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lunes, 22 de enero de 2018

Perú, “una fe que impresiona” y Chile, una impresión “muy fuerte y gratificante” 22012018


Perú, “una fe que impresiona” y Chile, una impresión “muy fuerte y gratificante”

Palabras del Papa en el avión de vuelta a Roma

El Papa en el avión - (© Osservatore Romano foto archivo)
El Papa En El Avión - © Osservatore Romano
(ZENIT – 22 enero 2018).- “Una fe que impresiona” ha dicho Francisco del pueblo peruano. “Me llevo la impresión de un pueblo creyente, que pasa muchas dificultades y las pasó históricamente”.
El Pontífice ha ofrecido una rueda de prensa en el avión que le llevaba de regreso a Roma, en la noche del domingo 21 al lunes, 22 de enero de 2018, tras su 22º viaje apostólico, a Chile y a Perú, que tuvo lugar del 15 al 21 de enero.
“Yo me llevo de Perú una impresión de alegría, de fe, de esperanza, de volver a andar, y sobretodo muchos chicos”. El Santo Padre ha descrito –recoge el diario italiano ‘La Stampa’– que volvió a esa imagen que vio en Filipinas y en Colombia, “los papás y las mamás a mi paso levantando los chicos, y eso dice futuro, dice esperanza, porque nadie trae hijo al mundo si no tiene esperanza”.
El Papa destacó –recoge ‘Vatican Media’– por un lado, el encuentro en la cárcel con las mujeres afirmando que es muy sensible a las cárceles y a los encarcelados, ya que siempre se pregunta por qué ellos y no él, han terminado en esa situación.
Ver a estas mujeres, su capacidad para cambiar de vida, de reinsertarse en la sociedad con la fuerza del Evangelio, le hicieron ver precisamente “la alegría del Evangelio que tanto lo ha conmivido en el viaje”, señala el medio del Vaticano.
Por otro lado, la visita al Hogar ‘El Principito’ tocó su corazón ya que la mayoría de los niños que vive allí han sido abandonados y sintió una gran emoción “al ver a estos pequeños que logran, a través de la educación, salir adelante”.
“La fe de las calles”
“Un pueblo que salió a expresar su alegría y su fe”, así lo ha sentido Francisco, quien ha indicado que le impresionó ver a tantas personas en la calle, no solo en Trujillo, donde la piedad popular “es muy rica y muy fuerte”, sino también “la fe de las calles”, y no solo en Lima, donde “evidentemente se nota”, también en Puerto Maldonado, que estaba lleno, también en las calles.
El Papa Francisco, primer Pontífice americano, asegura que Perú es una “tierra ensantada”: “Son el pueblo de Latinoamérica que tiene más santos, y santos de alto nivel. Toribio, Rosa, Martin, Juan. De alto nivel. Creo que la fe la tienen muy calada dentro”, ha señalado.
“Lo único que les pido es que cuiden la riqueza”, ha apuntado el Obispo de Roma. “No solo la de las iglesias y los museos, que las obras de arte son geniales, y no solo de los sufrimientos, que los han enriquecido mucho, sino la que yo vi en estos días también”, ha indicado refiriéndose a la fe y los valores del pueblo peruano.
Impresión de Chile “fuerte y gratificante”
El Papa Francisco, quien se formó durante varios años para el sacerdocio en Chile, asegura que vuelve del país “contento”, y que no esperaba tanta gente en la calle.
“Esa gente no fue pagada y llevada en colectivo. La espontaneidad de Chile fue muy bonita. Incluso en Iquique. En el sur lo mismo. Y en Santiago lo mismo. Las calles de Santiago hablaban por sí mismas”, ha relatado Francisco, según algunos periodistas que iban en el avión.
“La responsabilidad del informador es ir a los hechos concretos –ha dicho el Santo Padre–. Hubo esto, y esto. Lo del pueblo dividido, no sé de donde sale, es la primera vez que lo oigo. Quizá lo de Barros es causa de esto. Pero la impresión de Chile fue muy fuerte y gratificante”.

Santos peruanos: “Ayúdanos a ser Iglesia en salida, acercándonos a todos” 21012018


Santos peruanos: “Ayúdanos a ser Iglesia en salida, acercándonos a todos”

Oración del Papa Francisco a los santos peruanos

El Papa ora antes las reliquias de los santos peruanos © Vatican Media
El Papa Ora Antes Las Reliquias De Los Santos Peruanos © Vatican Media
(ZENIT – 21 enero 2018).- El primer Papa americano ha rezado ante las reliquias de los santos peruanos en la Catedral de San Juan Apóstol y Evangelista, en Lima.
A las 10:30 horas, tras visitar el Santuario del Señor de los Milagros en Lima, el Santo Padre ha querido permanecer un momento orando antes los restos de los santos del país: Santa Rosa de Lima, san Martín de Porres, santo Toribio de Mogrovejo, san Francisco Solano y san Juan Macías.
Cerca de 2.500 fieles estaban presentes en el templo catedralicio– informa la Santa Sede– entre los que había sacerdotes, religiosos, seminaristas, miembros de movimientos eclesiales y agentes de pastoral.
El Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne ha acompañado al Pontífice en su visita, y también los sacerdotes del Capítulo de la Catedral Metropolitana.
El Papa Francisco ha rezado una oración delante de las reliquias de estos santos peruanos y ha depositado unas flores ante las urnas de los santos.
Oración del Papa Francisco
Dios y Padre nuestro,
que por medio de Jesucristo
has instituido tu Iglesia
sobre la roca de los Apóstoles,
para que guiada por el Espíritu Santo
sea en el mundo signo e instrumento
de tu amor y misericordia,
te damos gracias por los dones
que has obrado en nuestra Iglesia en Lima.
Te agradecemos de manera especial
la santidad florecida en nuestra tierra.
Nuestra Iglesia arquidiocesana,
fecundada por el trabajo apostólico
de santo Toribio de Mogrovejo;
engrandecida por la oración,
penitencia y caridad de santa Rosa de Lima
y san Martín de Porres;
adornada por el celo misionero
de san Francisco Solano
y el servicio humilde de san Juan Macías;
bendecida por el testimonio de vida cristiana
de otros hermanos fieles al Evangelio,
agradece tu acción en nuestra historia
y te suplica ser fiel a la herencia recibida.
Ayúdanos a ser Iglesia en salida,
acercándonos a todos,
en especial a los menos favorecidos;
enséñanos a ser discípulos misioneros
de Jesucristo, el Señor de los Milagros,
viviendo el amor, buscando la unidad
y practicando la misericordia
para que, protegidos por la intercesión
de Nuestra Señora de la Evangelización,
vivamos y anunciemos al mundo
el gozo del Evangelio.

