
del hombre en la temporalidad, con «durchbrechen» = «traspasar» en el retorno del alma hacia
Dios.
439 Literalmente se dice: «îndruk» = «impresión».
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eternamente y seguirá siendo por siempre jamás. Allá, Dios es uno con el Espíritu, y
ésta es la pobreza extrema que se pueda hallar.
Quien no comprende este discurso, no debe afligirse en su corazón. Pues, mientras el
hombre no se asemeje a esta verdad, no habrá de comprender este discurso; porque se
trata de una verdad no velada que ha surgido inmediatamente del corazón de Dios.
Que Dios nos ayude a vivir de modo tal que hagamos esa experiencia por siempre
jamás. Amén.
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domingo, 10 de julio de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón LI

SERMÓN LI(424)
Hec (sic) dicit dominus: honora patrem tuum etc.

Esta palabra que acabo de pronunciar en latín está escrita en el Evangelio y la dice
Nuestro Señor, y en lengua vulgar reza así: «Honrarás a tu padre y a tu madre» (Mateo
15, 4; cfr. Exodo 20, 12). Y Dios, Nuestro Señor, pronuncia otro mandamiento [más]:
«No apetezcas los bienes de tu prójimo, ni [su] casa ni [su] finca ni ninguna otra cosa
que sea suya» (Cfr. Exodo 20, 17). El tercer pasaje se refiere al pueblo que fue a ver a
Moisés diciéndole: «Habla tú con nosotros, porque nosotros no podemos escuchar a
Dios» (Cfr. Exodo 20, 18 ss.). Según el cuarto [pasaje], Dios, Nuestro Señor, dijo:
«Moisés, debes hacerme un altar de tierra y sobre la tierra, y cuanto se sacrifique en él,
lo habrás de quemar todo» (Cfr. Exodo 20, 24). El quinto [pasaje] es [el siguiente]:
«Moisés penetró en la niebla» y fue [subiendo] a la montaña; «allí encontró a Dios» y
en las tinieblas halló la luz verdadera (Cfr. Exodo 20, 21).
Dice mi señor, San Gregorio(425): «Donde el cordero se hunde hasta el fondo, ahí nadan
el buey o la vaca, y donde nada la vaca, ahí camina adelantándosele el elefante y [el
agua] le cubre la cabeza». Esta [afirmación] encierra un significado muy hermoso; de
ello se pueden deducir muchas cosas. Dice mi señor, San Agustín(426), que las Escrituras
son un mar profundo y el pequeño corderito significa un hombre simple [y] humilde, capaz
de escrutar las Escrituras. Por el buey, empero, que nada ahí, entendemos unos hombres
de mentalidad burda; cada cual [de ellos] saca de ello lo que le basta. Mas, por el
elefante que se adelanta caminando [por el agua] hemos de entender a la gente entendida
que escudriña las Escrituras y las recorre caminando(427). Me maravilla que la Sagrada
Escritura sea tan enjundiosa que los maestros(428) digan que es imposible interpretarla se-

424 Los encabezamientos atribuyen el sermón al «miércoles antes de media cuaresma». Las cinco citas
de las Escrituras corresponden a la Epístola y el Evangelio, respectivamente, del miércoles después del
tercer domingo de cuaresma. El sermón habría sido dictado en Colonia entre 1322 y 1326 y sería posterior
al Sermón XIII.
425 Gregorius Magnus, Moralia in Iob Ep. c. 4.
426 Quint (t. II p. 466 n. 2) remite a Ambrosius, Ep. 2 n. 3; y Gregorius M., Hom. in Ezechielem I hom.
6 n. 13, donde el mar se compara con las Escrituras.
427 Cfr. Quint (t. II p. 465 s. n. 1) donde se explica detalladamente el significado del símil y se dice,
con respecto al elefante, «que penetra aún más en el río y al fin se hunde sin llegar a la máxima profundidad
del agua».
428 Cfr. Augustinus, De Genesi ad litteram 1. II c. 5; y Thomas, S. theol. I q. 1 a. 10 ad 3.

gún su sentido develado. Y ellos dicen: Si hay en ella una cosa de sentido burdo, hace
falta interpretarla; pero, para hacerlo se necesita del símil. Al primero [el agua] le llegó
hasta el tobillo, al segundo le llegó hasta la rodilla, al tercero le llegó hasta su cintura, al
cuarto le llegó más allá de su cabeza, y él se hundió del todo.
Ahora bien, esto ¿qué significa? Dice San Agustín(429): Al principio, la Escritura le
sonríe a la gente menuda y atrae al niño; pero, al final, cuando uno quiere ahondar en
ella, se burla de los sabios; y nadie tiene la mentalidad tan simple, que no encuentre en
ella lo adecuado para él, y, por otra parte, nadie es tan sabio que, cuando quiere ahondar
en ella, no la halle [cada vez] más profunda y con más cosas [ocultas]. Todo cuanto podemos
escuchar aquí [en esta tierra] y todo cuanto saben decirnos, tiene en ella [la Escritura]
un segundo sentido oculto. Pues, todo cuanto comprendemos en esta tierra, es
tan disímil a lo que es en sí mismo y a lo que es en Dios, como si no existiera.
Ahora volvemos a referirnos a la palabra: «Honrarás a tu padre y a tu madre». En su
sentido corriente se refiere al padre y a la madre a quienes se debe honrar; además, a todos
cuantos tienen poder espiritual, a ésos se les debe honrar rindiéndoles [honores]
algo mayores, así como a aquellos de los cuales tienes todos los bienes perecederos. En
este [sentido] se puede [vadear] y [tocar fondo]; sin embargo, es muy poco lo que hemos
recibido de ellos. Dijo una mujer: Si hay que honrar a aquellos de quienes se han recibido
bienes exteriores, hay que honrar en proporción mucho mayor a aquellos de los que
se ha recibido todo. Cuanto allí [en el primer caso] se tiene exteriormente, como multiplicidad,
aquí [en el segundo caso] todo es interior y una sola cosa. Ahora ya os daréis
cuenta de que este símil corresponde al Padre. Anoche pensé que todos los símiles sólo
existen a fin de corresponder al Padre.
De acuerdo con el segundo significado: «Honrarás a tu Padre», es decir, tu Padre celestial
del cual recibiste tu ser. ¿Quién honra al Padre? Esto no lo hace nadie fuera del
Hijo: Él solo lo honra. Por otra parte, nadie honra tampoco al Hijo sino sólo el Padre.
Todo el placer del Padre y sus conversaciones y sus sonrisas son sólo para el Hijo. El
Padre no conoce nada fuera del Hijo. Es tan grande el placer que siente en el Hijo, que
no necesita nada más que engendrar a su Hijo, porque Éste es una semejanza perfecta y
una imagen acabada del Padre.
Nuestros maestros dicen: Todo cuanto se llega a conocer o que nace, es una imagen;
y ellos dicen en consecuencia: Si el Padre ha de engendrar a su Hijo unigénito, tiene que
engendrar su [propia] imagen como permaneciendo en Él mismo en el fondo. La imagen,
ya que ha existido eternamente en Él (forme illius), es su forma que permanece en
Él mismo. La naturaleza enseña —y me parece muy justo— que debemos explicar a
Dios mediante símiles, ya sea éste, ya sea aquél. Sin embargo, Él no es ni esto ni aque-

429 Cfr. Augustinus, Confess. I. XII c. 14 n. 17.
364

llo, y por lo tanto el Padre no se contenta con ello, antes bien, regresa a lo primigenio, a
lo más íntimo, al fondo y al núcleo del ser-Padre donde ha estado adentro eternamente
en sí mismo, en la paternidad, y donde disfruta de sí mismo, el Padre como Padre, de sí
mismo en el Hijo único. Allí, todas las hierbecillas y [la] madera y [las] piedras y todas
las cosas son uno. Esto es lo mejor de todo y yo estoy loco por ello. Por eso, todo cuanto
la naturaleza es capaz de realizar, lo añade a ello [y] esto va cayendo en la paternidad
para que sea uno y que sea un solo Hijo y crezca más allá de todo lo demás y sea del
todo uno en la paternidad y, si no puede ser [uno], que sea [por lo menos] [un] signo de
lo uno. La naturaleza que es de Dios, no busca nada que se halle fuera de ella; ah sí, la
naturaleza que se encuentra dentro de sí misma, no tiene nada que ver con la apariencia
[externa], porque la naturaleza que es de Dios, no busca nada que no sea la semejanza
con Dios.
Anoche pensé que todo símil no es sino una alquería(430). Yo no puedo ver ninguna
cosa que no se me asemeje, ni puedo conocer cosa alguna que no se me asemeje. Dios
abarca en sí todas las cosas de manera secreta, mas no como ésta o aquélla en su diferenciación,
sino como [lo] uno en la unidad. El ojo no contiene el color, sino que recibe
el color, pero no así el oído. El oído, a su vez, recibe el sonido y la lengua el gusto. Cada
uno de todos ellos tiene aquello con que es uno [= perteneciente a la misma especie]. Y
lo que nos ocupa, [o sea], la imagen del alma y la imagen de Dios, tiene una sola esencia;
allí donde somos hijos. Y aun en el caso de que yo no tuviera ni vista ni oído, tendría,
sin embargo, [el] ser. Si alguien me quitara un ojo, con ello no me quitaría ni mi ser
ni mi vida, porque la vida reside en el corazón. Si alguien quisiera darme un golpe en el
ojo, yo interpondría rápidamente la mano y ésta recibiría el golpe. Pero, si alguien quisiera
darme un golpe en el corazón, yo utilizaría todo el cuerpo para proteger este cuerpo.
Si alguien quisiera cortarme la cabeza, yo interpondría rápidamente el brazo para
conservar mi vida y mi ser.
Ya he dicho frecuentemente que la cáscara debe romperse y tiene que salir a luz lo
que está adentro; pues, si quieres tener la nuez, debes romper la cáscara. Y, en consecuencia,
si quieres hallar a la naturaleza desnuda, se deben romper todos los símiles, y
cuanto más uno penetre adentro, tanto más se acercará a la esencia. Cuando el [alma]
halla lo Uno donde todo es uno, entonces persevera [en] lo único. ¿Quién «honra» a
Dios?… Aquel que en todas las cosas piensa en la gloria de Dios.
Hace muchos años, yo no existía aún: un poco más tarde mi padre y mi madre comieron
carne y pan y verduras que crecían en el jardín, y con ello me hice hombre. En
esto, mi padre y mi madre no podían colaborar sino que Dios hizo mi cuerpo sin media-