Perú: Santo Toribio, el misionero que “quiso llegar a la otra orilla” 21012018


Perú: Santo Toribio, el misionero que “quiso llegar a la otra orilla”

Palabras del Papa a los Obispos de Perú (Texto completo)

Francisco habla a sus hermanos, los obispos peruanos © Vatican Media
Francisco Habla A Sus Hermanos, Los Obispos Peruanos © Vatican Media
(ZENIT – 21 enero 2018)-. El Papa Francisco ha reflexionado con sus hermanos, los obispos de Perú, sobre “Santo Toribio, el hombre que quiso llegar a la otra orilla”.
Francisco se ha encontrado con 60 prelados peruanos en el Palacio Arzobispal de Lima, el domingo, 21 de enero de 2018, a las 10:20 horas (16:20 horas en Roma).
“Detrás de santo Toribio hay una gran multitud de personas, que es el pueblo fiel que sigue a su pastor en la tarea de la evangelización”, Francisco ha mostrado al patrón del Episcopado Hispanoamericano como el «nuevo Moisés», tal y como lo representan.
En primer lugar, Francisco ha explicado que el santo español quiso llegar a la otra orilla “en busca de los lejanos y dispersos”. Y para ello, “tuvo que dejar la comodidad del obispado y recorrer el territorio confiado, en continuas visitas pastorales, tratando de llegar y estar allí donde se lo necesitaba”.
Así, Santo Toribio, Arzobispo de Lima, llegó a la otra orilla “no sólo geográfica sino cultural”. Fue así como promovió por muchos medios una evangelización en la lengua nativa, ha indicado el Santo Padre.
Del mismo modo, el misionero “quiso llegar a la otra orilla” de la caridad, de la formación de sus sacerdotes, y de la unidad. “Promovió de manera admirable y profética la formación e integración de espacios de comunión y participación entre los distintos integrantes del Pueblo de Dios”, ha subrayado Francisco.
Por último, a santo Toribio le llegó el momento de cruzar hacia la orilla definitiva, y no lo hizo solo, lo hizo junto a su pueblo, ha señalado el Papa.
Cercanía a los hermanos de la Selva
Al comenzar el acto, han saludado al Santo Padre el Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, y Mons. Salvador Piñeiro, Arzobispo de Ayacucho, y Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana. Este último ha agradecido al Papa su “cercanía con los hermanos de la Selva” y la convocatoria de un Sínodo especial para la Amazonia.
Después del discurso del Papa ha habido tiempo para que los obispos hicieran preguntas, para estar juntos e intercambiar impresiones.
Los obispos del Vicariato apostólico de Puerto Maldonado han aprovechado para hacerse una foto con el Papa, y uno de los obispos ha preguntado a Francisco por su experiencia en Puerto Maldonado, en su encuentro con los indígenas de la Amazonía, y el Santo Padre ha destacado que quiso comenzar con ellos su visita a Perú.
RD
A continuación sigue el discurso que el Papa ha pronunciado a sus hermanos, los obispos de Perú.
Discurso del Papa Francisco
Queridos hermanos en el episcopado:
Gracias por las palabras que me han dirigido el señor Cardenal Arzobispo de Lima, y el Señor Presidente de la Conferencia Episcopal en nombre de todos los presentes. Deseaba estar aquí con ustedes. Mantengo un vivo recuerdo de su visita ad limina del año pasado.
Los días transcurridos entre ustedes han sido muy intensos y gratificantes. Pude escuchar y vivir las distintas realidades que conforman estas tierras y compartir de cerca la fe del santo Pueblo fiel de Dios, que nos hace tanto bien. Gracias por la oportunidad de poder «tocar» la fe del Pueblo, que Dios les ha confiado.
El lema de este viaje nos habla de unidad y de esperanza. Es un programa arduo, pero a la vez provocador, que nos evoca las proezas de santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de esta Sede y patrono del episcopado latinoamericano, un ejemplo de «constructor de unidad eclesial», como lo definió mi predecesor san Juan Pablo II en su primer Viaje Apostólico a esta tierra.[1]
Es significativo que este santo Obispo sea representado en sus retratos como un «nuevo Moisés». Como saben, se custodia en el Vaticano un cuadro en el que aparece santo Toribio atravesando un río caudaloso, cuyas aguas se abren a su paso como si se tratase del mar Rojo, para que pudiera llegar a la otra orilla donde lo espera un numeroso grupo de nativos. Detrás de santo Toribio hay una gran multitud de personas, que es el pueblo fiel que sigue a su pastor en la tarea de la evangelización.[2] Esta hermosa imagen me «da pie» para centrar en ella mi reflexión con ustedes. Santo Toribio, el hombre que quiso llegar a la otra orilla.
Lo vemos desde el momento en que asume el mandato de venir a estas tierras con la misión de ser padre y pastor. Dejó terreno seguro para adentrarse en un universo totalmente nuevo, desconocido y desafiante. Fue hacia una tierra prometida guiado por la fe como «garantía de los bienes que se esperan» (Hb 11,1). Su fe y su confianza en el Señor lo impulsó, e impulsará a lo largo de toda su vida a llegar a la otra orilla, donde Él lo esperaba en medio de una multitud.
1. Quiso llegar a la otra orilla en busca de los lejanos y dispersos. Para eso tuvo que dejar la comodidad del obispado y recorrer el territorio confiado, en continuas visitas pastorales, tratando de llegar y estar allí donde se lo necesitaba, y ¡cuánto se lo necesitaba! Iba al encuentro de todos por caminos que, al decir de su secretario, eran más para las cabras que para las personas. Tenía que enfrentar los más diversos climas y geografías, «de 22 años de episcopado, 18 los pasó fuera de su ciudad recorriendo por tres veces su territorio».[3] Sabía que esta era la única forma de pastorear: estar cerca proporcionando los auxilios divinos, exhortación que también realizaba continuamente a sus presbíteros. Pero no lo hacía de palabra sino con su testimonio, estando él mismo en la primera línea de la evangelización. Hoy le llamaríamos un Obispo «callejero». Un obispo con suelas gastadas por andar, por recorrer, por salir al encuentro para «anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie».[4] ¡Cómo sabía esto santo Toribio! Sin miedo y sin asco se adentró en nuestro continente para anunciar la buena nueva.
2. Quiso llegar a la otra orilla no sólo geográfica sino cultural. Fue así como promovió por muchos medios una evangelización en la lengua nativa. Con el tercer Concilio Limense, procuró que los catecismos fueran realizados y traducidos en quechua y aymara. Impulsó al clero a que estudiara y conociera el idioma de los suyos para poder administrarles los sacramentos de forma comprensible. Visitando y viviendo con su Pueblo se dio cuenta de que no alcanzaba llegar tan sólo físicamente, sino que era necesario aprender a hablar el lenguaje de los otros, sólo así, llegaría el Evangelio a ser entendido y penetrar en el corazón. ¡Cuánto urge esta visión para nosotros, pastores del siglo XXI!, que nos toca aprender un lenguaje totalmente nuevo como es el digital, por citar un ejemplo. Conocer el lenguaje actual de nuestros jóvenes, de nuestras familias, de los niños… Como bien supo verlo santo Toribio, no alcanza solamente llegar a un lugar y ocupar un territorio, es necesario poder despertar procesos en la vida de las personas para que la fe arraigue y sea significativa. Y para eso tenemos que hablar su lengua. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades y de nuestros pueblos.[5] La evangelización de la cultura nos pide entrar en el corazón de la cultura misma para que ésta sea iluminada desde adentro por el Evangelio.
3. Quiso llegar a la otra orilla de la caridad. Para nuestro patrono la evangelización no podía darse lejos de la caridad. Porque sabía que la forma más sublime de la evangelización era plasmar en la propia vida la entrega de Jesucristo por amor a cada uno de los hombres. Los hijos de Dios y los hijos del demonio se manifiestan en esto: el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano (cf. 1 Jn 3,10). En sus visitas pudo constatar los abusos y los excesos que sufrían las poblaciones originarias, y así no le tembló el pulso, en 1585, cuando excomulgó al corregidor de Cajatambo, enfrentándose a todo un sistema de corrupción y tejido de intereses que «arrastraba la enemistad de muchos», incluyendo al Virrey.[6] Así nos muestra al pastor que sabe que el bien espiritual no puede nunca separarse del justo bien material y tanto más cuando se pone en riesgo la integridad y la dignidad de las personas. Profecía episcopal que no tiene miedo a denunciar los abusos y excesos que se cometen frente a su pueblo. Y de este modo logra recordar al interno de la sociedad y de sus comunidades que la caridad siempre va acompañada de la justicia y Xno hay auténtica evangelización que no anuncie y denuncie toda falta contra la vida de nuestros hermanos, especialmente de los más vulnerables.
4. Quiso llegar a la otra orilla en la formación de sus sacerdotes. Fundó el primer seminario postconciliar en esta zona del mundo, impulsando de esta manera la formación del clero nativo. Entendió que no bastaba llegar a todos lados y hablar la misma lengua, era necesario que la Iglesia pudiera engendrar a sus propios pastores locales y así se convirtiera en madre fecunda. Para ello defendió la ordenación de los mestizos —cuando estaba muy discutida la misma— buscando alentar y estimular a que el clero, si se tenía que diferenciar en algo, era por la santidad de sus pastores y no por la procedencia racial.[7] Y esta formación no se limitaba solamente al estudio en el seminario, sino que proseguía en las continuas visitas que les realizaba. Allí podía ver de primera mano el «estado de sus curas», preocupándose por ellos. Cuenta la leyenda que en las vísperas de Navidad su hermana le regaló una camisa para que la estrenara en las fiestas. Ese día fue a visitar a un cura y al ver la situación en que vivía, se sacó su camisa y se la entregó.[8] Es el pastor que conoce a sus sacerdotes. Busca alcanzarlos, acompañarlos, estimularlos, amonestarlos —le recordó a sus curas que eran pastores y no comerciantes y por lo tanto, habrían de cuidar y defender a los indios como a hijos—.[9] Pero no lo hace desde «el escritorio», y así puede conocer a sus ovejas y ellas reconocen en su voz, la voz del Buen Pastor.
5. Quiso llegar a la otra orilla, la de la unidad. Promovió de manera admirable y profética la formación e integración de espacios de comunión y participación entre los distintos integrantes del Pueblo de Dios. Así lo señaló san Juan Pablo II cuando, en estas tierras, hablándole a los obispos decía: «El tercer Concilio Limense es el resultado de ese esfuerzo, presidido, alentado y dirigido por santo Toribio, y que fructificó en un precioso tesoro de unidad en la fe, de normas pastorales y organizativas a la vez que en válidas inspiraciones para la deseada integración latinoamericana».[10] Bien sabemos, que esta unidad y consenso fue precedida de grandes tensiones y conflictos. No podemos negar las tensiones, las diferencias visibles; es imposible una vida sin conflictos. Estos nos exigen, si somos hombres y cristianos, mirarlos de frente, asumirlo. Pero asumirlo en unidad, en diálogo honesto y sincero, mirándonos a la cara y cuidándonos de caer en tentación, o de ignorar lo que pasó o quedar prisioneros y sin horizontes que ayuden a encontrar caminos que sean de unidad y de vida. Resulta inspirador, en nuestro camino de Conferencia Episcopal, recordar que la unidad siempre prevalecerá sobre el conflicto.[11] Queridos hermanos, trabajen para la unidad, no se queden presos de divisiones que parcializan y reducen la vocación a la que hemos sido llamados: ser sacramento de comunión. No se olviden que lo que atraía de la Iglesia primitiva era ver cómo se amaban. Esa era, es y será la mejor evangelización.
6. A santo Toribio le llegó el momento de cruzar hacia la orilla definitiva, hacia esa tierra que lo esperaba y que iba degustando en su continuo dejar la orilla. Este nuevo partir, no lo hacía solo. Al igual que el cuadro que les comentaba al inicio, iba al encuentro de los santos seguido de una gran muchedumbre a sus espaldas. Es el pastor que ha sabido cargar «su valija» con rostros y nombres. Ellos eran su pasaporte al cielo. Y fue tan así que no quisiera dejar de lado el acorde final, el momento en que el pastor entregaba su alma a Dios. Lo hizo en un caserío junto a su pueblo y un aborigen le tocaba la chirimía para que el alma de su pastor se sintiera en paz. Ojalá, hermanos, que cuando tengamos que emprender el último viaje podamos vivir estas cosas. Pidamos al Señor que nos lo conceda.[12]
Recemos juntos, y recen por mí.
_______________________________________
[1] Discurso al episcopado peruano (2 febrero 1985), 3.
[2] Cf. Milagro de santo Toribio, Pinacoteca vaticana.
[3] Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la celebración Eucarística, Aparecida (16 mayo 2007).
[4] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23.
[5] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 74.
[6] Cf. Ernesto Rojas Ingunza, El Perú de los Santos, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, Lima (2016), 57.
[7] Cf. José Antonio Benito Rodríguez, Santo Toribio de Mogrovejo, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, 178.
[8] Cf. ibíd., 180.
[9] Cf. Juan Villegas, Fiel y evangelizador. Santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina, Montevideo (1984), 22.
[10] Juan Pablo II, Discurso al episcopado peruano (2 febrero 1985), 3.
[11] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 226-230.
[12] Cf. Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la celebración Eucarística, Aparecida (16 mayo 2007).
© Librería Editorial Vaticano