430 «Alquería» o «finca rústica» es la traducción literal. Quint piensa (cfr. t. II p. 471 n. 2) que el significado ha de ser «preforma»; «antecedente».
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ción y creó mi alma de acuerdo con el Altísimo. Ahí llegué a poseer mi vida (possedi
me). Este grano tiende a ser centeno; aquél tiene en su naturaleza [la disposición de] hacerse
trigo; por eso no descansa hasta obtener justamente esa misma naturaleza. El grano
de trigo contiene en su naturaleza [la disposición de] poder ser todas las cosas; por lo
tanto paga el precio y se entrega a la muerte para llegar a ser todas las cosas. Y ese metal,
que es cobre, tiene en su naturaleza [la disposición de] poder llegar a ser plata, y la
plata [a su vez] tiene en su naturaleza [la disposición de] poder llegar a ser oro, por eso
no descansa nunca hasta que obtenga justamente esa naturaleza. Ah sí, esta madera tiene
en su naturaleza [la disposición de] poder llegar a ser piedra; digo más aún: Hasta será
capaz de convertirse en todas las cosas; se entrega al fuego y se deja quemar para ser
transformada en la naturaleza del fuego y se hace una con lo uno, y tiene eternamente un
solo ser. Ah sí, [la] madera y [la] piedra y [los] huesos y todas las hierbecillas, allí en el
comienzo primigenio, fueron todos y cada uno una sola cosa. Si esta naturaleza [terrestre]
procede así, ¡qué no hará aquella naturaleza que está toda desnuda en sí misma, que
no busca ni esto ni aquello, sino que, por el contrario, crece más allá de todo lo demás y
va corriendo hacia la pureza primigenia!
Anoche pensé que hay multitud de cielos. Ahora resulta que hay algunas personas
incrédulas que no creen que el pan sobre este altar pueda ser transformado de manera tal
que llegue a ser el Cuerpo de Nuestro Señor, [o sea] que Dios sea capaz de hacerlo…
¡Oh, qué gente mala, porque son incapaces de creer que Dios pueda hacer tal cosa! Mas,
si Dios le otorgó a la naturaleza la capacidad de llegar a ser todas las cosas, ¡mucho más
factible le resulta a Dios que este pan sobre el altar se convierta en su Cuerpo! Y si [hasta]
la naturaleza débil consigue hacer un hombre de una hierbecilla, tanto más posible le
resulta a Dios convertir el pan en su Cuerpo. ¿Quién «honra» [pues] a Dios?… Aquel
que en todas las cosas persigue la honra de Dios. Esta interpretación es todavía más evidente,
aun cuando la primera es mejor(431).
El cuarto significado(432): «Se mantenían alejados y le decían a Moisés: “Moisés, habla
tú con nosotros [porque] nosotros no podemos escuchar a Dios”». Es que «estaban
alejados» y esto era la cáscara que les impedía escuchar a Dios.
«Moisés penetró en la niebla y fue [subiendo] a la montaña» y entonces vio la luz divina
(Cfr. Exodo 20, 21). En verdad, uno encuentra la luz en las tinieblas, por lo tanto,
cuando tenemos padecimientos e infortunios, esta luz se halla más cerca de nosotros que
nada. Que Dios haga lo mejor o lo peor que pueda: Él tiene que darse a nosotros aunque
fuera a través de trabajos e infortunios. Había una mujer santa que tenía muchos hijos a
los que querían matar. Entonces se rió y dijo: «No debéis apenaros y tenéis que ser ale-

431 Eckhart se referiría a lo dicho anteriormente sobre la obligación de honrar al Padre celestial.
432 Se trata de lo que al principio del sermón se llama «el tercer pasaje».
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gres y pensad en Vuestro Padre celestial, porque de mí no habéis recibido nada» (Cfr. 2
Macabeos 7, 20 ss.). [Fue] exactamente como si hubiera querido decir: «Vuestro ser lo
tenéis inmediatamente de Dios». Esto encuadra bien en nuestro [contexto]. Nuestro Señor
dijo: «Tus tinieblas» —es decir, tu sufrimiento— «serán transformadas en clara luz»
(Cfr. Isaías 58, 10). Sin embargo, yo no debo anhelar ni apetecer [el sufrimiento]. En
otro lugar dije yo: Las tinieblas ocultas de la luz invisible de la eterna divinidad son desconocidas
y nunca serán conocidas. Y «la luz del Padre eterno ha brillado eternamente
en estas tinieblas, y estas tinieblas no comprenden a la luz» (Cfr. Juan 1, 5).
Pues bien, que Dios nos ayude para que lleguemos a esta luz eterna. Amén.

miércoles, 6 de julio de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón L


SERMÓN L(419)
Eratis enim aliquando tenebrae.

Dice San Pablo: «Anteriormente erais tinieblas, pero ahora [sois] una luz en Dios»
(Efesios 5, 8).
Los profetas, que ambulaban en la luz, conocieron y hallaron la verdad secreta bajo
el influjo del Espíritu Santo. A veces fueron movidos a dirigirse hacia fuera y a hablar
de las cosas conocidas por ellos para salvación nuestra, a fin de que nos enseñaran a conocer
a Dios. Otra vez les sucedió que enmudecieron, de modo que no podían hablar y
esto se debía a tres razones.
Primero: el bien que conocían y veían en Dios era tan grande y tan oculto que no podía
configurarse en su conocimiento; porque todo cuanto podía configurarse era tan desigual
a lo que veían en Dios y era tan falso frente a la verdad que se callaban y no querían
mentir… La segunda razón: todo cuanto veían en Dios era tan grande y noble que
no eran capaces de tomar de ello ni [una] imagen ni [una] forma para hablar [de lo
visto]… La tercera razón porque enmudecieron, consistía en que miraban dentro de la
verdad oculta y encontraban el arcano en Dios, que no sabían expresar con palabras.
Pero algunas veces sucedió que se dirigieron hacia fuera y hablaron; mas, por la disimilitud
[en comparación con] la verdad, echaban mano de la materia burda y pretendían
enseñarnos a conocer a Dios por medio de las cosas inferiores de la criatura.
Ahora bien, Pablo dice: «Anteriormente erais tinieblas, pero ahora [sois] una luz en
Dios». «Aliquando» [anteriormente]. Para quien sabe interpretar plenamente esta palabra,
ella significa lo mismo que «en algún momento» y se refiere a[l] tiempo que nos
impide [llegar a] la luz, porque a Dios nada le repugna tanto como el tiempo; [y] no sólo
el tiempo, se refiere también al apego al tiempo; tampoco se refiere sólo al apego al
tiempo, sino también al [hecho de] rozar el tiempo. [Y] no sólo al [hecho de] rozar el
tiempo, sino también a un aroma y un gusto del tiempo… así como en el lugar donde se
hallaba una manzana, persiste un olor, así debes entender el roce del tiempo. Los más
destacados de nuestros maestros dicen(420) que el firmamento corpóreo y el sol y también
los astros tienen que ver tan poco con el tiempo que lo rozan meramente. Yo, en este
contexto, me refiero finalmente al hecho de que el alma está creada muy por encima del
419 El texto bíblico fue tomado de la Epístola del tercer domingo de cuaresma.
420 Otro pasaje en latín del propio Eckhart (In Gen. I n. 73) remite a Augustinus, Confess. 1. XII (c. 9n. 9.).

cielo y que ella, en su punto más alto y puro, nada tiene que ver con el tiempo. Ya me he
referido varias veces a la obra en Dios y al nacimiento en el cual el Padre engendra a su
Hijo unigénito, y de esta emanación florece el Espíritu Santo, de modo que el Espíritu
[va emanando] de ambos, y en esta emanación se origina el alma emanando [a su vez]; y
la imagen de la divinidad se halla estampada en el alma, y en la emanación y en el reflujo
de las tres personas, el alma refluye también y es otra vez in-formada en su primera
imagen sin imagen.
En esto piensa Pablo cuando dice: «Pero ahora una luz en Dios». No dice «sois una
luz», sino «pero ahora una luz en Dios». Él quiere decir lo que yo también he dicho varias
veces: Quien ha de conocer las cosas, debe conocerlas en su causa(421). Los maestros
dicen que las cosas penden de su nacimiento de modo que allí miran lo más acendradamente
en [el interior del] ser. Pues, allí donde el Padre engendra al Hijo, allí hay un
«ahora» presente. Desde el nacimiento eterno, donde el Padre engendra a su Hijo, el
alma ha emanado en su ser, y la imagen de la divinidad está estampada en el [alma].
En el colegio discutían, y algunos maestros dijeron que Dios había estampado la
imagen en el alma como quien pinta un cuadro en una pared y éste se esfuma. Contra
esta [opinión] hubo protestas. Otros maestros se expresaron mejor y dijeron que Dios
había estampado la imagen en el alma como perdurable, como una idea perdurable en el
[alma]… como, por ejemplo, yo tengo hoy [determinada] voluntad y mañana tengo la
misma idea y preservo la imagen [= representación volitiva] por medio de mi influencia
representante(422). Y conforme a ello dijeron que las obras divinas son perfectas. Pues, si
el carpintero fuera perfecto en su obra, no necesitaría de la materia; porque, tan pronto
como pensara en la casa, ella estaría hecha. Así son las obras en Dios: tan pronto como
las piensa, las obras están hechas en un «ahora» presente. Entonces intervino el quinto
maestro(423) y él se expresó mejor que todos, diciendo: Allí no hay [devenir], sino que se
trata de un «ahora», un devenir sin devenir, un ser nuevo sin renovación, y el devenir es
su ser [de Dios]. En Dios hay una sutileza tal que ninguna renovación puede entrar.
Igualmente, hay en el alma una sutileza tan acendrada y tan tierna que ahí tampoco puede
entrar ninguna renovación; porque todo cuanto hay en Dios, es un «ahora» presente
sin renovación.
421 Quint explica (t. II p. 457 s. n. 1) que falta «sois» ya que contiene un elemento de cambio mientras
en la «luz en Dios» no hay devenir ni contacto con el tiempo. «Sólo en el nunc, el eterno “ahora” de su
nacimiento eterno, se puede conocer a las cosas como [son] en su causa».
422 Quint (t. II p. 459 n. 1): «quiere decir que yo, mediante la influencia, continuamente representante,
o sea, conscientización, convierto la idea en constante, nunca “perecedera”».
423 Véase Sermón XLVII: Avicenna.
361

Querría haber hablado de cuatro cosas: de la sutileza de Dios y de la sutileza del
alma y de la obra en Dios y de la obra del alma. Ahora, no lo haré.
362

martes, 28 de junio de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón XLIX

SERMÓN XLIX(412)
Beatus venter, qui te portavit, et ubera, quae suxisti.