Ángelus: El corazón no se puede «photoshopear» 21012018


Ángelus: El corazón no se puede «photoshopear»

Palabras de Francisco en la Plaza de Armas, Lima (Texto completo)

Ángelus en la Plaza de Armas, Lima © Vatican Media
Ángelus En La Plaza De Armas, Lima © Vatican Media
(ZENIT – 21 enero 2018).- “No te maquilles el corazón”, ha aconsejado el Papa a los jóvenes peruanos.
“Cuando Jesús nos mira, no piensa en lo perfectos que somos, sino en todo el amor que tenemos en el corazón para brindar y servir a los demás”, ha indicado Francisco. “¿Cuánto amor tengo yo en mi corazón?”, ha preguntado el Santo Padre.
Francisco ha rezado el Ángelus con miles de jóvenes en una abarrotada Plaza de Armas, en la capital de Perú, este domingo, 21 de enero de 2018.
El corazón no se puede «photoshopear»
“Sé que es muy lindo ver las fotos arregladas digitalmente –ha explicado el Pontífice– pero eso sólo sirve para las fotos, no podemos hacerle «photoshop» a los demás, a la realidad, ni a nosotros”.
Así, el Papa ha hecho reflexionar a los jóvenes peruanos: “Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas, y déjenme decirles que el corazón no se puede «photoshopear», porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad y ahí mostrás lo que sos: ¿cómo es tu corazón?”.
El Papa ha animado a los jóvenes: “Hay momentos donde pueden sentir que se quedan sin poder realizar el deseo de sus vidas, de sus sueños. Todos hemos pasado situaciones así. Queridos amigos, en esos momentos donde parece que se apaga la fe no se olviden que Jesús está a su lado. ¡No se den por vencidos, no pierdan la esperanza!”.
RD
Estas son las palabras del Papa Francisco a los jóvenes antes de rezar el Ángelus (algunas improvisadas).
Palabras del Papa Francisco
Queridos jóvenes: Me alegra poder reunirme con ustedes. Estos encuentros para mí son muy importantes y más en este año en el cual nos preparamos para el Sínodo sobre los jóvenes. Sus rostros, sus búsquedas, sus vidas, son importantes para la Iglesia y debemos darle la importancia que se merecen y tener la valentía que tuvieron muchos jóvenes de esta tierra que no se asustaron de amar y jugar su vida por Jesús.
¡Queridos amigos, cuántos ejemplos tienen ustedes! Pienso en san Martín de Porres. Nada le impidió a ese joven cumplir sus sueños, nada le impidió gastar su vida por los demás, nada le impidió amar y lo hizo porque había experimentado que el Señor lo había amado primero. Así como era: mulato, y teniendo que enfrentar muchas privaciones. A los ojos humanos, o de sus amigos, parecía que tenía todo para «perder» pero él supo hacer algo que sería el secreto de su vida: confiar. Confiar en el Señor que lo amaba, ¿ y saben por qué? Porque el Señor había confiado primero en él; como confía en cada uno de ustedes y no se cansará nunca de confiar. A cada uno de nosotros el Señor nos confía algo, y la respuesta es confiar en Él. Cada uno de ustedes piense ahora en su corazón: qué me confió el Señor? ¿Qué me confió el Señor? Cada uno piense… ¿Qué tengo en mi corazón que me confió el Señor?
Me podrán decir: pero hay veces que se vuelve muy difícil. Los entiendo. En esos momentos pueden venir pensamientos negativos, sentir que hay muchas situaciones que se nos vienen encima y pareciera que nos vamos quedando «fuera del mundial»; pareciera que nos van ganando. Pero no es así, aun en los momentos en que ya se nos viene la descalificación seguir confiando.
Hay momentos donde pueden sentir que se quedan sin poder realizar el deseo de sus vidas, de sus sueños. Todos pasamos por situaciones así. En esos momentos donde parece que se apaga la fe no se olviden que Jesús está a su lado. ¡No se den por vencidos, no pierdan la esperanza! No se olviden de los santos que desde el cielo nos acompañan; acudan a ellos, recen y no se cansen de pedir su intercesión. Esos santos de ayer pero también de hoy: esta tierra tiene muchos, porque es una tierra «ensantada». Perú es una tierra “ensantada”. Busquen la ayuda y el consejo de personas que ustedes saben que son buenas para aconsejar porque sus rostros muestran alegría y paz. Déjense acompañar por ellas y así andar el camino de la vida.
Pero hay algo más: Jesús quiere verlos en movimiento. A vos te quiere ver llevar adelante tus ideales, y que te animes a seguir sus instrucciones. Él los llevará por el camino de las bienaventuranzas, un camino nada fácil pero apasionante, es un camino que no se puede recorrer sólo, hay que recorrerlo en equipo, donde cada uno puede colaborar con lo mejor de sí. Jesús cuenta contigo como lo hizo hace mucho tiempo con santa Rosa de Lima, santo Toribio, san Juan Macías, san Francisco Solano y tantos otros. Y hoy te pregunta a vos si, al igual que ellos: ¿estás dispuesto, estás dispuesta a seguirlo? [Responden: “Si”] ¿Hoy, mañana, vas a estar dispuesto o dispuesta a seguirlo? [Responden: “Si”] ¿Y dentro de una semana? [responden: “También”] No estés tan seguro, no estés tan segura. Mirá, si querés estar dispuesto a seguirlo, pedíle a Él que te prepare el corazón para estar dispuesto a seguirlo, ¿está claro?
Queridos amigos, el Señor los mira con esperanza, nunca se desanima de nosotros. A veces a nosotros nos pasa que nos desanimamos de un amigo, de una amiga porque nos parecía bueno y después vimos que no era tanto, y bueno, nos desanimamos y lo dejamos de lado. Jesús nunca se desanima, nunca. “Padre, pero si usted supiera las cosas que yo hago…, yo digo una cosa pero hago otra, mi vida no es del todo limpia…”. Así y todo Jesús no se desanima de vos. Y ahora, hagamos un poco de silencio. Cada uno mire en su corazón cómo es la propia vida, la mira en el corazón y vas a encontrar que por momentos hay cosas buenas, que por momentos hay cosas que no son tan buenas, y así y todo, Jesús no se desanima de vos. Y desde tu corazón decíle: “Gracias, Jesús, gracias porque viniste para acompañarme aun cuando estaba en las malas, gracias Jesús”. Se lo decimos todos: “Gracias, Jesús “Gracias, Jesús” (Repiten)
Es muy lindo ver las fotos arregladas digitalmente, pero eso sólo sirve para las fotos, no podemos hacerle «photoshop» a los demás, a la realidad, ni a nosotros. Los filtros de colores y la alta definición sólo andan bien en los videos, pero nunca podemos aplicárselos a los amigos. Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas, y déjenme decirles que el corazón no se puede «photoshopear», porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad y ahí mostrás lo que sos: ¿cómo es tu corazón?.
Jesús no quiere que te «maquillen» el corazón; Él te ama así como eres y tiene un sueño para realizar con cada uno de ustedes. No se olviden: Él no se desanima de nosotros. Y si ustedes se desaniman los invito a agarrar la Biblia y acordarse y leer ahí los amigos que Jesús eligió, que Dios eligió:
Moisés era tartamudo; Abrahán, un anciano; Jeremías, era muy joven; Zaqueo, un petizo; los discípulos, cuando Jesús les decía que tenían que rezar, se dormían; la Magdalena, una pecadora pública; Pablo, un perseguidor de cristianos; y Pedro, lo negó, después lo hizo Papa, pero lo negó… y así podríamos seguir esa lista. Jesús te quiere como sos, así como quiso como eran a estos sus amigos, con sus defectos, con ganas de corregirse, pero así como sos, así te ama el Señor. No te maquilles, no te maquilles el corazón, pero mostrate delante de Jesús como sos para que Él te pueda ayudar a progresar en la vida.
Cuando Jesús nos mira, no piensa en lo perfecto somos, sino en todo el amor que tenemos en el corazón para brindar y para seguirlo a Él. Para Él eso es lo importante, eso lo más grande, ¿cuánto amor tengo yo en mi corazón? Y esa pregunta quiero que la hagamos también a nuestra Madre: “Madre, querida Virgen María, mirá el amor que tengo en el corazón, ¿es poco?, ¿es mucho?, no sé si es amor”.
Y tengan por seguro que Ella los acompañará en todos los momentos de su vida, en todas las encrucijadas de sus caminos, especialmente cuando tengan que tomar decisiones importantes. ¡No se desanimen, no se desanimen, vayan adelante, todos juntos! ¡Porque la vida vale la pena vivirla con la frente alta! Que Dios los bendiga.
Estamos en la Plaza Mayor de Lima, un lugar chiquito en una ciudad relativamente chiquita del mundo, pero el mundo es mucho más grande y está lleno de ciudades y de pueblos, y está lleno de problemas, y está lleno de guerras. Y hoy me llegan noticias muy preocupantes desde la República Democrática del Congo. Pensemos en el Congo. En estos momentos, desde esta plaza y con todos estos jóvenes, pido a las autoridades, a los responsables y a todos en ese amado país que pongan su máximo empeño y esfuerzo a fin de evitar toda forma de violencia y buscar soluciones en favor del bien común. Todos juntos, en silencio, rezamos por esta intención, por nuestros hermanos de la República Democrática del Congo.
Angelus 

Misa en Lima: “El Señor te invita a caminar con Él en tu ciudad” 21012018


Misa en Lima: “El Señor te invita a caminar con Él en tu ciudad”

Homilía del Papa en la última celebración en Perú (Texto completo)