Hoy se lee en el Evangelio que «una mujer, una hembra, le dijo a Nuestro Señor:
“Bienaventurado es el seno que te llevó, y bienaventurados son los pechos que mamaste”.
A lo cual respondió Nuestro Señor: “Dices la verdad. Bienaventurado es el seno que
me llevó y bienaventurados son los pechos que mamé. Pero, es mayor aún la bienaventuranza
del hombre que escucha mi palabra y la guarda”» (Cfr. Lucas 11, 27 ss.).
Ahora fijaos empeñosamente en esta palabra que dijo Cristo: «Mayor es la bienaventuranza
del hombre que escucha. mi palabra y la guarda, antes que del seno que me llevó
y de los pechos que mamé». Si yo hubiera dicho estas palabras y fueran las mías propias,
según las cuales es más bienaventurado aquel que escucha la palabra de Dios y la
guarda, de lo que lo es María a causa del Nacimiento por el cual es la madre carnal de
Cristo… repito, si yo lo hubiera dicho, la gente se sorprendería. [Pero] resulta que lo
dijo Cristo mismo. Por eso hay que creérselo a Él en cuanto verdad, porque Cristo es la
Verdad.
Ahora fijaos en qué es lo que oye «quien escucha la palabra divina». Escucha a Cristo
nacido del Padre en completa igualdad con el Padre y habiendo adoptado nuestra humanidad.
[Ambas cosas] se hallan unidas en su persona. Dios verdadero y hombre verdadero,
un solo Cristo: he aquí la palabra que escucha íntegramente quien escucha la palabra
de Dios y la guarda con toda perfección.
San Gregorio nos prescribe cuatro puntos(413) que debe observar el hombre que ha de
«escuchar y guardar la palabra de Dios». El primero es que se debe haber mortificado él
mismo con respecto a todo deseo carnal, habiendo aniquilado en su fuero íntimo todas
las cosas perecederas, y él mismo también debe estar muerto para todo lo perecedero.
Segundo: que se halle totalmente y para siempre elevado hasta Dios con conocimiento y
amor y con ternura verdadera [e] íntegra. El tercer punto consiste en que no le haga a
nadie lo que le apenaría que se lo hicieran a él. El cuarto punto implica que sea generoso

412 Atribución: «Maestro Egghart». En el encabezamiento de un manuscrito se dice: «Para la Vigilia
de la Asunción de Nuestra Señora». El texto bíblico figura en el Evangelio del tercer domingo de cuaresma;
además, para la Vigilia de la Asunción de la Virgen y (según el antiguo misal de los dominicos) para
las Fiestas de la Virgen entre Navidad y la Fiesta de la Candelaria.
Se trata de un «sermón desacostumbradamente largo» (Quint, t. II p. 424).
413 Cfr. Gregorius M., Hom in Evang. I hom. 18 n. 1.

en cuanto a las cosas materiales y bienes espirituales, que lo dé todo generosamente.
Hay muchas personas que aparentan dar y en verdad no lo hacen. Son aquellos que dan
sus dones a quienes tienen más que ellos del don que dan, donde acaso ni se apetece ese
[regalo], o donde aspiran que a trueque de su don se les haga algún servicio o se les devuelva
algo en cambio o se les reverencie. El don de semejante gente se llamaría, más
propiamente, una petición en vez de un don, porque en verdad no dan nada. Nuestro Señor
Jesucristo era libre y pobre en todos sus dones que nos dio caritativamente: en todos
sus dones no buscó nada suyo, más aún: aspiraba sólo a [la] loa y gloria del Padre y a
nuestra bienaventuranza, y por el amor verdadero se entregó Él mismo a la muerte. El
hombre, pues, que quiere dar por amor de Dios, ha de dar los bienes materiales puramente
por Dios de modo que no piense en [recibir] ni un servicio ni una retribución ni
honras perecederas, y que no busque para sí nada que no sea [la] loa y [la] honra de
Dios, y que, por amor de Dios, ayude a su prójimo necesitado de alguna cosa para su
sustento. Y del mismo modo habrá de dar también los bienes espirituales(414), allí donde
sabe que su hermano en Cristo(415) los recibe de buen grado para corregir así su vida por
amor de Dios, y no ha de apetecer ni agradecimiento ni recompensa de ese hombre ni
ventaja alguna y tampoco debe pedir ninguna recompensa de parte de Dios por el servicio
[prestado], excepto que Dios sea loado. De tal modo ha de mantenerse libre con respecto
a su dádiva, tal como Cristo permaneció libre y pobre con respecto a todos sus dones
que nos dio. Dar de este modo significa dar en realidad. Quien cumple con estos
cuatro puntos, puede confiar de veras en que ha escuchado y también guardado la palabra
de Dios.
Toda la santa Cristiandad le atribuye gran honra y dignidad a Nuestra Señora por haber
sido la madre carnal de Cristo; y así corresponde. La santa Cristiandad implora su
gracia y ella puede obtenerla [de Dios] y esto corresponde. Y si la santa Cristiandad le
rinde honores tan grandes, como corresponde, mucha más alabanza y honor puede rendir
la santa Cristiandad a aquel hombre que ha escuchado y guardado la palabra divina,
porque él es todavía más bienaventurado de lo que es Nuestra Señora por el [mero] hecho
de ser la madre carnal de Cristo, según dijo Cristo mismo. Tanta honra e incontablemente
más recibe el hombre que escucha y guarda la palabra divina. Este preámbulo os
lo he dicho para que os concentréis mientras tanto. Perdonadme por haberos detenido de
tal manera. Ahora quiero predicar.
Tomamos del Evangelio tres pasajes; sobre ellos quiero predicaros. El primero reza:
«Bienaventurado es aquel que escucha y guarda la palabra de Dios». El otro dice: «Si el

414 El don espiritual. Según Quint (t. II p. 431 n. 1) ese don espiritual es la virtud que permite al hermano
en Cristo (el no-cristiano) corregir su vida.
415 Hermano en Cristo. El texto original dice: «ebenkristen» = «co-cristiano».

353
grano de trigo no cae a tierra y no muere allí, queda solo. Pero, si cae a tierra y muere
allí, produce cien veces más fruto» (Juan 12, 24 ss.). El tercero [se refiere a] que Cristo
dijo: «Entre los hijos nacidos de mujer, nadie es mayor que Juan Bautista» (Cfr. Mateo
11, 11). Por de pronto paso por alto los dos últimos [pasajes] y hablo del primero.
Y Cristo dijo: «Bienaventurado es aquel que escucha y guarda la palabra de Dios».
¡Ahora fijaos empeñosamente en este significado! El Padre mismo no escucha nada fuera
del susodicho Verbo, no conoce nada más que este Verbo, no dice nada más que este
mismo Verbo, no engendra nada más que este mismo Verbo. En este mismo Verbo escucha
el Padre y conoce el Padre y engendra a sí mismo y también a este mismo Verbo y a
todas las cosas y a su divinidad, totalmente hasta el fondo, a sí mismo de acuerdo con la
naturaleza, y a este Verbo con la misma naturaleza en otra persona. ¡Ea, fijaos ahora en
este modo de hablar! El Padre enuncia, racionalmente, con fecundidad su propia naturaleza
íntegra en su Verbo eterno. No es que pronuncie el Verbo voluntariamente, como un
acto de voluntad, como cuando se dice o se hace algo a fuerza de voluntad, y a causa de
esa misma fuerza uno también podría omitirlo si quisiera. Así no son las cosas con el
Padre y con su Verbo eterno, sino que Él, quiéralo o no, debe pronunciar, y engendrar
sin cesar, este Verbo, porque se halla de manera natural junto al Padre como una raíz [de
la Trinidad], dentro de la naturaleza del Padre, tal como es el Padre mismo. Mirad, por
ello el Padre pronuncia el Verbo voluntariamente y no por [fuerza de] la voluntad, y naturalmente
y no por [fuerza de] la naturaleza(416). En este Verbo el Padre enuncia mi espíritu
y tu espíritu y el espíritu de cada hombre [como] igual al mismo Verbo. En este mismo
[acto de] hablar tú y yo somos [cada uno] un hijo por naturaleza, de Dios como [lo
es] el mismo Verbo. Pues, según dije antes: El Padre no conoce nada fuera de este mismo
Verbo y de sí mismo y de toda la naturaleza divina y de todas las cosas en este mismo
Verbo, y todo cuanto conoce en Él es igual al Verbo y es, por naturaleza, el mismo
Verbo en la Verdad. Cuando el Padre te da y te revela este conocimiento, te da de veras
[y] del todo su vida y su ser y su divinidad en la Verdad. En esta vida, el padre, [o sea] el
padre carnal, le comunica su naturaleza a su hijo, mas no le da su propia vida ni su propio
ser, porque el hijo tiene otra vida y un ser distinto del que tiene el padre. Este hecho
se demuestra por lo siguiente: El padre puede morir y el hijo, vivir; o, el hijo puede morir
y el padre, vivir. Si los dos tuvieran una sola vida y un solo ser, tendría que suceder
necesariamente que ambos muriesen o viviesen juntos, ya que la vida y el ser de ambos
sería uno solo. Pero, así no es. Y por eso, cada uno es ajeno al otro y están diferenciados
en cuanto a vida y ser. Si saco [el] fuego de un lugar y lo coloco en otro, por más que
sea fuego, se halla dividido: éste puede arder y aquél apagarse, o éste puede apagarse y
aquél arder; y por ende, no es ni uno solo ni eterno. Pero, como dije antes: El Padre en

416 «Por fuerza de la naturaleza» o también «por impulso de la naturaleza».

354

el reino de los cielos te da su Verbo eterno y en el mismo Verbo te da su propia vida y su
propio ser y su divinidad toda; porque el Padre y el Verbo son dos personas y una sola
vida y un solo ser indiviso. Cuando el Padre te recoge en esta misma luz para que tú
contemples, de modo cognoscitivo, a esta luz en esta luz, de acuerdo con la misma peculiaridad
con la cual Él, con su poder paterno, se conoce en este Verbo [= esta luz] a sí
mismo y a todas las cosas, [así como conoce] al mismo Verbo, según [la] razón y [la]
verdad, tal como he dicho, entonces te da poder para engendrar, junto a Él, a ti mismo y
a todas las cosas y [te concede] su propio poder igual que a este mismo Verbo. Así pues,
estás engendrando sin cesar, junto con el Padre por la fuerza del Padre, a ti mismo y a
todas las cosas en un «ahora» presente. Dentro de esta luz, según he dicho, el Padre no
conoce ninguna diferencia entre Él y tú y ninguna ventaja, ni menor ni mayor, que entre
Él y su mismo Verbo. Porque el Padre y tú mismo y todas las cosas y el mismo Verbo
son uno dentro de la luz.
Ahora me voy a referir a la segunda sentencia pronunciada por Nuestro Señor: «Si el
grano de trigo no cae a tierra y no muere allí, queda solo y no produce fruto. Pero, si cae
a tierra y muere allí, produce cien veces más fruto». «Cien veces», dicho con significado
espiritual, equivale a innumerables frutos. Pero ¿qué es el grano de trigo que cae a tierra,
y qué es la tierra a la cual ha de caer? Este grano de trigo —según expondré ahora—
es el espíritu al que se llama o se dice alma humana, y la tierra a la cual ha de caer, es la
muy bendita humanidad de Jesucristo; porque ésta es el campo más noble que haya sido
creado jamás de tierra o preparado para cualquier fecundidad. A este campo lo han preparado
el mismo Padre y este mismo Verbo y el Espíritu Santo. Ea, ¿cuál era el fruto de
este precioso campo de la humanidad de Jesucristo? Era su alma noble, desde el momento
en que sucedió que, por la voluntad divina y el poder del Espíritu Santo, la noble
humanidad(417) y el noble cuerpo fueron formados en el seno de Nuestra Señora para la
salvación de los hombres, y que fue creada el alma noble, de modo que el cuerpo y el
alma en un solo instante fueron unidos con el Verbo eterno. Esta unión se hizo tan rápida
y verdaderamente que, tan pronto como el cuerpo y el alma se enteraron de que Él
[Cristo] estaba, en ese mismo momento Él se comprendió como naturalezas humana y
divina unidas, [como] Dios verdadero y hombre verdadero, un solo Cristo que es Dios.
¡Ahora fijaos en el modo de su fecundidad! Por esta vez llamo a su alma noble un
grano de trigo que [caído] a la tierra de su noble humanidad, pereció por [el] sufrimiento
y [la] acción, por [la] aflicción y [la] muerte, según dijo Él mismo, cuando debía padecer,
con estas palabras: «Mi alma está entristecida hasta la muerte» (Mateo 26, 38; Marcos
14, 34). Entonces no se refirió a su noble alma según la manera como ella contempla
de modo cognoscitivo el bien supremo, con el cual se halla unido en la persona y

417 «La noble humanidad» en el sentido de «la naturaleza humana».

355


[que] es Él mismo según la unión y según la persona: este [bien] lo contemplaba sin cesar
con su potencia suprema en medio del sufrimiento máximo, tan de cerca y exactamente
como lo hace ahora; ahí adentro no podía caer ninguna tristeza ni pena ni muerte.
Verdaderamente es así, porque en momentos en los que el cuerpo moría atrozmente en
la cruz, su noble espíritu vivía en tal presencia [= la contemplación del bien supremo].
Pero, en la medida en que el noble espíritu se hallaba racionalmente unido a los sentidos
y a la vida del santo cuerpo, hasta ese punto Nuestro Señor llamaba alma a su espíritu
creado, por cuanto le daba vida al cuerpo y estaba unida con los sentidos y la facultad
intelectual. En ese aspecto [y] hasta ese punto su alma «estaba entristecida hasta la
muerte» junto con el cuerpo, porque el cuerpo debía morir.
Ahora diré, pues, de esta destrucción que el grano de trigo, su noble alma, pereció en
el cuerpo de dos maneras. Primero —según dije antes—, el alma noble junto con el Verbo
eterno tenía una contemplación cognoscitiva de toda la naturaleza divina. A partir del
primer momento en que Él [= el Cristo de cuerpo y alma] fue creado y unido [con su naturaleza
divina], ella [= el alma de Cristo] pereció en la tierra, en el cuerpo, de modo
que ya no tenía nada que ver con él [es decir, con su cuerpo], fuera de estar unida a él y
de vivir [con él]. Pero su vida, [si bien] se realizaba con el cuerpo, [se hallaba] por encima
del cuerpo en Dios, inmediatamente, sin impedimento alguno. De tal manera pereció
en la tierra, en el cuerpo, de modo que ya nada tenía que ver con éste, fuera de estar unida
a el.
La otra manera de su destrucción en la tierra, en el cuerpo, acaeció —según dije antes—
cuando dio vida al cuerpo y se hallaba relacionada con los sentidos, entonces estaba
junto al cuerpo cargada de trabajos y penas y molestias y angustias «hasta la muerte»,
de modo que ella junto al cuerpo y el cuerpo junto a ella —de acuerdo con esa manera
— nunca consiguieron descanso ni comodidad ni satisfacción sin caducidad, mientras el
cuerpo era mortal. Y ésa es la otra manera por la cual el grano de trigo, el alma noble,
pereció así en cuanto a comodidad y descanso.
Ahora ¡fijaos en el fruto céntuplo e innumerable de este grano de trigo! El primer
fruto consiste en que ha dado loa y gloria al Padre y a toda la naturaleza divina por el
hecho de que Él, con sus potencias superiores, no se apartó, ni por un momento ni por
un punto [de la contemplación del bien supremo], por causa de todo cuanto debía realizar
la facultad intelectual ni por todo cuanto tenía que sufrir el cuerpo: así [y] a pesar de
todo, seguía contemplando sin cesar a la divinidad con ininterrumpida loa, otra vez engendrada,
de la dominación paterna. Esta es una de las maneras de la fecundidad del
grano de trigo desde la tierra de su noble humanidad. La otra manera es la siguiente:
todo el sufrimiento fecundo de su santa humanidad, que soportó en esta vida por el hambre,
la sed, el calor, los vientos, las lluvias, los granizos, la nieve, por muchas penas y

356

además, por su muerte amarga, todo esto lo ofrendó para honrar al Padre divino. Esto redunda
en gloria para Él mismo y en fecundidad para todas las criaturas que, con su gracia
[= la de Cristo], quieren imitarlo en su vida [poniendo] todos sus esfuerzos. Mirad,
ésta es la otra fecundidad de su santa humanidad y del grano de trigo [que es] su alma
noble, la cual en esa [condición] se ha hecho fértil para gloria de Él mismo y para [la]
bienaventuranza de la naturaleza humana. Ahora acabáis de escuchar cómo el alma noble
de Nuestro Señor Jesucristo se ha vuelto fecunda en su santa humanidad. Habéis de
observar además, cómo también el hombre ha de llegar a esta [meta]. Aquel hombre que
intenta arrojar su alma, o sea el grano de trigo, al campo de la humanidad de Jesucristo,
para que perezca ahí y se vuelva fecunda, también debe perecer de dos modos. Un modo
tiene que ser corpóreo, el otro espiritual. Al corpóreo hay que interpretarlo como sigue:
cuanto sufre a causa del hambre, de la sed, del frío, del calor y de que se lo desprecie y
[tenga que soportar] muchos sufrimientos inmerecidos, cualquiera que sea la forma en
que Dios lo disponga, [todo] esto lo habrá de aceptar de buen grado, alegremente, justo
como si Dios no lo hubiera creado para nada que no fuese padecimiento e infortunio y
trabajo, y no habrá de buscar y apetecer en ello cosa alguna para sí mismo, ni en el cielo
ni en la tierra, y todo su sufrimiento le tendrá que parecer poco, como una gota de agua
en comparación con el mar embravecido. Debes considerar tu sufrimiento así de pequeño
frente al gran padecimiento de Jesucristo. De esta manera se vuelve fecundo el grano
de trigo, [o sea] tu alma, en el noble campo de la humanidad de Jesucristo, y perece en
él de forma tal que se abandona totalmente a sí mismo. Éste es el primero de los modos,
[propio] de la fecundidad del grano de trigo que ha caído al campo y a la tierra de la humanidad
de Jesucristo.
¡Ahora fijaos en el otro modo [propio] de la fecundidad del espíritu, [o sea] el grano
de trigo! Es el siguiente: toda el hambre espiritual y la amargura, en las que lo sumerge
Dios, lo habrá de soportar todo pacientemente; y aun cuando hace todo cuanto es capaz
de hacer interior y exteriormente, no debe apetecer nada en recompensa. Y si Dios quisiera
aniquilarlo o arrojarlo al infierno, no debería querer ni desear que Dios lo conservara
en su ser o que lo librase del infierno, sino que debe dejar que Dios haga con él
todo cuanto Él quiere o como si tú ni siquiera existieras: Dios ha de ser tan poderoso en
todo cuanto eres tú, como en su propia naturaleza increada. Otra cosa más debes tener.
Esto es: en el caso de que Dios te librara de la pobreza interior y te donara riqueza íntima
y mercedes y te uniera con Él mismo en un grado tan alto como es capaz de experimentarlo
tu alma, entonces deberías mantenerte tan libre de la riqueza y rendirle honor
sólo a Dios, tal como tu alma se mantuvo libre cuando Dios la creó como algo desde la
nada. Esta es la otra forma de la fecundidad que el grano de trigo, [o sea] el alma, ha recibido
de la tierra [que es] la humanidad de Jesucristo, la que se mantuvo libre, por alta