El Papa preside la Misa en Lima ante 1.300.000 fieles © Vatican Media
El Papa Preside La Misa En Lima Ante 1.300.000 Fieles © Vatican Media
(ZENIT – 21 enero 2018).- “El Reino de los cielos está entre ustedes” es el mensaje de esperanza que Francisco ha querido dejar a los peruanos en la última celebración de este viaje apostólico.
“Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, tu ciudad” –ha invitado el Papa Francisco–. “Jesús invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días”.
La homilía del Santo Padre en la última celebración de la Eucaristía de este viaje a Chile y a Perú, el domingo, 21 de enero de 2018, en la base aérea de “Las Palmas”, en Lima, ha sido breve y concisa.
El Santo Padre ha indicado que el Reino de los cielos “está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para que los ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan”.
“Conviértanse”
“¡Alégrate, el Señor está contigo!” El Pontífice ha destacado que el Señor viene a tu encuentro “en medio de los caminos polvorientos de la historia”.
El Señor ha llegado hasta Lima –ha anunciado Francisco– hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado “antídoto contra la globalización de la indiferencia”. Porque “ante ese Amor, no se puede permanecer indiferentes”.
“Conviértanse –ha exhortado el Papa a los fieles peruanos– el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros a no tener miedo de hacer de esta historia, una historia de salvación”.
RD
Sigue el texto completo de la homilía del Santo Padre en Lima.
Homilía del Papa Francisco
«Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícales el mensaje que te digo» (Jon 3,2). Con estas palabras, el Señor se dirigía a Jonás poniéndolo en movimiento hacia esa gran ciudad que estaba a punto de ser destruida por sus muchos males. También vemos a Jesús en el Evangelio de camino hacia Galilea para predicar su buena noticia (cf. Mc 1,14). Ambas lecturas nos revelan a Dios en movimiento de cara a las ciudades de ayer y de hoy. El Señor se pone en camino: va a Nínive, a Galilea… a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado… aquí viene el Señor. Se pone en movimiento para entrar en nuestra historia personal y concreta. Lo hemos celebrado hace poco: es el Emmanuel, el Dios que quiere estar siempre con nosotros. Sí, aquí en Lima, o en donde estés viviendo, en la vida cotidiana del trabajo rutinario, en la educación esperanzadora de los hijos, entre tus anhelos y desvelos; en la intimidad del hogar y en el ruido ensordecedor de nuestras calles. Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a tu encuentro.
Algunas veces nos puede pasar lo mismo que a Jonás. Nuestras ciudades, con las situaciones de dolor e injusticia que a diario se repiten, nos pueden generar la tentación de huir, de escondernos, de zafar. Y razones, ni a Jonás ni a nosotros nos faltan. Mirando la ciudad podríamos comenzar a constatar que existen «ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar —y eso nos alegra—, el problema está en que son muchísimos los “no ciudadanos”, “los ciudadanos a medias” o los “sobrantes urbanos”»1 que están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a las márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna y duele constatar que muchas veces entre estos «sobrantes humanos» se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro.
Y al ver estas cosas en nuestras ciudades, en nuestros barrios —que podrían ser un espacio de encuentro y solidaridad, de alegría— se termina provocando lo que podemos llamar el síndrome de Jonás: un espacio de huida y desconfianza (cf. Jon1,3). Un espacio para la indiferencia, que nos transforma en anónimos y sordos ante los demás, nos convierte en seres impersonales de corazón cauterizado y, con esta actitud, lastimamos el alma del pueblo, de este pueblo noble. Como nos lo señalaba Benedicto XVI, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. […] Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».2
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. A diferencia de Jonás, Jesús, frente a un acontecimiento doloroso e injusto como fue el arresto de Juan, entra en la ciudad, entra en Galilea y comienza desde ese pequeño pueblo a sembrar lo que sería el inicio de la mayor esperanza: El Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros. Y el Evangelio mismo nos muestra la alegría y el efecto en cadena que esto produce: comenzó con Simón y Andrés, después Santiago y Juan (cf. Mc 1,14-20) y, desde esos días, pasando por santa Rosa de Lima, santo Toribio, san Martín de Porres, san Juan Macías, san Francisco Solano, ha llegado hasta nosotros anunciado por esa nube de testigos que han creído en Él. Ha llegado hasta Lima, hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia. Porque ante este Amor, no se puede permanecer indiferentes.
Jesús invitó a sus discípulos a vivir hoy lo que tiene sabor a eternidad: el amor a Dios y al prójimo; y lo hace de la única manera que lo puede hacer, a la manera divina: suscitando la ternura y el amor de misericordia, suscitando la compasión y abriendo sus ojos para que aprendan a mirar la realidad a la manera divina. Los invita a generar nuevos lazos, nuevas alianzas portadoras de eternidad.
Jesús camina la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción. Comienza a develar muchas situaciones que asfixiaban la esperanza de su pueblo suscitando una nueva esperanza. Llama a sus discípulos y los invita a ir con Él, los invita a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias. Conviértanse, les dice, el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros a no tener miedo de hacer de esta historia, una historia de salvación (cf. Mc1,15.21 y ss.).
Jesús sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz. Jesús sigue invitando y quiere ungirnos con su Espíritu para que también nosotros salgamos a ungir con esa unción, capaz de sanar la esperanza herida y renovar nuestra mirada.
Jesús sigue caminando y despierta la esperanza que nos libra de conexiones vacías y de análisis impersonales e invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días. El Reino de los cielos está entre ustedes —nos dice— está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para que los ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan (cf. Lc 7,22) y así todos aquellos que dábamos por perdidos gocen de la Resurrección. Dios no se cansa ni se cansará de caminar para llegar a sus hijos. A cada uno. ¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos?
Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, te invita a caminar con Él tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!
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1 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 74.
2 Carta enc. Spe salvi, 38.

© Librería Editorial Vaticano

domingo, 21 de enero de 2018

Perú: Programa del domingo, 21 de enero de 2018


Perú: Programa del domingo, 21 de enero de 2018

Último día del Papa en Perú

Logo de la visita apostólica a Perú
Logo De La Visita Apostólica A Perú
Domingo, 21 enero 2018
LIMA-ROMA
9:15 horas (15:15 h. en Roma): Oración de la Hora Media con las religiosas de vida contemplativa en el Santuario del Señor de los Milagros. Homilía del Santo Padre
10:30 horas (16:30 h. en Roma): Oración ante las reliquias de los santos peruanos en la catedral de Lima. Oración del Santo Padre
10:50 horas (16:50 h. en Roma): Encuentro con los obispos en el Palacio Arzobispal. Discurso del Santo Padre
12 horas (18 h. en Roma): Ángelus del Santo Padre en la Plaza de Armas
12:30 horas (18:30 h. en Roma): Almuerzo con el séquito papal en la nunciatura apostólica
16:15 horas (22:15 h. en Roma): Santa Misa en la Base Aérea “Las Palmas”. Homilía del Santo Padre
18:30 horas (00:30 h. en Roma): Llegada al aeropuerto. Ceremonia de despedida
18:45 horas (00:45 h. en Roma): Salida en avión para  Roma/Ciampino
Lunes, 20 enero 2018
14:15 horas: Llegada al aeropuerto de Roma/Ciampino

Trujillo: “El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después” 20012018


Trujillo: “El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después”

Discurso del Papa a religiosos y consagrados (Texto completo)