357


[que fuera] su fruición [del sumo bien], como dijo Él mismo en contra de los fariseos:
«Si buscara mi gloria, mi gloria no sería nada; busco la gloria de mi Padre que me ha
enviado» (Cfr. Juan 8, 54 y 50).
La tercera parte de este sermón se refiere a lo que dijo Nuestro Señor: «Juan Bautista
es grande; es el mayor que alguna vez haya nacido por entre todos los hijos de las mujeres.
Pero, si alguien fuera inferior a Juan, sería mayor que él en el reino de los cielos»
(Cfr. Mateo 11, 11). ¡Ea, observad ahora lo maravillosas y peculiares que son estas palabras
de Jesucristo con las que elogiaba la grandeza de Juan que sería el mayor que hubiera
nacido alguna vez del seno de una mujer! y, sin embargo dijo: «Si alguien fuera inferior
a Juan, sería mayor que él en el reino de los cielos». ¿Cómo hemos de entender tal
cosa? Os lo demostraré.
Nuestro Señor no contradice su propia palabra. Cuando elogiaba a Juan por ser mayor,
quería decir que era pequeño a causa de su verdadera humildad, ésta era su grandeza.
Lo sabemos por el hecho de que Cristo mismo dijera: «Aprended de mí que soy
manso y humilde de corazón» (Mateo 11, 29). Todo cuanto en nosotros son virtudes, en
Dios es ser puro y su propia naturaleza. Por ello dijo Cristo: «Aprended de mí que soy
manso y humilde de corazón». Por humilde que fuera Juan, su virtud tenía, sin embargo,
una medida, y más [allá] de esa medida no era ni más humilde ni mayor ni mejor de lo
que era. Luego dijo Nuestro Señor: «Si alguien fuera inferior a Juan, sería mayor que él
en el reino de los cielos», como si quisiera decir: Si hubiera alguien que sobrepasara esa
humildad, aunque fuera por una pizca(418) o por cualquier cosa, y fuese proporcionalmente
más humilde que Juan, ése sería mayor en el reino de los cielos por toda la eternidad.
¡Ahora fijaos bien! Ni Juan ni ninguno de todos los santos nos han sido señalados
como fin que debemos perseguir, o como meta limitada por debajo de la cual hemos de
permanecer. Sólo Cristo, Nuestro Señor, es nuestro fin, a Él hemos de seguir y [Él es]
nuestra meta por debajo de la cual hemos de permanecer y a la que debemos ser unidos,
iguales a Él en toda su gloria, así como nos corresponde la unificación. En el reino de
los cielos no hay ningún santo tan santo ni perfecto que su vida [en esta tierra], en cuanto
a sus virtudes, no se haya realizado dentro de [determinada] medida, y según esa medida
es también la jerarquía de su vida eterna, y toda su perfección [en el cielo] corresponde
por completo a esa medida. Por cierto [y] en verdad: si existiera un solo hombre
que sobrepasara la medida correspondiente al santo más destacado que ha vivido virtuosamente
y recibido por ello su bienaventuranza… si existiese, pues, un solo hombre que
sobrepasara en algo esa medida de la virtud, él sería en la manifestación de la virtud todavía
más santo y más bienaventurado que aquel santo lo haya sido jamás. Digo por
Dios —y es tan verdadero como que Dios vive—: No hay ningún santo tan perfecto en

418 En el texto original dice: «por un cabello».

358

el cielo que tú no pudieras sobrepasar el grado de su santidad con [tu] santidad y [tu forma
de] vida, y que no pudieses llegar más alto que él en el cielo y permanecer [así] por
la eternidad. Por eso digo: Si alguien fuera más humilde que Juan e inferior [a él], habría
de ser eternamente mayor que él [= Juan] en el reino de los cielos. La verdadera humildad
es esta: que un hombre con todo cuanto es por naturaleza, como ser creado de la
nada, no se empeñe en nada, ni en el hacer ni en el dejar de hacer, fuera de esperar la luz
de la gracia. Que uno sea prudente en [su] hacer y dejar de hacer, ésta es la verdadera
humildad de la naturaleza. [La] humildad del espíritu consiste en el hecho de que él [=
el hombre] se adjudique o atribuya tan poco de todo el bien que Dios le hace continuamente,
como hacía cuando aún no existía.
Que Dios nos ayude para que lleguemos a ser tan humildes. Amén.


lunes, 27 de junio de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón XLVIII

SERMÓN XLVIII(409)
Todas las cosas iguales…

Dice un maestro(410): Todas las cosas iguales se aman recíprocamente y se unen unas
con otras, y todas las cosas desiguales se huyen y se odian unas a otras. Y ahora dice un
maestro(411) que no hay nada tan desigual entre sí como el cielo y la tierra. La tierra ha experimentado
en su naturaleza que se halla alejada del cielo y [que le es] desigual. Por
eso huyó de él hasta el lugar más bajo y por eso la tierra es inmóvil para no aproximarse
al cielo. Este, en su naturaleza, notó que la tierra huyera de él ocupando el lugar más
bajo. Por lo tanto se derrama totalmente, de manera fecundante, sobre la tierra, y los
maestros opinan que el cielo ancho y extenso no se reserva ni el anchor de la punta de
una aguja, sino que engendra a sí mismo sin restricciones, y de modo fecundante, en la
tierra. Debido a ello se dice que la tierra es la criatura más fértil por entre todas las cosas
sujetas al tiempo.
De la misma manera digo yo con respecto a aquel hombre, que se ha anonadado a sí
mismo, en sí mismo y en Dios y en todas las cosas: ese hombre ha ocupado el lugar más
bajo y Dios tiene que verterse completamente en él, o… no es Dios. Digo por la verdad
buena, eterna y perpetua, que Dios tiene que verterse del todo y de acuerdo con toda su
capacidad, en cualquier hombre que haya renunciado a sí mismo hasta el fondo, y [Dios
ha de hacerlo] de manera tan completa que no se reserve nada de toda su vida ni de todo
su ser ni de su naturaleza ni de toda su divinidad, sino que debe verterlo del todo y de
manera fecundante en ese hombre que se ha entregado a Dios, ocupando el lugar más
bajo.
Hoy, estando en camino para aquí, medité sobre cómo podría predicaros tan inteligiblemente
que me comprendierais bien. Entonces se me ocurrió un símil y si lo compren-

409 El título abreviado no figura ni en la versión medieval ni en la traducción al alto alemán moderno
de Quint. Aparece, empero, en el índice de la edición crítica.
Atribución: «El Maestro Eckhart dice» y «un sermón del Maestro Eckhart». El encabezamiento de
uno de los manuscritos reza: «Una enseñanza buena y casi breve, basada en un símil por el cual se puede comprender propiamente el sentido y el fundamento de todos los sermones del maestro Eckart, según los cuales generalmente acostumbra a predicar». Quint (t. II p. 412) supone que el sermón probablemente fue dictado en Colonia, por lo cual se lo debería fechar en los últimos años de la vida de Eckhart.

410 Entre varias posibilidades, Quint opina que es posible o hasta verosímil que Eckhart haya pensado
en Thomas, S. theol. III q. 29 a. 1.
411 Cfr. Maimonides, Dux neutrorum II c. 27; y Aristóteles, De caelo et mundo, passim.

dierais bien, comprenderíais el sentido en que pienso y la esencia de todos mis pensamientos
sobre la cual he predicado desde siempre. Y el símil tenía que ver con mi ojo y
con el madero: Cuando mi ojo se abre, es un ojo; cuando está cerrado es el mismo ojo, y
a causa de la vista, el madero no gana ni pierde nada. ¡Ahora comprendedme bien! Si
sucede, empero, que mi ojo es uno y simple en sí mismo y, una vez abierto, fija la vista
en el madero, cada uno de ellos sigue siendo lo que es y, sin embargo, en el proceso visual
ambos se hacen una sola cosa de modo que se puede decir en verdad: Ojo-madero,
y el madero es mi ojo. Mas, si el madero fuera incorpóreo y puramente espiritual como
la vista de mis ojos, se podría decir, con toda verdad, que en el procedimiento de mi vista
el ojo y el madero se hallaban en un solo ser. Si eso es cierto con respecto a las cosas
corpóreas, ¡cuánto más vale para las espirituales! Debéis saber que mi ojo tiene mucha
más semejanza con el ojo de una oveja que se encuentra allende el mar y a la que nunca
vi, de la que tiene mi ojo con mis oídos, con los cuales comparte la unidad del ser; y
esto se debe al hecho de que el ojo de la oveja tiene la misma actuación que tiene, también,
mi ojo; y por ello les atribuyo más solidaridad en su actuación que a mis ojos y
mis oídos, ya que estos se hallan separados en sus procedimientos.
A veces he hablado de una luz sita en el alma, que es increada y no creable. En mis
prédicas siempre acostumbro a referirme a esa luz, y Dios recibe esa misma luz sin medio
ni velo y desnudo tal como Él es en sí mismo; se trata de una acogida en el proceso
del engendramiento. Entonces puedo decir de veras que esa luz tiene más unidad con
Dios de la que tiene con cualquier potencia [del alma] con la cual es, sin embargo, una
en la esencia. Porque debéis saber que esa luz no es más noble en la esencia de mi alma
que la potencia más baja o más burda, como son el oído, o la vista u otras potencias susceptibles
de sufrir hambre o sed, frío o calor; y esto se debe al hecho de que la esencia
es uniforme. Las potencias [del alma], en cuanto uno las toma dentro de la esencia, son
todas las mismas e igualmente nobles; mas, cuando las potencias se toman en su actuación,
una es mucho más noble e insigne que otra.
Por eso digo: Cuando el hombre da la espalda a sí mismo y a todas las cosas
creadas,… en la medida en que procedas así, serás unido y hecho feliz en la chispa del
alma que nunca jamás tocó ni [al] tiempo ni [al] espacio. Esta chispa renuncia a todas
las criaturas y no quiere nada fuera de Dios desnudo, tal como Él es en sí mismo. No se
contenta ni con el Padre ni con el Hijo ni con el Espíritu Santo ni con las tres personas
[juntas] en cuanto cada una subsiste en su peculiaridad. Digo por cierto que esa luz tampoco
se contenta con la uniformidad de la índole fructífera de la naturaleza divina. Diré
algo más todavía que suena más sorprendente aún: Digo por la verdad buena y eterna y
perpetua que esa misma luz no se contenta con la esencia divina simple [e] inmóvil, que
ni da ni recibe, más aún: ella quiere saber de dónde proviene esa esencia; quiere [pene-
350

trar] en el fondo simple, en el desierto silencioso adonde nunca echó mirada alguna la
diferencia, ni [el] Padre ni [el] Hijo ni [el] Espíritu; en lo más íntimo que no es hogar
para nadie. Allí esa luz se pone contenta y allí reside más entrañablemente que en sí
misma, porque ese fondo constituye un silencio simple que es inmóvil en sí mismo; y
esa inmovilidad mueve todas las cosas y [de ella] se reciben todas las vidas que viven
[como] racionales en sí mismas.
Que la Verdad perpetua, de la cual acabo de hablar, nos ayude a vivir así, racionalmente.
Amén.
351

jueves, 24 de marzo de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón XLVII

SERMÓN XLVII(399)
            Spiritus domini replevit orbem terrarum etc.

«El Espíritu del Señor ha llenado la órbita de la tierra» (Sab. 1, 7).
Dice un maestro(400): Todas las criaturas llevan en sí un distintivo de naturaleza divina,
de la cual se derraman de manera tal que querrían obrar según la naturaleza divina
de que han fluido. Las criaturas se derraman de dos modos. El primer modo de derramamiento
se realiza en su raíz, así como el árbol surge de las raíces. El otro modo de derramamiento
se realiza de una manera unitiva. Mirad, así [también] el derramamiento de la
naturaleza divina, se opera de, dos modos. Un derramamiento es el del Hijo desde el Padre:
se realiza al modo de un nacimiento. El otro derramamiento se hace de modo unitivo
en el Espíritu Santo; este derrame se da por el amor del Padre y del Hijo: éste es el
Espíritu Santo, pues ambos se aman mutuamente en Él. Mirad, tal hecho lo prueban todas
las criaturas [en el sentido] de que han emanado, fluyendo de la naturaleza divina, y
en sus obras llevan un rasgo de ello. A este respecto dice un maestro griego(401) que Dios
contiene a todas las criaturas como si fuera por medio de una rienda a fin de que obren a
su semejanza. Por eso, la naturaleza opera en todo momento con miras a lo más elevado
que es capaz de hacer. La naturaleza no querría producir sólo al hijo, y si le fuera posible,
produciría al padre. Y por ende, si la naturaleza obrara de manera atemporal, no tendría
defectos contingentes. A esto se refiere un maestro griego cuando dice(402): Como la
naturaleza obra en el tiempo y en el espacio, se distinguen el hijo y el padre. Dice un
maestro(403): Un carpintero que construye una casa, la tiene prefigurada en su fuero íntimo;
y si la madera obedeciera suficientemente a su voluntad, [la casa] existiría tan rápido
como él quisiera; y si no hubiera materia, no habría más diferencia que la [existente]
entre el engendrar y lo nacido inmediatamente. Mirad, en Dios no es así, ya que en Él
no hay ni tiempo ni espacio; por eso, ellos [= el Padre y el Hijo] son uno en Dios y [allí]
no hay otra distinción que [la existente] entre el derramar y el derramamiento.
399 Atribuciones: «Fray Eghart» y «El Maestro ekhart dice». En un encabezamiento se dice: «En el
santo día de Pentecostés». El texto bíblico está tomado del Introito de Pentecostés.
400 Boethius, De trinitate.
401 En las obras latinas de Eckhart se remite a Averroes, Met. XII com. 18.
402 Cfr. Aristóteles, Ars reth. I c. 4; De gen. et corr. I t. 51.
403 En las obras latinas de Eckhart se remite a Avicenna, De an. V c. 1.

«El Espíritu del Señor.» ¿Por qué se llama «Señor»?… A fin de que nos llene. ¿Por
qué se llama «Espíritu»?… A fin de que nos una consigo. [El] señorío se conoce por tres
cosas. Una consiste en que él [= el señor] es rico. Es rico aquello que lo tiene todo sin
insuficiencia alguna. Soy un hombre y soy rico, pero por eso no soy otro [= segundo]
hombre. Si yo fuera todos los hombres, no sería, empero, un ángel. Mas, si yo fuera ángel
y hombre, no sería, sin embargo, todos los ángeles. Por eso, nada es verdaderamente
rico, a excepción de Dios que mantiene encerradas en sí, con simplicidad, todas las cosas.
De ahí que pueda dar en todo momento: éste es el otro aspecto de la riqueza. Dice
un maestro(404) que Dios se ofrece a todas las criaturas para que cada una tome cuanto
quiera. Yo digo que Dios se me brinda como al más elevado de los ángeles, y si yo estuviera
tan dispuesto como éste, recibiría lo mismo que él. Os he dicho también varias veces
que Dios desde la eternidad se ha comportado como si se esforzara por hacerse agradable
al alma. El tercer aspecto de la riqueza consiste en que se da sin esperar reciprocidad;
pues quien da algo por alguna cosa, no es completamente rico. Por eso, la riqueza
de Dios se demuestra por el hecho de que da gratuitamente todos sus dones. De ahí que
dice el profeta: «Yo le dije a mi Señor: Tú eres mi Dios porque no necesitas de mis bienes
» (Salmo 15, 2). Sólo Él es «Señor» y «Espíritu». Digo que es «Espíritu»: nuestra
bienaventuranza consiste en que nos aúna consigo. Lo más noble que opera Dios en todas
las criaturas es [el] ser. Mi padre, si bien me da mi naturaleza, no me da mi ser; a
éste lo produce exclusivamente Dios. Por ello, todas las cosas que existen, tienen un placer
razonable por su ser. Observad por lo tanto que —como ya he dicho en varias ocasiones
sin que se me haya interpretado correctamente— Judas en el infierno no querría
ser otro que en el reino de los cielos. ¿Por qué? Pues, si hubiera de ser distinto, debería
aniquilarse en lo que es en esencia. Esto no puede suceder, porque [el] ser no reniega de
sí mismo. El ser del alma es susceptible del influjo de la luz divina, mas no tan pura ni
clara como Dios puede darla, sino en una envoltura. Es cierto que se ve la luz del sol ahí
donde se irradia sobre un árbol u otra cosa, pero no se la puede aprehender dentro del
[sol]. Mirad, lo mismo sucede con los dones divinos; hay que medirlos según [sea]
quien habrá de recibirlos y no de acuerdo con quien los da.
Dice un maestro(405): Dios es la medida de todas las cosas, y un hombre, en cuanto alberga
en su fuero íntimo una mayor parte de Dios, tanto más sabio, noble y mejor es que
el otro. Tener más de Dios no es otra cosa que asemejarse más a Dios; cuanto más semejanza
con Dios hay en nuestro interior, tanto más espirituales somos. Dice un maes-
404 Se remite a Alcher de Clairvaux, De spiritu et anima c. 6; y a Dionysius Areopagita, De div. nom.
c. 5 f 2.
405 Véase Averroes, Met. X com. 7; yThomas, S. theol. I q. 3 a. 5 ad 2.
346

tro(406): Donde terminan los espíritus más bajos, allí comienzan las cosas corporales más
elevadas. Todo esto quiere decir: Como Dios es espíritu, por eso es más noble la cosa
más insignificante que es espíritu, que lo más elevado que es corpóreo. En consecuencia,
el alma es más noble que todas las cosas corpóreas por nobles que sean. El alma fue
creada como en un punto entre [el] tiempo y [la] eternidad, tocando a ambos. Con las
potencias más elevadas toca la eternidad, pero con las potencias inferiores, el tiempo.
Mirad, de tal manera obra en el tiempo, no según el tiempo sino según la eternidad. Esto
lo tiene de común con los ángeles(407). Dice un maestro: El espíritu es un trineo que lleva
la vida a todos los miembros a causa de la gran unión que el alma tiene con el cuerpo. A
pesar de que el espíritu sea racional y realice toda la obra que se efectúa en el cuerpo, no
se debe decir: Mi alma conoce o hace esto o aquello, sino que hace falta expresar: Yo
hago o conozco esto o aquello a causa de la gran unión que hay entre ambos; porque los
dos juntos son un solo hombre. Si una piedra recogiera en sí el fuego, obraría de acuerdo
con la potencia del fuego; mas, cuando el aire recoge en sí la luz del sol, no aparece
ninguna luz fuera del aire [alumbrado]. Ello se debe a la penetrabilidad que éste tiene
para con la luz; aun cuando en una milla [de espacio] cabe más aire que en media [milla].
Mirad, me atrevo a decir, y es verdad: Debido a la gran unión que tiene el alma con
el cuerpo, el alma es tan perfecta en el miembro más insignificante como en todo el
cuerpo. Con referencia a ello dice Agustín(408): Si [ya] es tan grande la unión existente entre
cuerpo y alma, es mucho más grande la unión en la cual [el] espíritu se une con [el]
espíritu. Mirad, por esta razón es «Señor» y «Espíritu», para que nos haga bienaventurados
en la unión con Él.
Hay una pregunta que es difícil de contestar: ¿Cómo es posible que el alma soporte
sin morir cuando Dios la aprieta dentro de sí? Digo: Todo cuanto Dios le da, se lo da
dentro de Él por dos razones: una es que, si le diera alguna cosa fuera de Él, ella la rechazaría.
La otra [es que] ella, por el hecho de que le dé [algo] dentro de Él [lo] puede
recibir y soportar en lo que es de Él y no de ella: porque lo de Él pertenece a ella. Cuando
Él la ha sacado de lo de ella, lo de Él tiene que pertenecer a ella, y lo de ella es, en
sentido propio, lo de Él. Así es capaz de mantenerse en la unión con Dios. Este es el
«Espíritu del Señor» que ha «llenado la órbita de la tierra».
Ahora bien, por qué se llama «órbita de la tierra» el alma, y cómo ha de ser el alma
que habrá de ser elegida, eso no ha sido expuesto. Mas, a este respecto, recordad lo si-
406 Cfr. Dionysius Areopagita, De div. nom. c. 7 § 3.
407 Quint (t. II p. 405 n. 1) repite lo explicado por él en otra parte: «El alma no tiene en común con los
ángeles la eternidad, sino el hecho de que en el tiempo obre con miras a la eternidad».
408 Se remite a Augustinus, De trin. VIII c. 7.
347