El Papa ha hablado a los religiosos en Trujillo © Vatican Media
El Papa Ha Hablado A Los Religiosos En Trujillo © Vatican Media
(ZENIT – 20 enero 2018).- “Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir…no para sacar “tajada” para nosotros mismos”.
Relajado, sentado en una mesa y con ganas de bromear, el Papa Francisco ha hablado de una manera cercana y sincera a los sacerdotes, religiosos, consagrados y seminaristas en el Colegio Seminario SS. Carlos y Marcelo, en Trujillo, Perú.
“Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado”, ha anunciado el Santo Padre.
Así, les ha exhortado a que “rían en comunidad, y no de la comunidad o de los otros”. Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se ha olvidado de sonreír, ha observado.
“¡Sé que han realizado un esfuerzo para estar acá, gracias!”, Francisco ha expresado gratitud a todos los religiosos y consagrados presentes en Trujillo. “Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y por la misión que nos regaló es importante”.
El Papa ha hecho mención especial a Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano, a quien ha recordado “misionando, no sentado detrás de un escritorio”.
“Me da pena ver a un cura, religioso o seminarista “marchito” si ven que no pueden hablen con tiempo, antes de que se marchiten”, ha vuelto a decir el Papa, así como en su encuentro con los religiosos y consagrados en Bangladesh.
“Nosotros, consagrados, no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras, ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer”, ha sido otro de los consejos que el Papa ha dado a la comunidad religiosa de Perú.
RD
Sigue el texto completo del discurso del Papa Francisco.
Discurso del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
¡Buenas tardes!
Agradezco las palabras que Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo de Piura, me ha dirigido en nombre de todos los presentes.
Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y por la misión que nos regaló es importante. ¡Sé que han realizado un esfuerzo para estar acá, gracias!
Nos recibe este Colegio Seminario, uno de los primeros fundados en América Latina para la formación de tantas generaciones de evangelizadores. Estar aquí y con ustedes es sentir que estamos en una de esas «cunas» que gestaron a tantos misioneros. Y no olvido que esta tierra vio morir, misionando, a santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano. Todo nos lleva a mirar hacia nuestras raíces, a lo que nos sostiene a lo largo del tiempo y de la historia para crecer hacia arriba y dar fruto. Nuestras vocaciones tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo. Cuando falta alguna de estas dos, algo comienza a andar mal y nuestra vida poco a poco se marchita (cf. Lc 13,6-9).
Me gusta subrayar que nuestra fe, nuestra vocación es memoriosa, esa dimensión deuteronómica de la vida. Memoriosa porque sabe reconocer que ni la vida, ni la fe, ni la Iglesia comienzan con el nacimiento de ninguno de nosotros: la memoria mira al pasado para encontrar la savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios por la vida de su pueblo. Memoria de la promesa que hizo a nuestros padres y que, cuando sigue viva en medio nuestro, es causa de nuestra alegría y nos hace cantar: «el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3).
Me gustaría compartir con ustedes algunas virtudes de este ser memoriosos.
1. La alegre conciencia de sí
El Evangelio que hemos escuchado lo leemos habitualmente en clave vocacional y así nos detenemos en el encuentro de los discípulos con Jesús. Me gustaría, antes, mirar a Juan el Bautista. Él estaba con dos de sus discípulos y al ver pasar a Jesús les dice: «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,36); al oír esto dejaron a Juan y siguieron a Jesús (cf. v. 37). Es algo sorprendente, habían estado con Juan, sabían que era un hombre bueno, más aún, el mayor de los nacidos de mujer, como Jesús lo define (cf. Mt 11,11), pero él no era el que tenía que venir. También Juan esperaba a otro más grande que él. Juan tenía claro que él no era el Mesías sino simplemente quien lo anunciaba. Juan era el hombre memorioso de la promesa y de su propia historia.
Juan manifiesta la conciencia del discípulo que sabe que no es ni será nunca el Mesías, sino sólo un invitado a señalar el paso del Señor por la vida de su gente. Nosotros, consagrados, no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras, ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer. Simplemente se nos pide trabajar con el Señor, codo a codo, pero sin olvidarnos nunca de que no ocupamos su lugar. Esto no nos hace «aflojar» en la tarea evangelizadora, por el contrario, nos empuja y nos exige trabajar recordando que somos discípulos del único Maestro. El discípulo sabe que secunda y siempre secundará al Maestro. Esa es la fuente de nuestra alegría.
¡Nos hace bien saber que no somos el Mesías! Nos libra de creernos demasiado importantes, demasiado ocupados —es típica en algunas regiones escuchar: «No, a esa parroquia no vayas porque el padre siempre está muy ocupado»—. Juan el Bautista sabía que su misión era señalar el camino, iniciar procesos, abrir espacios, anunciar que Otro era el portador del Espíritu de Dios. Ser memoriosos nos libra de la tentación de los mesianismos.
Esta tentación se combate de muchos modos, pero también con la risa. Sí, aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado. Un lindo test espiritual es preguntarnos por la capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos. La risa nos salva del neopelagianismo «autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros».[1] ¡Hermanos, rían en comunidad, y no de la comunidad o de los otros! Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se ha olvidado de sonreír.
2. La hora del llamado
Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió su vida: «Eran las cuatro de la tarde» (v. 39). El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta de que el Señor esperaba algo más. La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada.
Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor. Quizá no estás contento con ese lugar donde te encontró el Señor, quizá no se adecua a una situación ideal o que te «hubiese gustado más». Pero fue ahí donde te encontró y te curó las heridas. Cada uno de nosotros conoce el dónde y el cuándo: quizás un tiempo de situaciones complejas, sí; con situaciones dolorosas, sí; pero ahí te encontró el Dios de la Vida para hacerte testigo de su Vida, para hacerte parte de su misión y ser, con Él, caricia de Dios para tantos. Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir. ¡Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino por puro amor! (cf. Dt 7,7-8). Amor de entrañas, amor de misericordia que mueve nuestras entrañas para ir a servir a otros al estilo de Jesucristo.
Quisiera detenerme en un aspecto que considero importante. Muchos, a la hora de ingresar al seminario o a la casa de formación, fuimos formados con la fe de nuestras familias y vecinos. Así fue como dimos nuestros primeros pasos, apoyados no pocas veces en las manifestaciones de piedad popular, que en Perú han adquirido las más exquisitas formas y arraigo en el pueblo fiel y sencillo. Vuestro pueblo ha demostrado un enorme cariño a Jesucristo, a la Virgen y a sus santos y beatos en tantas devociones que no me animo a nombrarlas por miedo a dejar alguna de lado. En esos santuarios, «muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrían contar».[2] Inclusive muchas de vuestras vocaciones pueden estar grabadas en esas paredes. Los exhorto a no olvidar, y mucho menos despreciar, la fe fiel y sencilla de vuestro pueblo. Sepan acoger, acompañar y estimular el encuentro con el Señor. No se vuelvan profesionales de lo sagrado olvidándose de su pueblo, de donde los sacó el Señor. No pierdan la memoria y el respeto por quien les enseñó a rezar.
Recordar la hora del llamado, hacer memoria alegre del paso de Jesucristo por nuestra vida, nos ayudará a decir esa hermosa oración de san Francisco Solano, gran predicador y amigo de los pobres, «Mi buen Jesús, mi Redentor y mi amigo. ¿Qué tengo yo que tú no me hayas dado? ¿Qué sé yo que tú no me hayas enseñado?».
De esta forma, el religioso, sacerdote, consagrada, consagrado es una persona memoriosa, alegre y agradecida: trinomio para configurar y tener como «armas» frente a todo «disfraz» vocacional. La conciencia agradecida agranda el corazón y nos estimula al servicio. Sin agradecimiento podemos ser buenos ejecutores de lo sagrado, pero nos faltará la unción del Espíritu para volvernos servidores de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres. El Pueblo fiel de Dios tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor agradecido. Sabe reconocer entre el memorioso y el olvidadizo. El Pueblo de Dios es aguantador, pero reconoce a quien lo sirve y lo cura con el óleo de la alegría y de la gratitud.
3. La alegría contagiosa
Andrés era uno de los discípulos de Juan el Bautista que había seguido a Jesús ese día. Después de haber estado con Él y haber visto dónde vivía, volvió a casa de su hermano Simón Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Esta es la noticia más grande que podía darle, y lo condujo a Jesús. La fe en Jesús se contagia, no puede confinarse ni encerrarse; aquí se encuentra la fecundidad del testimonio: los discípulos recién llamados atraen a su vez a otros mediante su testimonio de fe, del mismo modo que en el pasaje evangélico Jesús nos llama por medio de otros. La misión brota espontánea del encuentro con Cristo. Andrés comienza su apostolado por los más cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irradiando alegría. Esta es la mejor señal de que hemos «descubierto» al Mesías. La alegría es una constante en el corazón de los apóstoles, y la vemos en la fuerza con que Andrés confía a su hermano: «¡Lo hemos encontrado!». Pues «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría».[3]
Esta alegría nos abre a los demás, es alegría para transmitirla. En el mundo fragmentado que nos toca vivir, que nos empuja a aislarnos, somos desafiados a ser artífices y profetas de comunidad. Porque nadie se salva solo. Y en esto me gustaría ser claro. La fragmentación o el aislamiento no es algo que se da «fuera» como si fuese sólo un problema del «mundo». Hermanos, las divisiones, guerras, aislamientos los vivimos también dentro de nuestras comunidades, ¡y cuánto mal nos hacen! Jesús nos envía a ser portadores de comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor, muchas veces poniéndonos zancadillas. Se nos pide ser artífices de comunión y de unidad; que no es lo mismo que pensar todos igual, hacer todos lo mismo. Significa valorar los aportes, las diferencias, el regalo de los carismas dentro de la Iglesia sabiendo que cada uno, desde su cualidad, aporta lo propio pero necesita de los demás. Sólo el Señor tiene la plenitud de los dones, sólo Él es el Mesías. Y quiso repartir sus dones de tal forma que todos podamos dar lo nuestro enriqueciéndonos con lo de los demás. Hay que cuidarse de la tentación del «hijo único» que quiere todo para sí, porque no tiene con quién compartir. A aquellos que tengan que ocupar misiones en el servicio de la autoridad les pido, por favor, no se vuelvan autorreferenciales; traten de cuidar a sus hermanos, procuren que estén bien; porque el bien se contagia. No caigamos en la trampa de una autoridad que se vuelva autoritarismo por olvidarse que, ante todo, es una misión de servicio.
Queridos hermanos, nuevamente gracias y que esta memoria deuteronómica nos haga más alegres y agradecidos para ser servidores de unidad en medio de nuestro pueblo.
Que el Señor los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y no se olviden de rezar por mí.
_________________________
[1] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94.
[2] Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 260.
[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1.
© Librería Editorial Vaticano