guiente: así como Él es «Señor» y «Espíritu», así nosotros debemos ser «tierra» espiritual
y «una órbita» que ha de ser «llenada» por el «Espíritu del Señor».
Rogamos a Nuestro querido Señor que se nos llene así con este espíritu que es «Señor
» y «Espíritu». Amén.
348

domingo, 6 de marzo de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón XLVI

                                                             SERMÓN XLVI(395)
                                                             Haec est vita aeterna.

Estas palabras están escritas en el santo Evangelio, y Nuestro Señor Jesucristo dice:
«En esto consiste la vida eterna, en que te conozcan a ti solo, como Dios verdadero y a
tu Hijo Jesucristo, a quien enviaste» (Cfr. Juan 17, 3).
Ahora ¡prestad atención! Nadie puede conocer al Padre sino su único Hijo, porque
Él mismo dice que: «Nadie conoce al Padre sino su Hijo, y nadie conoce al Hijo sino su
Padre» (Cfr. Mateo 11, 27). Y por ende: si el hombre ha de conocer a Dios, en lo cual
consiste su eterna bienaventuranza, entonces tiene que ser junto con Cristo un único hijo
del Padre; y por eso: si queréis ser bienaventurados, debéis ser un solo hijo, no muchos
hijos sino un solo hijo. Habéis de ser bien distintos según el nacimiento carnal, mas en
el nacimiento eterno debéis ser uno solo, porque en Dios no hay nada más que un solo
origen natural; y por eso no existe ahí nada más que una sola emanación natural del
Hijo, no dos sino una. Por lo tanto: si habéis de ser un único hijo, junto con Cristo, debéis
constituir una única emanación junto con el Verbo eterno.
El hombre ¿cómo puede llegar a ser un único hijo del Padre? ¡Observad lo siguiente!
El Verbo eterno no asumió [la naturaleza de] este hombre o aquél, sino que asumió una
naturaleza humana libre [e] indivisa que era pura sin rasgo [individual]: porque la forma
simple de la humanidad carece de rasgos [individuales]. Y a causa de esto, porque en la
asunción la naturaleza humana fue asumida por el Verbo eterno, simplemente, sin rasgos
[individuales], la imagen del Padre, que es el Hijo eterno, se convirtió en imagen de la
naturaleza humana(396). Pues, así como es verdad que Dios se hizo hombre, también es
verdad que el hombre se hizo Dios. Y, por consiguiente, la natura humana está transformada,
en cuanto se ha convertido en la imagen divina, que es [la] imagen del Padre. Entonces:
si habéis de ser un único hijo, debéis desasiros y separaros de todo cuanto provoca
diferenciación en vosotros. Porque el hombre [individual] es un accidente de la na-

395 Atribución: «fray Eghard». Uno de los encabezamientos dice: «en la Vigilia del Domingo de Ramos
». El texto bíblico en el cual se basa el sermón, figura en el antiguo misal de los dominicos tanto para
el Evangelio del sábado después del Domingo de Pasión como para el Evangelio de la Vigilia de la Ascensión
de Cristo. Constituye también la base de los sermones LIV a (véase la traducción al castellano) y
LIV b.
396 Quint (t. II p. 380 n. 1) cita a E. von Bracken (Meister E. und Fichte, 1943, p. 73.) quien expone
que en este caso «imágenes» (bilde) significa las representaciones individuales que representan el hic et
hoc de los individuos, mientras Eckhart en otros innumerables pasajes traduce ratio = «idea» con «bilde».

turaleza [humana], y por lo tanto separaos de todo cuanto es accidente en vosotros, y
consideraos de acuerdo con la naturaleza humana libre [e] indivisa. Y luego, por cuanto
la misma naturaleza —según la cual os consideráis— se ha convertido en Hijo del Padre
eterno, gracias a la asunción por el Verbo divino, llegaréis [cada uno] a ser hijo del Padre
eterno junto con Cristo ya que os consideráis de acuerdo con la misma naturaleza
que allí [= en Cristo] se hizo Dios. Por eso, cuidaos de [no] consideraros como sois acaso
ese hombre o aquél, sino concebíos de acuerdo con la naturaleza humana libre [e] indivisa.
En consecuencia: si queréis ser un solo hijo, separaos de cualquier «no», porque
el «no» produce diferenciación. ¿Cómo? ¡Fijaos! Por el hecho de que no seas aquel
hombre, el «no» produce una diferenciación entre tú y aquel hombre. Y por consiguiente:
si queréis carecer de diferenciación, libraos del «no». Porque en el alma hay una potencia
separada del «no», ya que no tiene nada en común con cosa alguna; porque en
esta potencia no hay nada fuera de Dios solo: Él arroja, desnudo, su luz en esta potencia.
Mirad, el hombre que de esta manera es un solo hijo, recoge [el] movimiento y [el]
efecto y todo cuanto toma… lo recoge todo en lo suyo propio. Pues, el que el Hijo del
Padre, según la eternidad, sea Hijo, lo es a partir del Padre. Mas, cuanto tiene, lo tiene
en Él mismo, porque es uno con el Padre, según [el] ser y [la] naturaleza(397). Por eso tiene
[el] ser y [la] esencia totalmente en sí mismo y por ende dice: «Padre, así como yo y
tú somos uno, así quiero que ellos sean uno» (Cfr. Juan 17, 11 y 21). Y del mismo modo
que el Hijo es uno con el Padre, según [el] ser y [la] naturaleza, así eres tú uno con Él
según [el] ser y [la] naturaleza, y lo posees todo en tu fuero íntimo como el Padre lo tiene
en Él; no lo tienes como préstamo de Dios, porque Dios es tuyo. Y por consiguiente:
todo cuanto tomas, lo tomas de lo tuyo; y las obras que no tomas dentro de lo tuyo, esas
obras están todas muertas ante Dios. Son esas las obras que haces movido por causas
ajenas, fuera de ti, ya que no provienen de la vida; por eso están muertas; porque vive
aquella cosa que recoge el movimiento en lo suyo propio. Y por lo tanto: si las obras del
ser humano han de vivir, deben ser tomadas de lo suyo propio [y] no de cosas ajenas, ni
fuera de él, sino dentro de él.
¡Ahora prestad atención! Si amáis a la justicia, por cuanto [la] justicia se halla sobre
ti o en ti, no amáis a la justicia en cuanto es la justicia, y así no la tomáis ni la amáis tal
como es en su simpleza, sino que la tomáis como dividida. Como Dios es, pues, la justicia,
no lo tomáis ni lo amáis de acuerdo con el hecho de que es simple. Y por ello, tomad
la justicia en cuanto es [la] justicia, porque entonces la tomáis según ella es Dios.
Y, por lo tanto: donde opera la justicia, ahí operáis vosotros porque entonces ejercéis [la]

397 Véase la explicación de Quint (t. II p. 384 n. 1): «El sentido […] es que el Hijo, como nacido sin
cesar del Padre, posee su ser-Hijo a partir del Padre, pero que tiene su ser-propio en sí mismo como uno
con el Padre según el ser y la naturaleza».
343

justicia en todo momento. Ah sí, y aunque el infierno se hallara en el camino de la justicia,
vosotros ejerceríais la justicia y aquél no constituiría para vosotros ninguna pena, os
redundaría en alegría ya que vosotros mismos seríais la justicia; y en consecuencia debéis
ejercer la justicia. Pues, en la medida en que alguna cosa asciende dentro de la comunidad,
en esta misma medida es uno con la simpleza de esa comunidad(398) y es [proporcionalmente]
más simple.
Que Dios nos ayude a [obtener] esta simpleza de la verdad. Amén.

398 Quint indica (t. II p. 386 n. 1) que la palabra «gemeinheit» = «comunidad» no aparece en la obra
alemana de Eckhart fuera de las dos veces en este contexto.
344

jueves, 4 de febrero de 2016

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón XLV

SERMÓN XLV(382)
Beatus es, Simon Bar Iona, quia caro et sanguis etc.

Nuestro Señor dice: «¡Simón Pedro, tú eres bienaventurado; esta revelación no te la
han hecho ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo» (Mateo 16, 17).
San Pedro tiene cuatro nombres: se llama «Pedro» (Mateo 16, 16 a 18) y se llama
«Bar Jonás» y se llama «Simón» y se llama «Cefas» (Juan 1, 42).
Nuestro Señor dice, pues: «¡Tú eres bienaventurado!» Todo el mundo anhela [la]
bienaventuranza. Resulta que dice un maestro(383): Todo el mundo anhela ser elogiado.
Ahora bien, San Agustín dice(384): Un hombre bueno no anhela ser elogiado, mas sí desea
ser digno de elogio. Nuestros maestros afirman(385), pues, que la virtud, en su fondo y peculiaridad,
es tan acendrada y se halla tan sustraída y separada de todas las cosas corpóreas
que nada puede caer en ella sin manchar la virtud, y [así] ella se convierte en defecto.
Un solo pensamiento o la búsqueda de su propio provecho: [ya] no es una virtud genuina,
más aún: se convierte en defecto. Así es la virtud por naturaleza.
Ahora bien, un maestro pagano dice(386): Cuando alguien ejerce la virtud por amor de
algo que no sea la virtud, [su actitud] nunca llega a ser virtud. Si busca elogios o alguna
otra cosa, vende la virtud. Una virtud por naturaleza no se debe abandonar por nada en
este mundo. Por eso, un hombre bueno no anhela ser elogiado, pero sí anhela ser digno
de elogio. El hombre no debe sentir pena porque estén enojados con él; se debe apenar
porque merezca el enojo.
Pues bien, Nuestro Señor dice: «¡Tú eres bienaventurado!» La bienaventuranza depende
de cuatro cosas, [a saber]: que se posea todo cuanto tiene ser y es placentero para
desearlo y trae gozo, y que uno lo tenga enteramente indiviso, con toda el alma, habiéndolo
recogido en Dios, en lo más acendrado y elevado, puro [y] no encubierto en el pri-
382 Atribución: «S<er>mo m<a>g<ist>ri Eghardi». En un encabezamiento se dice: «De los cuatro
nombres de San Pedro». Quint señala (t. II p. 360 n. 1) que el texto de la Escritura fue tomado del Evangelio
para la Fiesta de la Cátedra de San Pedro (22 de febrero) o la Fiesta de las Cadenas de San Pedro (1º
de agosto) o la Fiesta de San Pedro y San Pablo (29 de junio).
383 Eckhart explica en uno de sus sermones latinos (Sermo XXXVIII n. 379) que se trata de Ennius, según
una cita en Augustinus, De trin. XIII c. 3. n. 6.
384 Cfr. Augustinus, Confess. 1. X c. 37 n. 61.
385 Cfr. Thomas, S. theol. II II q. 153 a. 2 ad. 1.
386 Se trataría de Seneca, De clementia 1 c. 1 n. 1.

mer efluvio violento y en el fondo del ser, y todo eso tomado allí donde [lo] toma Dios
mismo: esto es [la] bienaventuranza.
Ahora dice [Mateo]: «Pedro», esto significa lo mismo que «el que ve a Dios»(387).
Pues bien, los maestros preguntan si el núcleo de la vida eterna reside más en el entendimiento
o en la voluntad. [La] voluntad tiene dos clases de obras: [el] anhelo y [el] amor.
La obra del entendimiento [empero], es simple; por eso es mejor; su obra es conocer, y
nunca descansa hasta que toque desnudo a aquello que conoce. Y de esta manera precede
a la voluntad dándole a conocer aquello que ama. Mientras uno apetece las cosas, no
las tiene. Cuando las tiene, las ama; así el deseo deja de existir.
¿Cómo ha de ser el hombre destinado a ver a Dios? Ha de estar muerto. Nuestro Señor
dice: «Nadie me puede ver y vivir» (Exodo 33, 20). Resulta que San Gregorio
dice(388): Está muerto quien ha muerto para el mundo. Ahora fijaos vosotros mismos en
cómo es un muerto y en lo poco que le atañe todo cuanto hay en el mundo. Si se muere
para este mundo, no se muere para Dios. San Agustín rezó muchas clases de oraciones.
Dijo(389): Señor, dame que te conozca a ti y a mí. «Señor, apiádate de mí y muéstrame tu
rostro y dame que muera, y dame que no muera para verte por toda la eternidad». Esta
es la primera [condición]: si uno quiere ver a Dios, debe estar muerto. Esto significa el
primer nombre: «Pedro».
Dice un maestro: Si no hubiera ningún medio [= cosa intermediaria], se vería una
hormiga en el firmamento. Mas, otro maestro dice(390): Si no hubiera medio, no se vería
nada. Ambos tienen razón. El color que hay en la pared, si ha de ser traído a mi ojo,
debe ser cribado y refinado al aire y a la luz, y así espiritualizado se lo tiene que presentar
a mi ojo. Del mismo modo, el alma que ha de ver a Dios, debe ser cribada en la luz y
en la gracia. Por eso tiene razón aquel maestro que dijo: Si no hubiera medio, no veríamos.
También tiene razón el otro maestro que dijo: Si no hubiera medio, veríamos la
hormiga en el firmamento. Si no hubiera ningún medio en el alma, ella vería a Dios desnudo.
El segundo nombre: «Bar Jonás» significa lo mismo que «un hijo de la gracia»(391), en
la cual el alma es purificada y llevada hacia arriba y preparada para la contemplación de
Dios.
387 Cfr. Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom. 65, 18; 70, 16.
388 Glossa ordinaria, Exod. 33, 20; y Gregorius Magnus, Moralia in Iob 18 c. 54 n. 89.
389 Augustinus, Soliloq. II c. 1 n. 1; y luego Confess. 1. X c. 4 n. 5; y 1. IV c. 10 n. 15.
390 Aristóteles (De an. II t. 74, B c. 7 419 a 15 ss.) es el «otro maestro»; el maestro mencionado en primer
término es Demócrito.
391 Véase Hieronymus, In Matth. III c. 16.
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El tercer nombre es: «Simón», esto quiere decir tanto como «algo que es obediente»
y «algo que es sumiso»(392). Quien ha de escuchar a Dios, tiene que estar separado [y] a
gran distancia de la gente. Por ello dice David: «Me quiero callar y escuchar lo que dice
Dios dentro de mí. Dice paz para su pueblo y sobre sus santos y a todos aquellos que
han regresado a su corazón» (Salmo 84, 9). Bienaventurado es el hombre que escucha
afanosamente a cuanto Dios dijere en su interior, y él se ha de doblegar directamente
bajo el rayo de la luz divina. El alma que se ha ubicado con toda su fuerza por debajo de
la luz divina, se torna enardecida e inflamada en el amor divino. [La] luz divina entra
con su irradiación directamente desde arriba. Si el sol diera verticalmente sobre nuestra
cabeza, casi nadie sobreviviría. De esta manera, la potencia suprema del alma, que es la
cabeza, debería erguirse equilibradamente bajo el rayo de la luz divina para que pudiera
brillar dentro de ella esa luz divina, de la cual he hablado a menudo: ésta es tan pura y
flota tan por encima y es tan elevada que en comparación con esta luz todas las luces
son tinieblas y nonadas. Todas las criaturas, tal como son, son como nada; cuando se
proyecta sobre ellas la luz, dentro de la cual reciben su ser, entonces son algo. Por eso,
el conocimiento natural nunca puede ser tan noble que toque o aprehenda inmediatamente
a Dios, a no ser que el alma posea las seis cualidades a las que me he referido antes.
La primera: que uno haya muerto para toda desigualdad. La segunda: que uno se halle
bien purificado en la luz [divina] y en la gracia. La tercera: que se carezca de medios.
La cuarta: que uno, en su fondo más íntimo, escuche la palabra de Dios. La quinta: que
uno se someta a la luz divina. La sexta es la que menciona un maestro pagano(393): Esta es
la bienaventuranza de que uno viva de acuerdo con la suprema potencia del alma; ella
debe tender continuamente hacia arriba y recibir su bienaventuranza en Dios. Allí, en el
primer efluvio violento, donde recibe el Hijo mismo, allí en lo más excelso de Dios, hemos
de recibir también nosotros; [mas] entonces, nosotros también debemos presentar
parejamente lo más elevado que poseemos.
«Cefas» significa lo mismo que «una cabeza»(394). La cabeza del alma es [el] entendimiento.
Quienes se expresan del modo más burdo, dicen que lo que precede es el amor;
pero aquellos que hacen la afirmación más acertada dicen expresamente —y también es
verdad— que el núcleo de la vida eterna reside en el conocimiento antes que en el amor.
¡Y sabed el porqué! Dicen nuestros más insignes maestros —de los cuales no hay muchos—
que el conocimiento y el entendimiento suben directamente hacia Dios. Mas, el
amor se dirige hacia lo que ama; de ello infiere qué es lo que es bueno. Pero el conocimiento
percibe aquello por lo cual es bueno. [La] miel es, en sí misma, más dulce que
392 Véase Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom.
393 Cfr. Aristóteles, Eth. Nicom. X c. 7.
394 Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 9 n. 3; y Albertus Magnus, In Ioh. c. 1, 43.
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ninguna cosa que se pueda hacer con ella. El amor toma a Dios porque es bueno; pero
[el] conocimiento se eleva y toma a Dios porque es ser. Por eso dice Dios: «¡Simón Pedro,
tú eres bienaventurado!» Dios le da al hombre justo un ser divino y lo llama con el
mismo nombre que pertenece a su [propio] ser. Por eso dice luego: «Mi Padre que está
en el cielo».
Por entre todos los nombres, ninguno es más acertado que «El que es». Pues, si alguien
quiere señalar una cosa [y] dice «es», parecería una necedad; si dijera «es un leño
o una piedra», se sabría qué es lo que quiere decir. Por eso decimos: [Hallarse] completamente
separado y reducido y pelado para que no quede nada fuera del único «es»: en
esto reside la peculiaridad de su nombre. Por eso, Dios le dijo a Moisés: «Di: El que es
me ha enviado» (Exodo 3, 14). A causa de ello, Nuestro Señor llama a los suyos con su
propio nombre. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «Quienes son mis seguidores, se
sentarán a mi mesa en el reino de mi Padre y comerán mi comida y tomarán mi bebida
que mi Padre me ha preparado; así os la he preparado yo también» (Cfr. Mateo 19, 28 y
Lucas 22, 29 ss.). Bienaventurado es el hombre que ha llegado a recibir junto con el
Hijo de lo mismo de lo cual recibe el Hijo. Justamente ahí recibiremos nosotros también
nuestra bienaventuranza, y allí donde reside su bienaventuranza, en el interior donde Él
tiene su ser, en ese mismo fondo todos sus amigos recibirán y sacarán su bienaventuranza.
Esta es la «mesa en el reino de Dios».
Que Dios nos ayude a llegar a esa mesa. Amén.
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